31 de marzo de 2010

El Aleph

Jorge Luis Borges
O God, I could be bounded in a nutshell
and coimt rayself a King of infinite space.

Hamlet, II, 2.
But they will teach us that Eternity is
the Standing still of the Present Time, a
Nunc-stans (as the Schools cali it) ; which
neither they, ñor any else understand, no
more than they would a Hic-stans for an
Infinite greatnesse of Place.

Leviathan, IV, 46.
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en 1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri.
Beatriz, era alta, frágil, muy ligeramente inclinada; había en su andar (si el oxímoron es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia, la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante. Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz) grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. "Es el Príncipe de los poetas de Francia", repetía con fatuidad. "En vano te revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas."
El treinta de abril de 1941 me permití agregar al alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre moderno.
—Lo evoco —dijo con una animación algo inexplicable— en su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad, provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de horarios, de prontuarios, de boletines...
Observó que para un hombre así facultado el acto de viajar era inútil; nuestro siglo XX había trasformado la fábula de Mahoma y de la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma.
Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho: esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto Prologal ó simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía muchos años, sin rédame, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero abría las compuertas a la imaginación; luego hacía uso de la lima. El poema se titulaba La Tierra; tratábase de una descripción del planeta, en la que no faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apostrofe.
Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve. Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora satisfacción:

He visto, como el griego, las urbes de los hombres,
Los trabajos, los días de varia luz, el hambre;
No corrijo los hechos, no falseo los nombres,
Pero el voyage que narro, es... autour de ma chambre.

—Estrofa a todas luces interesante —dictaminó—. El primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista, cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o conglobación; el tercero —¿barroquismo, decadentismo, culto depurado y fanático de la forma?— consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la ilustración que me permite ¡sin pedantismo! acumular en cuatro versos tres alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera a la Odisea, la segunda a los Trabajos y días, la tercera a la bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano… Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el scherzo. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni!
Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera-admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces, trasmitir esa extravagancia al poema.1
Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar los quince mil dodecasílabos del Polyolbion, esa epopeya topográfica en la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que ese producto considerable, pero limitado es menos tedioso que la vasta empresa congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland, más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Setiembre, en Belgrano, y un establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio una estrofa:

Sepan. A manderecha del poste rutinario
(Viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)
Se aburre una osamenta —¿Color? Blanquiceleste—
Que da al corral de ovejas catadura de osario.

—¡Dos audacias —gritó con exultación— rescatadas, te oigo mascullar, por el éxito! Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario, que certeramente denuncia, en passant, el inevitable tedio inherente a las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya laureado Don Segundo se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo. Otra, el enérgico prosaísmo se aburre una osamenta, que el melindroso querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface. . . al instante. ¿Y qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de incurable y negra melancolía.
Hacia la medianoche me despedí.
Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono, entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las cuatro, "para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo de Zunino y de Zungri —los propietarios de mi casa, recordarás— inaugura en la esquina; confitería que te importará conocer." Acepté, con más resignación que entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el "salón-bar", inexorablemente moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta severidad:
—Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se parangona con los más encopetados de Flores.
Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema. Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde antes escribió azulado, ahora abundaba en azulina, azulenco y hasta azulillo. La palabra lechoso no era bastante fea para él; en la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería lactario, lacticinoso, lactescente, lechal... Denostó con amargura a los críticos; luego, más benigno, los equiparó a ¿esas personas, "que no disponen de metales preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un tesoro". Acto continuo censuró la prologomanía, "de la que ya hizo mofa, en la donosa prefación del Quijote, el Príncipe de los Ingenios". Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con admiración rencorosa, que no creía errar el epíteto al calificar de sólido el prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, "porque ese dilatado jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no confirme la severa verdad". Agregó que Beatriz siempre se había distraído con Álvaro.
Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves, hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diario» y que dotaba de cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, qué' antes de abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla) había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi desidia optaría por b.
A partir del viernes a primera hora, empezó a inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente, nada ocurrió —salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba.
El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz, al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa.
—¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa inveterada de la calle Garay! —repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía.
No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya cumplidos los cuarenta anos, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su abogado, los demandaría ipso facto por daños y perjuicios y los obligaría a abonar cien mil nacionales.
El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos.
—Está en el sótano del comedor —explicó, aligerada su dicción por la angustia—. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
—¿El Aleph? —repetí.
—Si, el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es inajenable mi Aleph.
Traté de razonar.
—Pero, ¿no es muy oscuro el sótano?
—La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz.
—Iré a verlo inmediatamente.
Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición. Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás… Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes, verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre nos habíamos detestado.
En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije:
—Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Carlos entró poco después. Habló con sequedad; comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph.
—Una copita del seudo coñac —ordenó— y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa! A los pocos minutos ves el Aleph, ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas, nuestro concreto amigo proverbial, el multum in parvo!
Ya en el comedor, agregó:
—Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no invalida mi testimonio… Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con todas las imágenes de Beatriz.
Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales. El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada, busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la dobló y la acomodó en un sitio preciso.
—La almohada es humildosa —explicó—, pero si la levanto un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado. Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones.
Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue. Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos trasparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.
Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo trasmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin trasparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.
En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa, del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Sentí infinita veneración, infinita lástima.
—Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te llaman —dijo una voz aborrecida y jovial—. Aunque te devanes los sesos, no me pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges!
Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear:
—Formidable. Sí, formidable.
La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos Argentino insistía:
—¿Lo viste todo bien, en colores?
En ese instante concebí mi venganza. Benévolo, manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie! perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos.
En la calle, en las escaleras de Constitución, en el subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el olvido.

Posdata del primero de marzo de 1943. A los seis meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una selección de "trozos argentinos". Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura.2 El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti; increíblemente, mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar los epítomes del doctor Acevedo Díaz.
Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi historia no parece casual. Para la Cabala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y es el mapa del superior; para la Mengenlehre, es el símbolo de los números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes. Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, aplicado a otro punto donde convergen todos los puntos, en alguno de los textos innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era un falso Aleph.
Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zu al-Karnayn, o Alejandro Bicorne de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona otros artificios congéneres —la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik Benzeyad encontró en una torre (1001 Noches, 272), el espejo que Luciano de Samosata pudo examinar en la luna (Historia Verdadera, I, 26), la lanza especular que el primer libro del Satyricon de Capella atribuye a Júpiter, el espejo universal de Merlin, "redondo y hueco y semejante a un mundo de vidrio" (The Faerie Queene, III, 2, 19)— y añade estas curiosas palabras: "Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central. . . Nadie, claro está, puede verlo, pero quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor… La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: En las repúblicas fundadas por nómadas, es indispensable el concurso de forasteros para todo lo que sea, albañilería".
¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.


A Estela Canto.


1 Recuerdo, sin embargo, estas líneas de una sátira en que fustigó con rigor a los malos poetas:

Aqueste da al poema belicosa armadura
De erudicción; estotro le da pompas y galas
Ambos baten en vano las ridículas alas...
¡Olvidaron, cuitados, el factor HERMOSURA!

Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos implacables y poderosos lo disuadió (me dijo) de publicar sin miedo el poema.

2 "Recibí tu apenada congratulación", me escribió. "Bufas, mi lamentable amigo, de envidia, pero confesarás —¡aunque te ahogue!— que esta vez pude coronar mi bonete con la más roja de las plumas; mi turbante, con el más califa de los rubíes."

