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26 de noviembre de 2010

La isla desierta y Saverio el cruel de Roberto Arlt


El teatro de Roberto Arlt



El dramaturgo y el novelista

Si en la novela Roberto Arlt se fusiona a menudo con sus personajes en la expresión de sus conflictos y de su mundo afectivo, en el teatro se aparta personalmente de sus personajes para ceder la delantera a otro aspecto de su personalidad: su interés en plantearle problemas a la humanidad, según definía él la base de su teatro.
En la novela está presente sobre todo la sublimación de la angustia del hombre a través de su capacidad de crear mundos y personajes de ficción.
Esa angustia –a mi entender– tiene origen en su niñez, pues durante su infancia, la frialdad, la severidad y la tristeza de quienes lo rodearon, lo privaron acaso de esa primera posibilidad que tiene el ser humano de expresar su afectividad. Allí es donde el hombre experimenta en el niño la primera frustración de su vida, y a aquello sigue el desgarramiento del abandono, el de no estar enraizado en nada, el de quedar librado a una soledad de la cual se defiende creando mundos de fantasía folletinesca que en parte le devuelven los bienes de su realidad incumplida… Los demás pasos estarán un poco fatalmente condicionados por esa iniciación pequeña y mezquina: Roberto Arlt desde el comienzo va a ser pastor de fantasma; y el primero es quizás el fantasma de sí mismo: un Roberto Arlt magnífico, bandido grande como Rocambole, el que quitará a los ricos para dar a la viuda y al huérfano; otras veces quiere seguir en las huellas de Edison; más tarde, sus personajes soñarán con ser revolucionarios místicos, como el Astrólogo, e inventores como Silvio Astier, Erdosain o Ergueta, personajes de sus novelas, o como Sofía, la protagonista de 300 millones. Y como Saverio, en Saverio el cruel, se forjarán mundos compensatorios, o saldrán en pos de la santidad como César en El desierto en la ciudad.


Situaciones del teatro argentino

En década del treinta –que se inicia con el Ollantay de Ricardo Rojas y culmina con La cola de sirena de Conrado Nalé Roxlo– nuestro teatro había caído en la receta fácil de El diablo andaba en los choclos o La virgencita de madera. Este teatro contaba con un público adicto, cuyas necesidades se veían totalmente satisfechas con el chiste fácil y el triángulo amoroso. Para ese gusto ya creado, era cuestión de cumplir la receta y no apartarse de lo que ese espectador pedía y esperaba del teatro.
Cuando se quería ver buen teatro se esperaba la visita de las compañías extranjeras; existía el concepto de que lo nacional era inferior en todos los planos.
En Europa, Romain Rolland, Antoine, Stanislavski y muchos otros menos prominentes habían emprendido la renovación de las formas teatrales, y entre nosotros se conocían sus empresas, que estimulaban las nuestra en el sentido de emprender la renovación y el cambio de lo teatral.
Pero no todo era negativo; junto con la pieza burda estaban los autores que como Armando Discépolo o Defilippis Novoa o Alberto Novión también producían sin salir del teatro de ambiente localista, sin cortar con las convenciones establecidas, aunque sí apuntando a la universalización mediante la cabida de lo simbólico. Así, mientras el campo nuestro sigue presente en la temática de Florencio Sánchez, Payró, Enzo Aloisi o Rodolfo González Pacheco, el sainete y sus sucedáneos decaen.
Los intentos de innovación decidida comienzan con el Teatro Libre, en 1927, en cuya declaración de principios se lee: “Aspiramos a crear un teatro de arte donde el teatro que se cultiva no es artístico; queremos realizar un movimiento de avanzada donde todo se realiza por el retroceso”.
Pero el más estable de los intentos independientes es con todo el Teatro del Pueblo, en donde se estrenan todas las piezas de Roberto Arlt, con excepción de El fabricante de fantasmas.
Este teatro se creó en 1930; a él siguieron La Máscara en 1932, Núcleo de escritores y actores en 1935. El suceso más importante de esa década es sin duda la creación del Teatro Nacional de Comedia y el Instituto de Estudios de Teatro en 1935. En adelante la formación de nuestros actores dependería cada vez menos de su audacia para subir a un escenario que de su capacidad de estudio y formación profesional.
Con todo, los autores nuevos no están capacitados para transformar el gusto de los espectadores, ya sea porque no es eso lo que les preocupa o porque no se adaptan a construir obras que sitúen en el justo medio posible entre las convenciones vigentes y la renovación aceptable. Entonces no estaban incluidos dentro de las expectativas creadas en el público por el teatro anterior y fueron dramaturgos obligadamente limitados al teatro independiente. Lo cual era sinónimo de vocación no exenta de martirologio, pues, a menudo, nadie ganaba, todos se sacrificaban y el más severo anonimato era el premio de la labor.
Para Roberto Arlt, la diferencia entre el autor del teatro llamado “comercial” y el del teatro independiente estribaba en que “mientras que la obra del autor comercial mantiene su clima en absoluta conexión con un público y un actor previamente clasificados, la obra del autor independiente es un suceso personal. Acaecido a él y para él”.1
Naturalmente, es estas declaraciones aflora el aspecto individualista del autor que no siempre en la práctica se revela así, pues cuando dice que para él hacer teatro es su manera de plantearle problemas a la humanidad, manifiesta el aspecto contrario de lo que encierran estas palabras, porque al plantear problemas ya no monologa, sino que tiene en cuenta al interlocutor, o sea el público con quien entable el diálogo a través de su obra.


La farsa

El teatro le permite escapar al proceso creador del novelista y de la propia realidad interior para inscribirse en un planteo de comunicación diferente a través de la forma teatral que él denominó “farsa dramática”, “donde –como dice Adolfo Prieto el prólogo citado– el límite entre la realidad y el sueño, entre lo serio y lo grotesco, entre lo documental y lo alegórico, se quiebra y se confunde permanentemente”.
Antes de examinar qué características tiene la farsa en Roberto Arlt, veremos qué se entiende por farsa, lo cual facilitará algunas claves para saber por qué el autor dramático eligió esta forma, y luego advertir qué variantes introdujo en ella.
Según Sainz de Robles, una acepción del término farsa nos remite a una “obra teatral llena de incidentes grotescos. Farsas fueron llamadas en la Edad Media unas composiciones teatrales dedicadas a entretener o a moralizar con un tono jocoso o burlesco”.
Luego agrega: “En el teatro moderno se califican de farsas todas aquellas obras cuya intención didáctica o moral queda exteriorizada o moral queda exteriorizada con agudeza o humorismo”. (…) “La farsa ha dado en todas las literaturas un personaje característico, a quien se encomiendan los desplantes grotescos, las malicias intencionadas, los chistes… En España, el gracioso. En Inglaterra, el clown. En Alemania, Hans Würst.”2
Para Melchinger3, farsa es el “libre juego mímico bufonesco. Elemental placer y desfogue de la insolencia. Halla su objeto tanto en la actualidad política como en la muy humana y terrenal erótica. Rasgos de farsa aparecen ya en la comedia antigua. El género florece en los siglos XV-XVI en Francia, de donde irradia también a España, Italia e Inglaterra. Pervive en el vodevil, en la opereta al modo de Offenbach, en el sketch. Aplicaciones modernas: el Nekrasov de Sartre (1959) y como ‘farsa mágica’ (con cierto retintín irónico) en Las sillas de Ionesco (1955)”.
Por último, la etimología del término nos remite al latín farcire, rellenar.
En el teatro de Roberto Arlt la farsa comienza por asumir el significado de ese primer nivel etimológico, pues el “libre juego mímico y bufonesco” es la parte sustanciosa que está siempre contenida dentro del pellejo de la realidad. La farsa contiene los rasgos más prominentes de la imaginación. La fantasía se ha desplegado a sus anchas y en ellas asoma la ideología dentro del marco de una realidad que la ha condicionado. Es una especie de momento brillante entre dos polos negativos. Negativos en el sentido de que el momento de la realidad cotidiana que se da en el planteo será el condicionante nefasto del desenlace igualmente real y trágico. Así ocurre en 300 millones, en La isla desierta, en Saverio el cruel, en La fiesta del hierro o en El desierto entra en la ciudad.


