19 de diciembre de 2009

Las tres noches de Isaías Bloom

Rodolfo Walsh


No había terremotos ni inundaciones. No había partidos ni carreras, porque era miércoles. No había golpe militar. El dólar no subía ni bajaba.
–¿Qué quiere que haga? –dijo Suárez–. Yo mando la historia al diario, pero ellos van a poner los títulos. Y como no pasa nada, le tienen que sacar el jugo.
El comisario seguía rabioso y Suárez se echó a reír. Era alto, flaco y hecho a las patadas. Con el sombrerito echado sobre la nuca y las manos en los bolsillos del sobretodo, tenía una pinta de reo de película.
–¿Qué va a pasar? –preguntó.
–Nada. Que esta tarde nos cae encima el gabinete, y mañana el juez.
Eran las ocho de la mañana. El comisario había ordenado que nadie saliera de su pieza. Salieron todos. Se los encontraba en los pasillos, en la escalera, en la cocina. El ambiente era casi de jarana.
–Para colmo, este elemento.
–¿Qué son, estudiantes? –preguntó Suárez.
–Seis o siete. Un yiro. Un pasador de quinielas –se interrumpió al ver el tumulto–. A ver, Funes, dos minutos para despejarme la entrada y la calle.
Los periodistas habían entrado en una masa sólida, usando la técnica romana del ariete. Un fotógrafo lo fusilaba al comisario a mansalva.
–Sacás una más, y te la escracho toda –dijo sobriamente el comisario.
Vinieron a avisarle que ya estaba la ambulancia. Tomó a Suárez del brazo y fueron a la pieza del muerto. Suárez alcanzó a escuchar hipótesis perversas sobre su ascendencia, que formulaban sus colegas. Después trató de recordar todas las piezas de pensión, iguales a ésta, en que había vivido. Eran demasiadas. El ropero, las sillas y las camas gemelas, compradas en un remate. Un escritorio con libros de medicina y de química. Una alfombrita verde entre las dos camas, recortes de revistas pegados en las paredes.
Hasta la muerte era ordinaria en esa pieza. Un tipo tendido en una de las camas, con un cuchillo de ferretería clavado en la espalda.
–¿Cómo te llamás? –preguntó el comisario a la sombra desplomada en una silla en un rincón.
El otro alzó la cara. Una cara joven, preocupada y sin afeitar.
–Ya le dije, Isaías Bloom.
–Ah, no te hacía aquí.
–Es mi pieza.
–Bueno, ¿y qué pasó?
–Ya ve. Lo mataron a Olmedo.
–¿Vos lo encontraste?
–Sí. Hace un rato, cuando volví de la guardia en el hospital.
–¿Se te ocurre algo?
–No.
–Pensálo –dijo el comisario.
Entraron los camilleros y ellos salieron.
Fueron a ver al yiro. Era rubia, gorda y jovial. Estaba arreglándose las cejas, sentada en una gran cama de matrimonio.
–Hola –dijo el comisario–. Así que estás enojada con nosotros.
–¿Le parece que son horas para despertarla a una?
–No, lo que digo es que ya no venís a visitarnos.
Ella se rió.
–Ahora soy seria. Dentro de unos meses me caso.
–Si supieras cómo te creo.
–Andá, decí que no me conocés –se oyó la voz de Suárez detrás del comisario.
Ella se levantó de un salto y corrió a abrazarlo.
–¡Querido! ¿Qué hacés aquí? No me digás –lo miró con repentina desconfianza.
–El comisario y yo somos viejos amigos –se apresuró a explicarle Suárez.
–¿Por qué lo mataron al tipo? –preguntó el comisario.
–No se entiende –dijo ella–. Era un pan de Dios.
–¿Hay juego en la casa?
–Los muchachos suelen jugar a la generala –dijo ella.
El comisario dio media vuelta.
–Ya veo que me vas a dejar la comisaría llena de puchos otra vez.
Ella le cerró el paso.
–Valentín, a lo mejor. Pero no me queme, comisario.
–¿Mujeres? Aparte de vos, quiero decir.
–No me quiere creer. Yo ando derecha.
–¿Nieve? –ella puso los ojos en blanco–. Papelitos, drogas.
–Ah, no, comisario. En eso, todavía soy una virgen.
Fueron a ver a Valentín. Estaba haciendo una valija.
–Vos sí que sos un optimista –dijo el comisario.
El otro sonrió. Era un flaco picado de viruelas.
–Apenas saque el cana de la puerta, me las pico. ¡Uia! –exclamó al ver a Suárez–. ¿Qué hacés vos aquí?
–Vengo a pasar un numerito.
–¿Il morto que parla? –preguntó Valentín y se echó a reír hasta que sintió encima la mirada del comisario–. Andá, Batilana, decile que no tengo nada que ver y que me puedo ir.
–No tiene nada que ver. Se puede ir –le dijo Suárez al comisario.
–¿Qué hiciste con las anotaciones?
Valentín señaló dos o tres ceniceros llenos de papelitos quemados.
–Me ganaron de mano con el baño –comentó–. Hay mucha corrida esta mañana.
–Qué risa –dijo el comisario–. ¿Vos sabés la alegría que me da verte?
El otro hizo un gesto dubitativo.
–Y a vos también –prosiguió el comisario–. Se te nota en la cara. Vamos a arreglar para vernos más seguido.
Valentín cerró la puerta.
–¿No me vende? –preguntó en voz baja–. Busque por el lado de Alcira. Pero ojo, que es mi amiga.
–Sí –comentó el policía–. Ya me di cuenta de los amigos que son.
Cruzaron a tomar un café. Eran las diez.
–Pinta feo –admitió Suárez–. ¿Qué sabe del muerto?
–Lo mismo que nada. Estudiante boliviano. Daba un examen cada dos años. Anoche lo vieron entrar borracho, a eso de las cuatro.