28 de marzo de 2010

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Dos imágenes en un estanque



Giovanni Papini

¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve después de tanto tiempo en la pequeña capital? Cuando me aproximaba a ella no pensaba tener otro motivo que éste.
Regresando del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las cosas ocultas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Estaba seguro de hallar todo eso en la pequeña capital, en la ciudad donde había estudiado durante cinco años, con maestros de clásicas barbas blancas, las ciencias más germánicas y más fantásticas.
Recordaba a menudo la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una exiliada (he pensado siempre que existen también ciudades desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero totalmente quieta y resignada en torno al gran palacio rococó, en el que charla y duerme la corte. En las calles, a cada cien pasos, hay un pozo y junto al pozo una fuente y sobre cada fuente un guerrero de terracota, pintado de azul y rojo pálido.Recordaba también la casa en que viví durante los años de mi aprendizaje científico. Mis ventanas no se abrían sobre la plaza sino sobre un gran jardín, cerrado entre las casas, donde había, en un rincón, un estanque circuido por rocas artificiales. A nadie le importaba el jardín: el viejo señor había muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba a los árboles como herejes y a las flores como vanidosas. También el estanque había muerto por su culpa. Ningún chorro brotaba ya de su seno. El agua parecía tan cansada e inmóvil como si fuese la misma desde hacía una cantidad enorme de años. Por lo demás, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente e incluso las hojas parecían haber caído allí en otoños míticamente lejanos.
Este jardín fue el sitio de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía la libertad de poder visitarlo cada hora y cuando los maestros no me llamaban me sentaba con algún libro junto al estanque, y cuando estaba cansado de leer o la luz menguaba, intentaba mirar mis ojos reflejados en el agua o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansiedad sus lentos viajes bajo el hálito desigual del viento. Alguna vez las hojas se apartaban o se reunían todas en el fondo y entonces veía en el agua mi rostro y lo contemplaba tan largamente que me parecía no existir más por mí mismo, con mi cuerpo, sino ser solamente una imagen fijada en el estanque por la eternidad.
Fue por eso que corrí inmediatamente al jardín, apenas llegué a la pequeña capital. Habían pasado muchos años, pero la ciudad se mantenía igual. Por las mismas calles estrechas pasaban las mismas mujeres enanas y amarillentas, de cofias ajadas, y los guerreros de terracota, inútiles y ridículos, se apoyaban en el puño de las espadas sobre las habituales fuentes.
Y también el jardín estaba tal como yo lo había dejado, también el estanque estaba como yo lo vi por última vez, antes de regresar a mi patria. Alguna mata de más en los canteros, algunas hojas más en el estanque y todo el resto como antaño. Quise entonces volver a ver mi cara en el agua y me di cuenta de que era diferente, muy diferente de aquella que tan lúcidamente recordaba. El encanto de ese estanque, de ese sitio volvió a apoderarse de mí. Me senté sobre una de las rocas artificiales y con la mano moví las hojas muertas para formar un espejo más grande a mi rostro palidecido y transfigurado. Permanecí algunos minutos mirando mi imagen y pensando en las leyes del tiempo cuando vi dibujarse en el agua otra imagen junto a la mía. Me volví bruscamente: un hombre se había sentado a mi lado y se reflejaba junto a mí en el estanque. Lo miré sorprendido –volví a mirarlo y me pareció que se me asemejaba un poco. Dirigí de nuevo los ojos al estanque y contemplé otra vez su imagen reflejada sobre el fondo sombrío. Al instante comprendí la verdad: ¡su imagen se parecía perfectamente a la que yo reflejaba siete años antes!
En otro tiempo, quizás, aquello me hubiera espantado y seguramente habría gritado como quien se halla preso en el círculo de alguna invencible obsesión.
Pero yo sabía ahora que solamente lo imposible se vuelve real algunas veces y por lo tanto no sentí el menor asomo de terror. Tendí la mano al hombre, que me la estrechó, y le dije:
–Sé que tú eres yo mismo, un yo que pasó hace mucho, un yo que creía muerto pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin cambio visible.
Y no sé, oh mi yo pasado, qué deseas de mí yo presente, pero sea lo que fuere no sabré negártelo.
El hombre me miró con cierto estupor, como si me viera por primera vez, y respondió después de unos instantes de vacilación:
"Quisiera estar un poco contigo. Cuando tú creíste partir definitivamente yo permanecí aquí, en esta ciudad donde no pasa el tiempo, sin moverme, sin hacer nada, esperándote. Sabía que regresarías. Habías dejado la parte más sutil de tu alma en el agua de este estanque y de esta alma yo he vivido hasta hoy. Pero ahora quisiera unirme nuevamente a ti, permanecer estrechado a ti, viviendo contigo, escuchando de ti el relato de tus vidas de todos estos años. Yo soy como tú eras entonces y no conozco de ti más que lo que tú conocías entonces. Comprende mi ansiedad de saber y de escuchar. Hazme de nuevo tu compañero hasta que partas una vez más de esta ciudad exiliada del mundo y del tiempo."
Asentí con la cabeza y salimos del jardín tomados de la mano, como dos hermanos.
Comenzó entonces para mí uno de los periodos más singulares de mi vida, esta vida mía tan diferente ya de la de otros hombres. Viví conmigo mismo –con mi yo transcurrido– algunos días de imprevista alegría. Mis dos yo caminaban por las calles mal empedradas, en medio del silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital –¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!–, y conversaban incesantemente tratando de recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas –la antigua y la nueva– buscaron juntas la universidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio montañés –recorrieron el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y ennegrecidas, no concedían más de una mirada a las alamedas infinitas– y se aventuraron hasta el Liliensee, una chacra mal excavada que por decreto de los viejos príncipes había llegado a obtener el nombre de lago. ¡No puedo recordar aquellos días de paseos y de confidencias sin que desfallezca por un instante mi corazón! Pero luego de las primeras horas de efusión, después de los primeros días de evocaciones, comencé a sentir un tedio inenarrable al escuchar a mi compañero. Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos modos grotescos que continuamente exhibía me desagradaban. Me percaté, además, al hablar extensamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ya muertas, de entusiasmos provincianos hacia cosas y seres que yo ni siquiera recordaba. Confiaba en ciertas palabras, se conmovía con ciertos versos, se exaltaba ante ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban muecas o sonrisas. Su cabeza estaba llena todavía de ese romanticismo genérico, desproporcionado, hecho de cabelleras desmelenadas, de montañas malditas, de bosques tenebrosos, de tempestades y de batallas con redoblar de truenos y tambores, y su corazón se deshacía en aquel pathos germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de castas novias, cabalgatas nocturnas, etcétera) del cual vivían los esmirriados petimetres melancólicos y lar, señoritas rubias un poco obesas.
Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su ignorancia profunda de los secretos de la vida, que al principio me divertían, terminaron por cansarme, por suscitar en mí una especie de compasión despreciativa que poco a poco llegó a la repugnancia.
Durante algunos días aún supe resistir mi deseo de insultarlo o de huir, pero una mañana, luego de que hubo declamado con gran énfasis un lied estúpidamente conmovedor, sentí que mi desprecio iba transformándose en odio."Y sin embargo, pensé, yo mismo he sido en otra época este hombre del que me burlo, este joven ridículo e ignorante. Él es todavía, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años yo he vivido, he visto, he adivinado, he pensado y él ha permanecido aquí, en la soledad, intacto, perfectamente igual a ese que era yo el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado –y sin embargo en ese tiempo yo creía, más que hoy todavía, ser el hombre superior, el ser alto y noble, el sabio universal, el genio expectante. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, mi pequeño yo de niño ignorante y sin refinamiento todavía. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos menospreciadores y menospreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, se presentaron ante los hombres como un solo ser vivo. Después de mi yo presente, se formará otro que juzgará a mi alma de hoy tal como yo juzgo hoy a la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí si yo no la tengo para mí mismo?"
Mientras yo pensaba esto, el yo antiguo me hablaba y declamaba. Yo no tenía nada ya para decirle y callaba; él no tenía nada más para decirme, pero, en vez de callar, fabricaba frases y recitaba poesías horriblemente extensas. ¿Qué había ahora de común entre nosotros? Habiendo agotado los recuerdos del pasado lejano, yo no podía hablar con él del pasado próximo, de todo mi mundo reciente de bellezas conocidas, de corazones amados y destrozados, de paradojas improvisadas en torno de la mesa de té, y mucho menos del sueño doloroso que ocupa ahora íntegramente mi alma. Era inútil decirle todo eso; él no me comprendía. El sonido de ciertas palabras que me sugería toda una escena, las asociaciones de ideas de un perfume, de un nombre, de un rumor nada le decían a su alma. Me rogaba que le hablara, y si consentía, me escuchaba con curiosidad pero sin sentir, sin comprender, sin revivir conmigo lo que yo le narraba. Sus ojos se perdían en el vacío y apenas yo enmudecía recomenzaba sus declamaciones y sus melosidades sentimentales.
Llegó, pues, un día en que el odio contra ese pasado mío no supo ya contenerse. Le dije entonces con mucha firmeza que no podía más vivir con él y que debía separarme de su compañía para acabar con mi disgusto. Mis palabras lo sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron suplicando. Su mano me estrechó con más fuerza.
"¿Por qué quieres dejarme –dijo con su odiosa voz de teatral apasionamiento–; por qué quieres dejarme una vez más tan solo? ¡Te he estado esperando durante tanto tiempo en silencio, durante tantos años he contado las horas que me acercaban a estos momentos! Y ahora que estás conmigo, ahora que te amo, que hablamos del amor y de la belleza del mundo, de los pesares de sus criaturas, ¿quieres dejarme solo en esta ciudad tan triste, tan lentamente triste?".
No respondí a sus palabras sino con un gesto de rabia. Pero cuando me adelanté para irme sentí su brazo aferrarme con violencia y escuché de nuevo su voz que me decía sollozando:
"No, tú no partirás. ¡No te dejaré partir! Soy tan feliz ahora de poder hablar a alguien que puede comprenderme, a alguien que todavía tiene un corazón, ardiente, que viene de las ciudades de los vivos, que puede escuchar todos mis gemidos y acoger mis confesiones. ¡No, tú no partirás, no podrás partir! ¡No permitiré que te vayas!"
Tampoco esta vez respondí y todo el día permanecí con él sin hablar. Él me miraba en silencio y me seguía siempre.
Al día siguiente me preparé para irme pero él se plantó ante la puerta y no me dejó salir hasta que no le hube prometido que me quedaría con él durante todo el día.
Así pasaron todavía cuatro días. Yo intentaba eludirlo, pero él me perseguía constantemente, aburriéndome con sus lamentaciones e impidiéndome, aun por la fuerza, abandonar la ciudad. Mi odio mi desesperación crecían de hora en hora. Finalmente, al quinto día, viendo que no podía liberarme de su celosa vigilancia, pensé que sólo me quedaba un medio y salí resueltamente de casa seguido de su lamentable sombra.
También aquel día anduvimos por el estéril jardín donde tantas horas había pasado yo con su alma, y nos aproximamos, también aquel día, al estanque muerto cubierto de hojas muertas. También aquel día nos sentamos sobre las falsas rocas y separamos con la mano las hojas para contemplar nuestras imágenes. Cuando nuestros dos rostros aparecieron juntos sobre el espejo sombrío del agua, me volví rápidamente, aferré a mi yo pasado por los hombros y lo arrojé de cara al agua, en el sitio donde aparecía su imagen. Empujé su cabeza bajo la superficie y la sostuve quieta con toda la energía de mi odio exasperado. Él intentó resistirse; sus piernas se agitaron violentamente pero su cabeza permaneció bajo el remolino trémulo del estanque. Después de algunos instantes sentí que su cuerpo se aflojaba y debilitaba. Entonces lo solté y cayó aún más abajo, hacia el fondo del agua. Mi odioso yo pasado, mi ridículo y estúpido yo de otros años había muerto para siempre. Abandoné con calma el jardín y la ciudad. Nadie me molestó jamás por este hecho. Y vivo ahora todavía en el mundo, en las grandes ciudades de la costa, y me parece que me falta algo cuyo preciso recuerdo no poseo. Cuando me asalta la alegría con sus tontas risas pienso que soy el único hombre que ha matado a su yo y que vive todavía. Pero esto no es suficiente para que permanezca serio.