La isla desierta

Además de ser denominada por el autor “farsa dramática”, lleva como subtítulo “Burlería en un acto”.
En primer lugar aclaremos que el autor se refería a su teatro unas veces como farsa dramática y otras como farsa trágica. Es importante tener en cuenta la diferencia de matiz en la terminología, porque mientras el drama puede o no desembocar en la catástrofe definitiva, la tragedia conduce inexorablemente a la catástrofe. Y esto último es lo que sucede en las piezas de Roberto Arlt. Por eso resulta más precisa la denominación de farsa trágica.
El término burlería significa “relato fabuloso, semejante a la conseja.”4 “No creo que haya sido empleada (esa denominación) antes por ningún autor teatral argentino; es más, en rigor preceptístico la denominación corresponde a una especie narrativa y no dramática.”5
El esquema habitual en el teatro de Roberto Arlt es participar de una situación real en el “planteo”, luego trasladar la acción a una situación con visos fabulosos en el “nudo” y retornar a la realidad en el “desenlace”. Estos tres tiempos –planteo, nudo y desenlace– propios de la convención dramática clásica se cumplen en todas las obras de Arlt y también en La isla desierta, que pese a su brevedad muestra las características fundamentales de todo su teatro.
Asimismo, en La isla desierta están implícitamente planteados los problemas de oficio que debe resolver el autor dramático y que sorprenden a todo autor que viene del campo de la narrativa; ellos nos remiten una vez más a una etimología la del término “teatro”: del griego  que significa ver, ver una acción, o sea un “drama”, cuya etimología remite al griego  que significa hacer, hacer en la doble acepción de crear poéticamente y de construir en forma empírica. Queda dicho, pues, que el autor dramático debe mostrar una acción y no simplemente decirla o narrarla. En consecuencia el escritor se encuentra de pronto con la necesidad de mantener la atención del espectador visual y oralmente (cosa que no le pasaba al novelista) durante un tiempo medido y dentro de un espacio limitado. Enfrenta luego los problemas de la escritura teatral propiamente dichos, que implican la combinación orquestada o armónica de sistemas de comunicación de diverso orden. Lo que antes el narrador debía decir exclusivamente con la palabra, ahora puede, y debe, decirlo con el gesto, con el sonido, con la luz y hasta con los objetos. Por ente, la obra ya no depende solamente del autor, sino de la eficaz labor de un equipo que maneja los distintos códigos que intervienen en la puesta en escena de una pieza teatral.
Y, por fin, está presente en La isla desierta el otro problema del escritor de vanguardia que se propone plantearle cuestiones a la humanidad. ¿Cómo hace para interesar o convertir en problema de todos algo que para muchos constituye la manera habitual de ver las cosas, de pensarlas o de resolverlas? ¿Y cómo se hace para que aquellos que nunca se plantearon que éste no es el mejor de los mundos posibles, comiencen a verlo como muy mejorable? En otras palabras ¿cómo se hace para romper con el gran “amortiguador” de las costumbres tanto en el pensar como en el hacer?
El teatro tiene diversos modos de obtener aquello que logra la máquina fotográfica cuando capta una imagen que es la misma que está ante nuestros ojos pero que, ya sea por el ángulo, la distancia, la intensidad de la luz o el enfoque, se nos muestra distinto, no sólo en su coloración, sino en su expresión en su forma.
Además, como el teatro es una empresa y no un libro cuya edición puede demorar años en venderse, si el resultado inmediato es negativo, si el público no la acepta, la obra está quizá definitivamente perdida.
Roberto Arlt, consciente de que el lenguaje de la farsa, que le permitía a Aristófanes ridiculizar al propio Sócrates, no gozaba de popularidad, en nuestro tiempo, apela a esa forma mixta propia de su teatro, por la cual el marco realista encierra la farsa y la farsa se proyecta en el símbolo de un subtexto y de connotaciones que el espectador fácilmente advierte.
Otra constante, esta vez de los héroes o, mejor, de los antihéroes arltianos, ya que son siempre hombres del común, es también detectable en La isla desierta, y se trata de lo siguiente: sus protagonistas se proyectan en un destino de excepcionalidad –grandes poetas, inventores, ladrones, millonarios, dictadores, santos –cuando la realidad parece destinarlos a un destino de mediocridad, si no de sordidez. Ellos no lo toleran y se evaden en la realidad por medio de la fantasía, y cuando la fantasía se vuelve insostenible se despeñan en la catástrofe.
Esto se da en el novelista y se da en el dramaturgo. Y la causa parece residir en distintos centros ideológicos que van alimentando al personaje. Estos, ora ven el origen de su frustración en un padre feroz, ora en una sociedad injusta, ora en un Dios cruel y vengativo, o en los tres factores que simultáneamente, parecen pasarse la tea para no interrumpir nunca la misión Verduga. Y el hombre en Arlt siempre se debate prisionero de estos tres círculos concéntricos. El más pequeño corresponde a la familia burguesa, el segundo a la mala organización político-social y el tercero a lo religioso y metafísico: si Dios existe es vengativo, si no existe el hombre está destinado a la nada.
La isla desierta se encontrará situada ideológicamente en el ámbito del segundo círculo, o sea aquel en que se advierte la gravitación nefasta de lo social.
En cuanto a la isla en sí misma, como objeto físico, es un símbolo asiduamente frecuentado por la literatura. Desde Rabelais en La isla sonante, Swift en Los viajes de Gulliver, Anatole France en La isla de los pingüinos –autor éste tremendamente admirado por Roberto Arlt, tanto por su estilo como por su humor brillante y su concepción del mundo–, La isla del tesoro de Stevenson y La isla misteriosa de Julio Verne, hasta tu tratamiento en el teatro en obras como El admirable Chrichton de James M. Barrie o Le petite hutte de André Roussin.
Sólo que en los casos mencionados se está o se llega la isla y ésta funciona como elemento fundamental de corte con la civilización.
Aquí la isla significa un ideal utópico de libertad propuesto por un soñante cuyo magnetismo consigue hacer aflorar los deseos largamente reprimidos, o ignorados, de liberación en los oficinistas. Cipriano motiva a su público produciendo en él esa desinhibición y esa “participación” que Antonin Artaud proponía para el público real y que consideraba la función esencial del teatro.
La variante, con respecto a la proyección de los personajes en un destino de excepcionalidad, es que aquí el deseo no surge de ellos sino que les es transmitido por Cipriano, que se los contagia, por así decirlo.
Durante el “nudo” de la pieza los personajes viven la borrachera de la evasión de su mediocridad y, por último, les aguarda el desenlace catastrófico.
Se cumplen asimismo los tres tiempos que Arlt denomina propios de su teatro: “1º Fijar con rapidez la atención del espectador en una situación futura, provocada por los personajes; 2º Suscitar el creciente movimiento de curiosidad de su intelecto ante las posibles derivaciones de la intriga; 3º Emocionarle por el destino que acecha a los protagonistas”.
Para Arlt, el desafortunado, el desposeído, es alguien millonario y despilfarrador de sueños. A mayor infortunio le corresponde mayor desmesura en el soñar; a mayor comprensión del medio, mayor desmesura en la reacción fantasiosa. Y como justificación de esa actitud se eleva la voz de Rocambole, personaje de 300 millones, que afirma: “Quien pudiendo soñar que hereda trescientos millones sueña que hereda trescientos mil pesos, merece que lo fusilen por la espalda”.
A pesar de que la pieza indica que la acción transcurre en un lugar real, con personajes reales, esto es, una oficina, desde las primeras líneas se advierte la influencia del expresionismo, que será una nota permanente en la forma expresiva de Roberto Arlt.
Digamos al pasar que la característica del expresionismo, tanto pictórico como literario, reside en que el artista expresa la realidad sin reproducir fotográficamente los objetos reales, sino mostrando la vinculación que existe entre esos objetos y el hombre. Por ejemplo, en la oficina en que se desarrolla la acción es blanquísima, el cielo que se ve desde ahí es infinito y azul. Los empleados trabajan en escritorios dispuestos en hilera, como reclutas. La sintaxis hace que la expresión adolezca de ambigüedad y que valga tanto para los escritorios como para los empleados. El jefe está emboscado tras unas gafas negras –lo cual no sólo es amenazante sino que es alguien que se niega a ver la luz y a enfrentar abiertamente la mirada del otro–. El corte de su pelo es como la pelambre del cepillo. La luz de las dos de la tarde es extrema y pesa sobre los oficinistas, a quienes se ve encorvados y recortados en el espacio. Y el espacio es a su vez simétrico, pero de una desolada simetría.
Es evidente que esa descripción está al servicio de un clima espiritual y que requiere ciertos elementos lumínicos y gestuales –así como un tratamiento del espacio– aptos para expresar cómo esos seres sienten la realidad, o mejor aún, cómo el espectador debe sentir la realidad de esos seres, antes que cómo la realidad objetivamente es, o cómo se ve físicamente la oficina.
Esta representación de la realidad, como si tuviera algo de viviente que puede establecer vínculos de enemistad, de acoso, o de malignidad, en suma, como si tuviera posibilidad de expresar los términos en que se relaciona con el ser humano, es propia del expresionismo, que se anuncia ya en Grünevald, tan admirado por Roberto Arlt, en el dibujo de Daumier o en la pintura de Munch o Rouault.
Y cuando la farsa tradicional coloca su capacidad de deformar los seres y las apariencias al servicio de la significación de ideas, el lenguaje apunta a lo dramático, cuando no a lo trágico.
Como buenos ejemplos de la fusión de la forma farsesca y expresionista mencionaremos Los cuentos de Don Friolera de Valle Inclán, El estupendo cornudo de Crommelinck, Knock (o El triunfo de la medicina) de Jules Romains, y El gorro de cascabeles de Pirandello.


