10 de mayo de 2010

En verdad os digo

Juan José Arreola


Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus.
Desprendido de un grupo de sabios mortíferos, de esos que manipulan el uranio, el cobalto y el hidrógeno, Arpad Niklaus deriva sus investigaciones actuales a un fin caritativo y radicalmente humanitario: la salvación del alma de los ricos.
Propone un plan científico para desintegrar un camello y hacerlo que pase en chorro de electrones por el ojo de una aguja. Un aparato receptor (muy semejante en principio a la pantalla de televisión) organizará los electrones en átomos, los átomos en moléculas y las moléculas en células, reconstruyendo inmediatamente el camello según su esquema primitivo. Niklaus ya logró cambiar de sitio, sin tocarla, una gota de agua pesada. También ha podido evaluar, hasta donde lo permite la discreción de la materia, la energía cuántica que dispara una pezuña de camello. Nos parece inútil abrumar aquí al lector con esa cifra astronómica.
La única dificultad seria en que tropieza el profesor Niklaus es la carencia de una planta atómica propia. Tales instalaciones, extensas como ciudades, son increíblemente caras. Pero un comité especial se ocupa ya en solventar el problema económico mediante una colecta universal. Las primeras aportaciones, todavía un poco tímidas, sirven para costear la edición de millares de folletos, bonos y prospectos explicativos, así como para asegurar al profesor Niklaus el modesto salario que le permite proseguir sus cálculos e investigaciones teóricas, en tanto se edifican los inmensos laboratorios.
En la hora presente, el comité sólo cuenta con el camello y la aguja. Como las sociedades protectoras de animales aprueban el proyecto, que es inofensivo y hasta saludable para cualquier camello (Niklaus habla de una probable regeneración de todas las células), los parques zoológicos del país han ofrecido una verdadera caravana. Nueva York no ha vacilado en exponer su famosísimo dromedario blanco.
Por lo que toca a la aguja, Arpad Niklaus se muestra muy orgulloso, y la considera piedra angular de la experiencia. No es una aguja cualquiera, sino un maravilloso objeto dado a luz por su laborioso talento. A primera vista podría ser confundida con una aguja común y corriente. La señora Niklaus, dando muestra de fino humor, se complace en zurcir con ella la ropa de su marido. Pero su valor es infinito. Está hecha de un portentoso metal todavía no clasificado, cuyo símbolo químico, apenas insinuado por Niklaus, parece dar a entender que se trata de un cuerpo compuesto exclusivamente de isótopos de níkel. Esta sustancia misteriosa ha dado mucho que pensar a los hombres de ciencia. No ha faltado quien sostenga la hipótesis risible de un osmio sintético o de un molibdeno aberrante, o quien se atreva a proclamar públicamente las palabras de un profesor envidioso que aseguró haber reconocido el metal de Niklaus bajo la forma de pequeñísimos grumos cristalinos enquistados en densas masas de siderita. Lo que se sabe a ciencia cierta es que la aguja de Niklaus puede resistir la fricción de un chorro de electrones a velocidad ultracósmica.
En una de esas explicaciones tan gratas a los abstrusos matemáticos, el profesor Niklaus compara el camello en tránsito con un hilo de araña. Nos dice que si aprovecháramos ese hilo para tejer una tela, nos haría falta todo el espacio sideral para extenderla, y que las estrellas visibles e invisibles quedarían allí prendidas como briznas de rocío. La madeja en cuestión mide millones de años luz, y Niklaus ofrece devanarla en unos tres quintos de segundo.
Como puede verse, el proyecto es del todo viable y hasta diríamos que peca de científico. Cuenta ya con la simpatía y el apoyo moral (todavía no confirmado oficialmente) de la Liga Interplanetaria que preside en Londres el eminente Olaf Stapledon.
En vista de la natural expectación y ansiedad que ha provocado en todas partes la oferta de Niklaus, el comité manifiesta un especial interés llamando la atención de todos los poderosos de la tierra, a fin de que no se dejen sorprender por los charlatanes que están pasando camellos muertos a través de sutiles orificios. Estos individuos, que no titubean en llamarse hombres de ciencia, son simples estafadores a caza de esperanzados incautos. Proceden de un modo sumamente vulgar, disolviendo el camello en soluciones cada vez más ligeras de ácido sulfúrico. Luego destilan el líquido por el ojo de la aguja, mediante una clepsidra de vapor, y creen haber realizado el milagro. Como puede verse, el experimento es inútil y de nada sirve financiarlo. El camello debe estar vivo antes y después del imposible traslado.
En vez de derretir toneladas de cirios y de gastar dinero en indescifrables obras de caridad, las personas interesadas en la vida eterna que posean un capital estorboso, deben patrocinar la desintegración del camello, que es científica, vistosa y en último término lucrativa. Hablar de generosidad en un caso semejante resulta del todo innecesario. Hay que cerrar los ojos y abrir la bolsa con amplitud, a sabiendas de que todos los gastos serán cubiertos a prorrata. El premio será igual para todos los contribuyentes: lo que urge es aproximar lo más que sea posible la fecha de entrega.
El monto del capital necesario no podrá ser conocido hasta el imprevisible final, y el profesor Niklaus, con toda honestidad, se niega a trabajar con un presupuesto que no sea fundamentalmente elástico. Los suscriptores deben cubrir con paciencia y durante años, sus cuotas de inversión. Hay necesidad de contratar millares de técnicos, gerentes y obreros. Deben fundarse subcomités regionales y nacionales. Y el estatuto de un colegio de sucesores del profesor Niklaus, no tan sólo debe ser previsto, sino presupuesto en detalle, ya que la tentativa puede extenderse razonablemente durante varias generaciones. A este respecto no está de más señalar la edad provecta del sabio Niklaus.
Como todos los propósitos humanos, el experimento Niklaus ofrece dos probables resultados: el fracaso y el éxito. Además de simplificar el problema de la salvación personal, el éxito de Niklaus convertirá a los empresarios de tan mística experiencia en accionistas de una fabulosa compañía de transportes. Será muy fácil desarrollar la desintegración de los seres humanos de un modo práctico y económico. Los hombres del mañana viajarán a través de grandes distancias, en un instante y sin peligro, disueltos en ráfagas electrónicas.
Pero la posibilidad de un fracaso es todavía más halagadora. Si Arpad Niklaus es un fabricante de quimeras y a su muerte le sigue toda una estirpe de impostores, su obra humanitaria no hará sino aumentar en grandeza, como una progresión geométrica, o como el tejido de pollo cultivado por Carrel. Nada impedirá que pase a la historia como el glorioso fundador de la desintegración universal de capitales. Y los ricos, empobrecidos en serie por las agotadoras inversiones, entrarán fácilmente al reino de los cielos por la puerta estrecha (el ojo de la aguja), aunque el camello no pase.