27 de marzo de 2010

El barril mágico

Bernard Malamud


Leo Finkle, estudiante rabínico en la Universidad Yeshivah, vivía no hace mucho en la parte alta de la ciudad de Nueva York, en un cuartito modesto pero lleno de libros. Tras seis años de estudios, Finkle iba a ser ordenado en junio, y un conocido suyo le había aconsejado que si se casaba, le sería más fácil obtener una congregación. Como nunca había pensado contraer nupcias, después de dos días atormentadores en que dio vueltas a la idea en su cabeza, llamó a Pinye Salzman, agente matrimonial, al leer el anuncio de dos líneas puesto por éste en el Forward.
El agente surgió una noche del oscuro pasillo del piso cuarto de la casa de huéspedes, llevando en la mano una cartera negra gastada por el uso. Llevaba largo tiempo dedicándose a este negocio, era de figura delgada, rostro grave, cubríase la cabeza con un sombrero viejo y vestía un sobretodo demasiado corto y estrecho para él. Salzman olía a pescado, su plato favorito, y pese a que le faltaban algunos dientes, su presencia no era desagradable a causa de sus modales afables, que contrastaban curiosamente con la mirada triste de sus ojos. Su voz, sus labios, el pelo de la barba, sus dedos huesudos, tenían vida; pero en el más simple momento de reposo el dulce mirar de sus ojos azules revelaba en seguida un fondo de tristeza, característica que tranquilizó un poco a Leo, aun cuando para él la situación era tensa de por sí.
Explicó a Salzman el motivo de haberle rogado que viniese, que era de Cleveland y que se encontraría solo en el mundo a no ser por sus padres, que se habían casado relativamente tarde. Leo se había consagrado enteramente a sus estudios durante seis años, por lo cual era comprensible que no hubiese tenido tiempo para llevar una vida social y buscar la compañía de chicas jóvenes. Estaba convencido de que, para evitar tanteos innecesarios, lo mejor era consultar con una persona de experiencia que le aconsejase en la materia. Observó de pasada que la función del agente matrimonial era antigua y honorable, muy estimada en la comunidad judía porque hacía posible lo necesario sin impedir el placer. Además, sus padres se habían unido por mediación de un agente matrimonial. Habían hecho, si no un casamiento monetariamente provechoso –ya que ninguno de los dos poseía bienes dignos de mención–, sí, al menos, feliz en el sentido del perdurable afecto que se profesaban el uno al otro. Salzman escuchaba con turbada sorpresa, con la sensación de que le hacían una especie de apología. Después, sin embargo, se sintió orgulloso de su profesión, emoción que hacía años no experimentaba, y aprobó sincera y cordialmente la conducta de Finkle.
Los dos hombres se pusieron a tratar de su asunto. Leo había llevado a Salzman al único sitio claro del cuarto, una mesa junto a una ventana que miraba a la ciudad alumbrada por los faroles. Estaba sentado junto al agente, pero de cara a éste, intentando reprimir, con un acto de voluntad, el desagradable cosquilleo que notaba en su garganta. Salzman abrió impaciente su cartera y quitó una floja cinta de goma de un paquetito de tarjetas muy manoseadas. Al separarlas y examinarlas, ademán y ruido que molestaron físicamente a Leo, el estudiante aparentaba no mirar, absorto en lo que se veía a través de la ventana. Pese a estar todavía en febrero, el invierno iba a concluir, hecho que advertía por primera vez en muchos años. Veía ahora, con la boca medio abierta, que la pálida y redonda luna atravesaba, en lo alto del cielo, una nube parecida a un corral, donde una gallina gigantesca la engullía para devolverla luego como el ave que pone un huevo. Aunque fingía estar ocupado en leer tarjetas a través de los cristales de sus gafas, que se había calado un momento antes, Salzman lanzaba miradas de cuando en cuando, con disimulo, al noble rostro del joven, contemplando con agrado la nariz larga y severa del estudiante, los ojos pardos cargados de saber, los labios a la vez ascéticos y sensuales, las hundidas y morenas mejillas. Paseó la vista por las estanterías llenas de libros y soltó un suave suspiro de contento.
Cuando Leo posó los ojos en las tarjetas, contó seis, extendidas en la mano de Salzman.
–¿Tan pocas? –preguntó, desilusionado.
–No se puede imaginar cuántas tengo en mi despacho –respondió Salzman–. Los cajones están llenos hasta arriba, por lo que ahora las guardo en un barril. Pero, ¿le conviene una mujer cualquiera a un rabino?
Leo enrojeció al oír esto, lamentando lo que se había revelado de sí mismo en un curriculum vitae que envió a Salzman. Había creído que lo mejor era darle toda suerte de detalles, pero ahora juzgaba que dijo al agente matrimonial más de lo necesario.
Inquirió, titubeante:
–¿Conserva en su archivo fotografías de sus clientes?
–El dato más importante es la familia y la cuantía de la dote –repuso Salzman. desabrochándose su ajustado sobretodo y arrellanándose bien en la silla–. Las fotografías vienen después, rabino.
–Llámeme Finkle. No soy rabino todavía.
Salzman prometió hacerlo, pero luego le llamaba doctor, y rabino cuando Leo no escuchaba con mucha atención. Se colocó bien los lentes con montura de cuerno, carraspeó silenciosamente y leyó con vehemencia el contenido de la primera tarjeta.
–Sophie P. Veinticuatro años. Viuda desde hace un año. Educada en una escuela superior y dos años de estudios universitarios. Sin hijos. El padre ofrece una dote de ocho mil dólares. Un buen comercio al por mayor. Y fincas. Por parte de madre, familia de profesores y también un actor. Muy conocido en la Segunda Avenida.
Leo le miró con sorpresa.
–¿Ha dicho que es viuda?
–Viuda no quiere decir maleada, rabino. Vivió con su marido unos cuatro meses. Estaba enfermo. Cometió un error casándose con él.
–No pienso casarme con una viuda.
–Porque no tiene usted experiencia. Una viuda, sobre todo si es joven y sana, como esta mujer, es lo mejor que puede hallar para casarse. Le estará agradecida todo el resto de su vida. Créame, si yo hubiese de casarme ahora, lo haría con una viuda.
Leo reflexionó y luego meneó la cabeza.
Salzman se encogió de hombros con ademán casi imperceptible de desilusión. Dejo la tarjeta sobre la mesa y se puso a leer en otra.
–Lily H. Maestra de escuela superior. En plantilla. Sin sustituto. Tiene ahorros y un coche «Dodge» nuevo. Residió en París un año. El padre es un artista afamado desde hace treinta y cinco años. Le interesa un hombre que tenga carrera. Familia americanizada. Magnífica oportunidad.
Y Salzman añadió:
–Le conozco en persona. Me gustaría que la viese. Es un encanto. Y muy inteligente. Podría hablar con ella todo el día de libros, de teatro, de lo que quiera. También conoce los sucesos de actualidad.
–Me parece que no ha dicho su edad.
–¿Su edad? –repitió Salzman, sorprendido, enarcando las cejas– Treinta y dos años.
Leo dijo al cabo de un rato:
–Un poco vieja.
Salzman soltó la risa.
–¿Cuántos años tiene usted, rabino?
–Veintisiete.
–No es mucha la diferencia entre veintisiete y treinta y dos. Mi esposa me lleva siete. ¿He sufrido algo? En absoluto. Si una hija de Rothschild quisiera casarse con usted, ¿le contestaría que no a causa de la edad?
–Sí –replicó secamente Leo.
Salzman pasó por alto la negativa que implicaba aquel sí.
–Cinco años no tienen importancia. Le doy mi palabra de honor que si viviese con ella una semana, se olvidaría de la edad. ¿Qué importancia tienen cinco años? Ha vivido y sabe más que otra persona más joven. Con esta mujer, Dios la bendiga; nada se pierde con los años. Con cada año que pasa, mejora.
–¿Qué enseña en la escuela superior?
–Idiomas. Si la oyese leer en francés, le parecería música. Llevo treinta y cinco años ejerciendo mi oficio y se la recomiendo de todo corazón. Créame, rabino, sé lo que me digo.
–¿Qué dice en esa otra tarjeta? –preguntó de pronto Leo.
Salzman leyó de mala gana:
–Ruth K. Diecinueve años. Estudiante con matrícula de honor. El padre ofrece trece mil dólares en efectivo. Es doctor en Medicina, especialista en enfermedades del estómago, con buena y numerosa clientela. El cuñado es dueño de un negocio de prendas de vestir. Gente distinguida.
Salzman le miró con expresión de triunfo.
–¿Ha dicho diecinueve? –preguntó Leo con interés.
–Sí.
–¿Es atractiva? –Leo se ruborizó mientras preguntaba–. ¿Bonita?
Salzman se besó las yemas de los dedos.
–Una maravilla, le doy mi palabra de honor. Permítame que telefonee a su padre esta noche, y verá lo que es una mujer bonita.
Pero Leo estaba turbado.
–¿Está seguro de que es tan joven?
–Segurísimo. Su padre le enseñará la partida de nacimiento.
–¿Está seguro de que no tiene algún defecto? –insistió Leo.
–¿Quién habla de defectos?
–No alcanzo a comprender por qué una joven americana de su edad recurre a un agente matrimonial.
Una sonrisa se extendió por la cara de Salzman.
–Por la misma razón que usted.
Leo se puso como una amapola.
–A mí me apremia el tiempo.
Salzman, dándose cuenta de su falta de tacto, se apresuró a explicar:
–Vino el padre, no ella. El quiere para su hija lo mejor, y por eso busca. Cuando hayamos encontrado al joven digno de ella, él se lo presentará y alentará las relaciones. Resulta una boda más conveniente que cuando escoge por sí misma una joven sin experiencia. No es menester que se lo diga a usted.
–Pero, ¿piensa usted que esa joven cree en el amor? –quiso saber el inquieto Leo.
Salzman iba a soltar una carcajada, pero se contuvo y respondió juiciosamente:
–El amor viene con la persona que lo merece, no antes.
Leo despegó sus secos labios, pero nada dijo. Al observar que Salzman había lanzado una rápida mirada a otra tarjeta, tuvo la habilidad de preguntar:
–Y, ¿su salud?
–Perfecta –repuso Salzman, respirando con dificultad–. Aunque cojea un poco del pie derecho a causa de un accidente de automóvil que sufrió cuando tenía doce años; pero nadie lo nota, por ser ella tan inteligente y bonita.
Leo se puso en pie pesadamente y se acercó a la ventana. Sentía una extraña amargura, convencido de que había cometido un error al llamar al agente matrimonial. Finalmente, negó con la cabeza.
–¿Por qué no? –insistió Salzman, alzando más la voz.
–Porque me cargan los especialistas en enfermedades del estómago.
–¿Qué le importa a usted su profesión? Una vez se haya casado con su hija, ¿para qué le necesitará? ¿Quién le dice que vendrá todos los viernes por la noche a su casa?
Avergonzado del giro que iba tomando la conversación, Leo despidió a Salzman, quien se marchó con mirada triste.
Aunque Leo se quedó más tranquilo luego de haberse retirado el agente matrimonial, estaba abatido al día siguiente. Intentó explicarse que su estado de ánimo era debido al fracaso de Salzman en proporcionarle una novia conveniente. No le interesaba el género de clientela del agente. Pero al dudar de si debía o no buscar otro agente, uno más culto que Pinye, se preguntó si no sería –pese a sus protestas en contra y a honrar a sus padres– que, en el fondo, le era indiferente el matrimonio. Apartó en seguida este pensamiento de su mente, pero no por ello se sintió menos contrariado. Estuvo perplejo el día entero: faltó a una cita importante, se olvidó de llevar la ropa sucia a la lavandería, salió sin pagar de una cafetería de Broadway y hubo de volver a ella con el ticket en la mano; ni siquiera reconoció en la calle, a su patrona cuando ésta, acompañada de una amiga, pasó por su lado y le saludó cortésmente diciendo: «Tenga muy buenas tardes, doctor Finkle». Sin embargo, al anochecer, había recuperado la serenidad suficiente como para ponerse a leer un libro y liberarse así de sus pensamientos.
Casi en seguida llamaron a la puerta. Antes de que Leo pudiese decir «pase», Salzman, cupido comercial, entró en el cuarto. Su rostro estaba pálido y más flaco, tenía una expresión hambrienta y parecía que fuese a morir de un momento a otro. Empero, el agente matrimonial logró con algún esfuerzo de los músculos mostrar una ancha sonrisa.
–Buenas noches. ¿Puedo quedarme a charlar un rato con usted?
Leo hizo una seña afirmativa con la cabeza, molesto de volverle a ver, aunque sin osar decirle que se fuera.
Salzman, radiante aun, dejó su cartera sobre la mesa.
–Rabino, esta noche le traigo buenas noticias.
–Le ruego otra vez que no me llame rabino. Estoy estudiando todavía.
–Se acabaron las preocupaciones. Tengo una novia de primera clase para usted.
–Déjeme en paz de una vez.
Leo aparentó falta de interés.
–El mundo bailará en su boda.
–Por favor, señor Salzman, no siga.
–Pero déjeme que primero restaure mis fuerzas –dijo Salzman débilmente.
Abrió la cartera y extrajo una bolsa de papel, pringada de aceite, de la que sacó un panecillo y un pez minúsculo parecido al salmón ahumado. Con la mano le quitó la piel y se puso a comer vorazmente.
–Todo el día he corrido por ahí –murmuró.
Leo le miraba comer.
–¿Tiene, por casualidad, una lonja de tomate? –preguntó, titubeando, Salzman.
–No.
El agente matrimonial cerró los ojos y siguió comiendo. Cuando hubo acabado, recogió cuidadosamente las migas de pan y metió los restos del pescado en la bolsa. Sus ojos ocultos por las gafas se pasearon por el cuarto hasta que descubrieron, entre los montones de libros, un hornillo de gas. Quitándose el sombrero, preguntó humildemente:
–¿Y una taza de té, rabino?
Leo, lleno de remordimientos, se levantó e hizo té. Lo sirvió con un pedazo de limón y dos terrones de azúcar, lo que hizo las delicias de Salzman.
Este, después de haberse bebido el té y restaurado sus fuerzas, recobró su buen humor.
–Dígame, rabino –dijo amablemente–, ¿ha reflexionado sobre las tres clientes de que le hablé ayer?
–No había motivo para ello.
–¿Por qué no?
–Porque ninguna de ellas me conviene.
–¿Qué le conviene a usted, entonces?
Leo calló porque sólo podía dar una respuesta vaga.
Sin esperar contestación, Salzman demandó:
–¿Se acuerda de la mujer de que le hablé..., de la maestra de escuela superior?
–¿La que tiene treinta y dos años?
Inesperadamente, una sonrisa iluminó el rostro de Salzman.
–Veintinueve.
Leo le lanzó una mirada.
–¿Se quita años?
–Fue un error –confesó Salzman–. He hablado hoy con el dentista, que me ha llevado a la caja de caudales y enseñado la partida de nacimiento. Tenía veintinueve años en agosto pasado. Le dieron una fiesta en las montañas, donde pasó las vacaciones. Cuando su padre habló conmigo la primera vez, me olvidé de anotar su edad, y por eso le dije a usted que treinta y dos; pero ahora me acuerdo que se trata de otra cliente, una viuda.
–¿La misma que me propuso? Creo recordar que me dijo veinticuatro.
–Otra. ¿Tengo yo la culpa de que el mundo esté lleno de viudas?
–No; pero no me interesan las viudas, y menos aun si son maestras de escuela.
Salzman se llevó con vehemencia las manos al pecho. Mirando al techo, exclamó:
–¡Hijos de Israel! ¿Qué puedo decir a un hombre a quien no le interesan las maestras de escuela? ¿Qué le interesa a usted, pues?
Leo se puso colorado, pero se dominó.
–¿Qué mujer le conviene, si no le interesa una que habla cuatro idiomas y tiene diez mil dólares en el Banco? –prosiguió Salzman–. Además, su padre asegura doce mil más. Tiene también un coche nuevo, buena ropa, habla de todo lo divino y lo humano y le dará a usted hijos y un hogar de primera clase. ¿Se puede estar más cerca del paraíso en nuestra vida?
–Si tan extraordinaria es, ¿por qué no se casó diez años atrás?
–¿Por qué? –repitió Salzman, riéndose fuertemente–. ¿Por qué? Porque elige, por eso es. Quiere lo mejor.
Leo calló; le divertía ver cómo se había metido él mismo en la trampa. Pero Salzman había despertado su curiosidad hacia Lily H, y empezó a pensar seriamente en hacerle una visita. El agente matrimonial, viendo lo intensamente que trabajaba el cerebro de Leo, dio por seguro de que llegarían pronto a un acuerdo.