Los personajes

En una obra teatral los personajes pueden ser estudiados en sus relaciones mutuas, individualmente, desde el punto de vida de sus psicologías. Como crecen, se desarrollan y conducen el hilo de la acción. Pero también pueden ser considerados como un sistema de relaciones que deciden las tensiones en el interior de la obra.
De esta manera los estudian en los últimos años los estructuralistas semiólogos que parten de Proop6 , de Souriau 7 y de Greimas 8. Este tipo de análisis no está reñido con el enfoque tipológico de otros niveles. Simplemente se trata de señalar en primer término cuáles son sus “funciones dramáticas”.
Souriau distingue seis funciones en el interior de un sistema dramático. Esas funciones, que están representadas por los personajes, deciden que ellos se desempeñen: como “fuerza propulsora” –aquel que se propone obtener o arribar a algo–, la “fuerza opositora” –aquel o aquellos que serán el escollo contra el que chocan el o los personajes para obtener sus fines–, “el bien deseado” –aquello a que el personaje aspira–, “el depositario del bien deseado” –aquel o aquello para quien se quiere algo–, “los satélites” –aquellos que colaboran con alguna de las fuerzas anteriormente citadas– y la “fuerza árbitro”, aquel o aquello que en última instancia inclina el destino a favor o en contra de la “fuerza propulsora”.
El análisis de los personajes como funciones contribuye a aclarar su rol dentro de la obra y a establecer sobre ello su coherencia funcional.
En el caso de La Isla desierta situaríamos la “fuerza propulsora” en el personaje de Cipriano que incita a los oficinistas a transportarse a un mundo de felicidad. La “fuerza opositora” estaría constituida por el jefe, mientras que los oficinistas serían los “depositarios del bien”, Manuel desempeñaría una función “satélite” de la “fuerza propulsora” y la “función de arbitraje” la ejerce el director general.
Si ahora dirigimos nuestra atención particular al personaje de Cipriano, veremos que es el menos dominado por los hábitos, el más permeable al estímulo. La situación lo motiva y saca a relucir su ser profundo de rebelde. Cipriano reniega de la civilización que lo desnaturaliza y le impone pautas de conducta que no reconoce como propias ni como deseables.
Manuel actúa como factor desencadenante de de la situación, pero él y el resto de los oficinistas han caído en la tentación de soñar y sobre ellos se desatará el castigo. Su actitud de rebelión es puramente ocasional y emocional, y por lo tanto no alcanza al plano ideológico.
Los jefes representan el sistema social, el Dios vengador, la sociedad opresora y el padre arbitrario.
En cuanto al procedimiento empleado por el autor, el aspecto más destacable es el de las diversas gradaciones de lo teatral.
El negro Cipriano desencadena una representación dentro de otra representación. Ha motivado a los oficinistas para entrar en una especie de celebración ritual y mágica de la cual serán espectadores el público y los que desempeñan los papeles de jefes.
El efecto es de interés porque los espectadores se identifican naturalmente con la situación de los oficinistas, pues los espectadores reales relacionan espontáneamente a los personajes con las personas reales. Y de esta manera se cuestiona la significación del trabajo en la vida de los hombres y mujeres del común dentro de la sociedad en que viven.
A través del entretenimiento se establece una relación de conocimiento que estimula una serie de reflexiones de este tipo: los jefes integran el sistema, el hombre que no se libera a tiempo está perdido o inclusive condenado a hacerse cómplice de su verdugo, como lo hizo en el pasado Manuel y seguramente volverán a hacerlo otros.
A nivel simbólico, esos empleados se convierten en todos los empleados del mundo que trabajan en una relación de dependencia y en tareas rutinarias. Así, a través de la participación emocional el público pasa de la comprensión de esos oficinistas a la comprensión del problema del oficinista.
Esta función del teatro implica la idea de que la realidad y la irrealidad se fusionan de tal modo en él, que el escenario es el mejor reflejo de los modos de sentir de los espectadores, quienes al verse reflejados, experimentan una suerte de liberación de fuerzas subyacentes, o dan forma a maneras de pensar que permanecían indiferenciadas entre el potencial de oscuros pensamientos no llegados al nivel de la enunciación verbal…


Saverio el cruel

Al igual que La isla desierta, Saverio es una “farsa dramática” o, mejor, una “farsa-trágica”.
Se estrena en el Teatro del Pueblo el 4 de septiembre de 1936.
El argumento puede sintetizarse en pocas palabras: un grupo de “niños bien” decide hacer una especie de lo que hoy llamaríamos happening, y que en la época un poco anterior a la de Roberto Arlt eran bromas, algunas veces feroces, que organizaban en Buenos Aires, y en provincia, algunos grupos. Por ejemplo, el grupo de reformistas universitarios del 18 en Córdoba, como protesta a la censura, en una noche vistió con ropas interiores a todas las estatuas de Córdoba. En Buenos Aires un iniciador de este tipo de juego fue José Ingenieros.
Sin embargo hay más diferencias que convergencias entre la broma organizada y el happening, pues este último no intenta hacer objeto de burla a nadie. Pero tienen en común el que, dada una propuesta, no se sabe cuál será la reacción de los participantes en el hecho. Uno de los últimos happenings de Allan Kaprow, cultor e iniciador del happening en los Estados Unidos de América, consistió, por ejemplo, en hacer colocar enormes bloques de hielo en una de las avenidas de Nueva Cork. Como es de suponer, la gente miraba aquello sin saber a qué atenerse. No sabemos qué comentarios suscitó, pero es posible imaginar la intención de su simbología. Entre nosotros el happening se cultivó en la década de 60 en el Instituto Di Tella.
En Saverio, la propuesta sugerida a Susana es invitar al corredor de manteca, Saverio, para que actúe como coronel a quien habrán de cortarle la cabeza con el fin de curar a Susana. La experiencia habría sido sugerida por un supuesto médico.
Esto sume a Saverio en una irrealidad que lo complace. Hasta que al enterarse de que todo era una broma asume una actitud que lleva al desenlace trágico.
Inicialmente la pieza transcurría en un sanatorio de locos, lo cual permitía al autor sortear la dicotomía entre realidad y farsa. Lamentablemente la idea pareció de poco contenido social a quienes debían ponerla en escena y la pieza sufrió sucesivas modificaciones que son de lamentar. Roberto Arlt fue modificándola y subrayando las consecuencias de la irresponsabilidad de los “niños bien”.
El primer acto es realista, el segundo se inserta en la farsa y es ahí donde el autor pone su decir sustancioso y desarrolla el lenguaje natural de su teatro; el tercer acto vuelve a la realidad, después de permitir la evasión y el soñar despierto y desmedido de Saverio.
Saverio es la pieza en que el tema de la locura es predominante. La inestabilidad mental sedujo a Arlt. Sus personajes, si no son decididamente locos, padecen infaltablemente de lo que en su época se denominaba neurastenia y que hoy llamamos neurosis.
La idea de Saverio se anticipa ya en Escena de un grotesco, que se publicó en “Gaceta de Buenos Aires” dos años antes del estreno de esta pieza.
Por otro lado, en el teatro el tema de la locura tuvo siempre distintas connotaciones. Desde las farsas medievales hasta Shakespeare, el loco, el bufón o el clown es aquel que, exento de la obligatoriedad de ser prudente, luce en el razonar los aspectos paradojales de la verdad que resultarían hirientes o chocantes en boca de los personajes cuerdos.
Basta recordar el papel de estos seres en Lear o en Hamlet, donde la locura interesa tanto como en Macbeth u Otello. Asimismo el teatro dentro del teatro, o representación dentro de la representación –que es el recurso común a las farsas de Roberto Arlt–, ya se da fundamentalmente en La fierecilla domada, donde la pieza es una representación que se hace ante el borracho Sly.
En Saverio el cruel enfrentamos dos aspectos de la locura. En primer lugar la de Susana, quien, como en el caso de Enrique IV de Pirandello, trata de enmascarar un mal real tras la simulación voluntaria. Es decir, Susana trata de provocar una situación que le permita dar rienda suelta a su locura, que la canalice, que la exprese de modo tal que ella pueda seguir conviviendo con los presuntamente cuerdos sin llegar al estallido. Su “polo a tierra” es, pues, el juego, un juego un tanto cruel, pero que actúa como mecanismo compensatorio de su imposibilidad de adaptación a la vida de los demás.
Saverio, en cambio, experimenta la locura de la doble personalidad en el soñar despierto. Su imaginación mutilada por la vida rutinaria también comienza a motorizarse en el sentido del juego, pero de un juego que le provoca entusiasmo (en el sentido etimológico del término: estar poseído por un dios), que lo posee, que lo absorbe por completo y que le compensa la vida gris de corredor de manteca. Saverio se evade de la realidad, de la sensatez, y, a pesar de los diferentes “mensajeros” que intentan volverlo a su verdad cotidiana, cae en el “exceso”, causa fundamental, entre los griegos, de la pendiente hacia el desenlace trágico.
Susana evidencia su locura cuando el juego se trunca porque Saverio, enterado de la verdad, la increpa.
Los “niños bien” representan el grado de locura menor que consiste en la capacidad de entrar a girar en la órbita de un desorbitado simplemente por falta de motivaciones reales para vivir, por aburrimiento, que es el pecado de la falta de imaginación, y por un exceso de superficialidad que los vuelve disponibles para la aventura porque es distinta y divertida, por oposición a la vida diaria, que es igual y aburrida.
Saverio plantea entre los temas de investigación las confluencias y divergencias entre el juego espontáneo y el juego pautado, las ceremonias y fiestas, y el teatro propiamente dicho.
Digamos finalmente que quizá si Susana hubiera conseguido que Saverio saltara la valla de la sensatez y hubiera entrado a girar en su órbita como su “satélite”, ella habría podido, como el Enrique IV de Pirandello, enmarcar su locura en la realidad de un mundo paralelo constituido en principio por estos dos “jugantes”, ella y Saverio, que habían creado una realidad imaginaria, su realidad, apropiada para subsistir con sus características de seres vulnerados en un mundo real que hubiera pasado a ser para ellos irreal e imaginario.
Saverio, por su capacidad para fabular –a no dudar intuida por Susana– y por su propensión reprimida a escapar de la realidad encapuchándose en la fantasía, podría haber constituido un buen acompañante para la locura real de Susana.
Saverio el cruel es la pieza que con mayor frecuencia se ha elegido para la representación. Invariablemente se choca con la dificultad de las puestas en escena que, sin tener en cuenta cómo es el mundo del tedio y cómo sienten la realidad los seres acosados, caen en la puesta realista que no responde a las leyes del juego dentro del sistema.


