28 de abril de 2009

Canillita

1902

Sainete en un acto de

Florencio Sánchez


PERSONAJES:

CANILLITA
DOÑA CLAUDIA
VECINA 1ª
VECINA 2ª
DON BRAULIO
PICHÍN
ARTURO (NIÑO)
UN VECINO
UN PESQUISA
UN VIGILANTE
UN MASITERO
MUCHACHO 1º
MUCHACHO 2º
MUCHACHO 3º
BATISTA
PULGA
UN MERCERO
TANO
UN CURISO
VENDEDORES DE DIARIOS


Acto único


CUADRO PRIMERO



Una habitación de pobrísimo aspecto con una cama grande de hierro, una cómoda desvencijada, dos sillas, braseros y ollas en un rincón. Debajo de la cama un baúl. Hacia el centro una máquina de coser y cerca de ella un catrecito donde yace Arturo, el niño enfermo.

Arturo. Claudia

CLAUDIA. – (Sentada, cosiendo en la máquina.) Ahora no más viene Canillita... ¡Sí, hijo!... ¡Es un pícaro, un bandido! ¡Miren que no venir pronto a jugar con su hermanito! ¡Cuando vuelva le voy a sacudir unos coscorrones! ¡Pero estése quieto, no se destape que eso le hace nana!... ¡Qué demonio de criatura! (Se levanta y va hacia la cama arreglando cuidadosamente las cobijas) Así, así... ¡Ajá!... ¡Bien tapadito el nene!... Si se está quietito, sudará bien y mañana podrá salir al patio a jugar con los muchachos... Sí; muchos juguetes le voy a comprar. ¡Y un trompo también!... Pero no se mueva, ¿eh?... ¿Un beso? ¡Veinte hijito!... Bueno; ¿me promete que va a ser buenito? ¿Que se va a estar quietito? (Lo besa y vuelve a coser afanosamente. Oyese la voz de Canillita que se acerca cantando un aire criollo conocido.) ¡Ahí está ese pícaro!...

Dichos. Canillita

CANILLITA. – Buenos días.

MÚSICA

Soy Canillita,
gran personaje,
con poca guita
y muy mal traje;
sigo travieso,
desfachatado,
chusco y travieso,
gran descarado;
soy embustero,
soy vivaracho,
y aunque cuentero
no mal muchacho.

Son mis amigos
Pulga y Gorrita,
Panchito Pugos,
Chumbo y Bolita
y con ellos y otros varios
mañana y tarde
pregonando los diarios
cruzo la calle
y en cafés y bares
le encajo a los marchantes
diarios a mares.

Me tienen gran estrilo
los naranjeros
pues en cuanto los filo
los caloteo;
y a los botones
les doy yo más trabajo
que los ladrones.

A mí no hay quien me corra
yo le garanto.

Deshago una camorra
con tres sopapos
y al más manate
le dejo las narices
como un tomate.

Muy mal considerado
por mucha gente
soy bueno, soy honrado
no soy pillete
y para un diario
soy un elemento
muy necesario.

CANILLITA. – Pero, ¡la pucha que hace frío!... ¡Brr!... ¡Zas! ¡Arturito! ¿Todavía estás enfermo!... ¿Que sos pavo!... ¡Te hubieras ganado cincuenta centavos hoy!... ¡Se vendían como agua los diarios!... (Va hacía la cómoda y revuelve afanosamente.) Y... ¿no hay nada hoy?...
CLAUDIA. – ¿Qué buscas?
CANILLITA. – ¿Que no hay nada pa bullonear?...
CLAUDIA. – ¡Sí, cómo no! ¡Por bien que te has portado! ¡Hemos de estar a las órdenes del señorito!... ¡No faltaba más!... ¿Por qué no viniste anoche? ¿Qué has andado haciendo?
CANILLITA. – ¡Zamba!... ¡Menos mal! (Se vuelve mordiendo un trozo de pan.) ¿Qué decía, doña?
CLAUDIA. – ¿Dónde has pasado la noche?
CANILLITA. – ¿Que dónde estuve anoche?... ¡Farreando! ¡Fío!... ¡Qué farra!... ¡Corno era domingo y no había diario, nos juntamos con Chumbo, el Pulga, la Pelada, Gorrita y una punta más!... Güeno, ahí nos juntamos con otra patota y agarramos pa los diques que se iba un vapor pa Uropa... ¡Qué lindo ché!... El tanaje así amontonao, mujeres, pebetes, gringos, viejos... ingleses, baúles, loros... ¡qué sé yo! ¡Vieras qué risa!... ¡El Poroto que es un desalmao, empezó a titear a un tano viejo que se llevaba como veinte cotorras pa la familia en una jaula y el gringo a estrilar!... ¡Un derrepente el vapor toca pito y los emigrantes se atropellan por los tablones tirando los baúles, colchones, sillas de paja... “¡No se apuren no se apuren!”... gritaban los empleados. ¡Y los gringos nada!... Como locos ganaban el vapor... ¡Y quién te dice que al viejo se le quedan las cotorras olvidadas!... Y no se animaba a bajar del buque. “Si me da un cinco se la alcanzó”, le gritó el Poroto... El viejo le tiró el níquel, y cuando le iba a alcanzar la jaula, un loro le clava el pico en un dedo; Poroto da un grito y... ¡zas!... la jaula al agua con todas las cotorritas... ¡Qué cosa! Güeno, dispués nos juntamos con Martillo, Gorrita y nos fuimos a dormir a la fonda.
CLAUDIA. – ¡A la fonda!...
CANILLITA. – Sí, a la fonda de los muchachos allí en una obra de la calle Cangallo... con camas de piedras...
CLAUDIA. – Donde van a jugarse la plata, ¿no?... ¿A que no traés ni medio?
CANILLITA. – ¡Ni medio!... ¿Y a mí qué?... Pa eso lo gano y es mía, bien mía, ¿sabe?... Si he de estar trabajando como un burro pa pagarle las copas a ese... atorrante, vale más que me lo juegue... Lo mismo me han de maltratar trayendo que no trayendo un centavo a casa.
CLAUDIA. – ¡Estás muy gallito!... ¡Me parece que te anda queriendo el cuerpo!...
CANILLITA. – ¡Ja, ja, ja!... ¡No crea, rubio! ¡Macana que le han contao!
CLAUDIA. – ¡Muchacho!
CANILLITA. – ¡Yo he dicho que a mí no me van a poner más la mano encima!... ¡Ni usted ni el tipo ése!...
CLAUDIA. – (Irritada.) ¿Que no? ¡Vas a ver!... (Se levanta y va hacia Canillita, que huye alrededor de los muebles golpeándose la boca y haciéndole burla. Lo alcanza y empieza a golpearlo.) ¡Tomá! ¡Sinvergüenza!... ¡Perdido!...
ARTURO. – (Incorporándose suplicante.) ¡No!... ¡No!... ¡Mamá!... ¡No le pegue a Canillita!...
CLAUDIA. – (Estrujándole con violencia.) ¡Bandido!... ¡Trompeta!... ¡Yo te voy a enseñar!...

Dichos. Don Braulio

DON BRAULIO. – (Separándolos.) ¡Señora, por Dios!... ¿Por qué le pega a esa pobre criatura?...
CLAUDIA. – ¡Es muy sinvergüenza!...
CANILLITA. – (Llorisqueando.) ¡Sí!... ¡sinvergüenza!... ¡De vicio no más me pega! ¡Yo no le he hecho nada, don Braulio, por ésta!... Es que me tiene estrilo por culpa de ese compadrón que vive con ella.
CLAUDIA. – ¡Tu padre!
CANILLITA. – ¿Mi padre?... ¡Si se afeita!... ¡Mi padre, un atorrante que vive de la ufa!... ¡Mi padre un sinvergüenza que se hace mantener por mí y por ella y hasta por esa criatura que apenas camina. (Ve a Arturito que continúa de pie sobre la cama y va hacia él.) ¡Ese no es mi padre, no puede ser padre de nadie!... Ese... ¡es un canalla!... (Se enjuga las lágrimas.) ¡Sí, señor don Braulio! ¡Yo no me he quejado nunca: pero en esta casa por culpa de ese sarnoso, me tienen como pan que no se vende. ¡Canillita, refilá el vento!... ¡Canillita, vos me estás robando! ¡Canillita que te jugás la plata! ¡Canillita, sos un bandido!... ¡Y pim, pam, pum!... ¡trompadas! ¡patadas! y ¡pellizcones!... (Con rabia.) ¡Gran perra! ¡Con eso me pagan, con pedazos de pan duro y con sopapos: que me reviente de trabajar por traerles todos los días peso y medio de ganancia!... (Llora.)
DON BRAULIO. – (Muy conmovido, acariciándolo.) ¡Vamos, muchacho! ¡Pobrecito!... ¡No llorés, que no es para tanto!...
CANILLITA. – (Secándose las lágrimas con la punta del saco.) ¡No, don Braulio; si yo no lloro!... ¡Es que me da un estrilo!... ¡Cualquier día me mando mudar y no me ven más la cara!... ¡Gran perra!...
DON BRAULIO. – ¡Vamos, vamos, botarate! ¡Dejate de macanas! Andá y dale un beso a tu madre que no tiene la culpa. (Canillita abraza a Claudia que lo estrecha sollozante.)
CLAUDIA. – ¡Pobre, pobre hijito mío!...
CANILLITA. – (Deshaciéndose, conmovido.) ¡Ya lo sé que no tiene la culpa! Antes no era así, no me pegaba ni nada. ¡Pero desde que vive con el tipo ese!... (Mordiéndose con rabia los puños.) ¡Una gran perra!... ¡Cualquier día le encajo la navaja en la barriga!...
ARTURO. – ¡Canillita! ¡Vení!... ¡Mirá! (Canillita se le acerca y conversan en voz baja.)
DON BRAULIO. – ¿Ha visto, doña Claudia?... ¡Lo que yo le decía! ¿Qué empeño tiene usted en seguir viviendo con ese hombre?... Cualquier día va a suceder una desgracia, porque ese muchacho está hecho un hombrecito y anda alzao... ¡Sepárese de una vez de Pichín!...
CLAUDIA. – Tiene razón. Hoy, después que lo he conocido a fondo, más bien que quererlo, le tengo odio... ¡Pero es capaz de hacerme cualquier cosa, hasta de matarme!...
DON BRAULIO. – ¡Qué ha de matar ese sotreta!...
CANILLITA. – (A Arturo.) ¡No; no te lo doy ni te lo muestro porque te has estado destapando!...
ARTURO. – ¡Sí!... ¡Dámelo!... ¡A ver!... ¡No seas malo!... ¡Traé!...
CANILLITA. – Bueno; si adivinás lo que es, te lo doy... empieza con t...
ARTURO. – ¡Bah!... Ya sé... ¡Un trompo!...
CANILLITA. – (Sacando un trompo del bolsillo.) ¡Y fíjate qué punta!...
DON BRAULIO. – ¡Parece mentira, doña!... No sé cómo hay gente en el mundo que se resignen a vivir una vida tan arrastrada... ¡Largue de una vez a ese individuo!... (Indeciso.) Después de todo... no le faltaría el apoyo de un hombre honrao... ¡qué diablos!... ¡Es lo que le conviene!... ¡Un buen padre para esas pobres criaturas!... Yo... Yo... por ejemplo.
CLAUDIA. – Es que...
DON BRAULIO. – ¿Entuavía le tiene cariño?...
CLAUDIA. – ¡Cariño no!... pero...
D. BRAULIO. – ¡Bah!... ¡Bah!... ¡Lárguelo por un cañuto!...
ARTURO. – ¿Y el gigante qué le hizo?...
CANILLITA. – Como estaba muy flaco lo empezó a engordar en una jaula y todos los días lo iba a ver... Cuando lo tuvo bien gordito, convidó a todos los otros gigantes a un banquete y...
DON BRAULIO. – Sí, señora; aquí están los remedios. De esta botella le da una cucharada cada dos horas y de las obleas, una cada tres horas... Dice el doctor que hay que alimentarlo bien porque está muy débil.
CLAUDIA. – ¿Cuánto le dieron por el prendedor?...
DON BRAULIO. – ¡Treinta no más!... Descontado cuatro de los remedios, le quedan veintiséis. ¡Aquí tiene la papeleta!...
CLAUDIA. – ¡Oh, gracias!... ¡Me ha hecho usted un gran servicio!...
DON BRAULIO. – No crea que me ha costado poco. ¡Con la cuestión del robo de la joyería, no ha dejado de causarme desconfianza el tal prendedorcito!... ¡Pero lo que es a mí!... Hice poner la papeleta a nombre de Pichín.
CLAUDIA. – Muy bien; gracias. Y diga, ¿lo ha visto a ese?...
DON BRAULIO. – ¿A Pichín?... Cosa mala se encuentra siempre. Lo vi en el almacén de la esquina. Creo que ha estado en la jugada y ha perdido una punta de pesos. Seguro que ahora no más cae por aquí a pedir plata.
CLAUDIA. – ¡Es claro!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Y se encuentra con Canillita!... Llévelo, don Braulio; por favor.
DON BRAULIO. – ¡Cómo no!... ¡Eh, joven!... ¿Nos vamos?...
CANILLITA. – ¡Y cómo le va!... Cuando quiera.
DON BRAULIO. – (A Claudia.) Hasta luego, doña... ¡Y haga lo que le he dicho!... Adiós, chiquito. Pórtese con juicio... ¿eh?...
CANILLITA. – Prieste un fósforo, don Braulio... y ahora un cigarro pa encenderlo... ¡Zas! ¡Da veinte!... (Enciende un cigarro, arroja una humada y con cómica gravedad da el brazo a Don Braulio y hace mutis.)