El sábado, a la caída de la tarde, Leo Pinkle salió con Lily Hirschorn a dar un paseo a lo largo de la Riverside Drive. Caminaba aprisa y erguido, vistiendo con distinción la chaqueta negra que se ponía los sábados, esmeradamente cepillada, y el sombrero del mismo color, de fieltro flexible con ala vuelta, que, por la mañana, había sacado con nerviosismo de la polvorienta sombrerera que estaba en el estante del armario. Leo poseía también un bastón, regalo de un pariente lejano; pero había decidido no llevarlo. Lily, diminuta y nada fea, lucía galas que anunciaban la próxima llegada de la primavera. Lily se hallaba al corriente de todos los temas, y él pesaba sus palabras y la encontraba sorprendentemente juiciosa, otro tanto que se apuntaba Salzman, pues el inquieto Leo tenía la impresión de que el agente no andaba muy lejos de allí, escondido quizá, en la copa de un árbol a lo largo de la calle; o tal vez en forma de un patihendido Pan, tocando con el caramillo marchas nupciales mientras seguía su invisible camino delante de ellos, derramando capullos silvestres por la acera y purpúreas uvas de verano, que simbolizaban el fruto de una unión, de la cual ninguno había hablado aún.
Leo se estremeció cuando Lily dijo:
–Estaba pensando en el señor Salzman. Es un hombre raro, ¿no le parece?
Leo, no sabiendo qué contestar, asintió con la cabeza.
Lily, valerosamente, se sonrojó al añadir:
–Yo le estoy agradecida por habernos presentado. ¿Y usted?
–Yo también –respondió cortésmente Leo.
–Quiero decir –dijo Lily con una risita– que todo ha sido de buen gusto, o por lo menos, que no lo ha sido malo. ¿Le pesa que nos hayamos conocido de este modo?
Leo no temía la sinceridad de Lily; reconocía que ella se proponía establecer buenas relaciones y comprendía que se necesitaba alguna experiencia de la vida y valor para hacerlo en aquella forma. Había que tener algún género de pasado para empezar de ese modo. Dijo que no le pesaba. La profesión de Salzman era tradicional y honorable, valiosa por lo que podría lograr, aunque, a veces, resultaba estéril.
Lily asintió con un suspiro. Siguieron paseando un rato y, tras un largo silencio, Lily preguntó otra vez con risa nerviosa:
¿Se molestaría si le preguntase algo un poco personal? Con franqueza, el tema me parece fascinante. –Aunque Leo se encogió de hombros, ella prosiguió medio turbada–: ¿Cómo empezó su vocación? ¿Fue inspiración súbita y vehemente?
Leo tardó algo en responder y lo hizo con lentitud.
–Siempre me he sentido interesado por la ley.
–¿Vio revelada en ella la presencia del Altísimo?
Finkle dijo que sí con la cabeza y cambió de conversación.
–Tengo entendido, señorita Hirschorn, que residió usted algún tiempo en París.
–¿Se lo ha contado el señor Salzman, rabino Finkle? –Leo se sobresaltó, pero ella continuó–: Hace ya muchos años, y casi lo he olvidado. Pero ahora recuerdo que hube de volver para asistir a la boda de mi hermana.
Pero Lily no quería desistir, y preguntó con voz trémula:
–¿Cuándo se enamoró usted de Dios?
Leo la miró. Luego, se le ocurrió pensar que ella no hablaba de Leo Finkle, sino de un extraño, un ser místico, acaso de un ardiente profeta que Salzman había evocado para ella, sin parentesco con los vivos ni los muertos. Leo temblaba de rabia y debilidad. El trapacero la había engañado, como le había engañado a él, a él que había esperado trabar conocimiento con una joven de veintinueve años, y que sólo veía, en el momento en que miró su rostro crispado e inquieto, una mujer de más de treinta y cinco años que estaba envejeciendo con rapidez. Pensó que únicamente su dominio de sí mismo le había permitido soportar tanto tiempo la presencia de Lily.
–No soy una persona religiosa –dijo gravemente, y, al buscar palabras para continuar, se halló lleno de miedo y vergüenza, por lo que hubo de hacer un esfuerzo para añadir–: Creo que llegué a Dios no porque le amase, sino porque no le amaba.
Esta contestación hecha tan ásperamente le hizo temblar por lo inesperada.
Lily perdió el ánimo. Leo veía una profusión de copos meciéndose como patos en el aire, en lo alto, sobre su cabeza. Por fortuna, nevaba, y esto no podía atribuirlo a las maquinaciones de Salzman.