1 Citado por Raúl Larra, Roberto Arlt el torturado, Ed. Futuro, 1950, pág. 91.
2 Ensayo de un diccionario de la literatura, Ed. Aguilar.
3 Siegfried Melchinger, El teatro, Ed. Fabril Editora.
4 Diccionario de la literatura española, ed. Rev. De Occidente
5 Raúl H. Castagnino, El teatro de Roberto Arlt, Universidad de La Plata
6 Morphologie du conte, París, 1970.
7 Les 200.000 situations dramatiques, París, 1950.
8 Semantique structurales, París, 1966.

Arlt, Mirta, La isla desierta y Saverio el cruel, Kapelusz, Grandes Obras de la Literatura Universal Nº 125, Buenos Aires, 1995.

19 de diciembre de 2009

Roberto Arlt: la lección del maestro


Por Ricardo Piglia

Es tan difícil imaginar la vejez de Arlt como la juventud de Macedonio Fernández. ¿Qué hubiera pasado con Roberto Arlt de no haber muerto en 1942 y a los 42 años? ¿Hacia dónde habría avanzado su escritura? La excelente y en más de un aspecto definitiva edición de su Obra Completa que acaba de aparecer (editada por Lohlé) permite plantearse de otro modo esa pregunta. Tenemos reunido todo Arlt (las novelas, los relatos, las aguafuertes, el teatro y varios textos casi desconocidos) y la sensación de clausura que siempre produce una obra completa está sin embargo como corroída aquí por la persistente actualidad que mantiene Arlt entre nosotros.
“Uno no se desarrolla verdaderamente y a su manera sino después de muerto”, decía Kafka. Desde esa perspectiva habría que decir que la escritura de Arlt mejora con los años y se desarrolla en la dirección de la mejor literatura contemporánea. Y esto es así también porque lentamente se han ido creando las condiciones para que su obra pueda ser verdaderamente leída. Ha sido necesario despejar los sucesivos mitos (algunos de los cuales, dicho sea de paso, perseveran en el prólogo que Cortázar escribe para esta edición) que han entorpecido la comprensión de eso que Arlt traía de nuevo a la literatura argentina.
De hecho toda la existencia literaria de Arlt ha estado definida por la ilegitimidad. Durante años la sociedad literaria ha tendido a “corregir” a Arlt y hasta los burócratas más melancólicos de nuestra literatura se han sentido con derecho a tratarlo con una especie de condescendiente benevolencia. La manifestación más visible de ese rechazo se expresa, por supuesto, en juicios sobre su estilo. Difícil encontrar en la historia de nuestra literatura un ejemplo más claro de incomprensión y de ceguera.
El estilo de Arlt es un gran estilo y si ha sido negado de un modo tan unánime lo que debemos preguntarnos es qué era lo que su escritura venía a cuestionar. Murena, con ese empaque sombrío que él confundía con la profundidad, ha escrito un ensayo donde, a su manera, reivindica la obra de Artl sin dejar por eso de decir que ese estilo a menudo le parece ilegible. Sin duda, leída desde Murena, desde lo que Murena representa, la escritura de Arlt es ilegible. Durante años el estilo de Arlt ha sido un punto ciego: era imposible comprender todo lo nuevo que había en él.
Más profundamente, el rechazo de ese estilo es el síntoma de una desconfianza de fondo, una desconfianza que tendríamos que llamar social. Escritura desacreditada, la forma de escribir de Arlt aparece como la prueba y la señal de su “incultura”: escribe así porque “no sabe”, porque no tiene el refinamiento que permite, según se dice, cincelar un estilo. ¿Qué decir, si no, del argumento, tan difundido que ya forma parte del folklore de nuestra literatura, según el cual cuando se quiere probar que Arlt escribía mal se dice que… tenía faltas de ortografía? El juicio es ridículo (sería lo mismo que decir que un escritor escribe mal porque tiene mala letra) pero caracteriza bien la discriminación social que está en la base de ciertos juicios de valor. Arlt no sería un hombre educado: autodidacto (como la mayoría de los escritores argentinos, por otro lado, desde Sarmiento y Hernández hasta Borges y Lugones), ajeno a los sistemas de escolaridad que adiestran en el manejo “correcto” de la lengua, su relación con la cultura estaría fallada desde el origen.
La historia de la literatura nos ofrece versiones variadas de esta operación de descrédito. Virginia Wolf, por ejemplo, ha podido escribir sobre Ulises de Joyce: “Se me antoja un libro iletrado, falto de educación, la obra de un obrero autodidacto, y ya sabemos cómo son de fatigosos, egoístas, chillones, en última instancia, asqueantes”. Nadie ha dicho esto explícitamente sobre Roberto Arlt pero ése es el argumento básico que circula por debajo de muchas de las valorizaciones de su obra.
Por supuesto existen también (sobre todo entre sus “defensores”) los que han aceptado sin discusión este mito sobre la incultura de Arlt. Se trata para ellos de invertir el argumento y fundar ahí un juicio positivo: Arlt no sería un “intelectual” y eso garantiza la “fuerza” de su escritura. Expresión clásica de la ideología antiintelectualista (típica entre los intelectuales) que es un lugar común en el pensamiento reaccionario desde Maurras, esa perspectiva es la que determina la lectura ingenua de las obras de Arlt que ha hecho estragos en la historia de la crítica. Para descartar esa superstición bastaría con reconstruir la trama de textos citados y aludidos en sus novelas o ver hasta qué punto Arlt maneja, como pocos, un amplio y flexible repertorio de discursos culturales en la construcción de su escritura.
Convertirlo en un buen salvaje, hacer de él un escritor intuitivo, espontáneo, puro corazón, es una interpretación que, por supuesto, no entraba en los planes de Roberto Arlt. Una noche (cuenta Mastronardi), en una reunión de notorios escritores, después de escuchar una lectura de textos, Arlt se acercó al que leía y le preguntó con aire abstraído: “¿Usted piensa cuando escribe? ¿O se dedica de lleno a escribir sin distraerse del trabajo?”. Muchos de sus críticos escriben sin distraerse: no era el caso de Arlt, él era de los que piensan mientras escriben, de los que piensan mejor en nuestra literatura, habría que decir, y para confirmarlo sólo hace falta leer sus novelas.
Esta nueva edición de sus obras vuelve a plantear la pregunta que está siempre en el centro de la relación que las nuevas generaciones de escritores mantienen con sus clásicos: ¿qué significa, hoy, para nosotros, Roberto Arlt? Por de pronto somos muchos los escritores argentinos que vemos en sus textos y en su actitud frente a la literatura uno de las respaldos más firmes con lo que contamos en estos tiempos sombríos. Arlt es un punto de referencia clave y su obra una respuesta a varias falsas alternativas. En nadie se ve tan claro como en Arlt que la gran literatura es siempre una interpretación de la realidad y nunca un reflejo. Los relatos de Arlt son un ejemplo del modo en que la ficción transforma los materiales inmediatos de la realidad para construir metáforas de sentido múltiple.
Es absurdo pensar que Los siete locos es la crónica de los últimos años del gobierno radical o una narración de la crisis del 30: Roberto Arlt no es Julián Martel. El tratamiento casi onírico de lo político que se encarna en la figura insuperable del Astrólogo es lo que está en la base y es el motor de la ficción de Arlt. Sus textos avanzan en la dirección del tratamiento cada vez más abstracto y descarnado de lo social. En El criador de gorilas se puede ver funcionar en un estado puro la máquina narrativa arltiana. Allí la escritura se ha automatizado totalmente de las referencias inmediatas y África funciona como la escena misma de la ficción sin que los textos pierdan nunca ese contacto denso con lo real que es la marca de Arlt. Y en este sentido hay que decir que en esos cuentos africanos está representada mejor que ningún otro lado la violencia social que define a la realidad argentina de los años 30.
Ese modo a la vez elusivo y nítido de politizar su ficción es la gran lección que hoy nos ofrece Roberto Arlt. Desde esta perspectiva la edición de su Obra Completa quizás ayude no solo a leer mejor los textos de Arlt, sino también a leer mejor las ficciones que se han escrito y se escriben en la Argentina de hoy. Porque su obra define el espacio donde nuestros libros se incluyen. Roberto Arlt es en más de un sentido nuestro mejor lector. Por eso muchos de nosotros escribimos, también, para él: porque él, como nadie, supo escribir para nosotros.