7 de mayo de 2010






____Sebastián se despidió de los Tenopos y el mismo Zexerón le tendió su anciana y pequeña mano de tres dedos sin uñas, agradeciéndole su colaboración. Los Tenopos entre vivas y hurras acompañaron al niño hasta la entrada de Tenopián. Muchos de la alegría salían despedidos hacia lo más alto de los árboles y caían como una hoja en otoño. El Guardián de la Naturaleza le explicó como llegar desde allí a la cerca. Era una serie de senderos que Sebastián memorizó. Emprendió viaje con el compromiso de regresar al día siguiente por la mañana con los Amigos del Bosque. Llevaba en la cabeza todo lo hablado respecto al plan de rescate a Zexurión, especialmente su participación. Era muy riesgoso como decía Zexerías. Por que se iba a llevar a cabo en las propias narices de Prorena, su ejército de Gríseos y todos sus colaboradores incluyendo, desde ya, a los Ciegos. Convencer a sus padres para asistir al espectáculo no sería ningún inconveniente. Temió, eso sí, que salieran lastimados ya que eran imprevisibles las consecuencias del plan. A pesar de eso no podía fallarle a los Tenopos después de la confianza que depositaron en él. De esto lo que le molestaba era no poder confiarle a sus padres el horror que se vivía en la Gran Aldea del Sur. De conocer toda la verdad lo obligarían a pasarse los cinco o seis días que faltaban para la llegada del próximo barco encerrado en la cabaña.
____ “Toma el sendero que se abre a la derecha primero y el que se abre a la izquierda después, de allí seguir hasta la próxima bifurcación” le había explicado el Encantador de Pájaros o el Guardián de la Naturaleza o como la gente lo llame. Se detuvo a admirar la altura de unos álamos carolina y de unos eucaliptos cuando escuchó unos gritos que provenían del otro lado de unos ligustros. Con sus manos hizo un hueco en el follaje y pudo ver a un hombre tratando de atrapar, en el medio del barro, a un lechoncito. El sujeto estaba totalmente embarrado y se encontraba arrodillado intentando arrojarse una vez más sobre el pequeño animal. Este estaba muy asustado y no podía huir por que el cerco se lo impedía. Sólo podía aprovecharse momentáneamente de la torpeza del hombre. Sebastián dio un rodeo a los ligustros para poder presenciar cómodamente la escena. Ya a un lado del cerco el hombre, de panza ahora en el barro, lo miró con desconcierto. Sus ojos claros resaltaban en el rostro cubierto de fango.
____–¿Qué buscas? –preguntó malhumorado mientras de reojo vigilaba al lechón que se encontraba en el extremo opuesto del chiquero.
____–¿Por qué querés agarrar al chanchito? –preguntó Sebastián tratando de no reír del ridículo aspecto del hombre.
____–Para salvarlo –contestó con firmeza.
____–¿Está enfermo? –se interesó el niño.
____–No, que va a estar. Esta más sano que tu y yo juntos –dijo y se tiró tratando una vez más de atraparlo.
____–Entonces... –insistió Sebastián al hombre que había vuelto a fallar.
____–Tú no sabes hijo, quiero salvarlo del Segundo Gran Diluvio Universal –dijo ya de pie el hombre. Parecía una estatua, el barro chorreaba por su ropa. Miró al chanchito que se había quedado esperando otro ataque.
____–Más tarde volveré por ti puerco. Eres un testarudo, no entiendes que yo te quiero salvar.
____Sebastián miró al lechoncito que parecía agradecerle con sus pequeños ojos que le haya sacado de encima a ese gigante. Lo saludó con la mano y siguió al hombre que caminaba apresurado muy enfadado. Tomó el mismo camino por donde venía Sebastián y dobló por un sendero que se internaba en un bosque de almendros.
____–¿Y tu qué me sigues? –preguntó con violencia a Sebastián que casi se lo lleva por delante cuando éste frenó imprevistamente su desordenado andar.
____–Esteee... yo... no entendí bien eso de salvar al chanchito del diluvio universal...
____–No sólo al cerdo, si no a todos los animales –contestó aún muy molesto. Miró fijo a Sebastián y reanudó su andar protestando entre dientes y chorreando barro.
____El sendero desembocó en una construcción de madera con una chimenea de piedra por donde salía un humo gris que se perdía entre las copas de los grandes árboles. El hombre advirtió que Sebastián seguía detrás de él.
____–Disculpa hijo si te he tratado mal. Ese bendito puerco es la cuarta vez que se burla de mí. No puedo atraparlo. Lo peor del caso es que termino todo embarrado –dijo el hombre resignado a su suerte.
____–No tenés que disculparte, me he divertido mucho viéndote –dijo el niño soltando su risa al verdor de los árboles. El hombre mirando el lamentable estado en que por cuarta vez lo había dejado la tozudez del animalito largó una carcajada.
____–¡No, otra vez no! –salió de la cabaña gritando una mujer– No lavaré por cuarta vez tu ropa llena de lodo.
____–Esa es mi esposa –dijo en voz baja el hombre a Sebastián que había quedado sorprendido por el griterío de la mujer.
____–Sí, sí, no me expliques, fue otra vez el cerdo. Eres torpe, mides dos metros y puede contigo un cerdo de treinta centímetros –dijo la mujer también resignada a su suerte– Bueno ahora vete a bañar que yo te llevaré ropa limpia y... un momento... tu quién eres? –le preguntó a Sebastián.
____–Yo... soy...
____–Él es un amigo –aclaró el hombre guiñándole un ojo a Sebastián– Ofrécele algo al muchacho mujer, que debe estar sediento –y se fue silbando una canción.
____–Ven entra –dijo la mujer. Entraron en la cabaña. Esta era muy modesta pero extremadamente limpia y ordenada. Tenía una mesa grande hecha con madera del Bosque. Había un hogar de piedra que terminaba en una chimenea que se perdía en el techo de gruesos tirantes de madera. Se sintió a gusto en ese lugar.
____–Aquí tienes un baso de jugo de frutas silvestres, espero que sea de tu agrado –dijo la mujer con una amplia sonrisa. Era una mujer bellísima con un cabello dorado y unos ojos azules que dejaron fascinados a Sebastián. Agradeció el jugo y bebió con muchas ganas, el caminar le había dado mucha sed.
____–Permiso... –interrumpió al rato el hombre con ropas limpias y relucientes. Sebastián lo miró con atención, sin duda era otra persona. El hombre avanzó, besó a su mujer y le comentó que estaba hambriento. Era un hombre entrado en años, sus ojos claros no se distinguían tanto como antes y su rostro estaba curtido por el sol. Se dirigió a un pequeño aparador que estaba al lado de la chimenea y de uno de sus cajones sacó una libreta negra. Con ella vino a la mesa, se sentó frente a Sebastián y comenzó a hojearla.
____–¡Caray, aún me falta el cerdo! Tengo a la hembra pero me falta su compañero. Por cierto que es muy porfiado... –agregó sonriente.
____–¡Otra vez con el asunto del Diluvio! –protestó la mujer que ponía la mesa.
____–Amiguito –se dirigió el hombre a Sebastián– comeremos algo y luego iremos a ver algo fabuloso que jamás has visto.
____El hombre y Sebastián comieron aprisa para poder dirigirse a eso que decía que era fabuloso. La mujer lo veía tan feliz que optó por dejarlo en paz con sus ocurrencias.
____–Si has terminado, sígueme –le dijo a Sebastián que apuró su jugo. Salieron de la cabaña despidiéndose de la mujer que continuó con sus tareas del día. El hombre con pasos enormes se internó en el Bosque, estaba alegre, había olvidado por completo el disgusto que le ocasionara el cerdito.