Estaba furioso contra el agente matrimonial y juraba que lo arrojaría del cuarto en el momento en que reapareciese. Pero Salzman no vino aquella noche, y, una vez se le hubo pasado el enojo a Leo dejó paso a una desesperación inexplicable. Al principio creyó que su causa era la desilusión que había tenido con Lily, pero pronto se hizo evidente que se había comprometido con Salzman sin conocer lo que verdaderamente deseaba. Fue comprendiendo poco a poco su futilidad, que había llamado al agente para que le buscase una novia porque era incapaz de hacerlo por sí mismo. Esta aterradora conclusión fue consecuencia de su encuentro con Lily Hirschorn. Las sondeantes preguntas de Lily le habían irritado hasta el extremo de hacerle revelar –a sí mismo más que a ella– la verdadera naturaleza de sus relaciones con Dios, y de esto había deducido, con fuerza terrible, que, aparte de sus padres, nunca había amado a nadie. O acaso fuese lo contrario, que no amaba a Dios tanto como debiera porque nunca había amado a los hombres. Leo sintió que su vida entera había perdido su misterio, y veíase, por primera vez, tal como era realmente..., sin amor ni amado. Esta cruel revelación, aunque no enteramente inesperada, le llevó a un momento de pánico dominado tan sólo con esfuerzo extraordinario. Se tapó la cara con las manos y lloró.
La semana siguiente fue la peor de su vida. No comió y perdió peso. Su barba se puso más áspera y oscura. Dejó de asistir a los cursos de investigación que hacían los seminarios de estudiantes y a las conferencias, y casi nunca abrió un libro. Pensaba seriamente en abandonar Yeshivah, si bien se sentía profundamente atribulado por el pensamiento de la pérdida de todos sus años de estudios –los veía como páginas de un libro esparcidas por la ciudad– y por el desolador efecto que esa decisión produciría en sus padres. Pero había vivido sin conocerse a sí mismo, y nunca en el Pentateuco, ni en todos los Comentarios –mea culpa–, le había sido revelada la verdad. No sabía adonde dirigirse, y, en toda aquella triste soledad, no tenía a nadie, aunque pensaba a menudo en Lily, pero ni una sola vez se decidía a ir a la planta baja para telefonear. Hacíase susceptible e irritable, especialmente con su patrona, que le hacía toda clase de preguntas; por otra parte, consciente de que se había mostrado desagradable, la detenía en la escalera y se disculpaba abyectamente hasta que ella, mortificada, se iba. Fuera de esto, sin embargo, tenía el consuelo de ser aún judío y de que otro judío sufría por él. Pero, paulatinamente, conforme aquella larga y terrible semana llegaba a su fin, recobraba su serenidad, su interés por alguna meta en la vida: continuaría como tenía proyectado. Aunque él era imperfecto, su ideal no lo era. En lo referente a su búsqueda de una novia, el pensamiento de continuar le afligía con inquietud pero, acaso, con ese nuevo conocimiento de sí mismo, sería más afortunado que en el pasado. Tal vez el amor vendría ahora a él y una novia con ese amor. Y para esa búsqueda santificada, ¿quién necesitaba a Salzman?
El agente matrimonial, esqueleto con ojos de fantasma, volvió aquella misma noche. Parecía también la imagen de la esperanza frustrada, como si hubiese estado esperando con constancia durante la semana, junto a la señorita Lily Hirschorn, una llamada telefónica que nunca llegó.
Salzman, tosiendo de tiempo en tiempo, fue inmediatamente al grano.
–¿Qué le ha parecido esta mujer?
Creció la cólera de Leo, quien no resistió al impulso de increpar al agente matrimonial.
–¿Por qué me mintió usted, Salzman?
La pálida faz de Salzman se tornó mortalmente blanca como si el mundo hubiese nevado sobre su dueño.
–¿No me dijo que tiene veintinueve años? –insistió Leo.
–Le di mi palabra...
–Tiene treinta y cinco, al menos treinta y cinco.
–No estoy muy seguro de ello. Su padre me dijo...
–No importa. Lo peor es que le ha mentido a ella.
–Dígame cómo.
–Contándole cosas que no son verdad. Le ofreció usted una imagen demasiado favorable de mí y, por consiguiente, poco beneficiosa para mí. Ella se había imaginado una persona totalmente diferente, una especie de rabino excepcional, un místico.
–Lo único que dije es que es usted un hombre religioso.
–Me lo figuro.
Salzman suspiró.
–Este es mi punto flaco –confesó–. Mi esposa me dice que no debiera ser vendedor; pero cuando tengo dos personas excelentes que sería maravilloso contrajeran matrimonio, me siento tan feliz que hablo demasiado. –Sonrió tristemente–. Por esto Salzman es un pobre hombre.
Se calmó la cólera de Leo.
–Bien, Salzman, me temo que esto es todo.
El agente matrimonial clavó sus pobres ojos en Leo.
–¿Ya no quiere buscar novia?
–Quiero tener novia –respondió Leo–; pero he decidido buscarla de otro modo. No me interesa ya un casamiento arreglado. Para ser franco, admito ahora la necesidad del amor premarital. Es decir, quiero estar enamorado de la mujer con quien me case.
–¡El amor! –exclamó Salzman, consternado–. El amor es vida para nosotros, y para las mujeres, no. En el ghetto...
–Lo sé, lo sé –repuso Leo–. Lo he pensado muchas veces. El amor, me he dicho, debiera ser un producto accesorio de vida y dignidad más que su propio fin. Sin embargo, a mi entender, creo necesario determinar el nivel de mi necesidad y cubrirlo.
Salzman se encogió de hombros y respondió:
–Escuche, rabino, si quiere amor, también se lo puedo buscar. Tengo clientes bellas, que usted las amará sólo con verlas.
Leo sonrió tristemente.
–Me temo que no lo ha entendido.
Pero Salzman se apresuró a abrir su cartera y de ella sacó un sobre de papel manila.
–Fotografías –dijo, dejando el sobre encima de la mesa.
Leo le llamó para que se llevase las fotografías; pero Salzman había desaparecido como volando en alas del viento.
Llegó marzo. Leo había vuelto a sus ocupaciones habituales. Aunque no se sentía aún del todo él mismo –le faltaba energía–, estaba trazando planes para una vida social más activa. Eso costaría algo, por supuesto; pero él era maestro en salir de apuros, y una vez superados, podría lograr que todo saliese a pedir de boca. Entretanto, las fotografías que había dejado Salzman seguían sobre la mesa, llenándose de polvo. A veces, cuando Leo se sentaba a estudiar o a saborear una taza de té, sus ojos se fijaban en el sobre de papel manila, pero no lo abría.
Pasaban los días sin que desarrollase vida social digna de mención con individuo del sexo opuesto, cosa difícil dadas las circunstancias de su situación. Una mañana Leo subió la escalera para ir a su cuarto y miró la ciudad por la ventana. El día era claro, pero él lo veía oscuro. Estuvo un rato viendo pasar a la gente por la calle y, luego, con tristeza en el alma, se metió en su cuartito. El sobre estaba sobre la mesa. Lo abrió con súbito e implacable ademán. Durante media hora permaneció en estado de excitación, examinando las fotografías de las mujeres a las que representaba Salzman. Finalmente, con un hondo suspiro, las dejó sobre la mesa. Eran seis, de diversos grados de donaire y atractivo; pero, al mirarlas largo rato, todas se volvían Lily Hirschorn: todas habían pasado la primavera de la vida, todas corrían hambrientas detrás de sonrisas luminosas, ninguna mostraba verdadera personalidad entre ellas. La vida, a despecho de las luchas angustiosas que ellas habían reñido y de los furiosos gritos que habían lanzado, las dejó atrás; eran fotografías conservadas en una cartera que apestaba a pescado. Al cabo de un rato, sin embargo, al ir a meterlas de nuevo en el sobre, Leo halló en éste otra, una instantánea pequeña del tipo de las que toma una máquina por veinticinco centavos. Leo la miró un momento y dio un grito. Le conmovía profundamente aquel rostro. No sabía explicar el motivo. Dábale una impresión de juventud, y, a la vez, de edad; la sensación de haberse consumido; todo esto venía de los ojos, obsesionadamente familiares aunque muy extraños. Leo pensó que la había visto antes; pero, por más que lo intentó, no pudo precisar dónde, aunque casi recordaba su nombre como si lo leyese escrito de puño y letra de su propia dueña. No, no podía ser, porque la hubiera recordado. No podía afirmarse que su belleza fuese extraordinaria, pero su cara era bastante graciosa; le conmovía un algo que había en ella. Rasgo por rasgo, algunas de las mujeres de las fotografías la superaban; pero ella se metía en el corazón. Había vivido o quería vivir –más de lo deseado, y acaso lo lamentase– pero, sea como fuese, había sufrido mucho: hecho claramente perceptible en las profundidades de aquellos ojos tímidos, en la luz interior que emanaba de ella para abrir reinos enteros de posibilidad. Era la deseada de Leo. Sintió que le dolía la cabeza y se le contraían las pupilas de mirar tan intensamente; luego, como si su mente estuviese envuelta en negra niebla, ella le infundió miedo, y comprendió que había recibido de algún modo una impresión de impureza. Se estremeció al murmurar «es lo que nos pasa a todos». Se hizo té en un pote pequeño y se lo bebió sin azúcar, con el fin de sosegarse. Antes de terminar, examinó el rostro otra vez con excitación y le pareció hermoso: hermoso para él. Sólo una mujer semejante podría comprender a Leo Finkle y ayudarle a buscar lo que deseaba. Pero no lograba adivinar por qué se hallaba entre las descartadas del barril de Salzman. Comprendió que debía ir a buscarla con toda urgencia.
Leo bajó corriendo la escalera, tomó la guía telefónica de Bronx y buscó en ella el domicilio de Salzman. No figuraban en el listín el nombre de éste ni su despacho. Tampoco en la guía de Manhattan. Leo recordó haber apuntado las señas en una tira de papel tras haber leído el anuncio de Forward. Volvió a su cuarto y buscó entre sus papeles, sin suerte. Era como para desesperarse. Justamente cuando necesitaba al agente matrimonial, no lo podía encontrar por ninguna parte. Por fortuna, Leo se acordó de mirar en su cartera. En ella halló una tarjeta donde constaba el nombre del agente y un domicilio en Bronx. No figuraba el número del teléfono, lo que hizo recordar a Leo la razón de haberse comunicado por carta, al principio, con Salzman. Se puso la chaqueta y el sombrero y corrió a la estación del metro. Durante todo el trayecto hasta el extremo de Bronx estuvo sentado en el borde del asiento. Sintió más de una vez la tentación de sacar la fotografía para ver si el rostro de la joven era tal como él lo recordaba; pero se abstuvo de hacerlo y dejó que la instantánea siguiese en el bolsillo interior de su chaqueta, contento de tenerla tan cerca. Cuando el tren llegó a la estación, estaba esperando a la puerta, y salió de un salto. Encontró en seguida la calle que Salzman le había indicado.
El edificio que buscaba se hallaba a menos de una manzana de casas del metro, pero no era un edificio de despachos, ni tenía espacio para almacenes, ni siquiera un piso que pudiera alquilarse para oficinas. Era una vieja y sucia casa de vecindad. Leo vio el nombre de Salzman en un rótulo debajo del timbre, y hubo de subir tres tramos de escalera para llegar al apartamento. Llamó a la puerta, y la abrió una mujer delgada, de cabellera cana, asmática, calzada con zapatillas de fieltro.
–¿Qué desea? –preguntó la mujer, que no esperaba nada y escuchaba sin oír.
Leo hubiese jurado que la había visto antes, aun sabiendo que no era posible.
–¿Vive aquí Pinye Salzman, agente matrimonial?
La mujer le miró largo rato.
–Sí.
Leo estaba turbado.
–¿Está en casa?
–No.
La mujer se quedó con la boca abierta, pero no dijo Dada más.
–Es urgente. ¿Dónde está su despacho?
–En el aire –respondió ella, señalando hacia arriba.
–¿Es que no tiene despacho?
–Lo tiene en sus calcetines.
Leo miró hacia el interior del apartamento. Era oscuro, una espaciosa habitación dividida por una cortina medio corrida, detrás de la cual se veía una cama metálica. El extremo más próximo estaba atestado de sillas muy desvencijadas, cómodas viejas, una mesa de tres patas, batería de cocina. Pero no se veían señales de Salzman ni de su barril mágico, que debía de ser también un producto de la imaginación del agente matrimonial. Y molestaba el olor a pescado frito.
–¿Dónde está? Tengo que hablar con su marido.
La mujer respondió al fin:
–¡Quién sabe dónde está! Cada vez que se le ocurre una idea, se va a un sitio diferente. Ya pasará por su casa.
–Dígale que ha estado Leo Finkle.
La mujer no dio muestras de haber oído.
Leo bajó la escalera, profundamente deprimido.
Salzman, sin aliento, le estaba esperando a la puerta de su cuarto.
Leo estaba asombrado, enajenado de alegría.
–¿Cómo es que ha llegado antes que yo?
–He venido corriendo.
–Pase.
Entraron. Leo hizo té y un bocadillo de sardinas para Salzman.
Mientras bebían, Leo tomó el sobre de fotografías y se lo entregó al agente matrimonial.
Salzman dejó la taza sobre la mesa y dijo, esperanzado:
–¿Ha encontrado alguna que le guste?
–Entre éstas, no.
El agente matrimonial volvió los ojos tristes a otra parte.
–Esta es la que me gusta.
Leo le mostró la instantánea.
Salzman se puso las gafas y tomó la fotografía con mano temblorosa. Se puso mortalmente pálido y emitió un gemido lastimero.
–¿Qué le ocurre?
–Perdóneme. Esta fotografía la puse en el sobre por error. Esta mujer no le conviene a usted.
Salzman metió frenéticamente en su cartera el sobre de papel manila. Se guardó la instantánea en uno de sus bolsillos y echó a correr escaleras abajo.
Tras una momentánea indecisión, Leo le siguió y le dio alcance en el vestíbulo. La patrona daba gritos histéricos, pero ninguno de ellos la escuchaba.
–Devuélvame esa fotografía, Salzman.
–No puede ser.
Los ojos del agente tenían una terrible expresión de dolor moral.
–Dígame, pues, quién es.
–No se lo puedo decir. Perdóneme.
El agente quiso irse, pero Leo, olvidándose de quién era, le asió de las solapas de la chaqueta y le zarandeó.
–¡Suélteme! –gritó Salzman–. ¡Haga el favor de soltarme!
Leo, avergonzado, le soltó.
–Dígame quién es –suplicó–. Me importa mucho saberlo.
–No es para usted. Es una loca..., desvergonzada. No es la mujer que conviene a un rabino.
–¿Qué quiere decir con eso de loca?
–Que es como un animal, como un perro. Para ella es un pecado ser pobre. ¡Más le valiera no haber nacido!
–¡Por amor de Dios! ¿Qué quiere usted decir?
–Que no se la puedo presentar.
–¿Por qué está tan agitado?
–¡Y me lo pregunta! –exclamó Salzman, deshaciéndose en lágrimas–. Porque es mi hija, Stella... ¡Ojalá se quemase en el infierno!