Clarín, Cultura y Nación, Buenos Aires, jueves 23 de julio de 1981

22 de noviembre de 2009

El juguete rabioso de Roberto Arlt


Por Jorge Lafforgue

La pregunta por la entidad de un literatura seguramente hallaría una respuesta inmediata en la evocación de sus obras más representativas; y muy posiblemente esa imagen sería completada a renglón seguido con la mención de algunas de sus figuras mayores. Así, la pregunta por la literatura argentina nos habría de remitir al Martín Fierro y a Facundo, a Una excursión a los indios ranqueles, Barranca abajo, Don Segundo Sombra y Radiografía de la pampa, aunque también a Esteban Echeverría, a Cambaceres, Payró, Lugones, Gálvez, Lynch, Fernández Moreno, Quiroga, Macedonio, Borges, Marechal y Cortázar. De esta lista o aun de otras más canónicas, resultaría difícil excluir hoy el nombre de Roberto Arlt. Sin embargo, hasta poco tiempo atrás, ese juicio no hubiese encontrado eco ni asidero en manuales o panoramas didácticos.
Pero la historia no es unívoca; existe también una historia de claves particulares, de regocijos íntimos, de secretos deslumbramientos, que nos permite a cada uno de nosotros –lectores más o menos consecuentes­– ir delineando nuestra propia imagen de un territorio acotado de las letras. Entre los golpes jubilosos que me ha deparado mi tránsito por la literatura nacional, no pocos llevan el sello indeleble de ese escritor controvertido y atormentado que en 1926 publicó El juguete rabioso: su primer libro y, para algunos críticos, no sin buenas razones, el más logrado.
Por ejemplo: la conversación de Silvio Astier con aquel joven atildado, de cara blanca y hombros lechosos, que cantaba el "Arroz con leche" y tenía la ropa sucia, cuyo imprevisible desenlace o clausura es el fósforo arrojado con deliberación sobre un mendigo dormido: descarga emotiva, fogonazo insensato, acto ruin y gratuito, violación de la conciencia feliz.
U otro ejemplo: ese final feroz, cuando el protagonista delata a su amigo el Rengo, sin motivos aparentes, incluso contra toda amable razonabilidad y sentido común, aunque siguiendo la inexorable lógica de quien ve la vida "como un gran desierto amarillo": una búsqueda cerrada de antemano.
He glosado dos pasajes cuya significación en despliegue remite al desarrollo de la novela en que se insertan: El juguete rabioso; pero, además y sin duda, esos pasajes poseen la capacidad de iluminar por sí mismos zonas recónditas de la conducta humana. Son como los versos que surgen para siempre y labran la gloria de un poeta. Son los contundentes versos de un escritor que nunca tentó en forma explícita el género de "poesía", pero que lo abordó intrínsecamente a lo largo de toda su obra: estallido de la realidad a través de la palabra, o palabras que generan su propia realidad en permanente asedio de un absoluto imposible.

Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en el porteño barrio de Flores en abril de 1900 (el 2, el 7 o el 26 de abril, pues con similares argumentos y a partir de diversas declaraciones del propio Arlt se puede optar por cualquiera de esas tres fechas). Sus padres fueron inmigrantes de origen europeo: Carlos Arlt, alemán nacido de Poznan, y Catalina Iobstraibitzer, natural de un pueblo del Tirol italiano y radicada en Trieste; llegaron a Buenos Aires cuando contaban 32 años de edad y tuvieron en esta ciudad tres hijos: una hija que murió muy joven, Roberto y Lila, que falleció de tuberculosis en 1936. El padre, ex militar desertor del ejército prusiano, tentó sin suerte y con escasos ímpetus varios oficios: vidrierista, contador, trabajador en los yerbatales misioneros, entre otros; abandonó esporádicamente a la familia y la mantuvo en un pobreza crónica, pero sojuzgada por su carácter rígido, agrio y autoritario. Doña Catalina, en cambio, fue una mujer melancólica, imaginativa y tierna, que luego habría de volcarse al espiritismo. (Las figuras de ambos padres e incluso la de su hermana Lila se traducen –hasta por omisión– en los textos arltianos.)
En consecuencia, su infancia fue desdichada, incierta y de intenso callejeo. Lejos estuvo Arlt de ser un alumno disciplinado: cursó sólo hasta tercer grado de la escuela primaria y unos meses en la Escuela de Mecánica de la Armada. A los dieciséis años de edad abandonó el hogar paterno, rumbo a Córdoba, donde desempeñó varios oficios ("De los quince años a los veinte años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes".) y conoció a Carmen Antinucci, con quien se casa y cuya dote de 25.000 pesos invierte en negocios ruinosos. De ese matrimonio, nació una hija, Mirta, que habría de dedicarse a las letras.
Los Arlt regresan a Buenos Aires y Roberto ingresa en el periodismo, que será hasta su muerte la mayor o casi única fuente de ingresos: crónicas policiales en Última hora, epístolas de Don Goyo, colaboraciones en Crítica, una decisiva columna en El Mundo, desde 1928, que ha de constituir sus "aguafuertes porteñas", crónicas ciudadanas de enorme éxito popular. En función periodística ha de realizar algunos viajes: al Brasil en 1930, a España y África del Norte en 1935, a Chile y el sur argentino en 1941.
Pero paralelamente a este trabajo, Arlt ha ido desarrollando una tenaz, consecuente y no escasa labor literaria, cuyos orígenes deben rastrearse en lo versos de Dante y Tasso que le recitaba la madre, en las sucesivas entregas de la literatura folletinesca que devoraba en su infancia, en el nutrido arsenal de lecturas que fue formando desde su adolescencia con estricto criterio de autodidacta, y cuyo primer sacerdote bien puede haber sido Baudelaire (en un comentario autobiográfico de 1928 destaca a cuatro escritores: Quevedo, Dickens, Dostoievski y Marcel Proust).
En 1940, poco después de morir su primera esposa, se casa con Elizabeth Mary Shine, de origen irlandés. El 26 de julio de 1942, sin haber visto nacer a su segundo hijo, muere de un ataque cardiaco Roberto Arlt, escritor, periodista e inventor fracasado.
Durante su vida, Arlt publicó en forma de libro cuatro novelas (El juguete rabioso, 1926; Lo siete locos, 1929; Lo lanzallamas, 1931; El amor brujo, 1932), dos libros de cuentos (El jorobadito, 1933; El criador de gorilas, 1941) y dos recopilaciones de sus crónicas periodísticas (Aguafuertes porteñas, 1933; Aguafuertes españolas, 1936); póstumamente se ha recogido en diversos volúmenes su primer trabajo literario, aparecido en Tribuna Libre el 28 de enero de 1920 bajo el título de "Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires", un interesante relato –Viaje terrible– e innumerables aguafuertes (que, desde luego, se han reunido en recopilaciones parciales, pues "la colección completa de sus aguafuertes debe sumar unas dos mil o algo m{as", según cálculo quizá exagerado de Gostautas).
Es fácil observar que a lo largo de la década del '30 el núcleo de su interés como escritor se va desplazando de la narrativa a la dramaturgia, publicando y estrenando entonces unas cuantas piezas dramáticas: 300 millones, 1932; Prueba de amor, 1932; Saverio el cruel, 1936; El fabricante de fantasmas, 1936; La isla desierta, 1938, África, 1938 y La fiesta del hierro, 1940 (de acuerdo con la edición de su Teatro completo, Schapire, 1968, habría que agregar El desierto entra en la ciudad).
Hasta diez años después de su muerte, el reconocimiento crítico hacia la obra de Roberto Arlt fue prácticamente nulo –si se exceptúa algún trabajo de Córdova Iturburu y breves evocaciones anecdóticas–; lo ignoraban los comentaristas locales y lo desconocían los popes de la crítica continental (Arturo Torres Rioseco, Luis Alberto Sánchez y Fernando Alegría, por ejemplo, no lo mencionaban en sus respectivos panoramas). Luego de 1950, a partir de la reedición de sus obras (por Futuro, Fabril y Losada, consecutivamente), de la primera biografía (la de Raúl Larra), de los artículos de Murena, Vanasco y Sebreli y del número que le dedica la revista Contorno, dirigida por los hermanos Viñas, comienza una exégesis crítica que ha de cuajar en una serie de libros (de: Nira Etchenique, 1962; Raúl Castagnino, 1964: Oscar Masotta, 1965; Ángel Núñez, 1968; David Maldavsy, 1968; Diana Guerrero, 1972; Stasys Gostautas, 1977) e importantes trabajos, desde los ordenamientos filiales de Mirta Arlt y los emotivos exabruptos onettianos hasta los enriquecedores análisis de Noé Jitrik, Luis Gregorich y Ricardo Piglia, para sólo citar los fundamentales.
Esta producción crítica ha puesto el acento decididamente en la narrativa arltiana, pues las referencias al trabajo periodístico y teatral son circunstanciales (aparte el estudio de Castagnino). De allí que no se haya encarado aún un enfoque global sobre el conjunto de esa escritura, que en una primera aproximación muestra una enorme coherencia conceptual y la permanencia de sus principales núcleos temáticos. (Sobre el desplazamiento narrativa–teatro, Masotta apunta una inteligente conjetura: "si Arlt se siente empujado a abandonar la novela, no es más que por el carácter poco novelístico de los personajes que creaba, verdaderos 'caracteres', en el sentido clásico del término, destinos petrificados, naturalezas muertas.")

En este señalamiento de Masotta, hay una salvedad a favor de El juguete rabioso: es el único texto donde Arlt muestra a un personaje en tren de hacerse (no ya hecho, como Erdosain o Balder, sino haciéndose). Mucho más cabría indicar con respecto a esta primera novela y mucho han indicado ya los críticos.

Pero antes apuntemos que El juguete rabioso fue escrito entre 1919 y 1924; que su título inicial fue Vida puerca; que dos pasajes del texto primitivo fueron publicados como anticipos en la revista Proa y uno de ellos eliminado de la versión definitiva; que en la primera edición la novela estaba dedicada a Ricardo Güiraldes, de quien Arlt fue esporádico secretario y amigo (hechos que no implicaron un embanderamiento en las huestes de Florida, aunque tampoco Artl fue bodeista); que Elías Castelnuovo se la rechazó porque, "pese a su fuerza temperamental, ofrecía innumerables fallas de diversa índole"; que finalmente la publica la Editorial Latina, de L. J. Rosso, gracias a los buenos oficios de Enrique Méndez Calzada y Julio Noé; que la crítica apenas si le prestó atención (la comentó Leónidas Barletta en Nosotros), puesta a cantar unánimes loas a Don Segundo Sombra.
Pasados los años, Noé Jitrik afirmará que "Roberto Arlt, en El juguete rabioso, va a hacer una síntesis tal que inauguraría definitivamente la literatura urbana con proyección universal, por una parte, y la literatura que muestra la forma de ser y los mitos de una clase social concreta, por otra". Por su parte, Oscar Masotta diría que "la primera novela de Arlt es una verdadera fenomenología, en el sentido que Hegel daba a la palabra, de la aparición del mal, es decir que en ella se hace el relato de un desarrollo verdaderamente dialéctico donde algo nuevo emerge en cada etapa: el punto de partida es la necesidad de trascendencia y el convencimiento que su satisfacción reside en el mal".
En otro orden de cosas, Luis Gregorich ha señalado con justicia que, "técnicamente, el libro utiliza, casi sin proponérselo, algunos procedimientos de la nueva novela. No se explica la situación social, el aspecto ni los pensamientos de los personajes: toda la explicación está dada por la acción misma, por el relato de los hechos. (...) También es moderna la presentación psicológica de los personajes: la vida psíquica es presentada con todas sus arbitrariedades, despojada de la casualidad, fragmentada en innúmeras vivencias que muchas veces no se relacionan entre sí".
Los caminos que abrió El juguete rabioso son los de nuestra literatura contemporánea. Las objeciones –serias y pueriles– a su escritura tuvieron un principio de respuesta en el prólogo del propio Arlt a Los lanzallamas. Ahondando en esa vertiente, el uruguayo Juan Carlos Onetti podría proclamar hoy que "seguimos profunda, definitivamente convencidos de que si algún habitante de estas humildes playas logró acercarse a la genialidad literaria, llevaba por nombre el de Roberto Arlt".
(1981)

16 de mayo de 2009

La isla desierta

Burlería en un solo acto

Roberto Arlt


PERSONAJES

EL JEFE
MANUEL
MARÍA
EMPLEADO 1º
EMPLEADO 2º
TENEDOR DE LIBROS
EMPLEADA 1ª
EMAPLEDA 2ª
EMPLEADA 3ª
CIPRIANO (MULATO)
DIRECTOR


ACTO ÚNICO

Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del Jefe, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón en un décimo piso.