© Gustavo Prego


6 de mayo de 2010


Guillaume Apollinaire

5 de mayo de 2010

La tienda de muñecos

Salvador Garmendia

No tengo suficiente filosofía para remontarme a las especulaciones elevadas del pensamiento. Esto explica mis asuntos banales, y por qué trato ahora de encerrar en breves líneas la historia —si así puede llamarse— de la vieja Tienda de Muñecos de mi abuelo que después pasó a manos de mi padrino, y de las de éste a las mías. A mis ojos posee esta tienda el encanto de los recuerdos de familia; y así como otros conservan los retratos de sus antepasados, a mí me basta, para acordarme de los míos, pasear la mirada por los estantes donde están alineados los viejos muñecos, con los cuales nunca jugué. Desde pequeño se me acostumbró a mirarlos con seriedad. Mi abuelo, y después mi padrino, solían decir, refiriéndose a ellos:
—¡Les debemos la vida!
No era posible que yo, que les amé entrañablemente a ambos, considerara con ligereza a aquellos a quienes adeudaba el precioso don de la existencia.
Muerto mi abuelo, mi padrino tampoco me permitió jugar con los muñecos, que permanecieron en los estantes de la tienda, clasificados en orden riguroso, sometidos a una estricta jerarquía, y sin que jamás pudieran codearse un instante los ejemplares de diferentes condiciones; ni los plebeyos andarines que tenían cuerda suficiente para caminar durante el espacio de un metro y medio en superficie plana, con los lujosos y aristocráticos muñecos de chistera y levita, que apenas si sabían levantar con mucha gracia la punta del pie elegantemente calzado. A unos y otros, mi padrino no les dispensaba más trato que el imprescindible para mantener la limpieza en los estantes donde estaban ahilerados. No se tomaba ninguna familiaridad ni se permitía la menor chanza con ellos. Había instaurado en la pequeña tienda un régimen que habría de entrar en decadencia cuando yo entrara en posesión del establecimiento, porque mi alma no tendría ya el mismo temple de la suya y se resentiría visiblemente de las ideas y tendencias libertarias que prosperaban en el ambiente de los nuevos días.
Por sobre todas las cosas él imponía a los muñecos el principio de autoridad y el respeto supersticioso al orden y las costumbres establecidas desde antaño en la tienda. Juzgaba que era conveniente inspirarles temor y tratarlos con dureza a fin de evitar la confusión, el desorden, la anarquía, portadores de ruina así en los humildes tenduchos como en los grandes imperios. Hallábase imbuido de aquellos erróneos principios en que se había educado y que procuró inculcarme por todos los medios; y viendo en mi persona el heredero que le sucedería en el gobierno de la tienda, me enseñaba los austeros procederes de un hombre de mando. En cuanto a Heriberto, el mozo que desde hace un tiempo atrás servía en el negocio, mi padrino le equiparaba a los peores muñecos de cuerda y le trataba al igual que a los maromeros de madera y los payasos de serrín, muy en boga entonces. A su modo de ver, Heriberto no tenía más sesos que los muñecos en cuyo constante comercio había concluido por adquirir costumbres frívolas y afeminadas, y a tal punto subían en este particular sus escrúpulos, que desconfiaba de aquellos muñecos que habían salido de la tienda alguna vez, llevados por Heriberto, sin ser vendidos en definitiva. A estos desdichados acababa por separarlos de los demás, sospechando tal vez que habían adquirido hábitos perniciosos en las manos de Heriberto.
Así transcurrieron largos años, hasta que yo vine a ser un hombre maduro y mi padrino un anciano idéntico al abuelo que conocí en mi niñez. Habitábamos aún la trastienda, donde apenas si con mucha dificultad podíamos movernos entre los muñecos. Allí había nacido yo, que así, aunque hijo legítimo de honestos padres, podía considerarme fruto de amores de trastienda, como suelen ser los héroes de cuentos picarescos.
Un día mi padrino se sintió mal.
—Se me nublan los ojos —me dijo— y confundo los abogados con las pelotas de goma, que en realidad están muy por encima.
—Me flaquean las piernas —continuó, tomándome afectuosamente la mano— y no puedo ya recorrer sin fatiga la corta distancia que te separa de los bandidos. Por estos síntomas conozco que voy a morir, no me prometo muchas horas de vida y desde ahora heredas la Tienda de Muñecos.
Mi padrino pasó a hacerme extensas recomendaciones acerca del negocio. Hizo luego una pausa durante la cual le vi pasear por la tienda y la trastienda su mirada ya próxima a extinguirse. Abarcaba así, sin duda, el vasto panorama del presente y del pasado, dentro de los estrechos muros tapizados de figurillas que hacían sus gestos acostumbrados y se mostraban en sus habituales posturas. De pronto, fijándose en los soldados que ocupaban un compartimiento entero en los estantes, reflexionó:
—A estos guerreros les debemos largas horas de paz. Nos han dado buenas utilidades. Vender ejércitos es un negocio pingüe.
Yo insistía cerca de él a fin de que consintiera en llamar médicos que lo vieran.
Pero se limitó a mostrarme una gran caja que había en un rincón.
—Encierra precisamente cantidad de sabios, profesores, doctores y otras eminencias de cartón y profundidades de serrín que ahí se han quedado sin venta y permanecen en la oscuridad que les conviene. No cifres, pues, mayores esperanzas en la utilidad de tal renglón. En cambio, son deseables las muñecas de porcelana, que se colocan siempre con provecho; también las de pasta y celuloide suelen ser solicitadas, y hasta las de trapo encuentran salida. Y entre los animales —no lo olvides—, en especial te recomiendo a los asnos y los osos, que en todo tiempo fueron sostenes de nuestra casa.
Después de estas palabras mi padrino se sintió peor todavía y me hizo traer a toda prisa un sacerdote y dos religiosas. Alargando el brazo, los tomé en el estante vecino al lecho.
—Hace ya tiempo —dijo, palpándolos con suavidad—, hace ya tiempo que conservo aquí estos muñecos, que difícilmente se venden. Puedes ofrecerlos con el diez por ciento de descuento, lo equivaldrá a los diezmos en lo tocante a los curas. En cuanto a las religiosas, hazte el cargo que es una que les das.
En este momento mi padrino fue interrumpido por el llanto de Heriberto, que se hallaba en un rincón de la trastienda, la cabeza cogida entre las manos, y no podía escuchar sin pena los últimos acentos del dueño de la Tienda de Muñecos.
—Heriberto —dijo, dirigiéndose a éste—: no tengo más que repetirte lo que tantas veces antes ya te he dicho: que no atiples la voz ni manosees los muñecos.
Nada contestó Heriberto, pero sus sollozos resonaron de nuevo, cada vez más altos y más destemplados.
Sin duda, esta contrariedad apresuró el fin de mi padrino, que expiró poco después de pronunciar aquellas palabras. Cerré piadosamente sus ojos y enjugué en silencio una lágrima. Me mortificaba, sin embargo, que Heriberto diera mayores muestras de dolor que yo. Sollozaba ahogado en llanto, se mesaba los cabellos, corría desolado de uno a otro extremo de la trastienda. Al fin me estrechó en sus brazos:
—¡Estamos solos! ¡Estamos solos! —gritó.
Me desasí de él sin violencia, y señalándole con el dedo el sacerdote, el feo doctor, las blancas enfermeras, muñecos en desorden junto a lecho, le hice señas de que los pusiera otra vez en sus puestos...


De La tienda de muñecos, 1927

La última inocencia


Partir
en cuerpo y alma
partir.

Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.

He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más formar fila para morir.

He de partir

Pero arremete ¡viajera!


Alejandra Pizarnik

1 de mayo de 2010

Inodoro Pereyra 4

Retrato


Por Daniel Freidemberg

Fue el poeta más popular de su tiempo, tanto en España como en Hispanoamérica. Y el más influyente, y el punto de torsión desde el que arranca la lírica de este siglo en nuestra lengua. Pablo Neruda y Federico García Lorca convocaron –durante una memorable noche de 1934, en Buenos Aires– a “esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros”: la de Rubén Darío, el nicaragüense al que la poesía en castellano debe ciertos estratos de belleza nunca antes –ni después– igualados.
“Hacer rosas artificiales que huelan a primavera”, dijo Darío una vez, resumiendo el objeto de una búsqueda consciente y exhaustiva, un trabajo de elaboración de mecanismos expresivos, sin antecedentes en esta parte del mundo, cuyo resultado es la independencia de la literatura hispanoamericana.
No en vano, como notó Ángel Rama, “puede estimárselo el primer escritor, lato sensu, de Hispanoamérica”: un intelectual riguroso y moderno, poseedor de vastos conocimientos artísticos y de una singular perspicacia para detectar, en la poesía todos los tiempos, aquellos valores que requería su descomunal proyecto. Se trataba, nada menos, de responder, con la mayor lucidez posible, a las inéditas necesidades espirituales que suscitaba la época. Su escasamente difundida producción ensayística testimonia ese trayecto que, puesto al servicio de una pulsión creativa entrañablemente personal, produjo una vasta obra cuya comunicatividad persiste a más de noventa años de la muerte del poeta, cuando sus restallantes modos de adjetivar y metaforizar ya no impactan a un público curtido por experiencias más audaces, y superando incluso el desprestigio en que cayó gran parte de su temática y el enmohecimiento de su léxico suntuoso.
A Rubén Darío, como a todo el movimiento modernista (del que fue su exponente más característico y el que lo llevó más a fondo), suele homologárselo con el lujo verbal, la despreocupación por la vida concreta y el engolosinamiento en cierta voluptuosidad “decadente”. Son, sí, sus rasgos más visibles, pero en conjunto apenas caricaturizan a ese heterogéneo y vasto impulso cultural, que influyó a autores tales como José Martí, José Asunción Silva, Julio Herrera y Reissig y Leopoldo Lugones, y entre cuyos principales aportes se cuenta una atención, hasta entonces desconocida en estas tierras, hacia la autonomía del texto literario y su condición de artificio. Abrevando, entre otras fuentes, en los simbolistas y parnasianos franceses, los modernistas flexibilizaron el español con el objeto de –proclama Darío– “concentrar en el instrumento del idioma humano las potencialidades de la música, creando en el ritmo un mundo fugitivo, pero que, en el instante de la recepción mental, se posee”. La selección de sonoridades, el codicioso aprovechamiento de las posibilidades de la lengua, tendieron a ofrecer impresiones sutiles, refinados matices del pensamiento, efectos de aroma, textura y color. Consciente de que le tocaba vivir en una sociedad incorporada –no sin conflictos– al gran mercado cultural de la modernidad, donde un nuevo y más numeroso público demandaba renovadas sensaciones, Darío recomendaba a los artistas “el aislamiento de su torre ebúrnea”, entendida como un lugar de trabajo para poner, “bajo el triunfo de la Idea”, todo aquello que a las mayorías “sorprende y deslumbra”.
Tal fue la causa a la que dedicó su vida aquel hombre a quien sus contemporáneos describieron como un sujeto parco, con dificultad para expresarse, de aspecto desvalido, tímido y ceremonioso. Había nacido en el villorrio de Metapa, el 18 de enero de 1867, y adoptó el nombre de Rubén Darío –se llamaba, en realidad, Félix Ruben García Sarmiento– para firmar sus primeros poemas, publicados a los 13 años. Precoz lector de Bécquer, Campoamor y, en general, los románticos españoles, fue el típico “niño prodigio” que amenizaba las veladas de un país todavía provinciano. La profusa cantidad de poemas que produjo antes de los 20 años muestra una variedad temática, obviamente vinculada a las demandas de sus anfitriones y protectores. En rigor, sin embargo, los temas y los requerimientos circunstanciales nunca desaparecieron, “como si –apunta Juan Carlos Ghiano– Darío debiera cargar siempre con la debilidad de su carácter y lo entusiasmos repentinos”. Tampoco su existencia, marcada desde temprano por las pasiones sexuales y el alcohol, se caracterizó por la constancia, salvo en la entrega incondicional a la poesía, como a una verdadera religión.
Llevado por esa devoción, Darío llegó a Chile en 1886, un año después de haber dado a conocer su primer libro, Epístolas y poemas. Editado en Santiago, Azul (1890), muestra por primera vez algunos rasgos modernistas; pero donde el modernismo dariano alcanzará su definitiva concreción será en Prosas profanas, publicado en 1896 en Buenos Aires, ciudad a la cual el autor había arribado tres años antes y donde los jóvenes recibieron con inusitado entusiasmo ese mundo de sedas, champaña, amantes japonesas, marquesas empolvadas y omnipresentes cisnes de impoluta blancura. El erotismo y la deliberada frivolidad, sin embargo, aparecen sobre un fondo de melancolía que adensa las sensaciones y las cargas de fatalismo, preanunciando la desolación existencial que se vuelve nítida en Cantos de vida y esperanza (Madrid, 1905), pese a algunas voluntaristas apelaciones al optimismo. Darío no tiene aún 30 años, pero siente escapársele la juventud y agudizarse sus conflictos morales. Diversos poemas indican –dentro de un mismo texto, a veces– el sucesivo alternarse de la sensualidad con las culpas y los propósitos de redención, una y otra vez vueltos a quebrar.
Ya en ese entonces una figura pública, el poeta había presenciado en 1898 el triunfo del modernismo en España y, en los primeros años del nuevo siglo, recorrido gran parte de Europa, incluida –obviamente– París. Diplomático y periodista, alternadamente o a la vez, persiste en la vida noctámbula, eternamente acosado por las angustias económicas y las veleidades de sus circunstanciales protectores. Hay, en todo ello, un hastío, determinante de cierta sinceridad que, a partir de los Cantos, estremece su escritura, como si, comprobada ya su maestría, el poeta se permitiera expresarse: reitera su fe en el arte, enjuicia al mundo contemporáneo, canta a la vida o se aterra ante lo desconocido, pide el perdón de Cristo o celebra la “celeste carne de mujer”, aprovechando esas mismas líneas para calificar de “inútil el progreso yanqui”, al igual que en su famosa imprecación a Theodore Roosevelt y con la misma energía con que, años después, en la “Salutación al Águila”, le pide “los secretos de las labores del norte” para que “los hijos nuestros deje de ser rétores latinos, y aprendan de los yanquis la constancia, el vigor”.
Poeta por sobre todo, en Darío el tema es apenas un impulso momentáneo: solo importa su consumación en una obra. Los libros siguientes a Cantos de vida y esperanza, sin embargo, sin embargo, poco aportan de nuevo y la Primera Guerra Mundial, que adquirió a sus ojos visos catastróficos, “acabó desbaratarlo como poeta –dice Ghiano–, sin permitirle alcanzar la voz profética con que trató de salvar su concepción del mundo”. Entre viajes, artículos y conferencias, Rubén Darío decae y, casi por casualidad, es en su patria donde muere, el 8 de febrero de 1916.
Sostener que lo sobrevive su obra no es del todo justo, si ello implica desconocer la caducidad de sus poemas más circunstanciales o el agobio del lector contemporáneo ante aquellos textos demasiado sujetos a lo que D. G. Hélder llamó la “fastidiosa cosmética del modernismo”. Más bien habría notar la conmovedora sinceridad de “Lo fatal”, o, para decirlo con las palabras que usó, en aquella noche de 1934, García Lorca, disfrutar de “las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta las botellas de cognac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y escuelas queda en pie la fecunda substancia de su gran poesía”.
Los grandes poetas, Centro Editor de América Latina, 1987