En ese momento descubrieron a Isaías Bloom parado en la puerta del café, buscándolos con mirada de mochuelo. Le hicieron señas.
–Estuve reconstruyendo –explicó mientras se sentaba–. Olmedo estaba asustado. Hace cuatro días me dijo que tenía algo serio que contarme, y que a lo mejor iba a ver a la policía –a ustedes.
–¿Qué le pasaba?
–No quiso decir. Era muy hermético y estaba nervioso. Pero además, es cierto que estaban ocurriendo cosas raras. El domingo a la noche, por ejemplo, creo que alguien entró en la pieza. Yo estaba dormido y soñé algo. Soñé con un bosque y una mariposa de luz que revoloteaba entre los árboles y yo trataba de alcanzarla.
–Ajá –dijo el comisario, tamborileando sobre la mesa.
–Entonces me desperté y me pareció oír un ruidito metálico. Me quedé mirando la esfera luminosa del despertador que estaba sobre el escritorio. De golpe no la vi más, y enseguida volví a verla.
–¿Y eso qué quiere decir?
–A lo mejor quiere decir que alguien pasó frente al reloj cuando yo lo estaba mirando.
–Sería el mismo Olmedo.
–No, porque prendí la luz y estaba dormido. Al día siguiente se quejó de que le habían estado revisando las cosas.
–¿Qué cosas?
–Papeles, algo que estaba escribiendo, no sé. No le hice caso, porque parecía tan nervioso. Pero entonces pasó algo más raro. Yo tuve un sueño que se cumplió.
–Ajá –volvió a decir el comisario.
–Yo me analizo –explicó Isaías Bloom.
–¿Usted qué?
–Voy a un psicoanalista, porque pienso seguir la especialidad, y anoto lo que sueño.
El comisario se echó a reír.
–Yo lo único que sueño es que subo y bajo escaleras.
–No lo comente –aconsejó Isaías Bloom.
–¿Quiere decir algo? –preguntó el comisario, irritado.
–Nada malo. Pero escúcheme. Anteanoche tuve un sueño curioso. Iba por una calle oscura y de golpe vi caer una copa que se rompió con un ruido cristalino y desapareció. En el pavimento quedó un charquito de agua verde, como una estrella. Aquí viene una gran parte que no recuerdo, pero después yo compraba un diario y vi un titular que decía: “Se ha extraviado una copa que responde a la nota sol”, o algo así.
–Interesante –bostezó el comisario.
–Y ahora viene lo raro. A la mañana siguiente la copa había desaparecido.
El comisario dio un brinco.
–¿Qué copa?
–Una que tenía Olmedo sobre la mesa de luz. Una copa verde como la del sueño. Tomaba mucha agua de noche.
El comisario respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió, Isaías Bloom cruzaba la calle.
–Hay cada colifa –comentó el comisario.
En la primera pieza (los mismos muebles, la misma alfombra entre las camas, aunque ésta era roja) había dos futuros abogados, petisos y cordobeses, en mangas de camisa. El comisario los encontró insolentes y ávidos de divertirse. “Me dan ganas de sopapearlos”, comentó más tarde. “Pero si usted los mira fijo, le dicen torturador”.
No habían visto nada, no habían oído nada y, en consecuencia, no iban a decir nada.
–Un boliviano menos –fue lo único que comentó el que hablara por los dos–. Ahora falta el otro.
Fueron a ver al otro. Aquí había una sola cama, otra alfombrita verde y un indio adusto, incomprensible, vestido de punta en blanco.
–Vos tampoco sabés –anticipó el comisario.
–Señor Velarde –dijo el otro.
–¿Qué te pasa?
–Que no me tutee.
–Tenés razón –admitió el comisario–. Sos un tipo importante. ¿Alquilás la pieza para vos solo?
–Voy a llamar al cónsul –dijo Velarde.
Cuando entraron en la última pieza, el comisario se trepaba por las paredes. Aquí dominaba el litoral. Un correntino y un misionero interrumpieron un dúo de guitarra para preguntarle cómo andaba eso. El comisario intentó inútilmente hacerles decir que odiaban a los bolivianos en general y que una muerte a cuchillo era admirable. Suárez, modestamente, contó la cuarta alfombrita rectangular. Era roja. Cuando se fueron, las guitarras y las voces nasales arremetieron con las estrofas burlonas del “Sargento Zeta”.
Se había hecho la una. Salieron a almorzar. Mientras esperaban los tallarines, la radio del restaurant transmitía una versión uruguaya del crimen. Los cronistas, que se habían reagrupado en la calle, entraron en formación correcta. Un gordito pecoso abrió el fuego.
–¿Podemos participar de su conferencia de prensa, comisario?
–Rajá, pibe.
–¿Pongo que la policía está desconcertada?
–Poné que hay optimismo –dijo el comisario.
–Y este individuo –preguntó el pecoso señalando a Suárez con el lápiz–. ¿Participa en la investigación o es un sospechoso?
–A éste le lustrás los zapatos –sugirió Suárez.
–Ajá. Sos un genio vos.
–Chau, Belmondo –dijo otro.
–No te olvidés de llamar –se despidió el tercero– cuando necesités una mortaja.
Rumbearon en fila hacia el teléfono.
–¿Ve? –se quejó Suárez, ofendido–. Se la agarran conmigo. ¿Qué le costaba largarles algo?
–¿Qué, por ejemplo?
–Que ya tiene todo aclarado –dijo Suárez.