EL JEFE. – Otra equivocación, Manuel.
MANUEL. – ¿Señor?
EL JEFE. – Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL. – Lo siento, señor.
EL JEFE. – Yo también. (Alcanzándole la planilla.) Corríjala. (Un minuto de silencio.)
EL JEFE. – María.
MARÍA. – ¿Señor?
EL JEFE. – Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA. – (Acercándose al escritorio del JEFE) Lo siento, señor.
EL JEFE. – También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.
(Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando por la ventana.)
EL JEFE. – (Irritado) ¡A ver si siguen equivocándose!
(Pausa)
EMPLEADO 1º. – (Con un apagado grito de angustia) ¡Oh! No; no es posible.
(Todos se vuelven hacia él.)
EL JEFE. – (Con venenosa suavidad) ¿Qué no es posible, señor?
MANUEL. – No es posible trabajar aquí.
EL JEFE. – ¿No es posible trabajar aquí? ¿Y por qué no es posible trabajar aquí? (Con lentitud.) ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL. – (Poniéndose de pie y gritando.) ¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aquí? Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aquí?
EL JEFE. – No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL. – Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana.) Los culpables de que nos equivoquemos son esos malditos buques.
EL JEFE. – (Extrañado) ¿Los buques? (Pausa.) ¿Qué tienen los buques?
MANUEL. – Si, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla.) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS. – Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos equivocábamos nunca.
MARÍA. – Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1ª. – Hace siete años.
EMPLEADO 1º. – ¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2º. – Claro que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS. – Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la contabilidad.
EL JEFE. – ¿Lo creen?
MANUEL. – Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA. – Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS. – Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2ª. – Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE. – ¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA. – ¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.
EMPLEADA 2ª. – Parece mentira que ninguno haya viajado.
EMPLEADO 2º. – ¿Y por qué no ha viajado usted?
EMPLEADA 2ª. – Esperaba casarme...
TENEDOR DE LIBROS. – Lo que es a mí, ganas no me han faltado.
EMPLEADO 2º. – Y a mí. Viajando es como se disfruta.
EMPLEADA 3ª. – Vivimos entre estas cuatro paredes como en un calabozo.
MANUEL. – Cómo nos equivocamos. Estamos aquí suma que te suma, y por la ventana no hacen nada más que pasar barcos que van a otras tierras. (Pausa) A otras tierras que no vimos nunca. Y que cuando fuimos jóvenes pensamos visitar.
EL JEFE. – (Irritado) ¡Basta! ¡Basta de charlar! ¡Trabajen!
MANUEL. – No puedo trabajar.
EL JEFE. – ¿No puede? ¿Y por qué no puede, don Manuel?
MANUEL. – No. No puedo. El puerto me produce melancolía.
EL JEFE. – Le produce melancolía. (Sardónico) Así que le produce melanolía. (Conteniendo su furor.) Siga, siga su trabajo.
MANUEL. – No puedo.
EL JEFE. – Veremos lo que dice el director general.
(Sale violentamente)
MANUEL. – Cuarenta años de oficina. La juventud perdida.
MARÍA. – ¡Cuarenta años! ¿Y ahora?...
MANUEL. – ¿Y quieren decirme ustedes para qué?
EMPLEADA 3ª. – Ahora lo van a echar...
MANUEL. – ¡Qué me importa! Cuarenta años de Debe y Haber. De Caja y Mayor. De Pérdidas y Ganancias.
EMPLEADA 2ª. – ¿Quiere una aspirina, don Manuel?
MANUEL. – Gracias, señorita. Esto no se arregla con aspirina. Cuando yo era joven creía que no podría soportar esta vida. Me llamaban las aventuras... los bosques. Me hubiera gustado ser guardabosque. O cuidar un faro...
TENEDOR DE LIBROS. – Y pensar que a todo se acostumbra uno.
MANUEL. – Hasta a esto...
TENEDOR DE LIBROS. – Sin embargo, hay que reconocer que estábamos mejor abajo. Lo malo es que en el subsuelo hay que trabajar con luz eléctrica.
MARÍA. – ¿Y con qué va a trabajar uno si no?
EMPLEADO 1º. – Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba.
TENEDOR DE LIBROS. – Cierto, se parece a una tumba. Yo muchas veces me decía: “Si se apaga el sol, aquí no nos enteramos”...
MANUEL. – Y de pronto, sin decir agua va, nos sacan del sótano y nos meten aquí. En plena luz. ¿Para qué queremos tanta luz? ¿Podés decirme para qué queremos tanta luz?
TENEDOR DE LIBROS. – Francamente, yo no sé...
EMPLEADA 2ª. – El jefe tiene que usar lentes negros...
EMPLEADO 2º. – Yo perdí la vista allá abajo...
EMPLEADO 1º. – Sí, pero estábamos tan tranquilos como en el fondo del mar.
TENEDOR DE LIBROS. – De allí traje mi reumatismo.
(Entra el ordenanza CIPRIANO, con un uniforme color de canela y un vaso de agua helada. Es MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva.)
MULATO. – ¿Y el jefe?
EMPLEADA 2ª. – No está. ¿No ve que no está?
EMPLEADA 3ª. – Fue a la Dirección...
MULATO. – (Mirando por la ventana) ¡Hoy llegó el “Astoria”! Yo lo hacía en Montevideo.
EMPLEADA 2ª. – (Acercándose a la ventana) ¡Qué chimeneas grandes tiene!
MULATO – Desplaza cuarenta y tres mil toneladas...
EMPLEADO 1º. – Ya bajan los pasajeros...
MANUEL. –Y nosotros quisiéramos subir.
MULATO. –Y pensar que yo he subido a casi todos los buques que dan vuelta por los puertos del mundo...
EMPLEADO 2º. – Hablaron mucho los diarios...
MULATO. –Sé los pies que calan. En qué astilleros se construyeron. El día que los botaron. Yo, cuando menos merecía ser ingeniero naval.
EMPLEADO 2º. – Vos, ingeniero naval... No me hagas reír.
MULATO. – O capitán de fragata. He sido grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes...
EMPLEADO 2º. – ¿Por dónde viajaste? ¿Por la línea del Tigre o por la de Constitución?
MULATO. – (Sin mirar al que lo interrumpe.) Desde los siete años que doy vueltas por el mundo y juro que jamás en la vida me he visto entre chusma tan insignificante como la que tengo que tratar a veces...
MARÍA. – (A Empleada 1ª) A buen entendedor...
MULATO. – Conozco el mar de las Indias. El Caribe, el Báltico... hasta el océano Ártico conozco. Las focas recostadas en los hielos lo miran a uno como mujeres aburridas sin moverse...
EMPLEADO 2º. – ¡Ché, debe hacer un fresco bárbaro por ahí!
EMPLEADA 2ª. – Cuente, Cipriano, cuente. No haga caso.
MULATO. – (Sin volverse) Aviada estaría la luna si tuviera que hacer caso de los perros que ladran. En un sampán me he recorrido el Ganges. Y había que ver los cocodrilos que nos seguían...
MARÍA. – No sea exagerado, Cipriano.
MULATO. – Se lo juro, señorita.
EMPLEADO 2º. – Indudablemente, éste no pasó de San Fernando.
MULATO. – (Violento) A mí nadie me trata de mentiroso, ¿sabe? (Arrebatado, se quita la chaquetilla, y luego la camisa, que muestra una camiseta roja, que también se saca.)
EMPLEADA 1ª. – ¿Qué hace, Cipriano?
EMPLEADA 2ª. – ¿Está loco?
EMPLEADA 3ª. – Cuidado, que puede venir el jefe.
MULATO. – Vean, estos tatuajes. Digan si éstos son tatuajes hechos entre la línea del Tigre o Constitución. Vean...
EMPLEADA 2ª. – ¡Una mujer en cueros!
MULATO. – Este tatuaje me lo hicieron en Madagascar, con una espina de tiburón.
EMPLEADO 2º. – ¡Qué mala espina!
MULATO. – Vean esta rosa que tengo sobre el ombligo. Observen qué delicadeza de pétalos. Un trabajo de indígenas australianos.
EMPLEADO 2º. – ¿No será una calcomanía?
EMPLEADA 2ª. – ¡Qué va a ser una calcomanía! Este es un tatuaje de veras.
MULATO. – Le aseguro, señorita, que si me viera sin pantalones se asombraría...
TODOS. – ¡Oh... ah!...
MULATO. – (Enfático) Sin pantalones soy extraordinario.
EMPLEADA 1ª. – No se los pensará quitar, supongo.