30 de abril de 2010






____El Bosque por momentos se hacía espeso y hubo que agacharse para no golpearse con las ramas. Al fin el estrecho camino terminó en una enorme llanura de pastos altos que hacían destacar algo a lo lejos que parecía ser una cabaña.
____–Allá está –gritó el hombre henchido de alegría.
____–¿Qué cosa? –preguntó Sebastián sin poder definir la construcción que señalaba el hombre.
____–Allá niño, el Arca, mi Arca –chillaba el hombre desbordante de felicidad sin dejar de señalar al navío.
____A medida que se acercaban la embarcación fue tomando dimensiones exactas y sorprendentes. Sebastián no podía salir de su asombro mientras el hombre sonreía por su gran obra. El Arca era enorme y estaba apuntalada con troncos. Su casco estaba cubierto de musgos amarillentos lo que indicaba que hacía ya mucho tiempo que navegaba sobre aquel mar de gramillas. Su construcción era un tanto tosca pero daba la impresión de ser muy fuerte, que podía resistir un mar embravecido.
____–¿Qué vas a hacer con ella? –preguntó el niño.
____–Pues con ella salvaré a los animales y a mi familia cuando llegue el Segundo Gran Diluvio Universal –afirmó convencido de lo enorme de su obra.
____–¿Diluvio? –preguntó extrañado Sebastián.
____–Sí hijo, lluvia...
____–¿Y cuándo va a ser ese diluvio? –preguntó descreído el niño.
____–Bueno... este... en realidad no sé cuándo, pero no pasará mucho tiempo... –dijo dudando el Hombre del Arca.
____Sebastián no entendía bien eso del diluvio. Alternativamente miraba al hombre y al navío buscando alguna respuesta.
____–Ven –dijo el Hombre del Arca– subamos.
____Treparon por una escalera de soga y una vez arriba la sensación de Sebastián fue de encontrarse en medio del mar.
____–Observa que sólida es, tardé mucho tiempo en hacerla. Seleccioné cuidadosamente la madera, toda de aquí, del Bosque. La trabajé pacientemente y poco a poco fue tomando forma, hasta que al fin la vi terminada –contó el hombre con los ojos perdidos en aquellos días de tanta labor.
____Recorrieron el Arca de extremo a extremo. Bajaron a la bodega y le explicó al chico cómo iban a ir dispuesto los animales.
____–...y este rincón es para el heno, aquel para el agua, ya tengo cuatro toneles listos para cargar –comentaba entusiasmado con los ojos desorbitados de alegría. Sebastián prestaba oídos al delirio del Hombre del Arca tratando de imaginar la bodega cargada tal como se la describía.
____–¡Realmente es increíble! –resumió Sebastián– ¿Dónde tenés los animales?
____–Ahora los vemos.
____Ambos bajaron y comenzaron a caminar.
____–Los tengo en aquellos árboles que ves allá...
____A medida que se iban alejando, Sebastián, giraba para observar al gran navío que también esperaba con ansias la llegada del Segundo Gran Diluvio Universal.
____Llegaron al grupo de árboles. Era un pequeño monte donde abundaban especialmente los álamos. Mezclados entre ellos aparecían algunos algarrobos, uno que otro plátano y también unos talas. Sebastián llegó casi corriendo para poder mantener el ritmo de las largas zancadas del Hombre del Arca. En el medio de ese grupo de árboles había gran cantidad de jaulas con animales de variadas especies.
____–Estos son los animales que voy a salvar –afirmó el Hombre del Arca a manera de presentación y sacando de su bolsillo la libreta negra comenzó el recuento. Sebastián iba de jaula en jaula mirando atentamente a los animales. No le agradó mucho que estuvieran encerrados, quiso decírselo al Hombre del Arca pero temió ofenderlo.
____–Bueno, bueno, a ver lo que tenemos aquí –dijo sentado sobre una piedra.
____–¿Cuántos animales tenés? –preguntó Sebastián después de su recorrida entre las jaulas.
____–Aquí hay 364 parejas de animales de distintas especies. Bueno... en realidad hay 363 y media por que me sigue faltando ese cerdo testarudo, como ves tengo allí a la hembra...
____Sebastián se acercó a la jaula de los conejos y contó por lo menos veinticinco.
____–Pero acá tenés mucho más de una pareja de conejos...
____–Lo que sucede hijo, que estos animales, bueno... sabes como son... los pones juntos y... bueno como hace tiempo que los tengo –dijo con preocupación– ¿Me ayudas a darles de comer? –el chico accedió con gusto y entonces el hombre, con la libreta abierta, comenzó a nombrar a cada pareja de animales con su alimento específico.
____–A ver, a ver, primero las ardillas, alcánzame esa cuba hijo –el Hombre del Arca llenó el recipiente de la jaula y la parejita perdiendo su aprensión comió ávidamente.
____Sebastián corría de un lado a otro por alfalfa, granos de cereal, heno, peces, carne secada al sol, hinojo, frutas, pan duro, girasol, lechuga y todo un apropiado menú que calmaba momentáneamente el apetito a tan variados comensales. A las ardillas siguieron los cuatíes, lo zorros, las lechuzas, las nutrias, una pareja de patos, de aguiluchos, de tordos y así fueron desfilando el resto de los animales. Sebastián estaba cansado de tanto trajín y se sentó en una piedra a descansar unos segundos. Sacó su pañuelo para secar el sudor que corría por su rostro. De pronto sintió que le arrebataban el pañuelo de un tirón. Levantó la vista y vio que un ñandú lo tenía en su pico.
____–¡Antris, grandísimo canalla, dónde te habías metido, hace una semana que desapareciste! –reprendió el Hombre del Arca al enorme ave que fue corriendo para obtener su ración de comida– Devuelve lo que no es tuyo. Antris, vuelves a irte así por mucho tiempo y te agarrará el Diluvio lejos de aquí. Dejaste a tu compañera sola y preocupada por ti, eres un grandísimo desconsiderado, un cabeza dura –y dirigiéndose a Sebastián– Toma tu pañuelo. Perdónalo, es muy travieso y es un andariego incorregible, no se queda nunca quieto. ¡Arriba muchacho que faltan algunos animales!
____–¿Y jirafas no tenés? –preguntó al Hombre del Arca luego de un laborioso silencio.
____–¿Jirafas...?
____–Sí, y elefantes, leones, hipopótamos, osos, tigres...
____–No, es que... no encontré. Sabes niño, en el Bosque habitan los animales que tu vez aquí –confió el hombre sabiendo que su labor no era completa.
____–Bueno, no te preocupés por eso. Todos estos animales estarán muy agradecidos con vos por haberlos salvado del Diluvio –animó Sebastián palmeando la espalda ancha del hombre– ¿Hace mucho que hacés esto? –preguntó Sebastián mientras alimentaba a una yunta de pavos reales.
____–Sí –contestó el Hombre del Arca– prácticamente toda la vida.
____–¿Y desde entonces estás esperando el Segundo Gran Diluvio Universal?
____–Sí, desde hace mucho que lo estoy esperando, pero algo me dice que no tardará en llegar –afirmó el hombre con una exultante convicción.
____Sonrieron y siguieron la tarea. Terminaron de alimentar a los animales y fueron por comida para los próximos días. Cubrieron los alimentos, especialmente los granos, con una lona. Siempre mantenía una buena reserva por si el Diluvio lo sorprende. El hombre trabajaba feliz. Silbaba canciones alegres y daba de cuando en cuando unos pasos de baile. Una vez terminada la tarea se sentaron a reponer fuerzas y Sebastián dijo que había llegado el momento de marcharse. El Hombre del Arca lo miró y puso su enorme mano en el hombre del chico.
____–Quédate, necesito alguien que me ayude con los animales y vendrás conmigo en el Arca cuando llegue el Segundo Gran Diluvio Universal.
____–Te agradezco pero debo volver con mis padres. Fuiste muy bueno conmigo al permitirme ayudarte y confiar tu proyecto. Ahora decime como llego a la cerca para volver a la Aldea –pidió el chico.
____El hombre le explicó como volver. Miró el Arca y se despidió del hombre prometiendo visitarlo muy pronto, por supuesto antes que comience el Diluvio.
____Al alejarse volteó para saludar una vez más al Hombre del Arca y lo tranquilizó la idea de que era feliz ignorando el horror que había fuera del Bosque, esperando la llegada de lo que él llamaba el Segundo Gran Diluvio Universal.



© Gustavo Prego

25 de abril de 2010

Los heraldos negros



Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé!

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!


César Vallejo

21 de abril de 2010

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Vení a El Escribidor de Buenos Aires y evolucioná
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verdaderamente
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hacia una escritura creativa.
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19 de abril de 2010

Retoños

Luisa Axpe


Había en aquella casa un ventanal de marcos blancos dividido en pequeños rectángulos, por donde el sol llegaba hasta todos los rincones, en verano e invierno. También había, contra el ventanal, un asiento mullido con almohadones redondos y un gato blanco que parecía un almohadón. La cocina estaba llena de sabrosos presagios: frascos de vidrio con ramas de canela o vainilla, tarros de crema casera, galletas de chocolate que se deshacían al mirarlas. Había casi siempre olor a mermelada de frambuesa, y un pastel de manzanas que se horneaba lentamente a pesar del agua en la boca. El gato a veces bostezaba, y eso parecía una señal para que el piano sonara en la sala con un aniñado teclear de estudio vespertino. La escalera que llevaba a los dormitorios tenía las barandas torneadas, y uno podía sentarse allí y ver todo como recortado por un molde, curva arriba y curva abajo, dibujando la sala y sus alrededores en una simetría silenciosa y perfecta. Casi todas las habitaciones tenían las paredes cubiertas por un papel floreado, de dibujos muy pequeños que hacían cosquillas en los ojos a la hora de apagar el velador.
Era una delicia, aquella casa. Mis hermanos y yo la habíamos querido así.
Tenía también una gran chimenea para el invierno, y una alfombra redonda formada por aros de colores que parecía tejida a mano y un altillo repleto de cosas divertidas, y muchos rincones para escondernos mis hermanos y yo. Pero eso no era lo más extraordinario que tenía la casa. Lo importante es que aquella casa, que era como siempre la quisimos, había brotado.
Empezó a brotar una mañana de agosto, cuando todavía el frío nos dejaba del lado de adentro de las ventanas, en nuestro viejo hogar. Una mañana, mientras hacíamos crujir la escarcha en el pasto del fondo, vimos un cuadradito de ladrillos que se asomaba entre dos arbustos que no conseguían esconderlo del todo. Era la chimenea, lo supimos después. A la semana ya habían salido diez centímetros, sin que pudiéramos saber de qué se trataba. Cuando salieron otros diez centímetros empezamos a sospechar que aquello era, en verdad, una chimenea.
Sin estar totalmente seguros de que a continuación vendría la casa, mis hermanos y yo empezamos a regarla.
Para la primavera ya había comenzado a brotar parte del techo, y empezamos a pensar en mudarnos. Los mayores hicieron todo lo que había que hacer, y sin pensarlo más fuimos todos a parar a una pieza alquilada, a dos cuadras de casa.
La casa vieja pronto se vendría abajo, empujada por la nueva. Era tan vieja; ni los escombros podrían aprovecharse. Sacamos todas las cosas que servían, y la dejamos morir en paz.
Gracias a nuestros riegos la casa nueva despuntaba cada día con mayor vigor. Las tejas relucían, y hasta los ladrillos de la chimenea parecían más nuevos y más rojos que al principio. Entonces mis hermanos y yo empezamos a pensar cómo queríamos que fuera.
Cuando asomó la ventanita del altillo nos atropellamos para mirar; pero adentro todo estaba aún muy oscuro.

—Tengo miedo —dijo un día mi hermano menor.
—¿De la casa que brota? —pregunté.
—No; tengo miedo de que ellos también estén tratando de hacer que la casa sea como ellos quieren.
Hablaba de papá y mamá, por supuesto.
—Pero, ¿cómo podrían ellos conseguir que la casa fuera para ellos?
—Igual que nosotros. Pensando —dijo. Y se quedó callado, y nosotros también.
Para entonces ya no regábamos más alrededor de la casa, que estaba muy grande; hubiera sido como regar un árbol viejo.
Antes que el sol pudiera alumbrar adentro nos conseguimos una linterna, y sin decir nada fuimos a escudriñar aquellos interiores nacientes. La luz de la linterna era más débil que nuestra curiosidad, pero igual pudimos ver que el altillo era como lo habíamos pensado: tenía vigas con ganchos para colgar viejas lámparas, varios arcones, una escalera de mano, una silla de montar, una colección de sombreros de explorador y muchos libros y revistas formando tentadoras pilas sobre una cama marinera.
Nos pasamos el resto del día tratando de imaginar qué habría dentro de los arcones. Esa casa que estaba creciendo parecía una caja de sorpresas.
En pocos días más empezaron a salir las ventanas del primer piso, y aunque todavía estaba muy oscuro pudimos descubrir cuál era la de nuestro cuarto, por las tres camas iguales. La de arriba era la que más se veía. Enseguida empezamos a peleamos por ella. Finalmente me tocó a mí, no por ser la única mujer sino porque lo echamos a suertes. Ese cuarto igual prometía: podía adivinarse una soga con nudos, y una escalera de ésas que hay en los gimnasios, para colgarse y jugar a los monos. Y mucho, mucho lugar...
Mientras la casa crecía íbamos adivinando todo lo que no podía verse desde las ventanas, pero que sabíamos que allí estaría. El baño con la mampara de estrellas, los espejos del pasillo, los grandes armarios para guardar nuestras cosas, la escalera que nos llevaría como un tobogán a costa de nuestros pantalones, la chimenea llena de brasas donde se asarían las papas y batatas en las vacaciones de invierno...

Cuando por fin pudimos entrar en la casa crecida, no nos causó demasiada sorpresa ver la mesa de la cocina pintada de blanco, tal como la habíamos imaginado, o las puertitas gateras, como las de los dibujos animados; ni siquiera nos sorprendió el gato que, desparramada su indolencia sobre la alfombra, nos recibió con un bostezo. Al parecer, papá y mamá tampoco se sorprendieron demasiado. ¿Lo habrían conseguido?, nos preguntamos en silencio.
Pero no, no lo habían conseguido. La casa era enteramente nuestra. Estaba de nuestro lado. Velaba nuestros sueños, encubría nuestras picardías y vigilaba los pasos que nos rondaban. Por ejemplo, si el entusiasmo de algún invento milagroso nos había llevado a la cocina en busca de los ingredientes necesarios, hacía que el ruido de las pisadas de mamá fuera más fuerte, para darnos tiempo a guardar todo. O cerraba alguna puerta indiscreta con un golpe de viento apropiado, ocultando a los adultos la escena transgresora.
A ellos todo les parecía natural: tenían su dormitorio con mucha luz por la mañana, un sillón en la sala para sentarse frente al fuego, el piano para nuestros estudios... Pero los encantos de aquella casa eran sólo visibles a nuestra mirada.
De noche nos acunaba con un suave murmullo de vigas de madera, llevándonos por sueños abrigados y fantásticos a la vez. De día hacía que nuestras horas de juego fuesen una aventura inefable, con la cual soñábamos en el banco de la escuela. Nuestros amigos habían aprendido también a amar aquella casa espaciosa, aunque no, claro está, con la misma pasión.

En el segundo verano mis padres decidieron que iríamos a las montañas un mes entero. Nosotros no queríamos. Era demasiado tiempo, y había tanto que jugar en la casa, tantos rincones aún inexplorados, que preferíamos quedarnos. Nuestros padres no entendían por qué no nos entusiasmaba la idea de viajar; no podían comprender nuestro amor por la casa. Convencidos de que se trataba de un capricho más, siguieron haciendo los preparativos, con la clara convicción de que ya se nos pasaría. Mamá iba de un lado para otro con ropas y valijas, ignorando nuestras caras largas. Entonces la casa intervino.
Con un bolso en una mano y un par de botas de abrigo en la otra, mamá pisó el primer escalón para bajar. La madera pareció perder estabilidad: se curvó primero en forma apenas visible para luego balancearse de izquierda a derecha. Totalmente mareada, mamá cayó rodando por la escalera.
Traumatismo de cráneo, dijo el doctor. Por supuesto, no pudimos irnos. Mamá tuvo que permanecer bastante tiempo quieta en la cama, y papá tenía que hacer la comida. Ellos se quedaron sin sus montañas aburridas, y nosotros nos quedamos con la casa.

Cuando se casó el primero de mis hermanos la casa se puso triste: estaba más oscura que de costumbre, y hasta el piano parecía sonar sin brillo entre aquellas paredes sensibles. Así fue cada vez que uno de nosotros se iba, aunque fuera por un tiempo. Cuando quedamos solamente papá y yo —a mamá la habíamos despedido hacía un año— la casa empezó a envejecer. Habría que hacer unos arreglos, decía papá. Pero él y yo sabíamos que todo quedaría igual.
Durante su larga enfermedad la casa me ayudó a cuidarlo con todo el silencio de que era capaz. Al casarme, mi marido aceptó sin preguntar demasiado que viviéramos en la casa despoblada. Allí nacieron nuestros tres hijos, y allí vivimos hasta que el mayor cumplió diez años, cuando no pudimos soportar más la humedad y las grietas.

Hoy hace tres meses que nos mudamos a otra casa, y he comenzado a sentir una antigua inquietud. Sé que algo va a cambiar. Es como si la historia se repitiera, como esos cuentos que se cuentan siempre de la misma manera, a través de los años y los años. Lo sé, ante todo por el brillo especial que he visto en la mirada de los chicos durante toda esta semana. Y estoy preocupada. Al principio no le daba importancia, pero ahora sí. A medida que pasan los días se hace más evidente. Esta mañana salieron a dar una vuelta en bicicleta, y casualmente se acercaron a la casa vieja. “Tendrías que venir uno de estos días, mamá. El ciruelo se está cubriendo de flores.” Nada más; y todo el tiempo ese brillo en los ojos. No hay duda: en el fondo de la casa ha comenzado a brotar una chimenea.
De Retoños, 1980

El puñal























José Juan Tablada

17 de abril de 2010

El presidente


Rodolfo Enrique Fogwill

Para Mario Haiquel

Tenía las manos manchadas y la cara manchada. La cara más: la mancha de la cara parecía más nueva y más colorada. Picar, no creo que le picara, aunque por la mejilla y hasta bien cerca de la oreja, la mancha colorada parecía piel que recién estuviese empezando a cicatrizar. La mancha de la mano era más seca, más opaca. Abarcaba el dorso de la palma, se hacía ancha hacia el costado y mandaba una ramita de color violáceo hacia el canto del dedo meñique. Casi iguales, las manchas de ambas manos. Él las ubicaba muy juntas, como si estuviese por rezar, apoyándolas sobre la raya filosa del pantalón cada vez que volvía a cruzar o a acomodar las piernas. Tenía puestos breeches cremita y botas de montar. Esa mañana había estado paseando a caballo por la quinta. En el jardín había olor a caballo. No vi animales, pero sentí su olor cuando bajé del auto y caminé siguiendo a mi tío hacia la puerta principal, donde nos esperaba el asistente. Sucedió en 1953.
Me había llevado mi tío Godoy, amigo de él. Mi tío había estado en la Legión Cívica y después en la Alianza, pero se conocían desde jóvenes, por el barrio. Él no era joven. Ya por entonces era viejo y parecía más viejo que Godoy.
Y casi no hubo que esperarlo. Nos recibió en una salita lateral, tapizada con una tela sedosa color bordó, una tonalidad que me hizo recordar los hígados y los corazones de vaca que se compraban en el matadero para estudiar anatomía. La alfombra también era bordó, o borravino. Había allí dos silloncitos y un sofá. En el sofá me senté yo. Perón se puso en su sillón frente a mi tío. La mesita de madera y cristal entre los dos parecía un mueble chino. Hablaban ellos; Perón cada tanto me miraba las piernas desnudas, las medias de lana tejida, el pantalón de homespun del trajecito y los mocasines, que aquel año se empezaban a usar. Nombraban gente amiga de ellos que yo no conocía. Uno, parece que era opositor:
—¿Sigue contrera? —preguntó él. Mi tío dijo que sí: seguía en la oposición.
—¡Con esos no hay qué hacer! —se lamentó Perón. Mi tío movía la cabeza.
Después me habló a mí. La voz no me salía, pero necesitaba hablar, porque habíamos ido a pedir un favor para mi padre. Sentía la garganta reseca.
—¿Vas al colegio? —me habló.
Me salió que sí.
—¿En qué año estás? —quiso saber. Había puesto la voz finita y suave.
—En tercero... —pude decir, pero antes levanté tres dedos, por señas.
—¿Y te enseñan Cultura Ciudadana?
Hice que sí con la cabeza y él preguntó por cuál libro estudiábamos.
—Por el de León Benarós —carraspeé.
—¡Está bien! —dijo, y como tomándome un examen interrogó—: ¿Qué es el justicialismo?
Yo tenía cada vez menos voz, menos aire. Tosí. Al fin le dije —y todavía memorizo aquella lección— que el justicialismo es la armonía entre el capital y el trabajo, que el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre, que el comunismo era la explotación del hombre por el Estado y que en cambio el justicialismo venía a ser la realización plena del hombre en sociedad.
La voz se me acababa de arreglar.
Y él quiso saber el nombre de mi profesor de Cultura Ciudadana y cuando se lo dije abrió un cajón de la mesita, sacó una foto suya, le anotó encima una dedicatoria y me la dio, para que se la llevase al profesor. Se llamaba Palacio, me puso un diez.
Después tomamos café, tacitas chicas, con el escudo argentino en azul y Godoy le comentó que yo pensaba estudiar medicina y él me preguntó si yo iba a estudiar medicina y le dije que sí mientras él tocaba un botoncito para que le trajesen un papel.
Cuando llegó la secretaria —una vieja— le dictó esta carta para el doctor Matera: “Compañero —dice todavía el papel— le agradeceré permita al joven Rodolfo observar una de sus operaciones y lo aconseje para su futura carrera médica”.
Guardé la carta firmada por la vieja con la letra de él, pero nunca fui médico ni pude ver operaciones del cerebro.—¿Te gustaría ser médico militar? —insinuó después de hablar un rato con Godoy.
Dije no y Godoy me miró con ojos de loco, como para matarme. No tenía voz para aclarar, pero volví a toser y al rato me animé a explicar que yo quería ser investigador, no médico.
Creo recordar que Perón me dijo que hacía bien, que eso era mucho más necesario para el país y que el Ejército Argentino era una mierda, aunque pasados tantos años no puedo precisar si me lo dijo él, o si lo pensé yo en aquel momento, o si por tanto pensarlo y repetirlo durante tantos años fui colocándole a aquella frase tan escuchada, la voz de Perón que recuerdo muy nítida, como si me lo hubiese dicho mismo ayer.
Era raro. El favor a mi padre se lo hizo, pero era más gordo que en las fotos y en la pantalla de los noticieros. Las manchas llamaban mucho la atención, y también el vientre, con rollos de gordura.
Tenía otras rarezas: guardaba allí en la quinta muchos caballos y muchas motos (un secretario, a la salida, nos permitió mirar la Triumph inglesa que le habían hecho especialmente para él, pintada de negro). Cuando después de mucha enfermedad se le murió la mujer, la hizo embalsamar por un especialista japonés. Hay quien piensa que lo hizo por especulación, porque quería que el Papa la eligiera santa para tener una superstición que reemplazase la de la virgencita de Luján. No estoy seguro: leí en un sitio que los trámites en Roma se iniciaron, pero aunque no fuese cierto, igualmente algo raro debía tener él, porque él hubiera podido hacerla nombrar santa sin necesidad de abrirla, rellenarla, barnizarla y todo ese trabajo medio asqueroso.
Tampoco había motivos para hacer, como él hizo, que todos los días a las ocho y veinticinco se cortaran las radios y la poca televisión que entonces había para hacerle acordar a la gente que a esa hora se le había muerto la mujer, como si tuviese alguna importancia que se hubiera muerto a esa hora y no a cualquier otra hora del día.
¿O tendría importancia? “Veinte y veinticinco” —como decían los locutores— suman cuarenta y cinco, un calibre de pistola que también es el número del año en el que organizó el movimiento que lo colocó en el poder, justo —creo— cuando él tenía cuarenta y cinco años de edad.
El día que lo visité, en abril de 1953, habían pasado cerca de diez meses de la muerte de ella y no se lo veía triste, pero sí parecía más viejo, más manchado y más gordo que lo que imaginábamos a causa de haberlo visto solamente en sus fotos y en sus películas.





____Como había previsto Sebastián llegó a la cabaña pasadas las once. Su aspecto, sin embargo, era tan deplorable que alarmó a sus padres. El trabajo intenso en el Bosque con el Hombre del Arca lo había agotado tanto que su traza era preocupante. Además sus padres no entendían como estaba tostado por el sol.
____–¿Qué te pasó? –preguntó su madre espantada por su apariencia –¿Te sentís bien?
____–Perfectamente mamá, anduve mucho...
____–En algo más de una hora no pudiste haber ido muy lejos –objetó su padre.
____–Sí... claro... lo que sucede es que corrí mucho... jugué un rato a la pelota con unos chicos a unas cuadras de aquí... en una plaza –mintió Sebastián huyendo de las miradas de sus padres.
____–Bueno, ahora andá a lavarte que te toca pelar las papas para el puré del almuerzo –ordenó su madre.
____–Sí, mamá –obedeció Sebastián sintiendo un gran cansancio en su cuerpo.
____–¿No estará enfermo? –preguntó su padre.
____–No sé, está raro, muy colorado, dónde diablos tomó sol en este clima de porquería –protestó la madre.
____–Bueno, pero cumplió con el horario prometido –recordó su esposo.
____–Sí, pero igual quiero asegurarme que no anda en nada extraño.
____–Dejalo tranquilo. Por lo visto la esta pasando bien. Además sabemos que es un chico responsable y lo suficientemente adulto para juzgar si lo que hace está bien o no –dijo el padre sin poder cambiar la opinión de su esposa. –La culpa es nuestra –insistió el padre– por que vinimos con tantos proyectos y nos dejamos intimidar por el clima.
____En ese momento entró Sebastián y sus padres advirtieron que no sólo se había lavado sino que se había mudado de ropa y peinado prolijamente.
____–Bueno –comenzó el padre– con tu madre pensamos que es tiempo que nos llevés a conocer este pueblo. Así podemos salir los tres juntos.
____–Claro –gritó Sebastián que tenía la oportunidad servida– podemos ir mañana a los Juegos Marciales que se realizarán en las Arenas del Reñidero Municipal.
____–¿Y qué es ese Juego Marcial? –preguntó su madre.
____–Lucha –dijo tras pensar un instante– lucha libre. Se enfrentará la Criatura de los Bosques contra el Saurio Real. Ayer vi un afiche pegado en la pared...
____–¡Fantástico! A mí me parece una excelente idea. Ver una competencia deportiva no está mal. De paso paseamos un poco y hasta podemos tomar algún refresco –dijo su padre entusiasmado.
____Su madre en cambio no parecía convencida. Le inspiraba temor eso de Juegos Marciales y Arenas del Reñidero Municipal. Sebastián por su lado respiró aliviado por haber superado el primer escollo. Ahora restaba reunir a los Amigos del Bosque y transmitirle los pormenores del plan de rescate. Se arremangó la camisa y comenzó a pelar papas para el puré del mediodía.
____–La comida que trajimos se termina hoy con la cena. Mañana tendremos que comprar algo, espero que en este pueblo fantasma haya algún sitio. ¿Viste algún mercado? –le preguntó a Sebastián.
____–¿Mercado? No y eso que anduve por todos lados. Es raro, no vi negocios...
____–De todas formas no te preocupés, la gente tiene que comer en esta Aldea. Preguntaremos dónde consiguen sus alimentos –dijo el padre. A la mujer, por más voluntad que pusiera, el lugar cada vez le gustaba menos. El padre ya no tenía argumentos para defenderlo. La comida pronto estuvo lista y almorzaron entre risas y una charla fluida. Sebastián ayudó a levantar la mesa y luego se retiró a su habitación a descansar por que sentía sus piernas y brazos fatigados. Se tiró vestido en la cama y pronto se quedó dormido. Soñó que el plan era descubierto por los Gríseos y que lo atrapaban junto a sus amigos. Eran llevados a una Unidad de Detención. Recorrían pasillos que no tenían fin hasta que los encerraban en una de las mazmorras de Prorena. Los Gríseos y los Ciegos se divertían amenazándolos con arrojarlos a los Pozos Negros Sin Retorno...



© Gustavo Prego



Las últimas Hamadríades [1]

Arturo Cancela


La parra y la higuera

D. Bartolomé Gordillo vio la luz por primera vez en Buenos Aires allá por el mes de enero de 1862. Nunca esta metáfora inevitable en las biografías estuvo más justificada que en el presente caso, pues D. Bartolomé nació de día, en el mes más luminoso de Buenos Aires, y en una casa como las de aquel tiempo, visitada constantemente por el sol: diez habitaciones corridas, con dos patios, el último de los cuales sombreado por la parra tradicional y, al fondo, junto con los granados y la frondosa magnolia, la higuera familiar. ¡La parra y la higuera! Como las hadas tutelares de los cuentos de niños, se habían inclinado sobre su cuna y murmurado, al soplo de la brisa vespertina, bendiciones y promesas. Para los padres —pareja romántica de ceñida levita y pomposo miriñaque— aquella agitación de las hojas sobre la cabecita rubia de su primer hijo no significó otra cosa sino que había empezado a levantarse el viento.
—Hay que entrar la cuna —dijo el padre—, empieza la fresca.
[2]
—¡Desideria! —gritó la señora, abandonando la mecedora.
Vino la mulata y entre ambas llevaron la pesada cunita desde donde el niño sonreía a los pesados racimos pintones.
Desde aquella su primera salida al patio, el pequeño Bartolomé tuvo dos madrinas ignoradas, dos deidades benévolas que velaron por él con misteriosa fidelidad. De niño, sus frutos le hicieron conocer la inquietud del deseo, la dicha efímera del goce. De joven, su sombra alivió su cabeza trastornada por la declinación de los casos latinos y las miradas profundas de las bellas porteñas.
De hombre...

Los frutos prodigiosos

...de hombre D. Bartolomé Gordillo no tuvo más apoyo en la existencia que su parra y su higuera. No quiere decir esto que, como los paisanos de los cuentos de don Lucas Córdoba, haya pasado su vida a la sombra de la una o apoyado en el tronco de la otra, alimentándose parsimoniosamente de sus frutos, sino que gracias a sus brevas famosas y a la perfección de sus dorados racimos logró la consideración de sus jefes, la simpatía de sus vecinos y la asiduidad de unos parientes lejanos cuyos sentimientos familiares parecían agudizarse con la entrada del otoño.
El cólera del '78
[3] le había arrebatado a sus padres y huérfano a los dieciséis años sin otra compañía en el viejo caserón que la de una tía solterona, comenzó su vida consciente, desprovisto de ayuda, protección y consejo. Tímido, humilde, vestido siempre por su tía a la moda del año 60, el joven Bartolomé Gordillo pasó su primera mocedad transportando cartas de recomendación de unos personajes a otros, sin alcanzar jamás el empleo prometido. Hasta que un día, la vieja solterona tuvo la genial idea de acompañar la milésima carta obtenida con una bandeja de brevas y, ¡oh prodigio!, el nombramiento apareció a la semana siguiente.