Claudia. Arturo

CLAUDIA. – (Destapando la botella del remedio.) ¡Aquí está el remedio para curar al nene!... (Llena una cucharita y se acerca a la cama.) Vamos a ver, Arturito. ¡Con esto se va a mejorar pronto!...
ARTURO. – No, eso es feo. ¡Yo no quiero!...
CLAUDIA. – ¡Qué ha de ser feo!... ¡Es dulce, muy rico!... ¡Vea cómo yo lo tomo!... ¡Vamos, no sea así!... ¡Caramba, con el niño!... Casi lo has volcado... Vea, tapándose las narices... ¡Vaya!... ¡No sea malo!... ¡Que no se diga que tamaño hombre!... ¿A ver?... Así: a la una, a las dos... y a las tres... ¡Ajá!... ¡Y ahora bien tapadito!... (Vuelve a la máquina de coser y se pone a coser.)

Dichos. Pichín

PICHÍN. – (Entra sin saludar, arrastra el baúl de debajo la cama y comienza a buscar afanosamente. Claudia le observa inquieta.) ¡Eh!... ¿Quién me ha andado revolviendo el baúl?
CLAUDIA. – (Afligida.) ¡Ay, Dios mío!... Busca el prendedor...
PICHÍN. – ¿No responden?... ¿Quién ha andao con mis cosas?...
CLAUDIA. – No sé... ¡Nadie!...
PICHÍN. – (Muy alterado tirando los objetos del baúl.) ¡Cómo que nadie!... ¿Quién me ha abierto el baúl?... he dicho... ¡Cómo!... ¡Qué es esto?. ¿No está?... (Se dirige a Claudia y la toma con violencia por un brazo.) ¿Dónde está el prendedor?... ¿Dónde está el prendedor?... ¡Pronto!...
CLAUDIA. – (Sumisa.) ¡No sé!... ¡Te digo que no sé nada!... ¡Yo no lo he tocado!...
PICHÍN. – ¡Hablá de una vez o te la doy!... ¿Qué lo has hecho?... Decí... Decí... Decí, ¡te digo!...
CLAUDIA. – ¡Nada!... No me pegués; te juro que...
PICHÍN. – ¡Decí la verdad o te reviento!...
ARTURO. – (Incorporándose asustado.) ¡Mamita!... ¡Mamita querida!... ¡No le pegue!... (Claudia llora.)
PICHÍN. – ¿Dónde está el prendedor?... ¡Responde!... ¿Te callás?... ¡Ah, ya lo sé!... ¡He visto salir al Canillita!... ¡Seguro que ese bandido me lo ha robado y ustedes quieren ocultarlo!... ¡Ah, pillete!... ¡Le voy a enseñar!... ¡Ya verán!... (Váse.)
CLAUDIA. – (Corriendo detrás.) ¡No!... ¡No!... El no ha sido. ¡Canillita no ha sido!... ¡Pancho! ¡Pancho!... ¡Yo lo saqué, Pancho!...
ARTURO. – ¡Mamá!... ¡Mamita!... (Claudia se vuelve a Arturo y se deja caer sobre la cama sollozando convulsiva mente.) (Mutación.)
CUADRO SEGUNDO
(Telón corto de calle)
MÚSICA

Vendemos los diarios
En esta ciudadPor calles y plazas,
Boliches y bares.

“La Nación” “La Prensa”,
“Patria” y “Standart”,
Se venden lo mismo
Que si fuera pan.

Llevamos nosotros
La curiosidad
Por los 10 centavos
Que el público da.

Así como en las comparsas
Con masacallas y plumero
Metemos baile con corte
En un tanguito fulero.

Y si el gobierno llama
Las clases a formar
De igual manera “viva”
El partido Nacional.

(Canillita con el grupo de muchachos avanzan jugando a la chantada con cobres. Tira pegando en el cobre del contrario y recoge ambos).

PULGA. – ¡No juego más!... ¡Me has espiantao toda la guita!...
CANILLITA. – ¡Siás otario!... ¡Si tenés más ahí!...
PULGA. – ¡Sí, pero no quiero jugar más!...
UNO. – Campaniá el botón entonces y jugamos al siete y medio...
CANILLITA. – ¿Tenés libro?... ¡Ya está!... ¡Traé, yo doy!...
UNO. – Y ¿por qué?... ¡Síás zonzo!... ¡Doy yo!...
CANILLITA. –¡Güeno!... (Se sientan en el suelo formando rueda.)
UNO. – ¿Carta?...
CANILLITA. – Planto.
UNO. – ¡Désen vuelta!... ¡A seis y medio pago!...
CANILLITA. – ¡Siete!... (Recoge los cobres y aparece el tano vendedor de naranjas.) ¡Zas!... ¡Cocoliche! ¿Cómo te va?...
TANO. – ¡Canillita!... ¿Cosa fate?... ¿Cuándo me pagás los veinte que me debés?...
CANILLITA. – ¡A ver muchachos!... ¡Al bullón!... (Los muchachos rodean al tano que se desespera conteniendo los manotones que le dan al canasto.) ¡No te asustés, gringo!... Si no te vamos a calotiar... (A los muchachos.) ¡A ver!... a formar aquí,... la guita... ¡Pronto!... (Todos meten las manos en los bolsillos y en ese mismo instante aparece el Pulga a toda carrera gritando:) ¡Canillita!... ¡Diario!... ¡Cuarta!... (Todos se echan a correr en tropel.)
TODOS. – (Gritando.) ¡Diario cuarta! ¡Diario cuarta!...
EL TANO. – (Desesperado.) ¡Eh... Canillita!... ¡Eh!... ¡Marona de lo Gármino!... ¡Mi han galotiado!...

Pichín. Pesquisa

PESQUISA. – ¿Cuál era, che?...
PICHÍN. – El que iba adelante, de chambergo gris...
PESQUISA. – ¿Y estás seguro, vos, de que él te robó el prendedor?...
PICHÍN. – ¡Cómo no!... ¡Cuando yo te lo digo!... ¡Procedé no más por mi cuenta!... ¡Es un ratero el muchacho!... Ya me ha robao una punta de cosas. ¿Te acordás de aquel anillo que me dejó la gringa cuando la metieron presa?... Pues bueno; me lo calotió una noche y lo vendió en un cambalache de la calle Libertad.
PESQUISA. – ¡Salí de ahí!... no me vengas con cuentos porque vos lo dejastes empeñao una noche en lo de Gardella!..
PICHÍN. – (Confundido.) Bueno... Sí... es cierto, pero me lo robó cuando yo lo saqué. ¿No te acordás que lo saqué a los pocos días?...
PESQUISA. – ¡Bueno... bueno!... ¡Está bien!.. Yo viá proceder pero no me hagas hacer una plancha después, ¿eh?...
PICHÍN. – ¡Salí de ahí!... ¡Ya sabés hermano, que yo!..
PESQUISA. – ¡Sí, hombre!... Lo decía por las dudas, no más... ¿Y ánde lo agarramos, ahora?...
PICHÍN. – ¡Por alguna imprenta!... (Se oyen varias voces.)
VOCES. – (De adentro.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!...
PICHÍN. – ¡Che... ahí está!... ¡Es ese más ligero que viene adelante!...
Dichos. Canillita

CANILLITA. – (Corriendo.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!... (Acercándose a Pichín.) ¿Diario?... (Al reconocerlo hace un gesto de desagrado, retrocede un paso, escupe despreciativamente en el suelo y echa a correr.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!...
PESQUISA. – (Deteniéndolo por un brazo.) ¡Che!... ¡Vení pacá!...
CANILLITA. – (Ofreciéndole un ejemplar.) ¿Diario, señor?... ¿Eh?... ¿Por qué me agarra?... ¡Compre, si quiere, y déjese de embromar! ¡Qué también!... (Forcejea por desasirse.)
PICHÍN. – ¡No lo dejés ir, che!...
CANILLITA. –¡Soltame, gran perra!... ¡Cajetilla del diablo! ¿Por qué me agarrás?... (Tironea.)
PESQUISA. – (Impacientándose.) ¡Eh, vamos, mocoso!... (Salen algunos transeúntes y se detienen presenciando la escena.)
PICHÍN. – ¡Llevalo, no más, a la comisaría, que ahora voy a hacer la exposición!...
CANILLITA. – (Asombrado.) ¡Oh!... ¿Y por qué me va a llevar?... ¿Yo qué le he hecho?... ¿No puedo vender diarios, entonces?... (Compungido.) Vea, oficial... Yo no he faltao.

Dichos. El Pulga. Un curioso

PULGA. – (Saliendo.) ¡Diario cuarta!... ¡Zas!... ¡Canillita!... (Interponiéndose.) ¿Eh? ¿Por qué lo agarra?... ¿No tiene vergüenza de meterse con un chiquilín? ¡Lárguelo!...
PESQUISA. – Marchá; no más...
UN CURIOSO. – ¿Por qué lo lleva?. ¿Qué ha pasado?...
CANILLITA. – (Lloroso.) ¡Vea, señor!... Yo no hice nada... Pasaba vendiendo diarios y me agarra de vicio, no más! Dígale que me suelte, ¿quiere?... ¡Le juro por esta!... ¡Que no he dado motivo!...
UN CURIOSO. – ¡Suéltelo!... ¡Si es por eso, no más!...
PESQUISA. – Señor, yo sé lo que hago. ¡Es un ladroncito el muchacho!...
CANILLITA. – (Irguiéndose, indignado.) ¡Yo, ladrón!... ¡Una gran perra!... ¡Yo, ladrón!... ¡Ah, trompeta!... ¡Ahora sí que no me llevan!... (Rabioso.) ¡Largame, hij´ una madre!...
PICHÍN. – (Tomándolo por un brazo.) ¡Marchá, no más!... ¡Ahora vas a decir qué has hecho de mi prendedor!..
CANILLITA. – ¡Tu prendedor!... ¡Oh!... ¡Con que eras vos, canalla! (Consigue desasirse y se abalanza sobre Pichín pegándole y mordiéndolo.) ¡Ladrón!... ¡Ladrón.!..

Dichos. Agente. Vendedores

AGENTE. – (Llega de izquierda, corriendo.) ¿Qué es eso?...
PESQUISA. – ¡Llevame a este muchacho a la comisaría!... (El agente lo hace violentamente. Canillita forcejeando cae al suelo y se levanta desesperadamente.)
CANILLITA. – ¡Ah! ¡Botón!... ¡Botón trompeta!... ¡No me pegués, botón!... (Se incorpora. El agente lo tironea arrastrándolo hacia la izquierda.) ¡Ay!... ¡Mamita querida!... ¡Yo ladrón!... (Volviéndose hacia Pichín.) ¡Canalla!... ¡Canalla!...
VENDEDORES. – (A coro.) ¡Lárguelo!... ¡Que lo larguen!... (El agente lo va llevando poco a poco.)
CANILLITA. – (A Pichín.) ¡Canalla!... ¡Me la vas a pagar!... ¡Te voy a matar!... ¡A matar!... (Lo escupe. Pichín va hacia él, amenazador.)
PULGA. – (Interponiéndose.) ¡No le pegue!... ¿No tiene vergüenza?... ¡Tamaño zanguango!... ¡Salga de ahí!.. (Lo tironea del saco.)
PICHÍN. – (Volviéndose, amenazador.) ¡Y a vos también!...
PULGA. – ¡A mí!... ¡Maní!... ¡Tomá!... (Le arroja con la tabla que lleva en las manos y escapa por derecha; los demás muchachos lo rodean burlándolo, y tirándole el saco huyen en todas direcciones. Los curiosos también se alejan. Pulga se vuelve y grita): ¡La vida del canfli!... ¡A cinco centavos!... (Pichín, enfurecido, lo corre.) (Mutación.)
CUADRO TERCERO
(El patio de un conventillo con los accesorios necesarios, sin olvidar el consabido alambre con ropa blanca colgada. En la puerta del primer término derecha, Don Braulio poniendo paja a una silla. En la del frente, Vecina 1ª preparando comida en un brasero. Junto a la del segundo término derecha que se supone la habitación de Claudia, una tina de lavar, una porción de ropa mojada; y en la puerta de enfrente, Vecina 2ª, sentada tomando mate. Al centro muchachos jugando a la rayuela.)