MULATO. – ¿Por qué no?
EMPLEADA 3ª. – No, no se los quite.
MULATO. – No voy a quedar desnudo por eso. Y verán que tatuajes tengo labrados en las piernas.
EMPLEADA 1ª. – Es que si entra alguien...
EMPLEADA 3ª. – Cerrando la puerta. (Va a la puerta.)
MULATO. – (Quitándose los pantalones y quedando con un calzoncillo corto y rojo con lunares blancos) –Miren estos dibujos. Son del más puro estilo malasio. ¿Qué les parece esta guarda de monos pelando bananas? (Murmullo de “Oh... ah...”) Lo menos que merezco es ser capitán de una isla. (Toma un pliego de papel madera y rasgándolo en tiras se lo coloca alrededor de la cintura.) Así van vestidos los salvajes de las islas.
EMPLEADA 1ª. – ¿A las mujeres también les hacen tatuajes...?
MULATO. – Claro. ¡Y qué tatuajes! Como para resucitar a un muerto.
EMPLEADA 2ª. – ¿Y es doloroso tatuarse?
MULATO. – No mucho... Lo primero que hace el brujo tatuador es ponerlo a uno bajo un árbol...
EMPLEADA 2ª. – Uy, qué miedo.
MULATO. – Ningún miedo. El brujo acaricia la piel hasta dormirla. Y uno acaba por no sentir nada.
EMPLEADO 1º. – Claro...
MULATO. – Siempre bajo los árboles hay hombres y mujeres haciéndose tatuar. Y uno termina por no saber si es un hombre, un tigre, una nube o un dragón.
TODOS. – ¡Oh, quién lo iba a decir! ¡Si parece mentira!
MULATO. – (Fabricándose una corona con papel y poniéndosela.) Los brujos llevan una corona así y nadie los mortifica.
EMPLEADA 1ª. – Es notable.
EMPLEADA 2ª. – Las cosas que se aprenden viajando...
MULATO. – Allá no hay jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza. Cada hombre toma la mujer que le gusta y cada mujer al hombre que le agrada. Todos viven desnudos entre las flores, con collares de rosas colgantes del cuello y los tobillos adornados de flores. Y se alimentan de ensaladas de magnolias y sopas de violetas.
TODOS. – Eh, eh...
EMPLEADA 2ª. – ¡Eh! ¡Cipriano, que no nacimos ayer!
MULATO. – Juro que se alimentan de ensaladas de magnolias.
TODOS. – No.
MULATO. – Sí.
EMPLEADO 2º. – Mucho... mucho...
MULATO. – Digo que sí. Y además los árboles están siempre cargados de toda clase de fruta.
MANUEL. – No será como la que uno compra aquí, en la feria.
MULATO. – Allá no. Cuelgan libremente de las ramas y quien quiere, come y quien no quiere, no come... y por la noche, entre los grandes árboles, se encienden fogatas y ocurre lo que es natural que ocurra entre hombres y mujeres.
EMPLEADA 1ª. – ¡Qué países, qué países!
MULATO. – Y digo que es muy saludable vivir así libremente. Al otro día la gente trabaja con más ánimo en los arrozales y si uno tiene sed (Toma el vaso de agua y bebe) parte un coco y bebe su deliciosa agua fresca. MANUEL. – (Tirando violentamente un libro al suelo) ¡Basta!
MULATO. – ¿Basta qué?
MANUEL. – Basta de noria. Se acabó. Me voy.
EMPLEADA 2ª. – ¿A dónde va, don Manuel?
MANUEL. – A correr mundo. A vivir la vida. Basta de oficina. Basta de malacate. Basta de números. Basta de reloj. Basta de aguantarlo a este otro canalla. (Señala la mesa del jefe.)
( Pausa. Perplejidad.)
EMPLEADO 1º. – ¿Quién es el otro?
TODOS. – ¿Quién es?
MANUEL. – (Perplejo) El otro... el otro... el otro... soy yo.
EMPLEADA 3ª. – ¡Usted don Manuel!
MANUEL. – Sí, yo; que desde hace veinte años le llevo los chismes al jefe. Mucho tiempo hacía que me amargaba este secreto. Pero trabajábamos en el subsuelo y en el subsuelo las cosas no se sienten.
TODOS. – ¡Oh!...
EMPLEADO 1º. – ¿Qué tiene que ver el subsuelo?
MANUEL. – No sé. La vida no se siente. Uno es como una lombriz solitaria en un intestino de cemento. Pasan los días y no se sabe cuándo es de día, cuándo es de noche. Misterio. (Con desesperación) Pero un día nos traen a este décimo piso. Y en el cielo, las nubes, las chimeneas de los transatlánticos se nos entran en los ojos. Pero entonces, ¿existía el cielo? Pero entonces, ¿existían los buques? ¿Y las nubes existían? ¿Y uno, por qué no viajó? Por miedo. Por cobardía. Mírenme. Viejo. Achacoso. ¿Para qué sirven mis cuarenta años de contabilidad y de chismerío?
MULATO. – (Enfático) Ved cuán noble es su corazón. Ved cuán responsables son sus palabras. Ved cuán inocentes son sus intenciones. Ruborizaos, amanuenses. Llorad lágrimas de tinta. Todo vosotros os pudriréis como asquerosas ratas entre estos malditos libros. Un día os encontrareis con el sacerdote que vendrá a suministraros la extremaunción. Y mientras os unten con aceite la planta de los pies, os diréis: “¿Qué he hecho de mi vida? Consagrarla a la teneduría de libros. Bestias.
MANUEL. – Quiero vivir los pocos años que me quedan de vida en una isla desierta. Tener mi cabaña a la sombra de una palmera. No pensar en horarios.
EMPLEADO 1º. – Iremos juntos, don Manuel.
MARÍA. – Yo iría, pero para cumplir este deseo tendría que cobrar los meses de sueldo que me acuerda la ley 11.729.
EMPLEADO 2º. – Para que nos amparase la ley 11.729, tendrían que echarnos.
MULATO. – Aprovechen ahora que son jóvenes. Piensen que cuando les estén untando con aceite la planta de los pies no podrán hacerlo.
MARÍA. –La pena es que tendré que dejar a mi novio.
EMPLEADO 2º. – ¿Por qué no lo conserva en un tarro de pickles?
EMPLEADA 2ª. – Cállese, odioso.
MULATO. – Señores, procedamos con corrección. Cuando don Manuel declaró que él era el chismoso, una nueva aurora pareció cernirse sobre la humanidad. Todos le miramos y nos dijimos: “He aquí un hombre honesto; he aquí un hombre probo; he aquí la estatua misma de la virtud cívica y ciudadana”. (Grave.) Don Manuel. Usted ha dejado de ser don Manuel. Usted se ha convertido en Simbad el Marino.
EMPLEADA 3ª. – ¡Qué bonito!
MANUEL. – Ahora, lo que hay que buscar es la isla desierta.
TENEDOR DE LIBROS. – ¿Hay todavía islas desiertas?
MULATO. – Sí, las hay. Vaya si las hay. Grandes islas. Y con árboles de pan. Y con plátanos. Y con pájaros de colores. Y con sol desde la mañana a la noche.
EMPLEADO 2º. – ¿Y nosotros?...
MULATO. – ¿Cómo nosotros?
EMPLEADA 2ª. – ¿Claro? ¿Y a nosotros nos van a largar aquí?
MULATO. –Vengan ustedes también.
TODOS. – Eso... vámonos todos.
MULATO. – Ah... y qué les diré de las playas de coral.
EMPLEADA 1ª. – Cuente, Cipriano, cuente.
MULATO. – Y los arroyuelos cantan entre las breñas. Y también hay negros. Negros que por la noche baten el tambor. Así.
(El MULATO toma la tapa de la máquina de escribir y comienza a batir el tam tam ancestral, al mismo tiempo que oscila simiesco sobre sí mismo. Sugestionados por el ritmo, van entrando todos en la danza.)
MULATO. – (A tiempo que bate el tambor) Y también hay hermosas mujeres desnudas. Desnudas de los pies a la cabeza. Con collares de flores. Que se alimentan de ensaladas de magnolias. Y hermosos hombres desnudos. Que bailan bajo los árboles, como ahora nosotros bailamos aquí...
La hoja de la bananera
De verde ya se madura
Quien toma prenda de joven
Tiene la vida segura.
(La danza se ha ido generalizando a medida que habla el MULATO, y los viejos, los empleados y las empleadas giran en torno de la mesa, donde como un demonio gesticula, toca el tambor y habla el condenado negro.)
Y bailan, bailan, bajo los árboles cargados de frutas. De aromas…
(Histéricamente todos los hombres se van quitando los sacos, los chalecos, las corbatas; las muchachas se recogen las faldas y arrojan los zapatos. El MULATO bate frenéticamente la tapa de la máquina de escribir. Y canta un ritmo de rumba.)
La hoja de la bananera...
EL JEFE. – (Entrando bruscamente con el DIRECTOR, con voz de trueno) ¿Qué pasa aquí?
MARÍA. – (Después de alguna vacilación) Señor... esta ventana maldita y el puerto... Y los buques ... esos buques malditos ...
EMPLEADA 2ª. – Y este negro.
DIRECTOR. – Oh... comprendo... comprendo. (Al JEFE) Despida a todo el personal. Haga poner vidrios opacos en la ventana.


TELÓN

20 de marzo de 2009

El crimen casi perfecto

Roberto Arlt

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre siete y diez de la noche) detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso de caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio esta cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber se la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.
El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas. Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo. Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario , pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación que quedaba detenida la sirvienta, con una idea brincando en el magín: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía verificar la hipótesis.
Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente. Yo estaba en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:
–Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo?
–Con hielo, señor.
–¿Dónde compraba el hielo?
–No lo compraba, señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba en pancitos. –Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.–Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos minutos pudo manifestarnos:
–El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.
Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado.
Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el palto con hielo disuelto se encontrara sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol. Lo había muerto de un síncope. En su armario se encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí.