9 de marzo de 2009

Una guitarra para Julián

Daniel Moyano

Cuando Julián cantaba, todo parecía volverse hermoso en nuestras casas feas y tristes. Aparecía en cualquier momento, generalmente cuando uno lo esperaba, y se ponía a cantar. No tenía guitarra ni nada para acompañarse, pero cualquier cosa hubiera sobrado a su voz.
Por aquellos tiempos y en estas latitudes estábamos un poco cansados de hablar y de oír. Las palabras, aun las más importantes, habían ido perdiendo poco a poco su encanto y eran como sueños repetidos. Se parecían un poco a las muchachas a quienes la persistencia de la pobreza les había entristecido los ojos y las turgencias; y aunque aún eran bellas bajo la tristeza, ni ellas ni nosotros podíamos percibir el resplandor de su hermosura. Buscando leña para el horno de pan en montes cada vez más lejanos, marchaban anémicas al lado de sus sombras florecientes desparramando el sacrificio de toda esa gente abrumada por esperanzas envejecidas.
Los viejos vecinos, cansados de sí mismos y de un mundo inmodificable, habían dejado de saludarse y de cambiar las frases que algunas veces les sirvieron para sentirse habitantes del mismo universo. En cambio apenas sonreían ante el convencimiento compartido en la certeza de que casi todo era inútil, dejada por la persistencia de los años duros, los inviernos cada vez más largos, el pan calculado y el improrrogable desgaste de los zapatos. Cuando se decidían a hablar, en momentos muy especiales como las fiestas patrias o las navidades, narraban lo obvio, la imposibilidad de decir buenos días, de interesarse por la salud, alegrarse por los nacimientos o entristecerse por las muertes. Todo era recibido con un mutismo que venía de ciudades remotas, de grandes edificios donde hombres abstractos y silenciosos también, habían determinado todo eso, según se sospechaba. Ya no eran necesarias las palabras aunque todavía se hablase. Algunos opinaban que no había tal mutismo y que en realidad se hablaba mucho más que antes; nada más que las palabras no tenían sentido.
En algún momento apareció o fue apareciendo Julián. Acababa de dejar la adolescencia dolorosa y estaba entrando en el mundo de los otros. Llegaba de pronto a una casa, en la noche, cuando la gente se congregaba en silencio alrededor de una mesa o de un recuerdo, y cantaba. Eran viejas canciones oídas en la infancia y casi olvidadas. Parecían canciones tontas, con madreselvas que trepaban por las paredes, patios con glicinas y casas rodeadas por vuelos de palomas. Pero no eran las canciones las que comenzaban a destruir la postrada resignación de la gente, sino el temblor de la voz de Julián, resonando en las noches en el pequeño espacio parecido a un valle donde se agrupaban las casas de estas vecindades en aquellos tiempos y en estos suburbios del país.
Fue así que para nosotros, que estábamos aquí y habíamos perdido la alegría, ésta fue recuperada en la voz Julián. Y por añadidura comenzaron a pertenecernos los objetos mencionados en las canciones, guitarras y senderos, barcos y montañas, no como cosas impuestas, sino presentidas simplemente por lo deseos más íntimos de cada uno.
Las jóvenes adolescentes comenzaron a amar, y entonces nada pareció tortuoso sino un natural deslumbramiento. La alegría se volvía visible especialmente en el rostro de los ancianos, que declararon sin rubores y sin temor a las palabras el error de sus vidas. “Lo que pasa es que no sabíamos cantar”, decían creyendo que cantaban, porque en realidad nadie cantaba, todos estaban escuchando a Julián, que no solo era el dueño de la voz, sino que la compartía de tal modo que todos creíamos estar cantando con él.
Pero alguno de nosotros reveló el pequeño secreto de nuestra felicidad y de las grandes ciudades llegaron enormes funcionarios a ver qué pasaba con la voz de Julián y lo que ella significaba. Las cabras en las sierras próximas se quedaron inmóviles levantando las orejas para escuchar la rotura de nuestro sosiego. Mientras algunos se alegraban por la llegada de los intrusos, otros decían que no había motivos para temer y que los hombres, al oír a Julián, le regalarían una guitarra de diez cuerdas y lo mandarían becado a Buenos Aires: y otros, finalmente, temblaban adormecidos por el miedo.
En pocas horas Julián había dejado de cantar y poco después él mismo había desaparecido, sin que nadie supiese qué pasaba. Entonces volvió la tristeza, que siempre había estado allí apenas contenida por las canciones; los ancianos alzaron sus manos y cubrieron sus rostros resignados y avergonzados, y las adolescentes en flor enmudecieron dentro de sus vestidos amarilleantes, volvieron al río donde en invierno o en verano lavan arrodilladas la incertidumbre de los pañales y la irremediabilidad de los mamelucos.
De pronto hemos vuelto a las palabras y nos reprochamos haber creído en algo tan frágil como la voz de Julián. Decimos que obviamente la alegría desapareció de este valle, pero sospechamos que la alegría era una simple figuración melódica de Julián; y hemos vuelto a nuestras viejas esperanzas, que de tan viejas se convirtieron en costumbres. Las palabras han aumentado nuestro sentido crítico, y decimos que si Julián volviese, si lo devolvieran aquellos hombres invisibles que lo silenciaron, no sería lo mismo porque ya no tenemos la capacidad de alegrarnos con el canto. Y todo eso parece cierto porque los hechos cotidianos nos impiden creer lo contrario.
Como muchas otras cosas, Julián está ahora en el pasado. Quizás sea un recuerdo, quizás una palabra. Pero en el caso de que sea una palabra, nadie se atreverá a pronunciarla por el temor de que las cabras se inmovilicen en las sierras y alcen sus orejas medrosas ante la posible proximidad de los hombres invisibles.
De El estuche del cocodrilo, 1974

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