Don Braulio, Vecina 1ª y 2ª
Muchachos 1º, 2º y 3º
Después Batista y un Vecino

MÚSICA

MUCHACHO 1º. –
(Tira el tejo.) ¡Infierno!...
MUCHACHO 2º. –
¡Cayó sobre raya!...
MUCHACHO 1º. –
¡Mentira! ¡Mal haya!...
MUCHACHO 2º. –
¡Perdiste! ¡Pavote!..
MUCHACHO 3º. –
¡No puedes hablar!...
MUCHACHO 1º. –
¡No juego, eso es trampa!...
MUCHACHO 2º. –
¡Perdistes, perdistes!..
MUCHACHO 3º. –
¡No puedes hablar!...
VECINA 1ª. –
¡Canallas! ¡Trompetas!
¡Les voy a enseñar! (Se abalanza y riñen.)
DON BRAULIO. –
¡A ver, mocozuelos, silencio, a callar!
MUCHACHO 1º. –
¡Es que me hacen trampa!...
MUCHACHO 2º y 3º. –
¡Mentira, don Braulio!...
MUCHACHO 1º. –
¡Se la voy a dar!
BATISTA. –
(Saliendo.) ¿Quién mete bochinche?
VECINA 1ª. –
¿Quién ha de meter?...
¡Sino esos pilletes!...
BATISTA. –
¡Pues ya van a ver!...
MUCHACHOS. –
(Burlones.) El cuco. ¡Qué miedo!...
Disparen, muchachos,
nos va a comer. (Huyen.)
UN VENDEDOR. –
(Dentro.) ¡Pra papas, marchante!...
DON BRAULIO. –
(Sujetando a Batista.) ¡El genio su jete!..
VECINA 1ª. – ¿Y a usted quién lo mete?
DON BRAULIO. –
¡Señora, más calma!
Atienda el puchero.
BATISTA. –
¡Cuidado, sillero
que le rompo el alma!...
DON BRAULIO. –
(Burlón.) ¡Está bien, no se enoje;
sabemos que es malo!...
VECINA 1ª. –
¡Andate pa dentro;
Batista, dejalo!
VECINA 2ª. –
(Cruza la escena y empieza a torcer la ropa en la tina.)
Qué gente tan mala,
Vidalitá
Hay en esta casa;
Batista y su mina,
Vidalitá
Se llevan la palma.
DON BRAULIO. –
Ahora sí que se arma
la farra de veras.
BATISTA. –
Che, Basilia. Me viá a dormir,
aprontá el bullón y no te metás.
(Hace mutis.)
Con esa ladiada. No quiero batifondo.
VECINA 2ª. –
El miedo no es zonzo.
VECINA 1ª. –
¡No seas tan mala!
VECINA 2ª. –
No seré tan mala,
Vidalitá,
Con mis vecinas;
Pero no me corren,
Vidalitá,
Como a las gallinas.
VECINA 1ª. –
Delen un hueso a ese perro
porque está ladrando de hambre.
DON BRAULIO. –
A que no se arañan,
Vidalitá,
Hago dos apuestas;
Son pura parada,
Vidalitá,
Las comadres éstas.

(Hablado.)

DON BRAULIO. – Parece que la cosecha va a ser llovedora... ¡Este viento saca agua!...
VECINA 1ª. – Ya lo creo; ¡y biabas también!...
VECINA 2ª. – Diga, don Braulio: ¿el jarabe de pico es bueno para la tos?...
DON BRAULIO. – Sí; y los parches porosos.
Dichos. Un Mercero

MERCERO. – (Con acento catalán.) ¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas!
DON BRAULIO. – ¡No!...
MERCERO. – Pañueletas calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa.
DON BRAULIO. – ¡Nooo!...
MERCERO. – Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón. ¿Precisa, marchante?...
(Dirigiéndose a la Vecina 1ª.)
VECINA 2ª –No le ofrezca... Lo que le sobra a la señora es eso... “Jabón”... (Se pone a colgar ropa.)
DON BRAULIO. – ¡Sigue tronando!... (Se frota las manos.)
VECINA 1ª. – Diga, marchante... ¿el Bufach es bueno para espantar las moscas?...
DON BRAULIO. – ¡Qué nubarrones!... (Se va el Mercero.)

Dichos. Menos Mercero

VECINA 1ª. – Diga: ¿no tiene más que hacer que poner su ropa encima de la mía?...
VECINA 2ª. – ¡Jesús!... ¡No le vayan a manchar las enaguas a la hija de Roca!... ¿Cuánto paga, doña, por el alquiler del alambre?
DON BRAULIO. – ¡Se viene el agua!
VECINA 1ª. – Lo que a usted no se le importa, ¡so comadre! ¡Y haga el favor de sacar esos trapos sucios de ahí!
VECINA 2ª. – ¡Trapos sucios!... ¡Trapos sucios!... ¡Qué más te quisieras para un día de fiesta!...
DON BRAULIO. – ¡Qué relámpagos! ¡Eh! ¡Más calma, madamas! ¡No hay que enojarse!...
VECINA 2ª. – Déjela, don Braulio. ¡El estrilo es libre!...
VECINA 1ª. – ¡Es que si no la saca, se la saco yo!...
VECINA 2ª. – ¡Con lo qué pican las avispas!... (Apartándose.) ¡Ahí la tiene! ¡Sáquela!...
DON BRAULIO. – ¡El chaparrón!... ¡Con piedras!... (La Vecina 1ª empieza a tirar la ropa al suelo, la otra se avalanza y riñen. Don Braulio se interpone tironeando a la primera. Salen chicos y algunos vecinos.) ¡Caramba... señoras!... ¿Cuándo acabarán de meter bochinche?...
VECINA 1ª. – ¿Y a usted quién lo mete? ¡Viejo calzonudo!... (Volviéndose) ¡Te viá enseñar, arrastrada!... ¡Ladrona!... ¡Escracho!...
DON BRAULIO. – ¡Eh, más despacio!...!Mire que si sigue así la vamos a tener que llevar al Jardín Zoológico entre las fieras!... (Risas.)
VECINA 1ª. – ¡A mí!... ¡A mí!... ¡Viejo chancleta!... (Se abalanza a pegarle.)
DON BRAULIO. – (Sujetándola.) ¡Demonio con la bruja esta!...
VECINA 1ª. – (Vencida.) ¡Ay!... ¡Viejo achacoso!... ¡Batista! ¡Batista!...

Dichos. Batista

BATISTA. – (Lentamente bostezando.) ¿Qué hay?... ¡No dejan dormir en paz a uno!... ¿Qué es lo que ha pasao?...
VECINA 1ª. – ¡Que le he arrancao el moño a esa ladiada!..
BATISTA. – ¿Y pa eso me llamás?... ¡Siempre has de ser vos la bochinchera!... ¿No te dije que no quería batifondos?... ¡Camínate pa dentro!... ¡Ya!...
VECINA 1ª – ¡Sí, dale la razón, no más!... ¡Ya sé que le andás arrastrando el ala a ese escracho!...
VECINA 2ª. – ¡Que más se quisiera!... ¡No me echo aceite en el pelo!...
VECINA 1ª. – ¡Cuando no podés, desgraciada!...
BATISTA. – ¡Caminate pa dentro te he dicho!... ¡Andá o te doy!... (La empuja y vanse disputando.)

Don Braulio. Pulga

DON BRAULIO. – ¡Qué gente ésta!... Siempre lo mismo estos inquilinos... Bueno, en todas partes es igual. A ratos me parece que el mundo es un conventillo grande y todos sus habitantes ¡Batista, Pichines, Claudias y Basilios!... La verdad es que... (Sigue silvando y tejiendo.)
PULGA. – (Corriendo.) ¡Don Braulio... a Canillita lo han metido en cana!...
DON BRAULIO. – (Alarmado.) ¡Qué!... ¿Cómo?...
PULGA. – Lo agarró un pesquisa que iba con don Pichín.
DON BRAULIO. – ¿Por qué?... ¿Qué ha hecho?...
PULGA. – ¡Nada!... Iba vendiendo diarios y me lo cacharon, pero dijo Pichín después que le ha robao un prendedor.
DON BRAULIO. – ¡Oh!... ¡Qué infamia!... ¡Ya comprendo!... ¡Pobre muchachito!... ¡Vamos a sacarlo en seguida!... (Entra en la pieza y vuelve con el sombrero puesto, dirigiéndose con Pulga a la calle. Varios chicos quedan jugando a la rayuela.)

Claudia. Un chico. Vecina 2ª

CLAUDIA. – (Sale con un montón de ropa y se pone a lavar.) Buenas tarde, vecina.
VECINA 2ª. – Muy buenas, doña Claudia... ¿Cómo sigue Arturito?...
CLAUDIA. – No lo hallo bien... Está con mucha fatiga... No quiere tomar nada... en fin, que me tiene con cuidado. Estoy esperando a Canillita para mandarlo a ver otra vez al doctor. ¿No lo han visto, chicos, a mi hijo?...
UN CHICO. – Sabe, doña Claudia, Canillita está en cana...
CLAUDIA. – ¡Canillita!... ¿Por qué?...
CHICO. – ¡Por nada!... (Seña de robo.) ¡La ha espiantado un prendedor a don Pichín!...
CLAUDIA. – ¡Qué!... ¿Qué decís... ¡Un prendedor!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen santa!... ¡Yo tengo la culpa!... ¡Yo tengo la culpa!... ¡Pobre hijito mío!... ¡Yo... yo… soy yo la culpable!... ¡Oh, ese hombre... ese hombre!... ¡No haberme muerto antes de conocerlo!... Pero esto no va a quedar así. (Al chico) Dime: ¿dónde lo llevaron?...
CHICO. – Aquí a la vuelta, a la 1ª.
CLAUDIA. – Vení... vamos allá... ¡Qué infamia!... (Toma al chico de la mano y va a salir cuando aparece Pichín por el foro.) ¡Él!

Dichos. Pichín

PICHÍN. – ¿Ande vas?...
CLAUDIA. – ¡Donde a usted no se le importa!... (Avanza.)
PICHÍN. – (Atajándola.) ¡Eh! ¡Pará el carro!... ¡Qué retobada estás, vieja!...
CLAUDIA. – Dejame salir...
PICHÍN. – ¡Che!... ¡Che no te pasés!... (La toma de un brazo.) ¿Qué andás queriendo?...
CLAUDIA. – ¿Que ando queriendo?... ¡Que ando queriendo!... (Resuelta.) ¡Decí, ladrón! ¿Qué has hecho con Canillita?...
PICHÍN. – ¡Meterlo en cana, por ratero!... ¡Ya verás cómo aparece pronto el prendedor!...
CLAUDIA. – ¡No!... ¡No!... ¡No ha de aparecer tan pronto, infame!... ¡El prendedor lo he sacado yo!... para comprar el pan a esas pobres criaturas que por culpa tuya viven hambrientos Porque necesitaba ropa para ellos y para mí, pues lo que ganamos no alcanza más que para abrigarte a ti, miserable!... ¡Sí yo le he sacado!. ¡Yo!... ¡Yo!... ¿Entiendes?.. Y lo he empeñado en treinta pesos para asegurar la salud de mi hijo, y 15 días de reposo v bienestar desconocidos en esta casa: ¡desde el momento maldito en que tuve la idea de poner los ojos en un canalla, en un borracho, en un ladrón como vos!...
PICHÍN. – ¿Has acabao?...
CLAUDIA. – Sí... ¡Y hemos acabao!...
PICHÍN. – ¡Bueno!... ¡Caminá pa dentro!...
CLAUDIA. – (Irónica.) ¡No!... ¿Para qué?... ¡Si me vas a castigar, pegame aquí!... ¡No tengas vergüenza!... Si no es la primera vez que lo hacés delante de todo el mundo... ¡No tengas miedo!... ¡Ya sabés que nunca me he defendido!... ¡Andá, pues! ¿O estás hoy menos cobarde que de costumbre?... ¡Pegame!... (Ofreciéndole la cara.) ¡Aquí... aquí en la cara!...
PICHÍN. – (Sombrío.) ¡Caminá pa dentro, te he dicho!...
CLAUDIA. – ¡Ah!... ya sé,.. ¿Quieres sacarme la plata?... ¿Que te entregue los treinta pesos?... primero...
PICHÍN. – ¡Andá pa dentro!...
CLAUDIA. – ¡Qué notable!... ¡Pero será inútil, hijito! Esa plata es sagrada, no la verás... ¡De modo que podés ir pegando!
PICHÍN. – ¡Eh!... ¡No aguanto más!... ¡Ya!... ¡Pa dentro!... (La toma por un brazo y la tironea violentamente hacia el cuarto.)
CLAUDIA. – ¡Al fin!... ¡Pegá!... ¡Pegá!... ¡Valiente!...
PICHÍN. – ¡Tomá!... (Le pega en el rostro.)

