29 de marzo de 2009

La octava plaga

Laura Freixas

Cuando metía la mano en el bolsillo buscando cinco pesos para pagar el café, lo que sacaba era un puñado de palabras. “¡Ay, caray!”, murmuraba perpleja, y eso que ya le había pasado infinidad de veces; pero como era muy paciente, se tomaba el trabajo de ir tomándolas una por una entre dos dedos para examinarlas al trasluz, y luego dejaba algunas arrugadas en el cenicero y las demás se las volvía a meter en el bolsillo para buscarles sitio cuando llegara a casa. La mayoría seguía esta suerte, porque ella era de esas personas a quienes repugna tirar cosas.
Sitio, lo que se dice sitio, no es que quedará mucho en casa, la verdad. El exiguo estudio estaba ya repleto de palabras. Las había apiladas sobre el escritorio y la mesita de luz, sobre las estanterías y sobre las repisas de las ventanas, por no hablar de las que rebosaban los cajones y el armario. Ella, naturalmente, procuraba mantener el orden, y cada día barría y sacaba el polvo con tal de que permaneciesen limpios, por lo menos, el suelo y los objetos de uso cotidiano; pero lo cierto es que siempre quedaban palabras en los rincones, o debajo de las patas de la mesa, o en el fondo de los vasos sucios. Se encontraba con palabras enredadas en los hilos cuando tomaba la caja de costura; entre las sábanas, al meterse en la cama; dentro de los zapatos o las medias, y hasta una vez en el estuche del rimel.
Claro es que esta abundancia, en sí –cuestiones de limpieza aparte–, no tenía por qué ser desagradable; y hasta hubiera podido reinar una armoniosa convivencia, de no haber sido por cierta irritante manía de las palabras: haciendo gala de una irresponsabilidad de veras asombrosa, se empeñaban en multiplicarse sin descanso. Cada día había una docena más. Bastaba simplemente abrir los ojos por la mañana, y el primer rayo oblicuo y polvoriento de luz, o el rumor lejano de un tranvía, o el vago recuerdo de un retazo de sueño, engendraban palabras nuevas. Brotaban a borbotones, ligeras, vivarachas, en alocada búsqueda de un hueco, de una superficie lisa por pequeña que fuera, de un rincón, y allí se echaban a dormir como si tal cosa. Palabras recién hechas y jugosas, que se amontonaban, si ya no había más sitio, sobre las viejas, algo mustias. Iban formando capas sobre los muebles y sobre el suelo hasta que no se podía andar sin pisarlas; entonces ella, exasperada, decidía que ya estaba bien, que iba a poner orden de una vez por todas y ya veríamos quién mandaba allí.
La tarea le ocupaba varios días. Primero, ponía la habitación patas para arriba hasta obligarlas a salir a todas de sus escondrijos; vaciaba armarios, altillos y cajones; estantes, vasos y floreros; registraba los muebles, la ropa y los zapatos; y cuando estaba segura de no haberse dejado ninguna, o casi, las amontonaban sobre el suelo, se sentaba frente a ellas y se ponía las gafas suspirando, empezaba por una selección; pero, aunque se esforzaba en ser lo más severa posible, nunca conseguía descartar más de una décima parte. Casi todas le parecían dignas de conservarse: la que no era por consideraciones estéticas, era por motivos de utilidad, y la que no, por razones personales. Las iba distribuyendo en montoncitos previamente establecidos: la lengua a la que pertenecían, el uso al que podrían destinarse; la calidad o el color, el sabor o el peso. Finalmente, una vez clasificadas, las metía en cajas compradas al efecto.
Eran cajas de todas las formas y tamaños. Las había severas, de caoba y con tapizado de terciopelo, para las palabras científicas –esas palabras de saco y corbata con vocación académica–; otras pequeñas y redondas, con tapa de espejo, para las palabras poéticas, finas y tornasoladas como mariposas; una pesada caja de mármol con frisos, para las palabras diccionarescas y las citas en latín; diminutas cajitas de nácar para los nombres propios evocadores de recuerdos queridos, y muchísimas mas. No faltaba un cajón basto para las palabrotas, ni cajitas doradas para las palabras de amor. Y en cuanto a las palabras sobrantes, que eran de difícil clasificación –preposiciones y cosas así–, las guardaba de todas maneras, porque le daba pena tirarlas y además nunca se sabe; las metía en cajas de zapatos, y con un rotulador escribía en la tapa: "Varios".
Con tantas cajas, pronto no le iba quedar lugar ni para la cama. Y cada día había palabras nuevas. Tomó la costumbre de introducirlas en sobres por docenas y enviarlas a sus amigos: cuando esto no bastó, comenzó a envolver cajas enteras en papel de embalaje y las mandaba a las editoriales. Al cabo de un tiempo, constató con alarma que el número de palabras se estaba multiplicando en proporción geométrica; enfebrecida, clasificaba, envolvía y franqueada a un ritmo cada vez más rápido; ya no hacía otra cosa en todo el día, y aún así no daba a basto. Amigos y conocidos le suplicaban de rodillas que les ahorrase tan frecuentes y voluminosos envíos, con los que no sabían qué hacer; las editoriales le advirtieron que la capacidad de sus almacenes estaba siendo desbordada. La Administración de Correos, por su parte, se había visto obligada a solicitar del Gobierno un importante aumento presupuestario a fin de reforzar el servicio; los carteros corrientes fueron reemplazados por otros más fornidos, lo cual de todos modos no evitó una huelga a escala nacional. En cuanto a ella, se había dado cuenta de que en aquel estudio no podría resistir mucho más tiempo; alquiló un espacioso departamento en el barrio nuevo, y llenó con las palabras tres camiones de mudanzas.
Como era de prever, las cinco habitaciones tampoco tardaron en quedarse pequeñas. No se lo ocurrió otra solución que dejar abiertas permanentemente las ventanas para que al menos algunas palabras de marchasen; pero las que se iban volando se colocaban luego en casa de los vecinos. Las amas de casa barrían sus pasillos varias veces cada día murmurando contra la nueva inquilina; cuando comenzaron a descubrir palabras en los dobleces de la ropa recién planchada, dentro de los paquetes de detergente o rebozándose en las sartenes junto con el pescado, sus protestas subieron de tono; y el día en que una de ellas descubrió a su hijito medio asfixiado en una cuna llena de palabras, armó tal revuelo en la escalera que poco faltó para un motín. A esas alturas, ella ya había comprendido que toda resistencia era inútil, y decidió rendirse.
Se metió en casa y cerró todas las aberturas. Al cabo de una semana, la portera cumplió su deber de portera dando aviso a la Policía. Hicieron falta dos destacamentos del servicio de bomberos, auxiliados por la excavadora municipal, para sacar las incontables capas de palabras. Los vecinos concedían entrevistas sin cuento a la televisión y a la radio, mientras el pobre forense se paseaba apuradísimo por los rellanos murmurando, sin que nadie le hiciera caso:
–¿Y ahora yo que pongo, dígame usted, qué carajo pongo yo en el parte de defunción?

De El asesino en la muñeca, 1988

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