Leo se acostó, escondiéndose bajo las sábanas. Bajo las sábanas, recordó toda su vida. Aunque se durmió al punto, no pudo apartarla de su pensamiento. Se despertó dándose golpes en el pecho. Pese a rezar para olvidarla, sus ruegos no eran oídos. Durante días de tormento, luchó sin descanso por no quererla, y, temiendo el triunfo, huía de él. Llegó a la conclusión de que debía convertir a la joven a la virtud y él entregarse a Dios. La idea, alternativamente, le exaltaba y le daba náuseas.
No supo que había tomado una decisión definitiva quizá hasta que encontró a Salzman en una cafetería de Broadway. Este estaba solo, sentado a una mesa al fondo del local, chupando las espinas de un pescado. El agente matrimonial estaba macilento y transparente hasta el extremo de desvanecerse.
Salzman miró al principio sin reconocer a Leo. Este se había dejado la barba, y sus ojos estaban cargados de sabiduría.
–Salzman, el amor ha venido a mi corazón.
–¿Quién puede amar por una fotografía? –se burló el agente matrimonial.
–No es imposible.
–Si la ama, puede amar entonces a cualquier otra. Déjeme que le enseñe nuevas clientes que me han mandado sus fotografías. Una de ellas es un encanto.
–La que quiero es ella –musitó Leo.
–Sea juicioso, doctor. No piense en ella.
–Preséntemela, Salzman –rogó Leo humildemente. –Acaso pueda hacerle un favor.
Salzman había acabado de comer. Y Leo comprendió con emoción que todo estaba arreglado ya.
Sin embargo, al salir de la cafetería le atormentaba la duda de que Salzman había tramado las cosas para que salieran así.