Dichos. Canillita. Don Braulio

CANILLITA. – ¡Una gran perra!... ¡Asesino!... (Saca rápidamente un cuchillo y va hacia Pichín. Cuando va a darle el golpe, don Braulio le detiene el brazo.) ¡Lárgueme!... ¡Lárgueme!... ¡Que lo mato a ese perro! (Claudia lo sujeta también, Pichín retrocede espantado.)
DON BRAULIO. – Dejalo, ya ha de encontrar quien le dé su merecido.
PICHÍN. – (Reponiéndose.) Diga, don ¿Podría saber quién le ha dao vela en este entierro?...
DON BRAULIO. – ¡La señora!... ¡Pa que le alumbre el suyo!... (Canillita tienta arrebatarle el cuchillo.) ¡Eh, mocoso!... ¡Quedesé quieto!... (A Pichín) Pues la señora me ha dicho que... como va a vivir sola en su casa ¿entiende?.. ¡En su casa!... Le cuide la puerta pa que no dentren intrusos...
PICHÍN. – ¡Ah!... ¡Sí! ¡Está bueno!... ¿Dónde vive la señora?... Porque hasta ahora ha vivido en la mía y en mi casa no se precisan porteros... (Alterado.) Y menos porteros como vos... ¡Viejo taquera!... ¿Entendés?... ¡Viejo taquera!... (Con un movimiento brusco lo toma por el brazo derecho. Ansiedad.)
DON BRAULIO. – ¡Está bien!... ¡No se enoje!... Yo no quiero pelear con usted...
PICHÍN. – (Soltándolo.) ¡Lo ve, pues!...
DON BRAULIO. – (Apartándose.) Tenía razón, compañero... Pero es que la señora se ha mudao... ¿Verdad, doña Claudia, que se ha mudao usted a mi casa?... ¡Y en mi casa no entran ladrones por la noche!...
PICHÍN. – ¿Qué decís?...
DON BRAULIO. – ¡Ladrones!...
PICHÍN. – ¡A' hijuna!... (Se avalanza sobre don Braulio, éste esquiva el encuentro y le asesta una puñalada.)

Dichos. Batista

BATISTA. – (Saliendo.) ¿Otro bochinche? (Queda estupefacto.)
CANILLITA. – ¡Ah! ¡Don Braulio!... ¡Me hubiera dejado a mí!...
DON BRAULIO. – (Reponiéndose.) ¡Preferible es que acabe yo mis días en un presidio a que empecés los tuyos en una cárcel!...

Telón

La caída de la Casa Usher

Edgar Allan Poe
Son coeur est un luth suspendu;
Sitôt qu' on le touche, il résonne.
(De Béranger)
Durante todo un día de otoño, triste, oscuro, silencioso, cuando las nubes se cernían bajas y pesadas en el cielo, crucé solo, a caballo, una región singularmente lúgubre del país; y, al fin, al acercarse las sombras de la noche, me encontré a la vista de la melancólica Casa Usher. No sé cómo fue, pero a la primera mirada que eché al edificio invadió mi espíritu un sentimiento de insoportable tristeza. Digo insoportable porque no lo atemperaba ninguno de esos sentimientos semiagradables por ser poéticos, con los cuales recibe el espíritu aun las más austeras imágenes naturales de lo desolado o lo terrible. Miré el escenario que tenía delante –la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados– con una fuerte depresión de ánimo únicamente comparable, como sensación terrena, al despertar del fumador de opio, la amarga caída en la existencia cotidiana, el horrible descorrerse del velo. Era una frialdad, un abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza mental que ningún acicate de la imaginación podía desviar hacia forma alguna de lo sublime. ¿Qué era –me detuve a pensar–, qué era lo que así me desalentaba en la contemplación de la Casa Usher? Misterio insoluble; y yo no podía luchar con los sombríos pensamientos que se congregaban a mi alrededor mientras reflexionaba. Me vi obligado a incurrir en la insatisfactoria conclusión de que mientras hay, fuera de toda duda, combinaciones de simplísimos objetos naturales que tienen el poder de afectarnos así, el análisis de este poder se encuentra aún entre las consideraciones que están más allá de nuestro alcance. Era posible, reflexioné, que una simple disposición diferente de los elementos de la escena, de los detalles del cuadro, fuera suficiente para modificar o quizá anular su poder de impresión dolorosa; y, procediendo de acuerdo con esta idea, empujé mi caballo a la escarpada orilla de un estanque negro y fantástico que extendía su brillo tranquilo junto a la mansión; pero con un estremecimiento aún más sobrecogedor que antes contemplé la imagen reflejada e invertida de los juncos grises, y los espectrales troncos, y las vacías ventanas como ojos.
En esa mansión de melancolía, sin embargo, proyectaba pasar algunas semanas. Su propietario, Roderick Usher, había sido uno de mis alegres compañeros de adolescencia; pero muchos años habían transcurrido desde nuestro último encuentro. Sin embargo, acababa de recibir una carta en una región distinta del país –una carta suya–, la cual, por su tono exasperadamente apremiante, no admitía otra respuesta que la presencia personal. La escritura denotaba agitación nerviosa. El autor hablaba de una enfermedad física aguda, de un desorden mental que le oprimía y de un intenso deseo de verme por ser su mejor y, en realidad, su único amigo personal, con el propósito de lograr, gracias a la jovialidad de mi compañía, algún alivio a su mal. La manera en que se decía esto y mucho más, este pedido hecho de todo corazón, no me permitieron vacilar y, en consecuencia, obedecí de inmediato al que, no obstante, consideraba un requerimiento singularísimo.
Aunque de muchachos habíamos sido camaradas íntimos, en realidad poco sabía de mi amigo. Siempre se había mostrado excesivamente reservado. Yo sabía, sin embargo, que su antiquísima familia se había destacado desde tiempos inmemoriales por una peculiar sensibilidad de temperamento desplegada, a lo largo de muchos años, en numerosas y elevadas concepciones artísticas y manifestada, recientemente, en repetidas obras de caridad generosas, aunque discretas, así como en una apasionada devoción a las dificultades más que a las bellezas ortodoxas y fácilmente reconocibles de la ciencia musical. Conocía también el hecho notabilísimo de que la estirpe de los Usher, siempre venerable, no había producido, en ningún periodo, una rama duradera; en otras palabras, que toda la familia se limitaba a la línea de descendencia directa y siempre, con insignificantes y transitorias variaciones, había sido así. Esta ausencia, pensé, mientras revisaba mentalmente el perfecto acuerdo del carácter de la propiedad con el que distinguía a sus habitantes, reflexionando sobre la posible influencia que la primera, a lo largo de tantos siglos, podía haber ejercido sobre los segundos, esta ausencia, quizá, de ramas colaterales, y la consiguiente transmisión constante de padre a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era la que, al fin, identificaba tanto a los dos, hasta el punto de fundir el título originario del dominio en el extraño y equívoco nombre de Casa Usher, nombre que parecía incluir, entre los campesinos que lo usaban, la familia y la mansión familiar.
He dicho que el solo efecto de mi experimento un tanto infantil –el de mirar en el estanque– había ahondado la primera y singular impresión. No cabe duda de que la conciencia del rápido crecimiento de mi superstición –pues, ¿por qué no he de darle este nombre?– servía especialmente para acelerar su crecimiento mismo. Tal es, lo sé de antiguo, la paradójica ley de todos los sentimientos que tienen como base el terror. Y debe de haber sido por esta sola razón que, cuando de nuevo alcé los ojos hacia la casa desde su imagen en el estanque, surgió en mi mente una extraña fantasía, fantasía tan ridícula, en verdad, que sólo la menciono para mostrar la vívida fuerza de las sensaciones que me oprimían. Mi imaginación estaba excitada al punto de convencerme de que se cernía sobre toda la casa y el dominio una atmósfera propia de ambos y de su inmediata vecindad, una atmósfera sin afinidad con el aire del cielo, exhalada por los árboles marchitos, por los muros grises, por el estanque silencioso, un vapor pestilente y místico, opaco, pesado, apenas perceptible, de color plomizo.
Sacudiendo de mi espíritu eso que tenía que ser un sueño, examiné más de cerca el verdadero aspecto del edificio. Su rasgo dominante parecía ser una excesiva antigüedad. Grande era la decoloración producida por el tiempo. Menudos hongos se extendían por toda la superficie, suspendidos desde el alero en una fina y enmarañada tela de araña. Pero esto nada tenía que ver con ninguna forma de destrucción. No había caído parte alguna de la mampostería, y parecía haber una extraña incongruencia entre la perfecta adaptación de las partes y la disgregación de cada piedra. Esto me recordaba mucho la aparente integridad de ciertos maderajes que se han podrido largo tiempo en alguna cripta descuidada, sin que intervenga el soplo del aire exterior. Aparte de este indicio de ruina general la fábrica daba pocas señales de inestabilidad. Quizá el ojo de un observador minucioso hubiera podido descubrir una fisura apenas perceptible que, extendiéndose desde el tejado del edificio, en el frente, se abría camino pared abajo, en zig-zag, hasta perderse en las sombrías aguas del estanque.
Mientras observaba estas cosas cabalgué por una breve calzada hasta la casa. Un sirviente que aguardaba tomó mi caballo, y entré en la bóveda gótica del vestíbulo. Un criado de paso furtivo me condujo desde allí, en silencio, a través de varios pasadizos oscuros e intrincados, hacia el gabinete de su amo. Mucho de lo que encontré en el camino contribuyó, no sé cómo, a avivar los vagos sentimientos de los cuales he hablado ya. Mientras los objetos circundantes –los relieves de los cielorrasos, los oscuros tapices de las paredes, el ébano negro de los pisos y los fantasmagóricos trofeos heráldicos que rechinaban a mi paso– eran cosas a las cuales, o a sus semejantes, estaba acostumbrado desde la infancia, mientras cavilaba en reconocer lo familiar que era todo aquello, me asombraban por lo insólitas las fantasías que esas imágenes no habituales provocaban en mí. En una de las escaleras encontré al médico de la familia. La expresión de su rostro, pensé, era una mezcla de baja astucia y de perplejidad. El criado abrió entonces una puerta y me dejó en presencia de su amo.
La habitación donde me hallaba era muy amplia y alta. Tenía ventanas largas, estrechas y puntiagudas, y a distancia tan grande del piso de roble negro, que resultaban absolutamente inaccesibles desde dentro. Débiles fulgores de luz carmesí se abrían paso a través de los cristales enrejados y servían para diferenciar suficientemente los principales objetos; los ojos, sin embargo, luchaban en vano para alcanzar los más remotos ángulos del aposento, a los huecos del techo abovedado y esculpido. Oscuros tapices colgaban de las paredes. El moblaje general era profuso, incómodo, antiguo y destartalado. Había muchos libros e instrumentos musicales en desorden, que no lograban dar ninguna vitalidad a la escena. Sentí que respiraba una atmósfera de dolor. Un aire de dura, profunda e irremediable melancolía lo envolvía y penetraba todo.
A mi entrada, Usher se incorporó de un sofá donde estaba tendido cuan largo era y me recibió con calurosa vivacidad, que mucho tenía, pensé al principio, de cordialidad excesiva, del esfuerzo obligado del hombre de mundo ennuyé. Pero una mirada a su semblante me convenció de su perfecta sinceridad. Nos sentamos y, durante unos instantes, mientras no hablaba, lo observé con un sentimiento en parte de compasión, en parte de espanto. ¡Seguramente hombre alguno hasta entonces había cambiado tan terriblemente, en un periodo tan breve, como Roderick Usher! A duras penas pude llegar a admitir la identidad del ser exangüe que tenía ante mí, con el compañero de mi adolescencia. Sin embargo, el carácter de su rostro había sido siempre notable. La tez cadavérica; los ojos, grandes, líquidos, incomparablemente luminosos; los labios, un tanto finos y muy pálidos, pero de una curva extraordinariamente hermosa; la nariz, de delicado tipo hebreo, pero de ventanillas más abiertas de lo que es habitual en ellas; el mentón, finamente modelado, revelador, en su falta de prominencia, de una falta de energía moral; los cabellos, más suaves y más tenues que tela de araña: estos rasgos y el excesivo desarrollo de la región frontal constituían una fisonomía difícil de olvidar. Y ahora la simple exageración del carácter dominante de esas facciones y de su expresión habitual revelaban un cambio tan grande, que dudé de la persona con quien estaba hablando. La palidez espectral de la piel, el brillo milagroso de los ojos, por sobre todas las cosas me sobresaltaron y aun me aterraron. El sedoso cabello, además, había crecido al descuido y, como en su desordenada textura de telaraña flotaba más que caía alrededor del rostro, me era imposible, aun haciendo un esfuerzo, relacionar su enmarañada apariencia con idea alguna de simple humanidad.
En las maneras de mi amigo me sorprendió encontrar incoherencia, inconsistencia, y pronto descubrí que era motivada por una serie de débiles y fútiles intentos de vencer un azoramiento habitual, una excesiva agitación nerviosa. A decir verdad, ya estaba preparado para algo de esta naturaleza, no menos por su carta que por reminiscencias de ciertos rasgos juveniles y por las conclusiones deducidas de su peculiar conformación física y su temperamento. Sus gestos eran alternativamente vivaces y lentos. Su voz pasaba de una indecisión trémula (cuando su espíritu vital parecía en completa latencia) a esa especie de concisión enérgica, esa manera de hablar abrupta, pesada, lenta, hueca; a esa pronunciación gutural, densa, equilibrada, perfectamente modulada que puede observarse en el borracho perdido o en el opiómano incorregible durante los periodos de mayor excitación.
Así me habló del objeto de mi visita, de su vehemente deseo de verme y del solaz que aguardaba de mí. Abordó con cierta extensión lo que él consideraba la naturaleza de su enfermedad. Era, dijo, un mal constitucional y familiar, y desesperaba de hallarle remedio; una simple afección nerviosa, añadió de inmediato, que indudablemente pasaría pronto. Se manifestaba en una multitud de sensaciones anormales. Algunas de ellas, cuando las detalló, me interesaron y me desconcertaron, aunque sin duda tuvieron importancia los términos y el estilo general del relato. Padecía mucho de una acuidad mórbida de los sentidos; apenas soportaba los alimentos más insípidos; no podía vestir sino ropas de cierta textura; los perfumes de todas las flores le eran opresivos; aun la luz más débil torturaba sus ojos, y sólo pocos sonidos peculiares, y éstos de instrumentos de cuerda, no le inspiraban horror.
Vi que era un esclavo sometido a una suerte anormal de terror. "Moriré –dijo–, tengo que morir de esta deplorable locura. Así, así y no de otro modo me perderé. Temo los sucesos del futuro, no por sí mismos, sino por sus resultados. Me estremezco pensando en cualquier incidente, aun el más trivial, que pueda actuar sobre esta intolerable agitación. No aborrezco el peligro, como no sea por su efecto absoluto: el terror. En este desaliento, en esta lamentable condición, siento que tarde o temprano llegará el periodo en que deba abandonar vida y razón a un tiempo, en alguna lucha con el torvo fantasma: el miedo."
Conocí además por intervalos, y a través de insinuaciones interrumpidas y ambiguas, otro rasgo singular de su condición mental. Estaba dominado por ciertas impresiones supersticiosas relativas a la morada que ocupaba y de donde, durante muchos años, nunca se había aventurado a salir, supersticiones relativas a una influencia cuya supuesta energía fue descrita en términos demasiado sombríos para repetirlos aquí; influencia que algunas peculiaridades de la simple forma y material de la casa familiar habían ejercido sobre su espíritu, decía, a fuerza de soportarlas largo tiempo; efecto que el aspecto físico de los muros y las torrecillas grises y el oscuro estanque en el cual éstos se miraban había producido, a la larga, en la moral de su existencia.
Admitía, sin embargo, aunque con vacilación, que podía buscarse un origen más natural y más palpable a mucho de la peculiar melancolía que así lo afectaba: la cruel y prolongada enfermedad, la disolución evidentemente próxima de una hermana tiernamente querida, su única compañía durante muchos años, su último y solo pariente sobre la tierra. "Su muerte –decía con una amargura que nunca podré olvidar– hará de mí (de mí, el desesperado, el frágil) el último de la antigua raza de los Usher." Mientras hablaba, Lady Madeline (que así se llamaba) pasó lentamente por un lugar apartado del aposento y, sin notar mi presencia, desapareció. La miré con extremado asombro, no desprovisto de temor, y sin embargo me es imposible explicar estos sentimientos. Una sensación de estupor me oprimió, mientras seguía con la mirada sus pasos que se alejaban. Cuando por fin una puerta se cerró tras ella, mis ojos buscaron instintiva y ansiosamente el semblante del hermano, pero éste había hundido la cara entre las manos y sólo pude percibir que una palidez mayor que la habitual se extendía en los dedos descarnados, por entre los cuales se filtraban apasionadas lágrimas.
La enfermedad de Lady Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Lady Madeline, por lo menos en vida.
En los varios días posteriores, ni Usher ni yo mencionamos su nombre, y durante este periodo me entregué a vehementes esfuerzos para aliviar la melancolía de mi amigo. Pintábamos y leíamos juntos; o yo escuchaba, como en un sueño, las extrañas improvisaciones de su elocuente guitarra. Y así, a medida que una intimidad cada vez más estrecha me introducía sin reserva en lo más recóndito de su alma, iba advirtiendo con amargura la futileza de todo intento de alegrar un espíritu cuya oscuridad, como una cualidad positiva, inherente, se derramaba sobre todos los objetos del universo físico y moral, en una incesante irradiación de tinieblas.
Siempre tendré presente el recuerdo de las muchas horas solemnes que pasé a solas con el amo de la Casa Usher. Sin embargo, fracasaría en todo intento de dar una idea sobre el exacto carácter de los estudios o las ocupaciones a los cuales me inducía o cuyo camino me mostraba. Una idealidad exaltada, enfermiza, arrojaba un fulgor sulfúreo sobre todas las cosas. Sus largos e improvisados cantos fúnebres resonarán eternamente en mis oídos. Entre otras cosas, conservo dolorosamente en la memoria cierta singular perversión y amplificación del extraño aire del último vals de Von Weber. De las pinturas que nutrían su laboriosa imaginación y cuya vaguedad crecía a cada pincelada, vaguedad que me causaba un estremecimiento tanto más penetrante, cuanto que ignoraba su causa; de esas pinturas (tan vívidas que aún tengo sus imágenes ante mí) sería inútil mi intento de presentar algo más que la pequeña porción comprendida en los límites de las meras palabras escritas. Por su extremada simplicidad, por la desnudez de sus diseños, atraían la atención y la subyugaban. Si jamás un mortal pintó una idea, ese mortal fue Roderick Usher. Para mí, al menos –en las circunstancias que entonces me rodeaban–, surgía de las puras abstracciones que el hipocondríaco lograba proyectar en la tela, una intensidad de intolerable espanto, cuya sombra nunca he sentido, ni siquiera en la contemplación de las fantasías de Fuseli, resplandecientes, por cierto, pero demasiado concretas.
Una de las fantasmagóricas concepciones de mi amigo, que no participaba con tanto rigor del espíritu de abstracción, puede ser vagamente esbozada, aunque de una manera indecisa, débil, en palabras. El pequeño cuadro representaba el interior de una bóveda o túnel inmensamente largo, rectangular, con paredes bajas, lisas, blancas, sin interrupción ni adorno alguno. Ciertos elementos accesorios del diseño servían para dar la idea de que esa excavación se hallaba a mucha profundidad bajo la superficie de la tierra. No se observaba ninguna saliencia en toda la vasta extensión, ni se discernía una antorcha o cualquier otra fuente artificial de luz; sin embargo, flotaba por todo el espacio una ola de intensos rayos que bañaban el conjunto con un esplendor inadecuado y espectral.
He hablado ya de ese estado mórbido del nervio auditivo que hacía intolerable al paciente toda música, con excepción de ciertos efectos de instrumentos de cuerda. Quizá los estrechos límites en los cuales se había confinado con la guitarra fueron los que originaron, en gran medida, el carácter fantástico de sus obras. Pero no es posible explicar de la misma manera la fogosa facilidad de sus impromptus. Debían de ser –y lo eran, tanto las notas como las palabras de sus extrañas fantasías (pues no pocas veces se acompañaba con improvisaciones verbales rimadas)–, debían de ser los resultados de ese intenso recogimiento y concentración mental a los cuales he aludido antes y que eran observables sólo en ciertos momentos de la más alta excitación mental. Recuerdo fácilmente las palabras de una de esas rapsodias. Quizá fue la que me impresionó con más fuerza cuando la dijo, porque en la corriente interna o mística de su sentido creí percibir, y por primera vez, una acabada conciencia por parte de Usher de que su encumbrada razón vacilaba sobre su trono. Los versos, que él tituló El palacio encantado, decían poco más o menos así:

En el más verde de los valles
que habitan ángeles benéficos,
erguíase un palacio lleno
de majestad y hermosura.
¡Dominio del rey Pensamiento,
allí se alzaba!
Y nunca un serafín batió sus alas
sobre cosa tan bella.

Amarillos pendones, sobre el techo
flotaban, áureos y gloriosos
(todo eso fue hace mucho,
en los más viejos tiempos);
y con la brisa que jugaba
en tan gozosos días,
por las almenas se expandía
una fragancia alada.

Y los que erraban en el valle,
por dos ventanas luminosas
a los espíritus veían
danzar al ritmo de laúdes,
en torno al trono donde
(¡porfirogéneto!)
envuelto en merecida pompa,
sentábase el señor del reino.

Y de rubíes y de perlas
era la puerta del palacio,
de donde como un río fluían,
fluían centelleando,
los Ecos, de gentil tarea:
la de cantar con altas voces
el genio y el ingenio
de su rey soberano.

Mas criaturas malignas invadieron,
vestidas de tristeza, aquel dominio.
(¡Ah, duelo y luto! ¡Nunca más
nacerá otra alborada!)
Y en torno del palacio, la hermosura
que antaño florecía entre rubores,
es sólo una olvidada historia
sepulta en viejos tiempos.

Y los viajeros, desde el valle,
por las ventanas ahora rojas,
ven vastas formas que se mueven
en fantasmales discordancias,
mientras, cual espectral torrente,
por la pálida puerta
sale una horrenda multitud que ríe...
pues la sonrisa ha muerto.

Recuerdo bien que las sugestiones nacidas de esta balada nos lanzaron a una corriente de pensamientos donde se manifestó una opinión de Usher que menciono, no por su novedad (pues otros hombres[1] han pensado así), sino para explicar la obstinación con que la defendió. En líneas generales afirmaba la sensibilidad de todos los seres vegetales. Pero en su desordenada fantasía la idea había asumido un carácter más audaz e invadía, bajo ciertas condiciones, el reino de lo inorgánico. Me faltan palabras para expresar todo el alcance, o el vehemente abandono de su persuasión. La creencia, sin embargo, se vinculaba (como ya lo he insinuado) con las piedras grises de la casa de sus antepasados. Las condiciones de la sensibilidad habían sido satisfechas, imaginaba él, por el método de colocación de esas piedras, por el orden en que estaban dispuestas, así como por los numerosos hongos que las cubrían y los marchitos árboles circundantes, pero, sobre todo, por la prolongación inmodificada de este orden y su duplicación en las quietas aguas del estanque. Su evidencia –la evidencia de esa sensibilidad– podía comprobarse, dijo (y al oírlo me estremecí), en la gradual pero segura condensación de una atmósfera propia en torno a las aguas y a los muros. El resultado era discernible, añadió, en esa silenciosa, mas importuna y terrible influencia que durante siglos había modelado los destinos de la familia, haciendo de él eso que ahora estaba yo viendo, eso que él era. Tales opiniones no necesitan comentario, y no haré ninguno.
Nuestros libros –los libros que durante años constituyeran no pequeña parte de la existencia intelectual del enfermo– estaban, como puede suponerse, en estricto acuerdo con este carácter espectral. Estudiábamos juntos obras tales como el Verver et Chartreuse, de Gresset; el Belfegor, de Maquiavelo; Del cielo y del infierno, de Swedenborg; el Viaje subterráneo de Nicolás Klim, de Holberg; la Quiromancia de Robert Flud, de Jean D'Indaginé y De la Chambre; el Viaje a la distancia azul, de Tieck; y La ciudad del sol, de Campanella. Nuestro libro favorito era un pequeño volumen en octavo del Directorium Inquisitorium, del dominico Eymeric de Gironne, y había pasajes de Pomponius Mela sobre los viejos sátiros africanos y egibanos, con los cuales Usher soñaba horas enteras. Pero encontraba su principal deleite en la lectura cuidadosa de un rarísimo y curioso libro gótico en cuarto –el manual de una iglesia olvidada–, las Vigiliæ Mortuorum Chorum Eclesiæ Maguntiæ.
No podía dejar de pensar en el extraño ritual de esa obra y en su probable influencia sobre el hipocondríaco, cuando una noche, tras informarme bruscamente que Lady Madeline había dejado de existir, declaró su intención de preservar su cuerpo durante quince días (antes de su inhumación definitiva) en una de las numerosas criptas del edificio. El humano motivo que alegaba para justificar esta singular conducta no me dejó en libertad de discutir. El hermano había llegado a esta decisión (así me dijo) considerando el carácter insólito de la enfermedad de la difunta, ciertas importunas y ansiosas averiguaciones por parte de sus médicos, la remota y expuesta situación del cementerio familiar. No he de negar que, cuando evoqué el siniestro aspecto de la persona con quien me cruzara en la escalera el día de mi llegada a la casa, no tuve deseo de oponerme a lo que consideré una precaución inofensiva y en modo alguno extraña.
A pedido de Usher, lo ayudé personalmente en los preparativos de la sepultura temporaria. Ya en el ataúd, los dos solos llevamos el cuerpo a su lugar de descanso. La cripta donde lo depositamos (por tanto tiempo clausurada que las antorchas casi se apagaron en su atmósfera opresiva, dándonos poca oportunidad para examinarla) era pequeña, húmeda y desprovista de toda fuente de luz; estaba a gran profundidad, justamente bajo la parte de la casa que ocupaba mi dormitorio. Evidentemente había desempeñado, en remotos tiempos feudales, el siniestro oficio de mazmorra, y en los últimos tiempos el de depósito de pólvora o alguna otra sustancia combustible, pues una parte del piso y todo el interior del largo pasillo abovedado que nos llevara hasta allí estaban cuidadosamente revestidos de cobre. La puerta, de hierro macizo, tenía una protección semejante. Su inmenso peso, al moverse sobre los goznes, producía un chirrido agudo, insólito.
Una vez depositada la fúnebre carga sobre los caballetes, en aquella región de horror, retiramos parcialmente hacia un lado la tapa todavía suelta del ataúd, y miramos la cara de su ocupante. Un sorprendente parecido entre el hermano y la hermana fue lo primero que atrajo mi atención, y Usher, adivinando quizá mis pensamientos, murmuró algunas palabras, por las cuales supe que la muerta y él eran mellizos y que entre ambos habían existido siempre simpatías casi inexplicables. Nuestros ojos, sin embargo, no se detuvieron mucho en la muerta, porque no podíamos mirarla sin espanto. El mal que llevara a Lady Madeline a la tumba en la fuerza de la juventud había dejado, como es frecuente en todas las enfermedades de naturaleza estrictamente cataléptica, la ironía de un débil rubor en el pecho y la cara, y esa sonrisa suspicaz, lánguida, que es tan terrible en la muerte. Volvimos la tapa a su sitio, la atornillamos y, asegurada la puerta de hierro, emprendimos camino, con fatiga, hacia los aposentos apenas menos lúgubres de la parte superior de la casa.
Y entonces, transcurridos algunos días de amarga pena, sobrevino un cambio visible en las características del desorden mental de mi amigo. Sus maneras habituales habían desaparecido. Descuidaba u olvidaba sus ocupaciones comunes. Erraba de aposento en aposento con paso presuroso, desigual, sin rumbo. La palidez de su semblante había adquirido, si era posible tal cosa, un tinte más espectral, pero la luminosidad de sus ojos había desaparecido por completo. El tono a veces ronco de su voz ya no se oía, y una vacilación trémula, como en el colmo del terror, caracterizaba ahora su pronunciación. Por momentos, en verdad, pensé que algún secreto opresivo dominaba su mente agitada sin descanso, y que luchaba por conseguir valor suficiente para divulgarlo. Otras veces, en cambio, me veía obligado a reducirlo todo a las meras e inexplicables divagaciones de la locura, pues lo veía contemplar el vacío horas enteras, en actitud de profundísima atención, como si escuchara algún sonido imaginario. No es de extrañarse que su estado me aterrara, que me inficionara. Sentía que a mi alrededor, a pasos lentos pero seguros, se deslizaban las extrañas influencias de sus supersticiones fantásticas y contagiosas.
Al retirarme a mi dormitorio la noche del séptimo u octavo día después de que Lady Madeline fuera depositada en la mazmorra, y siendo ya muy tarde, experimenté de manera especial y con toda su fuerza esos sentimientos. El sueño no se acercaba a mi lecho y las horas pasaban y pasaban. Luché por racionalizar la nerviosidad que me dominaba. Traté de convencerme de que mucho, si no todo lo que sentía, era causado por la desconcertante influencia del lúgubre moblaje de la habitación, de los tapices oscuros y raídos que, atormentados por el soplo de una tempestad incipiente, se balanceaban espasmódicos de aquí para allá sobre los muros y crujían desagradablemente alrededor de los adornos del lecho. Pero mis esfuerzos eran infructuosos. Un temblor incontenible fue invadiendo gradualmente mi cuerpo, y al fin se instaló sobre mi propio corazón un íncubo, el peso de una alarma por completo inmotivada. Lo sacudí, jadeando, luchando, me incorporé sobre las almohadas y, mientras miraba ansiosamente en la intensa oscuridad del aposento, presté atención –ignoro por qué, salvo que me impulsó una fuerza instintiva– a ciertos sonidos ahogados, indefinidos, que llegaban en las pausas de la tormenta, con largos intervalos, no sé de dónde. Dominado por un intenso sentimiento de horror, inexplicable pero insoportable, me vestí aprisa (pues sabía que no iba a dormir más durante la noche) e intenté salir de la lamentable condición en que había caído, recorriendo rápidamente la habitación de un extremo al otro.
Había dado unas pocas vueltas, cuando un ligero paso en una escalera contigua atrajo mi atención. Reconocí entonces el paso de Usher. Un instante después llamaba con un toque suave a mi puerta y entraba con una lámpara. Su semblante tenía, como de costumbre, una palidez cadavérica, pero además había en sus ojos una especie de loca hilaridad, una histeria evidentemente reprimida en toda su actitud. Su aire me espantó, pero todo era preferible a la soledad que había soportado tanto tiempo, y hasta acogí su presencia con alivio.
–¿No lo has visto? –dijo bruscamente, después de echar una mirada a su alrededor, en silencio–. ¿No lo has visto? Pues aguarda, lo verás –y diciendo esto protegió cuidadosamente la lámpara, se precipitó a una de las ventanas y la abrió de par en par a la tormenta.
La ráfaga entró con furia tan impetuosa que estuvo a punto de levantarnos del suelo. Era, en verdad, una noche tempestuosa, pero de una belleza severa, extrañamente singular en su terror y en su hermosura. Al parecer, un torbellino desplegaba su fuerza en nuestra vecindad, pues había frecuentes y violentos cambios en la dirección del viento; y la excesiva densidad de las nubes (tan bajas que oprimían casi las torrecillas de la casa) no nos impedía advertir la viviente velocidad con que acudían de todos los puntos, mezclándose unas con otras sin alejarse. Digo que aun su excesiva densidad no nos impedía advertirlo, y sin embargo no nos llegaba ni un atisbo de la luna o de las estrellas, ni se veía el brillo de un relámpago. Pero las superficies inferiores de las grandes masas de agitado vapor, así como todos los objetos terrestres que nos rodeaban, resplandecían en la luz extranatural de una exhalación gaseosa, apenas luminosa y claramente visible, que se cernía sobre la casa y la amortajaba.
–¡No debes mirar, no mirarás eso! –dije, estremeciéndome, mientras con suave violencia apartaba a Usher de la ventana para conducirlo a un asiento–. Estos espectáculos, que te confunden, son simples fenómenos eléctricos nada extraños, o quizá tengan su horrible origen en el miasma corrupto del estanque. Cerremos esta ventana; el aire está frío y es peligroso para tu salud. Aquí tienes una de tus novelas favoritas. Yo leeré y me escucharás, y así pasaremos juntos esta noche terrible.
El antiguo volumen que había tomado era Mad Trist, de sir Launcelot Canning; pero lo había calificado de favorito de Usher más por triste broma que en serio, pues poco había en su prolijidad tosca, sin imaginación, que pudiera interesar a la elevada e ideal espiritualidad de mi amigo. Pero era el único libro que tenía a mano, y alimenté la vaga esperanza de que la excitación que en ese momento agitaba al hipocondríaco pudiera hallar alivio (pues la historia de los trastornos mentales está llena de anomalías semejantes) aun en la exageración de la locura que yo iba a leerle. De haber juzgado, a decir verdad, por la extraña y tensa vivacidad con que escuchaba o parecía escuchar las palabras de la historia, me hubiera felicitado por el éxito de mi idea.
Había llegado a esa parte bien conocida de la historia en que Ethelred, el héroe del Trist, después de sus vanos intentos de introducirse por las buenas en la morada del eremita, procede a entrar por la fuerza. Aquí, se recordará, las palabras del relator son las siguientes:
"Y Ethelred, que era por naturaleza un corazón valeroso, y fortalecido, además, gracias al poder del vino que había bebido, no aguardó el momento de parlamentar con el eremita, quien, en realidad, era de índole obstinada y maligna; mas sintiendo la lluvia sobre sus hombros, y temiendo el estallido de la tempestad, alzó resueltamente su maza y a golpes abrió un rápido camino en las tablas de la puerta para su mano con guantelete, y, tirando con fuerza hacia sí, rajó, rompió, lo destrozó todo en tal forma que el ruido de la madera seca y hueca retumbó en el bosque y lo llenó de alarma."
Al terminar esta frase me sobresalté y por un momento me detuve, pues me pareció (aunque en seguida concluí que mi excitada imaginación me había engañado), me pareció que, de alguna remotísima parte de la mansión, llegaba confusamente a mis oídos algo que podía ser, por su exacta similitud, el eco (aunque sofocado y sordo, por cierto) del mismo ruido de rotura, de destrozo que Launcelot había descrito con tanto detalle. Fue, sin duda alguna, la coincidencia lo que atrajo mi atención pues, entre el crujir de los bastidores de las ventanas y los mezclados ruidos habituales de la tormenta creciente, el sonido en sí mismo nada tenía, a buen seguro, que pudiera interesarme o distraerme. Continué el relato:
"Pero el buen campeón Ethelred pasó la puerta y quedó muy furioso y sorprendido al no percibir señales del maligno eremita y encontrar, en cambio, un dragón prodigioso, cubierto de escamas, con lengua de fuego, sentado en guardia delante de un palacio de oro con piso de plata, y del muro colgaba un escudo de bronce reluciente con esta leyenda:
Quien entre aquí, conquistador será;
Quien mate al dragón, el escudo ganará.

"Y Ethelred levantó su maza y golpeó la cabeza del dragón, que cayó a sus pies y lanzó su apestado aliento con un rugido tan hórrido y bronco y además tan penetrante que Ethelred se tapó de buena gana los oídos con las manos para no escuchar el horrible ruido, tal como jamás se había oído hasta entonces."
Aquí me detuve otra vez bruscamente, y ahora con un sentimiento de violento asombro, pues no podía dudar de que en esta oportunidad había escuchado realmente (aunque me resultaba imposible decir de qué dirección procedía) un grito insólito, un sonido chirriante, sofocado y aparentemente lejano, pero áspero, prolongado, la exacta réplica de lo que mi imaginación atribuyera al extranatural alarido del dragón, tal como lo describía el novelista.
Oprimido, como por cierto lo estaba desde la segunda y más extraordinaria coincidencia, por mil sensaciones contradictorias, en las cuales predominaban el asombro y un extremado terror, conservé, sin embargo, suficiente presencia de ánimo para no excitar con ninguna observación la sensibilidad nerviosa de mi compañero. No era nada seguro que hubiese advertido los sonidos en cuestión, aunque se había producido durante los últimos minutos una evidente y extraña alteración en su apariencia. Desde su posición frente a mí había hecho girar gradualmente su silla, de modo que estaba sentado mirando hacia la puerta de la habitación, y así sólo en parte podía ver yo sus facciones, aunque percibía sus labios temblorosos, como si murmuraran algo inaudible. Tenía la cabeza caída sobre el pecho, pero supe que no estaba dormido por los ojos muy abiertos, fijos, que vi al echarle una mirada de perfil. El movimiento del cuerpo contradecía también esta idea, pues se mecía de un lado a otro con un balanceo suave, pero constante y uniforme. Luego de advertir rápidamente todo esto, proseguí el relato de Launcelot, que decía así:
"Y entonces el campeón, después de escapar a la terrible furia del dragón, se acordó del escudo de bronce y del encantamiento roto, apartó el cuerpo muerto de su camino y avanzó valerosamente sobre el argentado pavimento del castillo hasta donde colgaba del muro el escudo, el cual, entonces, no esperó su llegada, sino que cayó a sus pies sobre el piso de plata con grandísimo y terrible fragor."
Apenas habían salido de mis labios estas palabras, cuando –como si realmente un escudo de bronce, en ese momento, hubiera caído con todo su peso sobre un pavimento de plata– percibí un eco claro, profundo, metálico y resonante, aunque en apariencia sofocado. Incapaz de dominar mis nervios, me puse en pie de un salto; pero el acompasado movimiento de Usher no se interrumpió. Me precipité al sillón donde estaba sentado. Sus ojos miraban fijos hacia adelante y dominaba su persona una rigidez pétrea. Pero, cuando posé mi mano sobre su hombro, un fuerte estremecimiento recorrió su cuerpo; una sonrisa malsana tembló en sus labios, y vi que hablaba con un murmullo bajo, apresurado, ininteligible, como si no advirtiera mi presencia. Inclinándome sobre él, muy cerca, bebí, por fin, el horrible significado de sus palabras:
–¿No lo oyes? Sí, yo lo oigo y lo he oído. Mucho, mucho, mucho tiempo... muchos minutos, muchas horas, muchos días lo he oído, pero no me atrevía... ¡Ah, compadéceme, mísero de mí, desventurado! ¡No me atrevía... no me atrevía a hablar! ¡La encerramos viva en la tumba! ¿No dije que mis sentidos eran agudos? ahora te digo que oí sus primeros movimientos, débiles, en el fondo del ataúd. Los oí hace muchos, muchos días, y no me atreví, ¡no me atrevía hablar! ¡Y ahora, esta noche, Ethelred, ja, ja! ¡La puerta rota del eremita, y el grito de muerte del dragón, y el estruendo del escudo!... ¡Di, mejor, el ruido del ataúd al rajarse, y el chirriar de los férreos goznes de su prisión, y sus luchas dentro de la cripta, por el pasillo abovedado, revestido de cobre! ¡Oh! ¿Adónde huiré? ¿No estará aquí pronto? ¿No se precipita a reprocharme mi prisa? ¿No he oído sus pasos en la escalera? ¿No distingo el pesado y horrible latido de su corazón? ¡INSENSATO! –y aquí, furioso, de un salto, se puso de pie y gritó estas palabras, como si en ese esfuerzo entregara su alma–: ¡INSENSATO! ¡TE DIGO QUE ESTÁ DEL OTRO LADO DE LA PUERTA!
Como si la sobrehumana energía de su voz tuviera la fuerza de un sortilegio, los enormes y antiguos batientes que Usher señalaba abrieron lentamente, en ese momento, sus pesadas mandíbulas de ébano. Era obra de la violenta ráfaga, pero allí, del otro lado de la puerta, ESTABA la alta y amortajada figura de Lady Madeline Usher. Había sangre en sus ropas blancas, y huellas de acerba lucha en cada parte de su descarnada persona. Por un momento permaneció temblorosa, tambaleándose en el umbral; luego, con un lamento sofocado, cayó pesadamente hacia adentro, sobre el cuerpo de su hermano, y en su violenta agonía final lo arrastró al suelo, muerto, víctima de los terrores que había anticipado.
De aquel aposento, de aquella mansión huí aterrado. Afuera seguía la tormenta en toda su ira cuando me encontré cruzando la vieja avenida. De pronto surgió en el sendero una luz extraña y me volví para ver de dónde podía salir fulgor tan insólito, pues la vasta casa y sus sombras quedaban solas a mis espaldas. El resplandor venía de la luna llena, roja como la sangre, que brillaba ahora a través de aquella fisura casi imperceptible dibujada en zig–zag desde el tejado del edificio hasta la base. Mientras la contemplaba, la figura se ensanchó rápidamente, pasó un furioso soplo del torbellino, todo el disco del satélite irrumpió de pronto ante mis ojos y mi espíritu vaciló al ver desmoronarse los poderosos muros, y hubo un largo y tumultuoso clamor como la voz de mil torrentes, y a mis pies el profundo y corrompido estanque se cerró sombrío, silencioso, sobre los restos de la casa Usher.
[1] Watson, el doctor Percival, Spallanzani y, especialmente, el obispo de Landaff. Veánse los Ensayos químicos, tomo V.
Traducción de Julio Cortázar

Marcadores textuales

Señalan los accidentes de la prosa: la estructura, las conexiones entre frases, la función de un fragmento, etc. Tienen forma de conjunciones, adverbios, locuciones conjuntivas o incluso sintagmas, y son útiles para ayudar al lector a comprender el texto. La siguiente lista fue extraída de los siguientes autores: Marshek (1975), Flower (1989), Cassany (1991), «la Caixa» (1991) y Castellà (1992). Por supuesto, es forzosamente orientativa, funcional e incompleta.

Para estructurar el texto. Afectan a un fragmento relativamente extenso del texto (párrafo, apartado, grupo de oraciones…). Sirven para establecer orden y relaciones significativas entre frases.

Para estructurar las ideas. Afectan a fragmentos más breves de texto (oraciones, frases…) y conectan las ideas entre sí en el interior de la oración. Son las conjunciones de la gramática tradicional.



Los marcadores textuales deben colocarse en las posiciones importantes del texto (inicio de párrafo o frase), para que el lector los distinga de un vistazo, incluso antes de empezar a leer, y pueda hacerse una idea de la organización del texto. No hay que abusar de ellos porque pueden atiborrar el texto.

De La cocina de la escritura, Daniel Cassany, Anagrama, Barcelona, 1997

27 de abril de 2009

El demonio de la perversidad

Edgar Allan Poe

En la consideración de las facultades e impulsos de los prima mobilia del alma humana los frenólogos han olvidado una tendencia que, aunque evidentemente existe como un sentimiento radical, primitivo, irreductible, los moralistas que los precedieron también habían pasado por alto. Con la perfecta arrogancia de la razón, todos la hemos pasado por alto. Hemos permitido que su existencia escapara a nuestro conocimiento tan sólo por falta de creencia, de fe, sea fe en la Revelación o fe en la Cábala. Nunca se nos ha ocurrido pensar en ella, simplemente por su gratuidad. No creímos que esa tendencia tuviera necesidad. No podíamos entender, es decir, aunque la noción de esta primum mobile se hubiese introducido por sí misma, no podíamos entender de qué modo era capaz de actuar para mover las cosas humanas, ya temporales, ya eternas. No es posible negar que la frenología, y en gran medida toda la metafísica, han sido elaboradas a priori. El metafísico y el lógico, más que el hombre que piensa o el que observa, se ponen a imaginar designios de Dios, a dictarle propósitos. Habiendo sondeado de esta manera, a gusto, las intenciones de Jehová, construyen sobre estas intenciones sus innumerables sistemas mentales. En materia de frenología, por ejemplo, hemos determinado, primero (por lo demás era bastante natural hacerlo), que entre los designios de la Divinidad se contaba el de que el hombre comiera. Asignamos, pues, a éste un órgano de la alimentividad para alimentarse, y este órgano es el acicate con el cual la Deidad fuerza al hombre, quieras que no, a comer. En segundo lugar, habiendo decidido que la voluntad de Dios quiere que el hombre propague la especie, descubrimos inmediatamente un órgano de la amatividad. Y lo mismo hicimos con la combatividad, la idealidad, la casualidad, la constructividad, en una palabra, con todos los órganos que representaran una tendencia, un sentimiento moral o una facultad del puro intelecto. Y en este ordenamiento de los principios de la acción humana, los spurzheimistas, con razón o sin ella, en parte o en su totalidad, no han hecho sino seguir en principio los pasos de sus predecesores, deduciendo y estableciendo cada cosa a partir del destino preconcebido del hombre y tomando como fundamento los propósitos de su Creador.
Hubiera sido más prudente, hubiera sido más seguro fundar nuestra clasificación (puesto que debemos hacerla) en lo que el hombre habitual u ocasionalmente hace, y en lo que siempre hace ocasionalmente, en cambio de fundarla en la hipótesis de lo que Dios pretende obligarle a hacer. Si no podemos comprender a Dios en sus obras visibles, ¿cómo lo comprenderíamos en los inconcebibles pensamientos que dan vida a sus obras? Si no podemos entenderlo en sus criaturas objetivas, ¿cómo hemos de comprenderlo en sus tendencias esenciales y en las fases de la creación?
La inducción a posteriori hubiera llevado a la frenología a admitir, como principio innato y primitivo de la acción humana, algo paradójico que podemos llamar perversidad a falta de un término más característico. En el sentido que le doy es, en realidad, un móvil sin motivo, un motivo no motivado. Bajo sus incitaciones actuamos sin objeto comprensible, o, si esto se considera una contradicción en los términos por la razón puede ser más irrazonable; pero, de hecho, no hay ninguna más fuerte. Para ciertos espíritus, en ciertas condiciones llega a ser absolutamente irresistible. Tan seguro como que respiro sé que en seguridad de la equivocación o el error de una acción cualquiera reside con frecuencia la fuerza irresistible, la única que nos impele a su prosecución. Esta invencible tendencia a hacer el mal por el mal mismo no admitirá análisis o resolución en ulteriores elementos. Es un impulso radical, primitivo, elemental. Se dirá, lo sé, que cuando persistimos en nuestros actos porque sabemos que no deberíamos hacerlo, nuestra conducta no es sino una modificación de la que comúnmente provoca la combatividad de la frenología. Pero una mirada mostrará la falacia de esta idea. La combatividad, a la cual se refiere la frenología, tiene por esencia la necesidad de autodefensa. Es nuestra salvaguardia contra todo daño. Su principio concierne a nuestro bienestar, y así el deseo de estar bien es excitado al mismo tiempo que su desarrollo. Se sigue que el deseo de estar bien debe ser excitado al mismo tiempo por algún principio que será una simple modificación de la combatividad, pero en el caso de esto que llamamos perversidad el deseo de estar bien no sólo no se manifiesta, sino que existe un sentimiento fuertemente antagónico.
Si se apela al propio corazón, se hallará, después de todo, la mejor réplica a la sofistería que acaba de señalarse. Nadie que consulte con sinceridad su alma y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical. No es más incomprensible que característica. No hay hombre viviente a quien en algún período no lo haya atormentado, por ejemplo, un vehemente deseo de torturar a su interlocutor con circunloquios. El que habla advierte el desagrado que causa; tiene toda la intención de agradar; por lo demás, es breve, preciso y claro; el lenguaje más lacónico y más luminoso lucha por brotar de su boca; sólo con dificultad refrena su curso; teme y lamenta la cólera de aquel a quien se dirige; sin embargo, se le ocurre la idea de que puede engendrar esa cólera con ciertos incisos y ciertos paréntesis. Este solo pensamiento es suficiente. El impulso crece hasta el deseo, el deseo hasta el anhelo, el anhelo hasta un ansia incontrolable y el ansia (con gran pesar y mortificación del que habla y desafiando todas las consecuencias) es consentida.
Tenemos ante nosotros una tarea que debe ser cumplida velozmente. Sabemos que la demora será ruinosa. La crisis más importante de nuestra vida exige, a grandes voces, energía y acción inmediatas. Ardemos, nos consumimos de ansiedad por comenzar la tarea, y en la anticipación de su magnifico resultado nuestra alma se enardece. Debe, tiene que ser emprendida hoy y, sin embargo, la dejamos para mañana; y ¿por qué? No hay respuesta, salvo que sentimos esa actitud perversa, usando la palabra sin comprensión del principio. El día siguiente llega, y con él una ansiedad más impaciente por cumplir con nuestro deber, pero con este verdadero aumento de ansiedad llega también un indecible anhelo de postergación realmente espantosa por lo insondable. Este anhelo cobra fuerzas a medida que pasa el tiempo. La última hora para la acción está al alcance de nuestra mano. Nos estremece la violencia del conflicto interior, de lo definido con lo indefinido, de la sustancia con la sombra. Pero si la contienda ha llegado tan lejos, la sombra es la que vence, luchamos en vano. Suena la hora y doblan a muerto por nuestra felicidad. Al mismo tiempo es el canto del gallo para el fantasma que nos había atemorizado. Vuela, desaparece, somos libres. La antigua energía retorna. Trabajaremos ahora. ¡Ay, es demasiado tarde!
Estamos al borde de un precipicio. Miramos el abismo, sentimos malestar y vértigo. Nuestro primer impulso es retroceder ante el peligro. Inexplicablemente, nos quedamos. En lenta graduación, nuestro malestar y nuestro vértigo se confunden en una nube de sentimientos inefables. Por grados aún más imperceptibles esta nube cobra forma, como el vapor de la botella de donde surgió el genio en Las mil y una noches. Pero en esa nube nuestra al borde del precipicio, adquiere consistencia una forma mucho más terrible que cualquier genio o demonio de leyenda, y, sin embargo, es sólo un pensamiento, aunque temible, de esos que hielan hasta la médula de los huesos con la feroz delicia de su horror. Es simplemente la idea de lo que serían nuestras sensaciones durante la veloz caída desde semejante altura. Y esta caída, esta fulminante aniquilación, por la simple razón de que implica la más espantosa y la más abominable entre las más espantosas y abominables imágenes de la muerte y el sufrimiento que jamás se hayan presentado a nuestra imaginación, por esta simple razón la deseamos con más fuerza. Y porque nuestra razón nos aparta violentamente del abismo, por eso nos acercamos a él con más ímpetu. No hay en la naturaleza pasión de una impaciencia tan demoniaca como la del que, estremecido al borde de un precipicio, piensa arrojarse en él. Aceptar por un instante cualquier atisbo de pensamiento significa la perdición inevitable, pues la reflexión no hace sino apremiarnos para que no lo hagamos, y justamente por eso, digo, no podemos hacerlo. Si no hay allí un brazo amigo que nos detenga, o si fallamos en el súbito esfuerzo de echarnos atrás, nos arrojamos, nos destruimos.
Examinemos estas acciones y otras similares: encontraremos que resultan sólo del espíritu de perversidad. Las perpetramos simplemente porque sentimos que no deberíamos hacerlo. Más acá o más allá de esto no hay principio inteligible; y podríamos en verdad considerar su perversidad como una instigación directa del demonio si no supiéramos que a veces actúa en fomento del bien.
He hablado tanto que en cierta medida puedo responder a vuestra pregunta, puedo explicaros por qué estoy aquí, puedo mostraros algo que tendrá, por lo menos, una débil apariencia de justificación de estos grillos y esta celda de condenado que ocupo. Si no hubiera sido tan prolijo, o no me hubierais comprendido, o, como la chusma, me hubierais considerado loco. Ahora advertiréis fácilmente que soy una de las innumerables víctimas del demonio de la perversidad.
Es imposible que acción alguna haya sido preparada con más perfecta deliberación. Semanas, meses enteros medité en los medios del asesinato. Rechacé mil planes porque su realización implicaba una chance de ser descubierto. Por fin, leyendo algunas memorias francesas, encontré el relato de una enfermedad casi fatal sobrevenida a madame Pilau por obra de una vela accidentalmente envenenada. La idea impresionó de inmediato mi imaginación. Sabía que mi víctima tenía la costumbre de leer en la cama. Sabía también que su habitación era pequeña y mal ventilada. Pero no necesito fatigaros con detalles impertinentes. No necesito describir los fáciles artificios mediante los cuales sustituí, en el candelero de su dormitorio, la vela que allí encontré por otra de mi fabricación. A la mañana siguiente lo hallaron muerto en su lecho, y el veredicto del coroner fue:
«Muerto por la voluntad de Dios.»
Heredé su fortuna y todo anduvo bien durante varios años. Ni una sola vez cruzó por mi cerebro la idea de ser descubierto. Yo mismo hice desaparecer los restos de la bujía fatal. No dejé huella de una pista por la cual fuera posible acusarme o siquiera hacerme sospechoso del crimen. Es inconcebible el magnífico sentimiento de satisfacción que nacía en mi pecho cuando reflexionaba en mi absoluta seguridad. Durante un período muy largo me acostumbré a deleitarme en este sentimiento. Me proporcionaba un placer más real que las ventajas simplemente materiales derivadas de mi crimen. Pero le sucedió, por fin, una época en que el sentimiento agradable llegó, en gradación casi imperceptible, a convertirse en una idea obsesiva, torturante. Torturante por lo obsesiva. Apenas podía librarme de ella por momentos. Es harto común que nos fastidie el oído, o más bien la memoria, el machacón estribillo de una canción vulgar o algunos compases triviales de una ópera. El martirio no sería menor si la canción en sí misma fuera buena o el aria de ópera meritoria. Así es como, al fin, me descubría permanentemente pensando en mi seguridad y repitiendo en voz baja la frase: «Estoy a salvo».
Un día, mientras vagabundeaba por las calles, me sorprendí en el momento de murmurar, casi en voz alta, las palabras acostumbradas. En un acceso de petulancia les di esta nueva forma: «Estoy a salvo, estoy a salvo si no soy lo bastante tonto para confesar abiertamente.»
No bien pronuncié estas palabras, sentí que un frío de hielo penetraba hasta mi corazón. Tenía ya alguna experiencia de estos accesos de perversidad (cuya naturaleza he explicado no sin cierto esfuerzo) y recordaba que en ningún caso había resistido con éxito sus embates. Y ahora, la casual insinuación de que podía ser lo bastante tonto para confesar el asesinato del cual era culpable se enfrentaba conmigo como la verdadera sombra de mi asesinado y me llamaba a la muerte.
Al principio hice un esfuerzo para sacudir esta pesadilla de mi alma. Caminé vigorosamente, más rápido, cada vez más rápido, para terminar corriendo. Sentía un deseo enloquecedor de gritar con todas mis fuerzas. Cada ola sucesiva de mi pensamiento me abrumaba de terror, pues, ay, yo sabía bien, demasiado bien que pensar, en mi situación, era estar perdido. Aceleré aún más el paso. Salté como un loco por las calles atestadas. Al fin, el populacho se alarmó y me persiguió. Sentí entonces la consumación de mi destino. Si hubiera podido arrancarme la lengua lo habría hecho, pero una voz ruda resonó en mis oídos, una mano más ruda me aferró por el hombro. Me volví, abrí la boca para respirar. Por un momento experimenté todas las angustias del ahogo: estaba ciego, sordo, aturdido; y entonces algún demonio invisible –pensé– me golpeó con su ancha palma en la espalda. El secreto, largo tiempo prisionero, irrumpió de mi alma.
Dicen que hablé con una articulación clara, pero con marcado énfasis y apasionada prisa, como si temiera una interrupción antes de concluir las breves pero densas frases que me entregaban al verdugo y al infierno.
Después de relatar todo lo necesario para la plena acusación judicial, caí por tierra desmayado.
Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí! ¡Mañana estaré libre! pero, ¿dónde?
Traducción de Julio Cortázar

¿Cómo ayudar a nuestros hijos con su falta de vocabulario?

Nada es mágico. Todo requiere una cierta disciplina. A ver si, mediante el siguiente mecanismo, que le hemos sugerido a nuestros alumnos durante años y con alentadores éxitos, vos mámá/papá podés participar en la resolución de este problema.
Vamos a empezar con un poema muy querido por este Taller de Escritura Creativa de León Felipe:

La palabra

Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
que si desceñida o apretada…
que si la túnica o que si la casaca…
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis?...
¿Me ha oído usted, Señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre… y la Torre tiene que ser alta… alta… alta…
hasta que no pueda se más alta.
hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo… la última palabra,
para tirárselo a Dios
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria…
y romperle la frente… A ver si dentro de su cráneo
está la Luz… o está la Nada

León Felipe (1884-1968)

Tomemos de este conmovedor poema el concepto de palabra/ladrillo. Nuestros preadolescentes tienen un número bajo de palabras en su reservorio, es decir, pocos ladrillos. Entonces a la hora de construir un mensaje/relato llegan a levantar apenas un par de paredes en lugar de una casa.

Entonces todo se trata de incorporar palabras para construir conceptos e ideas o llevar nuestra imaginación hacia la creación de ficción. Para ello la lectura cumple un papel fundamental. Como todos muy bien sabemos, nuestros chicos salen de la escuela primaria sin lectura y con mucho menos escritura. Ahora, dentro de colegios como el Nacional de Buenos Aires, la exigencia de la escritura nos enfrenta a un verdadero dilema. Por otro lado los textos a que se enfrentan tienen la rigurosidad propia de los clásicos. Bien, estamos en una situación que debemos capitalizar de la siguiente manera.

Lo primero que tenemos que sugerirle es que anoten las palabras que desconocen a pesar que las saquen por contexto durante la lectura. Esto no se puede hacer en los libros porque son muy mezquinos en márgenes debido a las ediciones de bolsillo. Entonces es importante o forrar el libro con un papel afiche o tener una hoja que se use como señalador donde se anoten las palabras que no conocemos.

Luego, aprovechando el tiempo que están frente a la computadora, dentro de la carpeta con su nombre se abre un archivo de Word que lleve como título, por ejemplo, “Mi diccionario personal”.







MI DICCIONARIO PERSONAL

Allí se transcriben las palabras que se fueron anotando durante la lectura, pongamos como ejemplos las siguiente diez elegidas al azar:

diáfanas
endebles
vituperado
inveterado
díscolas
soez
fláccido
cenefa
deliquio
horrura

luego hay que generar un acceso directo al escritorio de la PC con el Diccionario de la Real Academia Española.









Hago click en el acceso directo, voy a mi documento y pinto, copio y pego la palabra a buscar en el casillero –diáfanas– que me ofrece el diccionario on line.

Obtengo de manera rápida y sin tener que hojear un diccionario el concepto que busco:

diáfano, na.
(Del gr. διαφανής, transparente).
1. adj. Dicho de un cuerpo: Que deja pasar a su través la luz casi en su totalidad.
2. adj. claro (‖ limpio).

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Pinto, copio y pego en mi documento.

diáfano, na.
(Del gr. διαφανής, transparente).
1. adj. Dicho de un cuerpo: Que deja pasar a su través la luz casi en su totalidad.
2. adj.
claro (‖ limpio).

Así con todas las palabras hasta que el diccionario personal vaya tomando forma.

En la segunda palabra no obtenemos resultados inmediatos nos lleva a la definición de endeblez:

endeblez.
1. f. Cualidad de endeble.

Entonces repetimos el procedimiento buscando endeble y ahora sí:

endeble.
(Del lat. vulg. *indebĭlis, flojo).
1. adj. Débil, flojo, de resistencia insuficiente.

Una vez que se tengan cuatro o cinco hojas de este diccionario personal se releé. A veces cuando buscamos una palabra es muy común que olvidemos su significado en poco tiempo, de esta manera sabemos que van a estar allí para un repaso. Este relectura permite fijar los conceptos, van a existir muchas palabras que jamás vamos a utilizar porque son poco prácticas, porque suenan feas o porque son demasiado estrambóticas, en ese caso se busca un sinónimo, tal vez allí encontremos la palabra ideal para su uso. Es decir, el diccionario de sinónimo debe ser nuestro mejor segundo amigo.

Después de un tiempo a los chicos les va a ocurrir algo significativo, cuando repasen los significados van a pensar: “¿Qué tonto para qué busqué el significado de esta palabra?”. Allí nos damos cuenta que funcionó el sistema, esa palabra está ya incorporada y no fueron nada tontos oportunamente porque si la buscaron era porque no conocían su significado.

Este sistema, desde ya se adaptará a la modalidad de trabajo de cada chico, pero en esencia son los pasos a seguir y les podemos decir que da muy buenos resultados a la hora de tener más ladrillos para construir esta torre o nuestra casa.[1]

¡Suerte!


[1] Otro paso posible, para hacer esto mucho más completo, pero que requiere mucho más esfuerzo, sería anotar el fragmento en el que la palabra apareció ya sea oración, verso, etc. o un contexto más amplio.