5 de julio de 2009

La biblioteca de Alejandría, centro del saber universal

Por Magali Urcaray


Se considera que la gran biblioteca de Alejandría fue el primer centro de investigación del mundo, y el núcleo intelectual más importante de la antigüedad.
Alejandría fue fundada por Alejandro Magno en el 332 a. C., tras entrar éste en Egipto y poner fin al dominio persa. El Mar Mediterráneo, la isla de Faros y la cercanía del río Nilo hacían de esta ciudad una base naval perfecta, al tiempo que facilitaban el comercio con otras naciones. Pronto se convirtió en la segunda ciudad más grande de Egipto, y sede de su puerto principal.
En los siglos V y IV a. C. Atenas era la cuna del pensamiento occidental, con figuras como Sócrates, Platón o Aristóteles. Es sabido que Alejandro Magno fue discípulo de Aristóteles, bajo cuya tutela fue puesto a los 13 años, por lo que el hijo del rey de Macedonia no sólo fue un aguerrido conquistador, sino también un hombre cultivado y apasionado por el conocimiento. Declaró que Alejandría sería el centro intelectual del mundo conocido y, en su corazón, construiría una institución de enseñanza.
A la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C., Ptolomeo I Sóter, uno de sus generales más destacados, fue nombrado gobernador de Egipto. Con él se inició una larga dinastía que administró el país de los faraones durante más de trescientos años. Él fue el encargado de llevar a la práctica el sueño de Alejandro de hacer de Alejandría un centro de conocimiento y aprendizaje. Asistido por el arquitecto Demetrio de Falero, Ptolomeo I inició la construcción del denominado Museo (santuario de las Musas) hacia el 290 a.C., que fue concluido bajo el mandato de su hijo, Ptolomeo II Filadelfo.
Si bien se desconoce la ubicación exacta del Museo, se cree que estaba instalado en el nordeste de la ciudad, en el barrio palaciego. El Museo estaba compuesto por varias salas dedicadas a distintas ramas del saber, desde un zoológico, a un jardín botánico, un observatorio astronómico y un salón de anatomía. También disponía de habitaciones para alojar a los sabios y a los estudiantes, cuyos gastos eran costeados por la casa real, que acudían a Alejandría atraídos por el impulso intelectual.
La biblioteca fue, sin duda, el eje destacado del santuario, el de mayor crecimiento y difusión a lo largo de la historia. A medida que fue adquiriendo importancia y aumentando sus volúmenes, fue necesaria la construcción de un edificio cercano que albergara el resto de los libros. Así se edificó, durante el reinado de Ptolomeo III, la “biblioteca hija”, situada en una zona próxima al puerto, concretamente en el Serapeum (templo consagrado al dios Serapis).
Se calcula que la biblioteca llegó a albergar unos 700.000 manuscritos, cada uno de los cuales era catalogado, referenciado y colocado en el estante (bibliothekai) preciso destinado a ese saber. El primer catálogo temático de la historia (Pinakes) se atribuye a Zenódoto, el primer bibliotecario de Alejandría. Las personas que trabajaban en la biblioteca se afanaban en la búsqueda de libros de todas las culturas conocidas, la mayoría eran comprados o donados (como la biblioteca de Aristóteles), pero otros eran copiados. Todo buque que atracaba en Alejandría era registrado por la guardia, en el caso de que se encontrasen libros, estos eran confiscados y llevados a la biblioteca; en ocasiones, se compensaba a sus dueños por la pérdida; mientras que en otros casos los libros eran copiados y devueltos los originales. Las copias eran especialmente ricas por las anotaciones críticas que se hacían en los márgenes.
Se dice que la primera traducción al griego del Antiguo Testamento fue escrita en Alejandría. Ptolomeo II habría encargado a 70 sabios judíos que tradujesen y copiasen los libros de la Ley judía. La conocida como “versión de los 70” habría sido la base de muchas traducciones posteriores.
Durante la regencia de Ptolomeo II Alejandría y su biblioteca vivieron su máximo esplendor, inmersas en un trajín constante de libros y estudiosos. Entre los visitantes más célebres se encuentran Arquímides, Euclides, Hiparco, Claudio Ptolomeo y Galeno.
Si Ptolomeo III fue tildado “el benefactor”, al devolver a Alejandría valiosos tesoros egipcios robados anteriormente por los persas, el reinado de su sucesor, Ptolomeo IV, supuso el declive de la dinastía y de la gran biblioteca. Ahora, la biblioteca de Pérgamo rivalizaba con la de Alejandría, y el creciente poder romano debilitaba a los ptolomeos. Cuando Julio César entró en Egipto en el 48 a. C., éste era regido por Cleopatra. Al estallar la guerra civil entre Cleopatra y su co-regente y hermano por el poder de Egipto, César tomó partida por ella. Pero la flota romana era muy inferior a la desplegada por Alejandría, por lo que César decidió incendiar los barcos enemigos. Algunos historiadores, como Plutarco, consideran que el fuego alcanzó edificios cercanos al puerto, entre los que se encontraba la biblioteca; otros creen que sólo se vieron afectados parte de los almacenes.
Tras la muerte de Julio César, Marco Antonio entregó a Cleopatra 200.000 libros de la biblioteca de Pérgamo en compensación por los volúmenes perdidos. La muerte de Cleopatra en el año 30 a. C. puso fin a la era ptolemaica, y Alejandría se convirtió en capital de una provincia romana. El cambio de gobierno supuso también un giro en la vida intelectual, y la biblioteca no prosperó bajo la influencia romana.
En realidad, se desconoce el motivo o momento exacto de su desaparición, pero todo apunta a que fueron diversos motivos los que la causaron. Hacia el 200 d. C. Alejandría se enfrentó a numerosos saqueos que contribuyeron a la paulatina destrucción de la biblioteca. En el 391 d. C. el emperador Teodosio prohibió el paganismo, los templos no cristianos fueron destruidos y los paganos fueron asesinados. Ese mismo año el obispo de Alejandría demolió el Serapeum y sobre sus ruinas construyó un templo cristiano. Ante el previsible ataque, los libros habrían sido dispersados.
En el 616, Alejandría fue invadida por los persas. La entrada del islamismo terminó por arruinar lo que quedaba de la biblioteca, seguramente ya muy reducida. La leyenda cuenta que los gobernantes musulmanes decretaron que su contenido debía ser destruido, tanto si contradecía la ley islámica como si la apoyaba, en cuyo caso los libros serían innecesarios.
Hoy sólo podemos especular con las maravillas del saber antiguo que la gran biblioteca de Alejandría llegó a alojar, pero su espíritu fue la inspiración directa de los actuales centros de investigación.
En 1987 se puso en marcha un ambicioso proyecto con el apoyo de la Unesco: la Bibliotheca Alexandrina. El edificio está situado en el malecón de Alejandría, a poca distancia de donde supuestamente estuvo la biblioteca original. Tiene una superficie de 36.770 metros cuadrados y mide 33 metros, dispuestos en once niveles. Se calcula que puede llegar a albergar 20 millones de libros, aunque de momento cuenta con 200.000, en su mayoría donaciones. Un moderno homenaje a la que hace dos mil años aspiró a ser el centro del saber universal.