Leo fue informado por escrito de que ella se vería con él en cierta esquina, y allí estaba ella una noche de primavera, esperando bajo un farol. El se presentó con un ramito de capullos de rosa y de violeta. Stella permanecía junto al farol, fumando. La joven vestía de blanco con zapatos rojos, aunque, en un momento de aflicción, él había imaginado que el vestido sería encamado y solamente los zapatos blancos. Stella, inquieta y tímida, esperaba. Leo vio de lejos que sus ojos –que eran como los de su padre– estaban llenos de temeraria inocencia. Vio en ella pintada su propia redención. Giraban en el cielo candelas encendidas y violines. Leo corrió hacia adelante con las flores.Cerca de la esquina, Salzman, apoyado en la pared, oraba por los difuntos.

25 de marzo de 2010

Lejana

Julio Cortázar

Diario de Alina Reyes.

12 de enero.

Anoche fue otra vez, yo tan cansada de pulseras y farándulas, de pink champagne y la cara de Renato Viñes, oh esa cara de foca balbuceante, de retrato de Dorian Gray a lo último. Me acosté con gusto a bombón de menta, al Boogie del Banco Rojo, a mamá bostezada y cenicienta (como queda ella a la vuelta de las fiestas, cenicienta y durmiéndose, pescado enormísimo y tan no ella.)
Nora que dice dormirse con luz, con bulla, entre las urgidas crónicas de su hermana a medio desvestir. Qué felices son, yo apago las luces y las manos, me desnudo a gritos de lo diurno y moviente, quiero dormir y soy una horrible campana resonando, una ola, la cadena que Rex arrastra toda la noche contra los ligustros. Now I lay me down to sleep... Tengo que repetir versos, o el sistema de buscar palabras con a, después con a y e, con las cinco vocales, con cuatro. Con dos y una consonante (ala, ola), con tres consonantes y una vocal (tras, gris) y otra vez versos, la luna bajó a la fragua con su polisón de nardos, el niño la mira mira, el niño la está mirando. Con tres y tres alternadas, cábala, laguna, animal; Ulises, ráfaga, reposo.
Así paso horas: de cuatro, de tres y dos, y más tarde palindromas. Los fáciles, salta Lenin el Atlas; amigo, no gima; los más difíciles y hermosos, átate, demoniaco Caín o me delata; Anás usó tu auto Susana. O los preciosos anagramas: Salvador Dalí, Avida Dollars; Alina Reyes, es la reina y... Tan hermoso, éste, porque abre un camino, porque no concluye. Porque la reina y...
No, horrible. Horrible porque abre camino a esta que no es la reina, y que otra vez odio de noche. A esa que es Alina Reyes pero no la reina del anagrama; que será cualquier cosa, mendiga en Budapest, pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango, cualquier lado lejos y no reina. Pero sí Alina Reyes y por eso anoche fue otra vez, sentirla y el odio.

20 de enero.

A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo y también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan. Ah, no me desespera tanto cuando estoy durmiendo o corto un vestido o son las horas de recibo de mamá y yo sirvo el té a la señora de Regules o al chico de los Rivas. Entonces me importa menos, es un poco cosa personal, yo conmigo; la siento más dueña de su infortunio, lejos y sola pero dueña. Que sufra, que se hiele; yo aguanto desde aquí, y creo que entonces la ayudo un poco. Como hacer vendas para un soldado que todavía no ha sido herido y sentir eso de grato, que se le está aliviando desde antes, previsoramente.
Que sufra. Le doy un beso a la señora de Regules, el té al chico de los Rivas, y me reservo para resistir por dentro. Me digo: “Ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos”. No es que sienta nada. Sé solamente que es así, que en algún lado cruzo un puente en el instante mismo (pero no sé si es el instante mismo) en que el chico de los Rivas me acepta el té y pone su mejor cara de tarado. Y aguanto bien porque estoy sola entre esas gentes sin sentido, y no me desespera tanto. Nora se quedó anoche como tonta, dijo: “¿Pero qué te pasa?”. Le pasaba a aquélla, a mí tan lejos. Algo horrible debió pasarle, le pegaban o se sentía enferma y justamente cuando Nora iba a cantar a Fauré y yo en el piano, mirándolo tan feliz a Luis María acodado en la cola que le hacía como un marco, él mirándome contento con cara de perrito, esperando oír los arpegios, los dos tan cerca y tan queriéndonos. Así es peor, cuando conozco algo nuevo sobre ella y justo estoy bailando con Luis María, besándolo o solamente cerca de Luis María. Porque a mí, a la lejana, no la quieren. Es la parte que no quieren y cómo no me va a desgarrar por dentro sentir que me pegan o la nieve me entra por los zapatos cuando Luis María baila conmigo y su mano en la cintura me va subiendo como un calor a mediodía, un sabor a naranjas fuertes o tacuaras chicoteadas, y a ella le pegan y es imposible resistir y entonces tengo que decirle a Luis María que no estoy bien, que es la humedad, humedad entre esa nieve que no siento, que no siento y me está entrando por los zapatos.

25 de enero.

Claro, vino Nora a verme y fue la escena. “M'hijita, la última vez que te pido que me acompañes al piano. Hicimos un papelón”. Qué sabía yo de papelones, la acompañé como pude, me acuerdo que la oía con sordina. Votre âme est un paysage choisi... pero me veía las manos entre las teclas y parecía que tocaban bien, que acompañaban honestamente a Nora. Luis María también me miró las manos, el pobrecito, yo creo que era porque no se animaba a mirarme la cara. Debo ponerme tan rara.
Pobre Norita, que la acompañe otra. (Esto parece cada vez más un castigo, ahora sólo me conozco allá cuando voy a ser feliz, cuando soy feliz, cuando Nora canta Fauré me conozco allá y no queda más que el odio).
Noche.
A veces es ternura, una súbita y necesaria ternura hacia la que no es reina y anda por ahí. Me gustaría mandarle un telegrama, encomiendas, saber que sus hijos están bien o que no tiene hijos –porque yo creo que allá no tengo hijos– y necesita confortación, lástima, caramelos. Anoche me dormí confabulando mensajes, puntos de reunión. Estaré jueves stop espérame puente. ¿Qué puente? Idea que vuelve como vuelve Budapest donde habrá tanto puente y nieve que rezuma. Entonces me enderecé rígida en la cama y casi aúllo, casi corro a despertar a mamá, a morderla para que se despertara. Nada más que por pensar. Todavía no es fácil decirlo. Nada más que por pensar que yo podría irme ahora mismo a Budapest, si realmente se me antojara. O a Jujuy, a Quetzaltenango. (Volví a buscar estos nombres páginas atrás). No valen, igual sería decir Tres Arroyos, Kobe, Florida al cuatrocientos. Sólo queda Budapest porque allí es el frío, allí me pegan y me ultrajan. Allí (lo he soñado, no es más que un sueño, pero cómo adhiere y se insinúa hacia la vigilia) hay alguien que se llama Rod –o Erod, o Rodo– y él me pega y yo lo amo, no sé si lo amo pero me dejo pegar, eso vuelve de día en día, entonces es seguro que lo amo.

Más tarde.

Mentira. Soñé a Rod o lo hice con una imagen cualquiera de sueño, ya usada y a tiro. No hay Rod, a mí me han de castigar allá, pero quién sabe si es un hombre, una madre furiosa, una soledad.
Ir a buscarme. Decirle a Luis María: “Casémonos y me llevas a Budapest, a un puente donde hay nieve y alguien.” Yo digo: ¿y si estoy? (Porque todo lo pienso con la secreta ventaja de no querer creerlo a fondo. ¿Y si estoy?). Bueno, si estoy... Pero solamente loca, solamente... ¡Qué luna de miel!

28 de enero.