Isaías Bloom parpadeaba incesantemente bajo el tiroteo de preguntas.
–Usted sueña con una mariposa iluminada. ¿Puede ser una linterna?
–Puede ser.
–Una linterna que le está alumbrando los ojos.
–Sí. Eso es muy conocido. Uno oye un portazo y sueña con una explosión. Siente olor a quemado y sueña con un incendio.
–Eso ocurre la noche del domingo –terció el comisario–. Usted se despierta, ve desaparecer la esfera del reloj, enciende la luz y no hay nadie.
–Es el asesino que se ha ido –murmuró Isaías.
–Llevándose unos papeles que lo acusaban de algo –prosiguió Suárez–. Pero la segunda noche usted sueña que la copa de Olmedo se rompe y por la mañana ha desaparecido. ¿Puede ser que usted haya soñado eso justamente porque la copa se rompió y usted oyó el ruido en sueños?
–Claro que puede ser. Pero no se rompió, porque no estaba.
–No estaba porque se la llevaron.
–¿Rota? –dijo Isaías Bloom, incrédulo.
–Rota, con alfombra y todo. Con la alfombra mojada llena de pedazos de vidrio.
–Pero si a la mañana siguiente la alfombra estaba, y estaba seca…
El comisario miró a Suárez con inquietud.
–No era la misma –dijo Suárez–. En dos piezas no había alfombras, en otras dos había alfombras rojas, y en otras dos, alfombras verdes. El único que tenía otra alfombra verde es el asesino.
Pero el comisario corría ya hacia la pieza de Velarde, donde sólo encontró el hálito de una fuga que no lo iba a llevar más lejos que el Aeroparque.
Los hombres del gabinete habían llegado por fin y envolvían con cuidado una alfombrita verde que todavía conservaba rastros de humedad y, si tenían suerte, de veneno, y algunas esquirlas de vidrio.
–Le temblaron las manos al envenenarle el agua a Olmedo –explicaba ahora el comisario a los periodistas–. Se le rompió la copa y no tuvo más remedio que llevársela para no dejar huellas. A la noche siguiente se decidió por el cuchillo. Parece que estaba desesperado por lo que iba a contarnos Olmedo, si le daba tiempo. Andaban los dos en el tráfico de drogas y Olmedo quiso abrirse. Eso es todo. Los detalles los inventan ustedes.
A la salida se encontraron con Isaías Bloom.
–Seguí soñando, pibe –dijo el comisario.
De Cuentos para tahúres y otros relatos policiales

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