____Dejaron la leña junto al fuego de Zexariel. Aprovecharon que éste estaba concentrado en su labor para desaparecer detrás de unos ligustros.
____–De todaz formaz hay leña para un buen rato –dijo Zexerías para justificar la huida.
____–¡Zexerías, Zexerías! ¿Adónde vas? ¿Eh, Zexerías? –gritó un loro desde la rama de un duraznero.
____–¡Cállate Criztóbal! –decía por lo bajo el Tenopo.
____–¡Zexerías! –llamó a los gritos Zexariel.
____–¡Zaz, otra vez leña! ¡Qué zuerte la mía! ¡Ya vaz a ver loro alcauzil! –dijo ofendido el Tenopo.
____–¡Zexerías, leña! ¡Zexerías, leña! –gritaba Cristóbal divertido. Sebastián reía a más no poder por lo ridículo de todo eso y el loro comenzó a imitarlo con una risa histérica.
____–Zí, Zezariel, qué nezezitaz? –dijo solícito el Tenopo.
____–Tienes... un merecido descanso –dijo el científico haciendo sufrir a Zexerías.
____–Graziaz, Zezariel –dijo el Escriba oficial de Tenopián.
____–¡Zexerías, leña! ¡Zexerías, leña! –insistía el loro para hacer rabiar al Tenopo que ni lo miró cuando pasó junto a la planta de duraznos.
____–Ezte loro me debe unaz cuantaz –dijo Zexerías verdaderamente molesto con el ave. Sebastián reía y al Tenopo no le quedó otra cosa que reír también.
____–Con Criztóbal no ze zalva ni el Encantador –comentó risueño.
____Cortaron camino por entre unos chopos y eucaliptos, dejando el sendero. Aparecieron por un costado de la cabaña. En el centro del patio, sentados en círculo, estaban los doce Guardianes de la Naturaleza.
____–Pareze que ya han finalizado de dizcutir el temario. Ahora llega el momento de loz obzequioz. Llegamoz juzto. Ez la parte de la reunión que a mí máz me guzta –dijo Zexerías.
____–¿Obsequios? –preguntó el chico.
____–¡Oh, ziiii... al anfitrión! Todoz traen de zuz lugarez un prezente que ze entrega al finalizar el encuentro. Ubiquémonoz donde podamoz mirar zin interrumpir.
____Las sillas donde estaban sentados eran de espaldar alto y con apoyabrazos. Detrás o en algún costado esperaba el presente. Zexerías se moría de curiosidad. Los pájaros estaban agrupados en las ramas de los árboles que circunscribían el amplio patio. Tampoco se querían perder la sorpresa de los regalos.
____–¿En qué consisten los regalos? –preguntó Sebastián.
____–¡Oh, ya veraz! ¡Zuelen zer maravillozoz, únicoz! –se entusiasmó el Tenopo. Los once visitantes pertenecían a distintas regiones del planeta. Eran de distintas razas y costumbres. Los unía la defensa de un planeta que día a día era herido por la intolerancia, el abuso, la irresponsabilidad, el saqueo, la destrucción. Con el Encantador de Pájaros sumaban doce. Parecían pocos para tamaña tarea. Pero bastaba verlos para descubrir en ellos una fortaleza extraña, un poder que se centraba en el amor y la paz.
____El primero en ponerse de pie fue Ibn Al–Zuman un beduino de enorme talla y espesa barba del Oasis de Jari. Su vestimenta totalmente blanca dejaba ver sólo sus manos de largos dedos y su rostro curtido por el sol del desierto. De una cesta de mimbre sacó un pequeño árbol de esmeraldas y se lo alcanzó al Encantador. Los pocos frutos del árbol joven eran de una belleza imponente, de un verde de corindón que sólo en el medio oriente puede existir.
____–Gracias Guardián del desierto, lo pondré en este patio frente a la cabaña –agradeció el Encantador.
____–¡Maravilloso! ¡Un árbol de esmeraldas! –comentó Sebastián asombrado.
____Alexéi Rudkarov, un eslavo también gigantesco con voz de trueno y cuerpo de oso, se puso de pie. Se tomó unos segundos para hurgar en su mochila hasta que encontró su regalo. Era una bolsa de terciopelo rojo con un hilo corredizo en la boca. Extendió la bolsa al Encantador que la abrió mirando a los demás con una sonrisa. De su interior extrajo un largo cuerno de Unicornio. El no lo supo hasta que el hombre del Valle del Volga relatara sobre el origen de su regalo:
____–Encontramos al Unicornio sin vida. Una flecha lo había alcanzado. Le quité el cuerno para evitarnos un mal, ya que es de mal agüero hallar su cadáver. El cuerno actúa como poderoso contraveneno. Es un eficaz antídoto. Inclusive para evitar los efectos de hechicerías. Recibe éste, mi obsequio, Guardián. Sé que te servirá bien –dijo el hombre.
____–Te estoy agradecido. Sé que será de gran ayuda en estos tiempos –dijo el Encantador admirando el cuerno. Su base, donde se enrulaba el pelo de la frente, era blanquecina y roja su punta. Hacia el medio era totalmente negro. Estaba ligeramente retorcido. Pensó en el animal fabuloso al cual perteneció. Mil años vivía y mataba por igual a un elefante o a un león si fuera necesario.
____–El que ze para ahora ez Gambé de la tribu Ganda y vive a orillaz del gran Lago Victoria donde nace el Nilo –informó Zexerías.
____–Guardián, te traje este libro que fuera de la Biblioteca de Alejandría y rescatado y conservado por mi pueblo de la intolerancia y brutalidad del hombre. En tiempos que remontaban el Gran Río hasta su delta y quedaban asombrados ante la magnificencia del Faro –dijo el hombre de etnia negra y entregó el preciado tesoro en las manos del Encantador.
____–Te agradezco Gambé este libro que sobrevivió a la barbarie –dijo y se quedó mirando la portada sin poder creerlo.
____Un Taino de la Isla de Pinos, bajo de estatura y de grandes ojos negros, trajo, dentro de una jaula, el momento más emocionante de esa tarde. Su nombre era Félix Espinoza y ante los ojos de los Guardianes y de los dos espiones dejó salir de su jaula a un Dodo. Al principio nadie reconoció al ave y fue el Encantador el primero en hacerlo. El motivo era sencillo hacía más de un siglo que esa ave se había extinguido. El animal se desperezó de su largo viaje en cautiverio y dio sus primeros pasos con sus gruesas patas de cinco dedos. Su andar era torpe. Del tamaño de un pavo lucía un plumaje totalmente blanco. Zexerías dejó correr una lágrima. En tanto Sebastián no alcanzaba a entender la magnitud de ese hecho. El Encantador se arrodilló y abrazó al animal que al principio se quejó por el exceso de confianza pero después pareció gustarle.
____–Gracias por este Dodo. No voy a preguntarte de dónde lo sacaste, sólo dime si hay más con vida –pidió el Encantador.
____–Creemos que sí. No lo sabemos con certeza. Se dice que los dodos llegaron a nuestra isla con la tripulación de un barco de esclavos de la Isla Mauricio. Te traje una hembra. Cuando tenga un compañero te lo haré llegar. Este es el mejor lugar para recuperarse como especie –dijo el hombre llegado del Caribe.
____–Gracias, una vez más –dijo el Encantador.



© Gustavo Prego


La casa del largo pasillo

Abelardo Castillo


Quién sabe, acaso fue porque hacía tantos años que Timoteo era ascensorista de la Torre y a fuerza de vivir subiendo y bajando acabó por no concebir más que dos direcciones posibles –hacia arriba y hacia abajo–, o, acaso, porque era la primera vez que la veía; el hecho es que aquella noche, al pasar frente a la casa del largo pasillo, Timoteo tuvo miedo.
No era exactamente miedo. Lo desconcertó que la casa estuviera tan cerca de su propia casa: sobre la calle Tarija, a unos veinte metros de la esquina de Boedo. Le llamó la atención no haber reparado antes en ella.
A partir de esa noche volvió a mirarla furtivamente todas las noches. Frente a la puerta cancel sólo se concedía un vistazo rápido y oblicuo, casi culpable, pero aunque su mirada duraba el tiempo que se tarda en dar un paso, aquel pasillo, siempre solitario (iluminado en alguna parte por una agónica lamparita), le causaba una especie de vértigo. Un vacío en la cabeza, idéntico, sin duda, al que debe experimentar los que temen la altura.
Una noche, con estupor, comprendió lo que pasaba. Al día siguiente, en la Torre, se lo dijo a los otros ascensoristas. Lo dijo en voz muy baja.
–Hay otra dirección –dijo, y atemorizado de inmediato por el impreciso alcance de su descubrimiento, murmuró en secreto:
–Hacia el costado.
Los otros ascensoristas se rieron de él y, doblados en dos, dándose grandes palmadas en los muslos, le preguntaron si estaría loco.
Timoteo ya nunca más mencionó el asunto. Le cambió la cara, eso sí, o el color de los ojos, al menos si las muchachas se fijaran en ascensoristas como Timoteo, alguna habría dicho que se trataba del color de los ojos. En realidad, era el modo de mirar. Miraba como desde lejos, como si los objetos fueran transparentes. Era tímido; se volvió reconcentrado y silencioso. Pero a veces lo sacudía una risita que desentonaba un poco con la severidad de su ascensor, y con el tiempo fue perdiendo la exactitud y la eficacia que lo habían caracterizado siempre. No era difícil adivinar en qué pensaba cuando, como los jóvenes ascensoristas chapuceros, no acertaba con la palanca de mando o se detenía entre dos pisos, o, sacudido por su risita, pasaba a toda velocidad piloteando su jaulón ante las puertas abarrotadas de gente.
–Pobre Timoteo, envejece –murmuraban los ascensoristas, y hacían circulitos con el dedo, junto a la sien.
Ya se sabe cómo son estas cosas. Las autoridades acabaron por enterarse, lo mandaron llamar, le confesaron que su comportamiento actual era desconcertante, por no decir anárquico, se miraron entre sí moviendo las cabezas con aprobación. Y cuando Timoteo, girando los ojos (tan claros, de golpe) hacia los rincones del despacho como quien teme ser oído por gente que habitara en los zócalos, pero con voz inesperadamente alta, habló de la casa de la calle Tarija, las autoridades volvieron a mirarse. Y Timoteo, incrédulo, escuchó que había sido transferido a uno de los prescindibles ascensores nocturnos.
Y sabe dios a qué sórdido montacargas habría ido a dar de no haberse detenido por fin, una noche, ante el umbral de la casa del largo pasillo. Ahora, al salir de su propia casa, veía el corredor con el ángulo del otro ojo. Comprobó que el vértigo era el mismo. Esa noche se detuvo y lo miró de frente, por un momento temió irse de cabeza hacia el fondo, chupado por el corredor; por un momento estuvo a punto de cerrar los ojos y estropearlo todo. Pero ahí se quedó; después dio un paso. El corazón le latía como si fuera un pájaro.
Porque Timoteo no sólo se detuvo sino que, sin reflexionar en las derivaciones que podría tener su conducta, sin importarle la confusión que reinaría esa noche en la Torre aunque su ascensor actual fuera uno de los menos importantes (pues ya se sabe que la ausencia o aun la distracción del operario más oscuro puede acarrear catástrofes irreparables a toda la administración, por no decir a los dueños del edificio o, quizá, a la ciudad entera), sin importarle ninguna de las grandes ideas sobre responsabilidad, disciplina, lealtad, que un día lo llevaran a manipular los más honrosos ascensores, Timoteo, irrevocablemente, se internó en el largo pasillo.
Caminó. Luchando contra el vértigo y el miedo, Timoteo caminó y caminó, nadie podría decir cuánto tiempo, hasta llegar al sitio donde brillaba la lamparita cenicienta (el pasillo, por supuesto, seguía mucho más allá; Timoteo no pudo dejar de pensar que, de recorrerlo íntegro, acabaría saliendo a la misma calle Tarija por la cual había entrado, sólo que saldría en la vereda opuesta). Debajo de la lamparita había una puerta. Estaba pintada con el mismo color de las paredes y era indudable que no había sido construida para ser vista.
La paradoja de que apareciera casi denunciada por una vaga luz y, al mismo tiempo, disimulada con astucia en la pared, bastaba para demostrarlo. O, al menos, para demostrar que sólo la ingenuidad o el azar podían conducir hasta ella. Pero el ascensorista Timoteo no era un individuo deductivo, ni siquiera cauto. Simplemente llegó hasta la puerta y, como se sabía demasiado comprometido para echarse atrás, la empujó, suavemente.
Entonces vio al hombre corpulento.
Lo vio ahí, recostado en una otomana. Con oscura belleza de tormenta, le anochecía la cara una barba orgullosa, negrísima. Iba vestido de un modo que a Timoteo le pareció familiar, no supo por qué. Llevaba puesto un turbante colorado sangre, en el que se incrustaba, a manera de broche, una gran piedra lunar. Largamente el pelo le caía sobre los hombros. Timoteo vio que la parte superior de sus botas se volcaba en campana sobre la caña, vio a los pies del hombre una piel de tigre, vio sus amplias babuchas de seda oscura. Entre los pesados pliegues de su capa entreabierta, junto a la cadera izquierda, lo deslumbró la empuñadura de una cimitarra.
Timoteo pensó que aquel caballero era realmente hermoso.
Y entonces recordó a Sandokán, el príncipe malayo, capitán remoto de piraterías anteriores, muy anteriores a las altas edificaciones y sus jaulas.
El hombre se puso de pie, ceremoniosamente, y preguntó:
–¿Cómo llegaste hasta esta puerta? ¿Cuál es tu nombre?
–Sólo puedo contestarle la segunda pregunta –respondió, cohibido, Timoteo–. Soy Timoteo, el ascensorista. ¿Y usted?
En la voz del hombre, la palabra cobró la sonoridad de un órgano en un templo cuando dijo:
–Sandokán.
De El cruce del Aqueronte, 1982

Romance del veneno de Moriana


Madrugaba don Alonso
a poco del sol salido;
convidando va a su boda
a los parientes y amigos;
a las puertas de Moriana
sofrenaba su rocino:
–Buenos días, Moriana.
–Don Alonso, bien venido.
–Vengo a brindarte Moriana,
para mi boda el domingo.
–Esas bodas, don Alonso,
debieran de ser conmigo;
pero ya que no lo sean,
igual el convite estimo,
y en prueba de la amistad
beberás del fresco vino,
el que solías beber
dentro en mi cuarto florido.
Moriana, muy ligera
en su cuarto se ha metido;
tres onzas de solimán
con el acero ha molido,
de la víbora los ojos,
sangre de un alacrán vivo:
–Bebe, bebe, don Alonso,
bebe de este fresco vino.
–Bebe primero, Moriana,
que así está puesto en estilo.
Levantó el vaso Moriana,
lo puso en sus labios finos;
los dientes tiene menudos,
gota dentro no ha vertido.
Don Alonso, como es mozo,
maldita gota ha perdido.
–¿Qué me diste, Moriana,
qué me diste en este vino?
¡Las riendas tengo en la mano
y no veo a mi rocino!
–Vuelve a casa, don Alonso,
que el día ya va corrido
y se celará tu esposa
si quedas acá conmigo.
–¿Qué me diste, Moriana,
que pierdo todo el sentido?
¡Sáname de este veneno,
yo me he de casar contigo!
–No puede ser, don Alonso,
que el corazón te ha partido.
–¡Desdichada de mi madre
que ya no me verá vivo!
–Más desdichada la mía
desque te hube conocido.


Anónimo

Inventario galante

Tus ojos me recuerdan
las noches de verano
negras noches sin luna,
orilla al mar salado,
y el chispear de estrellas
del cielo negro y bajo.
Tus ojos me recuerdan
las noches de verano.
Y tu morena carne,
los trigos requemados,
y el suspirar de fuego
de los maduros campos.

Tu hermana es clara y débil
como los juncos lánguidos,
como los sauces tristes,
como los linos glaucos.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano…
Y es alba y aura fría
sobre los pobres álamos
que en las orillas tiemblan
del río humilde y manso.
Tu hermana es un lucero
en el azul lejano.

De tu morena gracia,
de tu soñar gitano,
de tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.
Me embriagaré una noche
de cielo negro y bajo,
para cantar contigo,
orilla al mar salado,
una canción que deje
cenizas en los labios…
De tu mirar de sombra
quiero llenar mi vaso.

Para tu linda hermana
arrancaré los ramos
de florecillas nuevas
a los almendros blancos,
en un tranquilo y triste
alborear de marzo.
Los regaré con agua
de los arroyos claros,
los ataré con verdes
junquillos del remanso…
Para tu linda hermana
yo haré un ramito blanco.


Antonio Machado

En el país de los efímeros

Enrique Anderson Imbert


La crónica es del siglo IX, pero los hechos que narra son mucho más antiguos.
El caballero Guingamor partió en busca de la Tierra de los Bienaventurados, cuyos habitantes –según un monje de Erín– no envejecían o envejecían poco y vivían eternamente, o vivían por varios siglos: todo lo que tendría que hacer el visitante para gozar también de esa sempiterna juventud era comer una manzana.
No llegó a esa región, sino a otra, donde los árboles (sólo faltaba el manzano) crecían, florecían, fructificaban y se secaban en una semana, donde las damas (siempre jóvenes) quedaban preñadas en la noche, daban luz en la mañana siguiente y a los siete días los hijos eran del tamaño de los padres, quienes entonces morían.
Al verse rodeado de tanta vida breve, el caballero Guingamor –cuya persona no había sufrido cambio alguno– se sintió como más dilatado en el tiempo. Se quedó allí, muy feliz.
“O se olvidó de que había estado buscando la región de los longevos, no la región de los efímeros, o, en vista de las circunstancias, le dio lo mismo”, termina la crónica.
De El gato de Cheshire

El crimen perfecto

Enrique Anderson Imbert

–Creí haber cometido el crimen perfecto. Perfecto el plan, perfecta su ejecución. Y para que nunca se encontrara el cadáver lo escondí donde a nadie se le ocurriría buscarlo: en un cementerio. Yo sabía que el convento de Santa Eulalia estaba desierto desde hacía años y que ya no había monjitas que enterrasen monjitas en su cementerio. Cementerio blanco, bonito, hasta alegre con sus cipreses y paraísos a orillas del río. Las lápidas, todas iguales y ordenadas como canteros de jardín alrededor de una hermosa imagen de Jesucristo, lucían como si las mismas muertas se encargasen de mantenerlas limpias. Mi error: olvidé que mi víctima había sido un furibundo ateo. Horrorizadas por el compañero de sepulcro que les acosté al lado, esa noche las muertas decidieron mudarse: cruzaron a nado el río llevándose consigo las lápidas y arreglaron el cementerio en la otra orilla, con Jesucristo y todo. Al día siguiente los viajeros que iban por lancha al pueblo de Fray Bizco vieron a su derecha el cementerio que siempre habían visto a su izquierda. Por un instante se les confundieron las manos y creyeron que estaban navegando en dirección contraria, como si volvieran de Fray Bizco, pero en seguida advirtieron que se trataba de una mudanza y dieron parte a las autoridades. Unos policías fueron a inspeccionar el sitio que antes ocupaba el cementerio y, cavando donde la tierra parecía recién removida, sacaron el cadáver (por eso, a la noche, las almas en pena de las monjitas volvieron muy aliviadas, con el cementerio a cuestas) y de investigación en investigación… ¡bueno!… el resto ya lo sabe usted, señor juez.

Castellano

Informe de situación
(Un panorama que se repite año a año)
1. Hoy podés estar entre:

2. En el segundo trimestre el porcentaje de desaprobados seguirá siendo alto y podés estar aquí:

3. Para el tercer trimestre la cifra disminuye pero puede ser tarde para vos:



4. En diciembre, demás está decir, la situación empeora drásticamente:


5. En marzo mejora pero no tanto:


6. Finalmente, la tenés previa. Situación de la cuál no es fácil salir:
(Es decir un promedio de 7 alumnos por curso)



No hacen falta muchas palabras cuando los números son contundentes

No tenés porqué ser parte de esta realidad

Con trabajo y compromiso se puede revertir esta situación


28 de junio de 2009

Volver a la lectura

Por Guillermo Schavelzon
(Fragmento)
Cuando América todavía no existía para los europeos, ya había aquí una de las bibliotecas más importantes del mundo.
En el siglo XVI Hernán Cortés conquistó México, y se encontró en las afueras de Tenochtitlán con algo fabuloso: la biblioteca de Texcoco. Era un lugar donde, a lo largo de setecientos años, los aztecas habían acumulado cuatro mil códices, nombre con que se designa a los libros escritos e ilustrados a mano con maravillosos colores, sobre papel amate, o cuero de venado o de jaguar. En ellos, el pueblo registraba su historia, sus avanzados conocimientos astronómicos, su mitología y sus glorias militares.
Los conquistadores, cumpliendo la orden de fray Juan de Zumárraga, primer arzobispo de América, quemaron toda la biblioteca para destruir ese testimonio de infieles.
El incendio de la biblioteca de Texcoco, mucho peor (porque fue real) que el de El nombre de la rosa de Umberto Eco, duró tres días y tres noches, y según cuenta el cronista fray Servando Teresa de Mier, las llamas se vieron desde muchas leguas de distancia.
Gracias a algún soldado desconocido y hereje, tres códices de los cuatro mil se salvaron de la quema. Hoy estos tres códices se conservan en bibliotecas europeas, uno de ellos en la del Vaticano.
Por esas cosas del destino, fray Juan de Zumárraga pasó a la historia como el introductor de la imprenta en América, la que instaló en México dos siglos antes que nuestra Imprenta de Niños Expósitos llegara a Córdoba.
Esta historia viene al caso por lo que pasó quinientos años después: la civilización moderna logró que lo que había sido aquella fabulosa biblioteca se haya convertido en un enorme pantano, que se suele ver al llegar en avión a México, donde desemboca la red cloacal de la segunda ciudad más poblada del mundo. El “lago de Texcoco”, eufemismo con que se denomina a ese pantano fétido, es hoy uno de los graves problemas ecológicos de la ciudad de México, ya que todos los años, en la época de sequía, el viento devuelve a los habitantes sus desechos, en forma de partículas suspendidas en el aire, que contaminan a la gente por el solo hecho de respirar. Las consecuencias gastrointestinales que esto tiene en los turistas extranjeros que llegan a México se conoce como “la venganza de Moctezuma”.
(…)

26 de junio de 2009

La hormiga

Marco Denevi


Un día las hormigas, pueblo progresista, inventan el vegetal artificial. Es una papilla fría y con sabor a hojalata. Pero al menos las releva de la necesidad de salir fuera de los hormigueros en procura de vegetales naturales. Así se salvan del fuego, del veneno, de las nubes insecticidas. Como el número de las hormigas es una cifra que tiende constantemente a crecer, al cabo de un tiempo hay tantas hormigas bajo tierra que es preciso ampliar los hormigueros. Las galerías se expanden, se entrecruzan, terminan por confundirse en un solo Gran Hormiguero bajo la dirección de una sola Gran Hormiga. Por las dudas, las salidas al exterior son tapiadas a cal y canto. Se suceden las generaciones. Como nunca han franqueado los límites del Gran Hormiguero, incurren en el error de lógica de indentificarlo con el Gran Universo.
Pero cierta vez una hormiga se extravía por unos corredores en ruinas, distingue una luz lejana, unos destellos, se aproxima y descubre una boca de salida cuya clausura se ha desmoronado. Con el corazón palpitante, la hormiga sale a la superficie de la tierra. Ve una mañana. Ve un jardín. Ve tallos, hojas, yemas, brotes, pétalos, estambres, rocío. Ve una rosa amarilla. Todos sus instintos despiertan bruscamente. Se abalanza sobre las plantas y empieza a talar, a cortar y a comer. Se da un atracón. Después, relamiéndose, decide volver al Gran Hormiguero con la noticia. Busca a sus hermanas, trata de explicarles lo que ha visto, grita: "Arriba... luz... jardín... hojas... verde... flores..." Las demás hormigas no comprenden una sola palabra de aquel lenguaje delirante, creen que la hormiga ha enloquecido y la matan.

(Escrito por Pavel Vodnik un día antes de suicidarse. El texto de la fábula apareció en el número 12 de la revista Szpilki y le valió a su director, Jerzy Kott, una multa de cien znacks.)
De Falsificaciones, 1969

Luna

Enrique Anderson Imbert


Jacobo, el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos.
Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.
–¡Chist! –cuchicheó el farmacéutico a su mujer–. Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe de estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada...
Entonces, alzando la voz, dijo:
–Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que alguien se la robe.
–¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas, con las persianas apestilladas.
–Y… alguien podría bajar desde la azotea.
–Imposible. No hay escaleras; las paredes del patio son lisas…
–Bueno: te diré un secreto. En noches como esta bastaría que una persona dijera tres veces "tarasá" para que, arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces "tarasá", se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea.

25 de junio de 2009

El crimen del desván

Enrique Anderson Imbert


El detective Hackett golpeó ansiosamente en la puerta del chalet de Sir Eugen. ¡Quizá llegara tarde! ¡Quizá ya lo hubieran asesinado!
Cuando al fin el criado abrió, Hackett se precipitó dentro, a los gritos. Acudieron de diferentes lados: una anciana, Lady Malver, –evidentemente–, un joven de ojos saltones y un caballero que parecía estar siempre sonriéndose.
–¿Dónde está Sir Eugen? ¡Pronto, pronto! ¡Es cuestión de vida o muerte!
–En el desván, revelando sus fotografías –atinó a decir el criado.
Y todos se lanzaron escaleras arriba: los hombres, saltando los escalones de a dos en dos; Lady Malver, lentamente, como una oruga.
La puerta del desván estaba cerrada. Golpearon.
–¡Sir Eugen, Sir Eugen! ¿Está usted ahí?
Oyeron del otro lado una voz temblorosa, angustiada:
–¡Ah, vengan, por favor!
Hackett hizo fuerzas con el picaporte pero le habían echado llave.
–¡Abra, Sir Eugen!
Lady Malver ya estaba allí, sin aliento:
–¡Eugen! –dijo, apenas.
Oyeron, por el lado de adentro, el girar del cerrojo, después algo como un resuello, el ruido de un cuerpo que se desplomaba. Y un silencio.
Hackett volvió a empujar la puerta. Ahora cedió. Entraron todos, en tumulto.
En el primer momento no pudieron ver nada. Sólo, a un costado, el ojo turbio de la lámpara roja. La oscuridad redonda, densa, rosada, pulposa. Y en eso descubrieron en el centro (¡parecía el carozo de un fruto!) a Sir Eugen, duro, tendido de bruces. Alguien encendió una luz blanca. A Sir Eugen le estaba creciendo un puñal en las espaldas, como un ala pequeñita.
Hackett inspeccionó la habitación. No había salidas. Era un mundo hermético, como un durazno con el cadáver dentro, en el medio. Percutió el suelo, las paredes; estudió la posición del difunto, del arma…
Al cabo de un rato fue hacia la puerta, la cerró, se guardó la llave y empuñó el revólver.
–El asesino –dijo mirando a todos, uno por uno– está aquí. El asesino aprovechó la atropellada en la oscuridad para apuñalar a Sir Eugen.
Hubo protestas.
Hackett contestó a todas, descartando imposibilidades. La muerte era reciente. Asesinato y no suicidio. No había escapes. Ni siquiera para un mono tití. Tampoco pudieron arrojarle el puñal de lejos. La habitación no tenía mecanismos.
La anciana, desencajada, propuso tímidamente:
–¿Y si fuera algo sobrenatural? No sé… Esas horribles placas fotográficas, allí debajo de la luz roja… Parecen hechas de carne, carne fofa y pálida de degenerado… Tal vez, al encender la luz las placas se han llevado el secreto… Tal vez, se han llevado al criminal mismo… Digo yo… Algún asesino sobrenatural.
–¿Sobrenatural? –comentó sardónicamente el detective–. No hay nada sobrenatural.
Entonces, al oír ese “¡no hay nada sobrenatural!”, todos, la misma Lady Malver y aun el cadáver, rompieron a reír como una fuente de muchos chorros. Una carcajada a coro simultánea, una sola carcajada reída por las seis bocas en un único temblor de ritmos acordados. Y sin dejar de reír, las figuras de Hackett, Sir Eugen, Lady Malver, el criado, el joven de los ojos saltones y el caballero de la boca sonreidora se fueron encogiendo, se fueron consumiendo como seis pálidas llamas. Después los personajes se acercaron por el aire con la determinación de los fuegos fatuos y se fundieron en una sola transparencia; y desde dentro de esa masa se rehizo la forma original del duende. Era el duende de la casa, el duende aficionado a las novelas policiales.
Libre, invisible, aéreo, licencioso, fraudulento, embrollador, el duende atravesó el muro del desván cerrado, bajó por las escaleras de la mansión solitaria y fue a buscar en los estantes otra novela de detectives.
¡Cómo le divertían esos fatídicos juegos sin azar que escribían los hombres! Especialmente, le divertía protagonizar todos los papeles.

Premio Nobel

Los Premios Nobel se conceden cada año a personas, entidades u organismos por sus aportaciones extraordinarias realizadas durante el año anterior en los campos de la Física, Química, Fisiología y Medicina, Literatura, Paz y Economía. Otorgados por primera vez el 10 de diciembre de 1901, los premios están financiados por los intereses devengados de un fondo en fideicomiso contemplado en el testamento del químico, inventor y filántropo sueco Alfred Bernhard Nobel. El Nobel de Literatura, es entregado por la Academia de Estocolmo. Además de una retribución en metálico, el ganador del Premio Nobel recibe también una medalla de oro y un diploma con su nombre y el campo en que ha logrado tal distinción. Los jueces pueden dividir cada premio entre dos o tres personas, aunque no está permitido repartirlo entre más de tres. Si se considerara que más de tres personas merecen el premio, se concedería de forma conjunta. El fondo está controlado por un comité de la Fundación Nobel, compuesto por seis miembros en cada mandato de dos años: cinco elegidos por los administradores de los organismos contemplados en el testamento, y el sexto nombrado por el Gobierno sueco. Los seis miembros serán ciudadanos suecos o noruegos.

1901 - Sully Prudhomme (Francia, 1839-1907) poeta
1902 - Theodor Mommsen (Alemania, 1817-1903) historiador
1903 - Bjornstjerne Bjornson (Noruega, 1832-1910) novelista, poeta y dramaturgo
1904 - Frederic Mistral (Francia, 1830-1914) poeta
1904 - José Echegaray (España, 1832-1916) dramaturgo
1905 - Henryk Sienkiewiccz (Polonia, 1846-1916) novelista
1906 - Giousue Carducci (Italia, 1835-1907) poeta
1907 - Rudyard Kipling (Gran Bretaña, 1865-1936) poeta y novelista
1908 - Rudolf Eucken (Alemania, 1846-1926) filósofo
1909 - Selma Lagerlof (Suecia, 1858-1940) novelista
1910 - Paul von Heyse (Alemania, 1830-1914) poeta, novelista y dramaturgo
1911 - Maurice Maeterlinck (Bélgica, 1862-1949) dramaturgo
1912 - Gerhart Hauptmann (Alemania, 1862-1946) dramaturgo
1913 - Rabindranath Tagore (India, 1861-1941) poeta
1914 - No concedido
1915 - Romain Rolland (Francia, 1866-1944) novelista
1916 - Verner Von Heidenstam (Suecia, 1859-1940) poeta
1917 - Karl Gjellerup (Dinamarca, 1857-1919) novelista
1917 - Henrik Pontoppidan (Dinamarca, 1857-1943) novelista
1918 - No concedido
1919 - Carl Spitteler (Suiza, 1845-1924) poeta y novelista
1920 - Knut Hamsun (Noruega, 1859-1952) novelista
1921 - Anatole France (Francia, 1844-1924) novelista
1922 - Jacinto Benavente (España, 1866-1954) dramaturgo
1923 - William Butler Yeats (Irlanda, 1865-1969) poeta
1924 - Wladyslaw Reymont (Polonia, 1868-1925) novelista
1925 - George Bernard Shaw (Irlanda, 1856-1950) dramaturgo
1926 - Grazia Deledda (Italia, 1871-1936) novelista
1927 - Henri Bergson (Francia, 1859-1941) filósofo
1928 - Sigrid Undset (Noruega, 1882-1949) novelista
1929 - Thomas Mann (Alemania, 1875-1955) novelista
1930 - Sinclair Lewis (EEUU, 1885-1951) novelista
1931 - Erik Axel Karlfeldt (Suecia, 1864-1931) poeta
1932 - John Galsworthy (Gran Bretaña, 1867-1933) novelista
1933 - Ivan Bunin (URSS, 1870-1953) novelista
1934 - Luigi Pirandello (Italia, 1867-1936) dramaturgo
1935 - No concedido
1936 - Eugene O'Neill (EEUU, 1888-1953) dramaturgo
1937 - Roger Martin du Gard (Francia, 1881-1958) novelista
1938 - Pearl S. Buck (EEUU, 1892-1973) novelista
1939 - Frans Eemil Sillanpaa (Finlandia, 1888-1964) novelista
1940 - No concedido
1941 - No concedido
1942 - No concedido
1943 - No concedido
1944 - Johannes Vilhem Jensen (Dinamarca, 1873-1950) novelista
1945 - Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957) poeta
1946 - Herman Hesse (Alemania, 1877-1962) novelista
1947 - Andre Gide (Francia, 1869-1951) novelista
1948 - T. S. Eliot (Gran Bretaña, 1888-1965) poeta
1949 - William Faulkner (EEUU, 1897-1962) novelista
1950 - Bertrand Russell (Gran Bretaña, 1872-1970) filósofo
1951 - Par Lagerkvist (Suecia, 1891-1974) novelista
1952 - Francois Mauriac (Francia, 1885-1970) poeta, novelista y dramaturgo
1953 - Winston Churchill (Gran Bretaña, 1874-1965) historiador
1954 - Ernest Hemingway (EEUU, 1899-1961) novelista
1955 - Halldor Laxness (Islandia, 1902-1998) novelista
1956 - Juan Ramón Jiménez (España, 1881-1959) poeta
1957 - Albert Camus (Francia, 1913-1960) novelista y dramaturgo
1958 - Boris Pasternak (URSS, 1890-1960) novelista
1959 - Salvatore Quasimodo (Italia, 1901-1968) poeta
1960 - Saint-John Perse (Francia, 1887-1975) poeta
1961 - Ivo Andric (Yugoslavia, 1892-1975) novelista
1962 - John Steinbeck (EEUU, 1902-1968) novelista
1963 - Georgos Seferis (Grecia, 1900-1971) poeta
1964 - Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980) filósofo
1965 - Mijail Sholojov (URSS, 1905-1984) novelista
1966 - Samuel Yosef Agnon (Israel, 1888-1970) novelista
1966 - Nelly Sachs (Alemania, 1891-1970) poeta
1967 - Miguel Angel Asturias (Guatemala, 1899-1974) novelista
1968 - Yasunari Kawabata (Japón, 1899-1972) novelista
1969 - Samuel Beckett (Irlanda, 1906-1989) novelista y dramaturgo
1970 - Alexandr Solzhenitsin (URSS, 1918-2008) novelista
1971 - Pablo Neruda (Chile, 1904-1973) poeta
1972 - Heinrich Boll (Alemania, 1917-1985) novelista
1973 - Patrick White (Australia, 1912-1990) novelista
1974 - Eyvind Johnson (Suecia, 1900-1976) novelista
1974 - Harry Martison (Suecia, 1904-1978) novelista y poeta
1975 - Eugenio Montale (Italia, 1896-1981) poeta
1976 - Saul Bellew (EEUU, 1985-2005) novelista
1977 - Vicente Aleixandre (España, 1896-1984) poeta
1978 - Isaac Bashevis Singer (EEUU, 1904-1991) novelista
1979 - Odysseus Elytis (Grecia, 1911-1996) poeta
1980 - Czeslaw Milosz (Polonia, 1911-2004) poeta
1981 - Elias Canetti (Gran Bretaña, 1905-1994) novelista
1982 - Gabriel García Márquez (Colombia, 1928) novelista
1983 - William Golding (Gran Bretaña, 1911-1993) novelista
1984 - Jaroslav Seifert (Checoslovaquia, 1901-1986) poeta
1985 - Claude Simon (Francia, 1913-2005) novelista
1986 - Wole Soyinka (Nigeria, 1934) poeta y dramaturgo
1987 - Joseph Brodsky (EEUU, 1940-1996) poeta
1988 - Naguib Mahfuz (Egipto, 1911-2006) novelista y poeta
1989 - Camilo José Cela (España, 1916-2002) novelista
1990 - Octavio Paz (México, 1914-1998) poeta
1991 - Nadine Gordimer (Sudáfrica, 1923) novelista
1992 - Derek Walcott (Santa Lucía, 1930) poeta y dramaturgo
1993 - Toni Morrison (EEUU, 1931) novelista
1994 - Kenzaburo Oe (Japón, 1935) novelista
1995 - Seamus Heaney (Irlanda, 1939) poeta
1996 - Wislawa Szymborska (Polonia, 1923) poeta
1997 - Darío Fo (Italia, 1926) dramaturgo
1998 - José Saramago (Portugal, 1922) novelista
1999 - Günter Grass (Alemania, 1927) novelista y poeta
2000 - Gao Xingjian (China, 1940) novelista
2001 - V. S. Naipaul (Gran Bretaña, 1932) novelista
2002 - Imre Kertesz (Hungría, 1929) novelista
2003 - J. M. Coetzee (Sudáfrica, 1940) novelista
2004 - Elfriede Jelinek (Austria, 1946) novelista
2005 - Harold Pinter (Gran Bretaña, 1930-2008) novelista
2006 - Orhan Pamuk (Turquía, 1952) novelista
2007 - Doris Lessing (Gran Bretaña, 1919) novelista
2008 - Jean-Marie Le Clézio (Francia, 1940) novelista
2009 - Herta Müller (Rumania, 1945) novelista y poeta




____La rueda de hombres siguió en orden. El turno fue para Miataks, un esquimal de nariz chata y labios gruesos que sonreían constantemente. Acercó una embarcación hacia el centro del círculo formado por las sillas.
____–Esto, Guardián, es un kayaks de hielo eterno. Fue cincelado por mi pueblo en bloques de hielo más antiguos que el hombre. Nunca se derretirá y es veloz como el viento cabalgando el mismo viento –declaró con énfasis.
____–Te agradezco, hombre de los hielos del norte –dijo el Encantador.
____El siguiente fue Pierre Gotouet, un galo del Valle de Lutour. Su pelo era rojo a igual que su enorme bigote que colgaba superando los límites de la cara. Llevaba puesto un pantalón azul con tiradores y una camisa celeste, mientras sus pies iban descalzos. Sacó de debajo de su silla una caja envuelta en un trapo negro. Sonrió a todos con un gesto que agrandó sorpresivamente su formidable bigote y quitó el trapo negro que cubría la caja. Esta era de cartón; bastante común. Apartó la tapa y un sonido a vidrio quebradizo salió de ella.
____–Querido Guardián, te obsequio estas pequeñas maravillas, hijas del viento, del perfume de las flores y de la nieve –dijo y soltó unas cuantas mariposas de cristal. Aletearon por el patio ante la fascinación de todos–. Tienen la virtud de dar felicidad a quién las mire –agregó el galo.
____–Gracias Pierre, son maravillosas –dijo el Encantador. Pierre hizo una inclinación y fue a su sitio.
____El turno fue para C'hien Zu de la etnia de los Chung oriundo de las orillas del Lago P'O-Yang. Su menudo cuerpo se alzó con ligereza mostrando un largo atuendo azul que llegaba hasta el piso ocultando sus pequeños pies. Una barba de pelos ralos y largos adornaba un mentón casi inexistente en la cara redonda. Impresionaba de este personaje el largo de sus uñas y el delineado de los ojos que los hacía más rasgados de lo que ya eran. De todos era el más enigmático; de hablar y sonreír poco. Pero se guardaba todo un discurso para presentar su regalo:
____–De donde vengo es muy común poner trampas. Los aldeanos ponen trampas para los osos y otros animales que consideran perjudiciales o peligrosos. Una de mis tareas habituales es descubrirlas para desarmarlas o bien liberar y asistir a los animales que cayeran en ellas. En eso estaba cuando escucho, en una mañana de mucho frío, que a los pies de las altas montañas había caído, en una gran trampa para osos, un dragón. El animal se defendía con su aliento de fuego y su cola de filosas púas. Pero no podía romper la gruesa cadena agarrada a una roca que, a su vez, formaba parte de la base de una montaña. Cuando los aldeanos se hicieron de armas para darle muerte, el dragón cortó su garra apresada y escapó con el muñón chorreando sangre dorada. Aquí, te traigo, en calidad de presente esa garra –anunció sacándola de una caja de madera– con ella podrás pedir lluvia o detenerla, que los vientos soplen o callen, que el trueno y el rayo cabalguen juntos, con sólo alzarla al cielo invocando su poder. Además, todo lo que toque lo incinerará, sólo una persona de tu sabiduría puede tenerla. Sería peligrosa en otras manos. Guardala y que te sea útil –dijo para finalizar.
____–Estoy impresionado C'hien Zu. Jamás imaginé un obsequio de esta naturaleza. Te estoy profundamente agradecido y la usaré pronto –dijo pensando en el rescate del Tenopo en las Arenas del Reñidero Municipal. Guardó en la caja la garra de cuatro dedos con terribles uñas del animal mágico e inmortal.
____De su asiento se levantó Arthur Deallin de la tribu de los Aruntas oriundo de las orillas del Lago Eyre, una superficie de más de nueve mil kilómetros cuadrados de agua salada y que permanece seco durante largos períodos. Era de estatura media, hombros estrechos, pelo negro y abundante. Su mentón hundido y sus orejas grandes le daban un aspecto peculiar. Abrió el pequeño cofre que tuvo todo el tiempo en su regazo. Sacó una figura de pájaro de diamante.
____–Este pájaro de diamante, esculpido en una sola pieza, fue encontrado por mi pueblo en las costas de nuestra Gran Isla –anunció el hombre–. Podrás ver más allá de tus ojos. Encontrará lo que ningún catalejo alcance. Sólo oriéntalo y en él verás lo que te está vedado.
____–Te agradezco hermano Guardián este preciado presente –dijo el Encantador con una inclinación. El magnífico pájaro brillaba en sus manos. Pensó más en su belleza que en el extraordinario don que poseía.
____El Guardián número nueve fue Shri Prasavasch de la etnia de los Munda llegado del Alto Valle Occidental del Indo. Su presente era el más voluminoso. Estaba cubierto con una tela blanca bordada con espléndidos pavo–reales. Al descorrerla apareció ante la vista de todos un cachorro de tigre azul. Lo traía dentro de una jaula. Cuando lo liberó el animal salió corriendo para jugar con el Dodo, el que se llevó un gran susto.
____–Pensé que no existían estos animales, que sólo eran fruto de las leyendas de tu pueblo –confesó el Encantador– te agradezco, será un excelente guardián del Santuario. Si los Tenopos lo permiten por supuesto. ¿Qué opinas Zexerías?
____–Zeguro que zí... Encantador. No creo que haya ningún problema –respondió un tanto turbado al ser descubierto en el escondite elegido con Sebastián para espiar.
____–Será un fiel compañero –dijo Shri Prasavasch– posee la fuerza de cinco tigres de bengala y es el doble de grande que el tigre blanco de la Siberia. Yo los he visto arrastrando a un elefante por kilómetros –agregó ubicándose en su lugar. En tanto el animal se tiró a los pies del Encantador y se quedó allí con sus manos cruzadas observando al Dodo que se había alejado prudentemente.
____Kasarpan fue el siguiente, de la tribu de los Dayaks, llegado del Valle del Mehakam. De su vestimenta blanca resaltaba la ancha faja negra que rodeaba su vientre voluminoso. Era bajo y ese detalle acentuaba su gordura. Sus mejillas coloradas y lampiñas y sus cejas tupidas dejaban ver el hombre bonachón que era. Del interior de la faja sacó lo que a primera vista parecía una raíz y efectivamente eso era pero de piedra. Era una raíz de roca. Tardó un poco en aclarar el origen del obsequio y Sebastián y Zexerías que no se perdían absolutamente nada comenzaron a hacer especulaciones.
____–Mi querido amigo –dijo pomposo– he traído para ti esta raíz de montaña extraída por unos mineros de mi pueblo. Ella dará a quién la apriete en su mano la fuerza de cien hombres. Será parte y montaña. Tendrá la fuerza de la roca callada, del mineral oculto.
____–Estoy asombrado Kasarpan, doy gracias por tan curioso regalo. Espero poder usarlo con maestría –dijo el Encantador de Pájaros.
____–Lo harás, amigo. Estoy seguro –afirmó el Dayaks.
____–Eze ez Kuchinwa, el que ze pone de pie. Perteneze a la tribu Chipawaya. Viene de loz Montez Ominoca –informó Zexerías que estaba apasionado con la entrega de presentes. El último de los regalos, el de este hombre de tez morena, manos y brazos fuertes y espalda ancha, era el más pequeño pero portaba atributos mágicos.
____–Te traigo Guardián del Sud la llave de los vientos, con ella podrás abrir puertas y viajar por una dimensión mágica, vedada a los mortales. La usarás en el peligro...
____El cuerno de Tenopián lo interrumpió. Llamaba a reunión.
____–¡Zaz, tenemoz que irnoz! ¡Qué láztima! Faltaron máz detallez zobre ezte último prezente –se lamentó Zexerías–. Puedez quedarte zi quierez Zebaztián.
____–No Zexerías, te acompaño. Quiero ver, además, que hacen mis amigos de la Aldea. Puede que me necesiten –consideró el chico.



© Gustavo Prego


Fundación mítica de Buenos Aires


¿Y fue por este río de sueñera y de barro
que las proas vinieron a fundarme la patria?
Irían a los tumbos los barquitos pintados
entre los camalotes de la corriente zaina.

Pensando bien la cosa, supondremos que él río
era azulejo entonces como oriundo del cielo
con su estrellita roja para marcar el sitio
en que ayunó Juan Díaz y los indios comieron.

Lo cierto es que mil hombres y otros mil arribaron
por un mar que tenía cinco lunas de anchura
y aun estaba poblado de sirenas y endriagos
y de piedras imanes que enloquecen la brújula.

Prendieron unos ranchos trémulos en la costa,
durmieron extrañados. Dicen que en el Riachuelo,
pero son embelecos fraguados en la Boca.
Fue una manzana entera y en mi barrio: en Palermo.

Una manzana entera pero en mitá del campo
expuesta a las auroras y lluvias y suestadas.
La manzana pareja que persiste en mi barrio:
Guatemala, Serrano, Paraguay, Gurruchaga.

Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.

El primer organito salvaba el horizonte
con su achacoso porte, su habanera y su gringo.
El corralón seguro ya opinaba YRIGOYEN,
algún piano mandaba tangos de Saborido.

Una cigarrería sahumó como una rosa
el desierto. La tarde se había ahondado en ayeres,
los hombres compartieron un pasado ilusorio.
Sólo faltó una cosa: la vereda de enfrente.

A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire.


Jorge Luis Borges

Los milagros de Julia

Silvia Plager


El billete está allí, como todas las mañanas, dobladito, espiando bajo el velador. El brazo alarga su modorra y lo levanta. Sí, siempre la misma cantidad. La voz del hombre baila dentro de ella: “Mi mujer hace milagros con la plata”. La noche aún sigue pegada a las ventanas, cuando él le alcanza un mate. Ella se deja besar aplasta nuevamente su cara contra la almohada hasta que el sol se filtra incendiando la colcha. Recorre el dormitorio con su mirada tranquila, la mente fija en la última cuota. Corta el pan y lo sumerge en la taza. El vapor le forma gotitas en la nariz. Agrega otra cucharada de azúcar, y deja que el paladar se le inunde con el sabor papilla: “Seguro que al chico le gusta”. Y se acaricia el vientre esférico, pleno.
Cuando se lo dijo la sacó de la fábrica. “No quiero a mi hijo tras las rejas”. La fábrica crece ante la vigilante presencia de los portones de hierro. Para Julia no eran tan malos, se abrían y los dos volvían juntos, y todo se llenaba de gente y esperaban el colectivo rojo con el cartel verde, el cartel que los llevaba al barrio de casitas iguales, y se apoyaba en él que le decía “rubia, rubia”, con la voz ronca que se iba convirtiendo en murmullo y que volvía a crecer en la noche temprana. El ruido llena el hueco del sueño y cae en él, despegándolos de las sábanas. La hornalla abre su boca y transforma el rincón. Alargan las manos hacia el fuego, la pava aplasta el ídolo y erige su poder, Julia la levanta, la hace borbotear contra la boca del mate, la bombilla vuelve a ella con el sabor de Francisco.
Limpia su casa despacio, disfruta los rincones, dobla la ropa del hijo tejida en tardes que alargan el cuello atisbando la primera estrella. La mesa puesta, y el olor que sube de la olla, flota hacia la nariz de él que abre la puerta con su grito: “Rubia, Rubita, ¿dónde estás? Y Francisco come, traga sin decir una sola palabra y de a ratos levanta los ojos del plato y la mira como el cachorrito que crió en la casa del abuelo.
Estudia el billete, lo coloca en el monedero, y sale. Las caras son las mismas que volverán a repetirse, no importa en qué orden pero serán las mismas, y ella pisará firme y devolverá el saludo y sonreirá ante los ojos detenidos en su vientre y sacudirá la cabeza: “Julia, la mujer de Francisco, el pelo más rubio del barrio”.
La ruta le hace frenar su altivez. Del otro lado, irguiendo su moderna estructura, el supermercado. Cruza, detiene el aliento, bucea el aire, empuja la puerta circular, un olor parecido al de los pasillos de la fábrica le golpea la nariz. El bolso cartera pende el hombre, se ajusta a su paso, deposita la red sobre el carrito. Pasea ante ordenados estantes, deambula entre las heladeras; allí está su cena, “hace dos meses”, y los ojos rodando por los rincones y el bolso que traga y se vuelve a apretar contra su cadera y el corazón que late como todos los días, hace dos meses, y la mano que ahora ciñe su hombro y la voz que retumba en la habitación pequeña y la vergüenza y quién sabe cuántas veces lo habrás hecho, y la negativa, y dónde vivís, y la negativa, y el policía vestido de hombre que se la lleva del brazo. Caminan cuadras y Julia sacude su angustia, detiene la marcha, ruega, y que cumplo con mi deber, y el monedero libera el billete que el policía vestido de hombre aprisiona. No aparezcas más por aquí. Julia corre hasta la costa de casitas iguales, hacia la verde hilera de árboles, se apoya, acaricia la áspera corteza.
Imposible contar lo de hoy, y amasa, no podrá decirle la verdad, y amasa. No volverá a escuchar “Mi mujer hace milagros con la plata”, se limpia los ojos con el dorso enharinado, y amasa, y el ardor sirve de excusa para las lágrimas, y amasa, y ella piensa lo que va a decir lo que muy pronto dirá, lo que ya dice; “Francisco, necesito volver a trabajar, la plata no me alcanza para nada”.

24 de junio de 2009

El ama de casa

Anónimo


Había un ama de casa que tenía muy buen ojo para sus propios intereses y daba limosnas con lo que no le era útil, pero hacía esto solo para su propio bien. La buena gente de las colinas, por otra parte, tiene muy buen corazón y es muy generosa, pero no toleran ser tratados pobremente.
Un día, un leprechaun de la colina llamó a la puerta del ama de casa.
“¿Puede prestarnos una marmita, buena madre?”, dijo. “Hay una boda en la colina y todas las ollas están en uso.”
“¿Puede llevar una prestada?”, preguntó la muchacha de servicio que había abierto la puerta.
“¡Ay, seguro!”, respondió el ama de casa. “Hay que ser buenos vecinos.”
Pero cuando la muchacha fue a tomar una marmita del estante, el ama de casa le pellizcó el brazo y susurró agudamente: “¡Esa no, mujerzuela! Saca una del armario. Los leprechauns de la colina son tan cuidadosos y tan buenos hojalateros que la repararán antes de devolverla. Así uno pone a la buena gente en un compromiso y se ahorra los seis peniques de la reparación. Nunca aprenderás a ser juiciosa mientras tengas la cabeza sobre los hombros.”
Así, luego del reproche, la muchacha tomó la marmita que había sido reservada hasta la siguiente visita del hojalatero y se la dio al pequeño, quien le agradeció y siguió su camino.
A su debido tiempo, la marmita y, tal como el ama de casa lo había previsto, estaba prolijamente reparada y lista para ser usada.
A la hora de la cena la muchacha llenó la marmita de leche, humeó y se quemó tanto que hasta los cerdos rehusaron comer la comida en la que fue vertida.
“¡Mocosa inútil”, gritó el ama de casa, mientras ella misma volvía a poner la leche en la marmita. “Arruinarás al más rico con tus descuidos. ¡Ahí fue casi un litro entero desperdiciado de una sola vez!”
“¡Y esos son dos peniques!”, gritó una voz que parecía venir de la chimenea en un tono como de relincho, como es de un viejo cuerpo molesto por sus dolores.
El ama de casa no había dejado la marmita por dos minutos, cuando la leche hirvió, humeante, y se quemó como la vez anterior.
“La marmita debe de estar sucia”, masculló la buena mujer, lastimosamente. “Y ahí fueron casi dos litros de buena leche como tirada a los perros.”
“Y esos son cuatro peniques”, agregó la voz desde la chimenea.
Después de una buena limpieza volvieron a llenar la marmita con leche y la pusieron al fuego una vez más, también sin éxito. La leche se estropeó lastimosamente y el ama de casa lloró con amargura por el desperdicio. “¡Nunca antes me había pasado algo así desde que me ocupo de la casa! ¡Casi tres litros de leche fresca quemados en una sola comida!”
“¡Y esos son seis peniques!”, gritó la voz desde la chimenea. “¡Después de todo, no ahorraste lo del hojalatero para nada, madre!”
Con esas palabras, el leprechaun salió a los tumbos de la chimenea y se fue por la puerta riendo, y desde ese día, la marmita fue tan buena como cualquier otra.
En Leyendas celtas irlandesas

23 de junio de 2009

Oligofrenia

Cayetano Ferrari


Apareció una mañana. Fui el primero en advertirlo y darle importancia. El cable –grueso, sólido, negro– estaba bien plantado en la tierra.
Invité a varios amigos para que me ayudaran. No logramos nada. Mis amigos llamaron a varios de sus amigos. Traccionamos otros días y apenas conseguimos sacar algunos centímetros del misterioso cable. Cuando terminamos los amigos buscamos los conocidos y después a cualquiera que quisiera ayudarnos.
El trabajo marchaba lentamente; nos exasperaba la parsimonia con que el cable emergía de la tierra.
Al poco tiempo una muchedumbre se interesó en el cable. Los más inteligentes decidieron construir máquinas –especies de aparejos– para facilitar y multiplicar el trabajo útil.
De mí, de los primeros que nos ocupamos del cable, apenas se hablaba.
El trabajo adelantó seriamente cuando el Estado se ocupó del cable. Modernas traccionadoras lograron sacar miles de metros en pocos días. El Estado se mostró generoso: brindaba ocupación a todos. Para complementar la acción de las artificiosas máquinas importadas, cada cinco metros un hombre sostenía el cable, durante ocho horas (en verdad se les pagaba el doble, por ser obra de carácter nacional).
Hubo críticas, porque el cable no producía ganancias (momentáneamente); pero era obra del pueblo.
El cable entró por todo el país; en cada provincia hubo trabajo para más "cableros".
Nuevas críticas: la obra del cable arruinaría a la industria y al comercio. Los hombres querían ser cableros, los niños también; las mujeres observaban orgullosas interminables filas de cableros por las calles, caminos, etcétera, etcétera. Acuerdo internacional: el cable se extenderá por los países del mundo. El cable abrazaba el globo terráqueo.
Nada concreto sabíase sobre la significación del cable, ni sobre lo que con él pudiera hacerse. Pero se convirtió en la obra del mundo.
La cuestión del cable hubiera seguido: los padres habrían dejado su puesto en heredad a los hijos y éstos a los suyos y así indefinidamente. Tal vez.
El tiempo feliz dura poco.
Alguien que afirmó ser clarividente, asentó: con el correr de los años el globo terráqueo se convertirá en miserable carozo con cable arrollado y hombres colgando.
Entonces vino la conspiración. Varios comenzaron a ver claramente.
Era preciso cortar por lo sano o sea cortar el cable. Y el cable fue guillotinado.
Hubo desórdenes, aplastamientos, presiones, fusilamientos. Los hombres, simples granos de racimos escamujados, perdieron de pronto punto de apoyo. Resbalaban, rodaban, inconteniblemente. La obra del mundo saboteada. Las naciones se acusaban mutuamente.
Guerra.
Duró muchos años. Hasta que por cansancio de guerrear hubo paz.
Paz.
En todas las naciones del mundo celebrose el armisticio con solemne suelta de barriletes y de globos llenos de "hidropágeno". También se inventó "la danza del cable": hombres y mujeres se enrollaban con cable, como trompos, y desenrollándose debían girar hasta que caían sentados, totalmente ebrios, vomitando, pero desternillados y destornillados de risa. Espectáculo inolvidable.
Renació la industria, el comercio, la vida ruticotidiana. Sin embargo la obra del cable no se olvidó.
Hombres y mujeres cortaron trozos de cable que plantaron en macetas para departamentos; también las autoridades, respetuosas del pasado, plantaron en plazas, caminos y paseos trozos de cables.
Realmente emocionaba la fidelidad con que hombres, mujeres y autoridades regaban, diariamente, los cablecitos del pasado.
En Inexistencias, 1976