Pensé una cosa curiosa. Hace tres días que no me viene nada de la lejana. Tal vez ahora no le pegan, o no pudo conseguir abrigo. Mandarle un telegrama, unas medias... Pensé una cosa curiosa. Llegaba a la terrible ciudad y era de tarde, tarde verdosa y ácuea como no son nunca las tardes si no se las ayuda pensándolas. Por el lado de la Dobrina Stana, en la perspectiva Skorda, caballos erizados de estalagmitas y polizontes rígidos, hogazas humeantes y flecos de viento ensoberbeciendo las ventanas. Andar por la Dobrina con paso de turista, el mapa en el bolsillo de mi sastre azul (con ese frío y dejarme el abrigo en el Burglos), hasta una plaza contra el río, casi en encima del río tronante de hielos rotos y barcazas y algún martín pescador que allá se llamará sbunáia tjéno o algo peor.
Después de la plaza supuse que venía el puente. Lo pensé y no quise seguir. Era la tarde del concierto de Elsa Piaggio de Tarelli en el Odeón, me vestí sin ganas sospechando que después me esperaría el insomnio. Este pensar de noche, tan noche... Quién sabe si no me perdería. Una inventa nombres al viajar pensando, los recuerda en el momento: Dobrina Stana, sbunáia tjéno, Burglos. Pero no sé el nombre de la plaza, es como si de veras hubiera llegado a una plaza de Budapest y estuviera perdida por no saber su nombre; ahí donde un nombre es una plaza.
Ya voy, mamá. Llegaremos bien a tu Bach y a tu Brahms. Es un camino tan simple. Sin plaza, sin Burglos. Aquí nosotras, allá Elsa Piaggio. Qué triste haberme interrumpido, saber que estoy en una plaza (pero esto ya no es cierto, solamente lo pienso y eso es menos que nada). Y que al final de la plaza empieza el puente.
Noche.

Empieza, sigue. Entre el final del concierto y el primer bis hallé su nombre y el camino. La plaza Bladas, el puente de los mercados. Por la plaza Bladas seguí hasta el nacimiento del puente, un poco andando y queriendo a veces quedarme en casas o vitrinas, en chicos abrigadísimos y fuentes con altos héroes de emblanquecidas pelerinas, Tadeo Alanko y Vladislas Néroy, bebedores de tokay y cimbalistas. Yo veía saludar a Elsa Piaggio entre un Chopin y otro Chopin, pobrecita, y de mi platea se salía abiertamente a la plaza, con la entrada del puente entre vastísimas columnas. Pero esto yo lo pensaba, ojo, lo mismo que anagramar es la reina y... en vez de Alina Reyes, o imaginarme a mamá en casa de los Suárez y no a mi lado. Es bueno no caer en la zoncera: eso es cosa mía, nada más que dárseme la gana, la real gana. Real porque Alina, vamos – No lo otro, no el sentirla tener frío o que la maltratan. Esto se me antoja y lo sigo por gusto, por saber adónde va, para enterarme si Luis María me lleva a Budapest, si nos casamos y le pido que me lleve a Budapest. Más fácil salir a buscar ese puente, salir en busca mía y encontrarme como ahora porque ya he andado la mitad del puente entre gritos y aplausos, entre “¡Álbeniz!” y más aplausos y “¡La polonesa!”, como si esto tuviera sentido entre la nieve arriscada que me empuja con el viento por la espalda, manos de toalla de esponja llevándome por la cintura hacia el medio del puente.
(Es más cómodo hablar en presente. Esto era a las ocho, cuando Elsa Piaggio tocaba el tercer bis, creo que Julián Aguirre o Carlos Guastavino, algo con pasto y pajaritos). Pero me he vuelto canalla con el tiempo, ya no le tengo respeto. Me acuerdo que un día pensé: «Allá me pegan, allá la nieve me entra por los zapatos y esto lo sé en el momento, cuando me está ocurriendo allá yo lo sé al mismo tiempo. ¿Pero por qué al mismo tiempo? A lo mejor me llega tarde, a lo mejor no ha ocurrido todavía. A lo mejor le pegarán dentro de catorce años, o ya es una cruz y una cifra en el cementerio de Santa Úrsula. Y me parecía bonito, posible, tan idiota. Porque detrás de eso una siempre cae en el tiempo parejo. Si ahora ella estuviera realmente entrando en el puente, sé que lo sentiría ya mismo y desde aquí. Me acuerdo que me paré a mirar el río que estaba sonando y chicoteando. (Esto yo lo pensaba). Valía asomarse al parapeto del puente y sentir en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Valía quedarse un poco por la vista, un poco por el miedo que me venía de adentro –o era el desabrigo, la nevisca deshecha y mi tapado en el hotel–. Y después que yo soy modesta, soy una chica sin humos, pero vengan a decirme de otra que le haya pasado lo mismo, que viaje a Hungría en pleno Odeón. Eso le da frío a cualquiera, che, aquí o en Francia.
Pero mamá me tironeaba la manga, ya casi no había gente en la platea. Escribo hasta ahí, sin ganas de seguir acordándome de lo que pensé. Me va a hacer mal si sigo acordándome. Pero es cierto, cierto; pensé una cosa curiosa.

30 de enero.

Pobre Luis María, qué idiota casarse conmigo. No sabe lo que se echa encima. O debajo, como dice Nora que posa de emancipada intelectual.

31 de enero.

Iremos allá. Estuvo tan de acuerdo que casi grito. Sentí miedo, me pareció que él entra demasiado fácilmente en este juego. Y no sabe nada, es como el peoncito de dama que remata la partida sin sospecharlo. Peoncito Luis María, al lado de su reina. De la reina y–

7 de febrero.

A curarse. No escribiré el final de lo que había pensado en el concierto. Anoche la sentí sufrir otra vez. Sé que allá me estarán pegando de nuevo. No puedo evitar saberlo, pero basta de crónica. Si me hubiese limitado a dejar constancia de eso por gusto, por desahogo... Era peor, un deseo de conocer al ir releyendo; de encontrar claves en cada palabra tirada al papel después de tantas noches. Como cuando pensé la plaza, el río roto y los ruidos, y después... Pero no lo escribo, no lo escribiré ya nunca.
Ir allá a convencerme de que la soltería me dañaba, nada más que eso, tener veintisiete años y sin hombre. Ahora estará bien mi cachorro, mi bobo, basta de pensar, a ser al fin y para bien.
Y sin embargo, ya que cerraré este diario, porque una o se casa o escribe un diario, las dos cosas no marchan juntas –Ya ahora no me gusta salirme de él sin decir esto con alegría de esperanza, con esperanza de alegría. Vamos allá pero no ha de ser como lo pensé la noche del concierto. (Lo escribo, y basta de diario para bien mío.) En el puente la hallaré y nos miraremos. La noche del concierto yo sentía en las orejas la rotura del hielo ahí abajo. Y será la victoria de la reina sobre esa adherencia maligna, esa usurpación indebida y sorda. Se doblegará si realmente soy yo, se sumará a mi zona iluminada, más bella y cierta; con sólo ir a su lado y apoyarle una mano en el hombro.


Alina Reyes de Aráoz y su esposo llegaron a Budapest el 6 de abril y se alojaron en el Ritz. Eso era dos meses antes de su divorcio. En la tarde del segundo día Alina salió a conocer la ciudad y el deshielo. Como le gustaba caminar sola –era rápida y curiosa– anduvo por veinte lados buscando vagamente algo, pero sin proponérselo demasiado, dejando que el deseo escogiera y se expresara con bruscos arranques que la llevaban de una vidriera a otra, cambiando aceras y escaparates.
Llegó al puente y lo cruzó hasta el centro andando ahora con trabajo porque la nieve se oponía y del Danubio crece un viento de abajo, difícil, que engancha y hostiga. Sentía cómo la pollera se le pegaba a los muslos (no estaba bien abrigada) y de pronto un deseo de dar vuelta, de volverse a la ciudad conocida. En el centro del puente desolado la harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara sinuosa, en el pliegue de las manos un poco cerradas pero ya tendiéndose. Alina estuvo junto a ella repitiendo, ahora lo sabía, gestos y distancias como después de un ensayo general. Sin temor, liberándose al fin –lo creía con un salto terrible de júbilo y frío– estuvo junto a ella y alargó también las manos, negándose a pensar, y la mujer del puente se apretó contra su pecho y las dos se abrazaron rígidas y calladas en el puente, con el río trizado golpeando en los pilares.
A Alina le dolió el cierre de la cartera que la fuerza del abrazo le clavaba entre los senos con una laceración dulce, sostenible. Ceñía a la mujer delgadísima, sintiéndola entera y absoluta dentro de su abrazo, con un crecer de felicidad igual a un himno, a un soltarse de palomas, al río cantando. Cerró los ojos en la fusión total, rehuyendo las sensaciones de fuera, la luz crepuscular; repentinamente tan cansada, pero segura de su victoria, sin celebrarlo por tan suyo y por fin.
Le pareció que dulcemente una de las dos lloraba. Debía ser ella porque sintió mojadas las mejillas, y el pómulo mismo doliéndole como si tuviera allí un golpe. También el cuello, y de pronto los hombros, agobiados por fatigas incontables. Al abrir los ojos (tal vez gritaba ya) vio que se habían separado. Ahora sí gritó. De frío, porque la nieve le estaba entrando por los zapatos rotos, porque yéndose camino de la plaza iba Alina Reyes lindísima en su sastre gris, el pelo un poco suelto contra el viento, sin dar vuelta la cara y yéndose.
De Bestiario, 1951