El secreto del éxito

Después de este prodigioso resultado, D. Bartolomé Gordillo colgó para siempre la levita de rigor con que acompañaba a misa a su tía y hacía sus inveteradas visitas de postulante, y vistió, también para siempre, la chaquetilla de alpaca del empleado nacional. Pero la vistió con cierta seguridad, con la supersticiosa confianza de los que poseen un talismán: D. Bartolomé confiaba en sus higos.
Cuando llegaba la estación empezaba a distribuirlos por riguroso orden jerárquico. Desde el ministro hasta el superior inmediato, todos los funcionarios de la repartición conocieron, una vez por año, el placer de saborear sus brevas rojas y azucaradas, las más tempranas y dulces en todo el barrio del Alto. Cuando no, eran los racimos dorados en los que venía apresada la luz de las tardes otoñales.
De este diezmo anual no se hablaba nunca abiertamente en la oficina. Solamente, hacia el fin del verano, solía ocurrir que, inclinándose sobre la mesa, su jefe le preguntase:
—¿Y, Gordillo, cómo anda eso?
—Pintando, D. Roque.
[4]

El asedio al solar

A la sombra de la higuera D. Bartolomé fue cumpliendo una discreta carrera administrativa. Con el andar de los años había ido quedándose sin parientes ni amigos. La tía solterona murió poco después del primer ascenso; los parientes habían ido “desapareciendo” y la descendencia se desparramó; los viejos vecinos, tras la intendencia de D. Torcuato, habían dejado sus casas y, uno después del otro, se mudaron a los nuevos barrios del norte. D. Bartolomé quedó como único testigo del pasado señorial de aquella calle en que habían vivido los virreyes, los generales de la Independencia y los ministros de la Federación. Pero cuando le preguntaban si vivía solo replicaba con perfecta sinceridad:
—No, tengo una parra y una higuera.
Las dos hamadríades seguían influyendo favorablemente en el destino burocrático y en la consideración del “viejo Gordillo” y éste les devolvía el favor con sus cuidados asiduos y una lealtad a toda prueba.
Por ellas rehusó vender su casa todas las veces que se lo propusieron, y se lo propusieron muchas veces. Desde la presidencia de Juárez hasta la de Alvear, en todos los períodos de alza de la propiedad, los comisionistas y especuladores intentaron vanamente convencerlo con el ofrecimiento de cantidades siempre crecientes, pero D. Bartolomé sonreía y movía la cabeza.
Fue así como el viejo solar de los Gordillo quedó enclavado en pleno centro, como un residuo olvidado de tiempos idos. Al trasponer su umbral uno retrocedía tres largos cuartos de siglo.

Las últimas hamadríades

No pudiendo vencerlo de frente, el progreso lo fue cercando con astucia. Primero fue una enorme casa de departamentos que, elevándose por los fondos, privó de la primera luz de la mañana a su pequeña huerta. Ese año las brevas fueron más menudas y maduraron con retraso. Después, por el costado del Norte, elevado edificio de oficinas levantó sus paredes lisas que asombraron el jardín y los dos patios al pasar el mediodía. Esta vez la parra se secó y las brevas fueron escasas. Por último, en la acera de enfrente comenzó a levantarse un gran cinematógrafo que le cortó la última luz del crepúsculo, aunque, irónica compensación, lo inundaba, por la noche, con los reflejos rojizos de sus anuncios luminosos.
D. Bartolomé Gordillo fue secándose junto con su higuera. El pasado verano, desde una de las ventanas altas de la vecina casa de departamentos, aún podía vérselo, sentado frente a ella, espiando con ansiedad los últimos signos de la vida de su árbol tutelar. Los dos ancianos murieron juntos al final de la estación.
Hoy el solar se halla abandonado y los orgullosos edificios que lo rodean ignoran que han matado —asfixiándolas como en una mazmorra— a las últimas hamadríades de Buenos Aires.
De Campanarios y rascacielos
[1] Hamadríades: deidades paganas que habitan en los troncos de los árboles.
[2] La hora en que refresca.
[3] Temible epidemia que en 1878 azotó a la población de Buenos Aires.
[4] Se va concretando.






16 de abril de 2010

La loca y el relato del crimen


Ricardo Piglia
a Manolo Mosquera
I
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.
Las calles se aquietaban ya; oscuras y lustrosas bajaban con un suave declive y lo hacían avanzar plácidamente, sosteniendo el ala del sombrero cuando el viento del río le tocaba la cara. En ese momento las coperas entraban en el primer turno. A cualquier hora hay hombres buscando una mujer, andan por la ciudad bajo el sol pálido, cruzan furtivamente hacia los dancings que en el atardecer dejan caer sobre la ciudad una música dulce. Almada se sentía perdido, lleno de miedo y de desprecio. Con el desaliento regresaba el recuerdo de Larry: el cuerpo distante de la mujer, blando sobre la banqueta de cuero, las rodillas abiertas, el pelo rojo contra las lámparas celestes del New Deal. Verla de lejos, a pleno día, la piel gastada, las ojeras, vacilando contra la luz malva que bajaba del cielo: altiva, borracha, indiferente, como si él fuera una planta o un bicho. “Poder humillarla una vez”, pensó. “Quebrarla en dos para hacerla gemir y entregarse.”
En la esquina, el local del New Deal era una mancha ocre, corroída, más pervertida aun bajo la neblina de las seis de la tarde. Parado enfrente, retacón, ensimismado, Almada encendió un cigarrillo y levantó la cara como buscando en el aire el perfume maligno de Larry. Se sentía fuerte ahora, capaz de todo, capaz de entrar al cabaret y sacarla de un brazo y cachetearla hasta que obedeciera. “Años que quiero levantar vuelo”, pensó de pronto. “Ponerme por mi cuenta en Panamá, Quito, Ecuador.” En un costado, tendida en un zaguán, vio el bulto sucio de una mujer que dormía envuelta en trapos. Almada la empujó con un pie.
—Che, vos —dijo.
La mujer se sentó tanteando el aire y levantó la cara como enceguecida.
—¿Cómo te llamás? —dijo él.
—¿Quién?
—Vos. ¿O no me oís?
—Echevarne Angélica Inés —dijo ella, rígida—. Echevarne Angélica Inés, que me dicen Anahí.
—¿Y qué hacés acá?
—Nada —dijo ella—. ¿Me das plata?
—Ahá, ¿querés plata?
—La mujer se apretaba contra el cuerpo un viejo sobretodo de varón que la envolvía como una túnica.
—Bueno —dijo él—. Si te arrodillás y me besás los pies te doy mil pesos.
—¿Eh?
—¿Ves? Mirá —dijo Almada agitando el billete entre sus deditos mochos—. Te arrodillás y te lo doy.
—Yo soy ella, soy Anahí. La pecadora, la gitana.
—¿Escuchaste? —dijo Almada—. ¿O estás borracha?
—La macarena, ay macarena, llena de tules —cantó la mujer y empezó a arrodillarse contra los trapos que le cubrían la piel hasta hundir su cara entre las piernas de Almada. Él la miró desde lo alto, majestuoso, un brillo húmedo en sus ojitos de gato.
—Ahí tenés. Yo soy Almada —dijo y le alcanzó el billete—. Cómprate perfume.
—La pecadora. Reina y madre —dijo ella—. No hubo nunca en todo este país un hombre más hermoso que Juan Bautista Bairoletto, el jinete.
Por el tragaluz del dancing se oía sonar un piano débilmente, indeciso. Almada cerró las manos en los bolsillos y enfiló hacia la música, hacia los cortinados color sangre de la entrada.
—La macarena, ay macarena —cantaba la loca—. Llena de tules y sedas, la macarena, ay, llena de tules —cantó la loca.

Antúnez entró en el pasillo amarillento de la pensión de Viamonte y Reconquista, sosegado, manso ya, agradecido a esa sutil combinación de los hechos de la vida que él llamaba su destino. Hacía una semana que vivía con Larry. Antes se encontraban cada vez que él se demoraba en el New Deal sin elegir o querer admitir que iba por ella; después, en la cama, los dos se usaban con frialdad y eficacia, lentos, perversamente. Antúnez se despertaba pasado el mediodía y bajaba a la calle, olvidado ya del resplandor agrio de la luz en las persianas entornadas. Hasta que al fin una mañana, sin nada que lo hiciera prever, ella se paró desnuda en medio del cuarto y como si hablara sola le pidió que no se fuera. Antúnez se largó a reír: “¿Para qué?”, dijo. “¿Quedarme?”, dijo él, un hombre pesado, envejecido. “¿Para qué?”, le había dicho, pero ya estaba decidido, porque en ese momento empezaba a ser consciente de su inexorable decadencia, de los signos de ese fracaso que él había elegido llamar su destino. Entonces se dejó estar en esa pieza, sin nada que hacer salvo asomarse al balconcito de fierro para mirar la bajada de Viamonte y verla venir, lerda, envuelta en la neblina del amanecer. Se acostumbró al modo que tenía ella de entrar trayendo el cansancio de los hombres que le habían pagado copas y arrimarse, como encandilada, para dejar la plata sobre la mesa de luz. Se acostumbró también al pacto, a la secreta y querida decisión de no hablar del dinero, como si los dos supieran que la mujer pagaba de esa forma el modo que tenía él de protegerla de los miedos que de golpe le daban de morirse o de volverse loca.
“Nos queda poco de juego, a ella y a mí”, pensó llegando al recodo del pasillo, y en ese momento, antes de abrir la puerta de la pieza supo que la mujer se le había ido y que todo empezaba a perderse. Lo que no pudo imaginar fue que del otro lado encontraría la desdicha y la lástima, los signos de la muerte en los cajones abiertos y los muebles vacíos, en los frascos, perfumes y polvos de Larry tirados por el suelo: la despedida o el adiós escrito con rouge en el espejo del ropero, como un anuncio que hubiera querido dejarle la mujer antes de irse.
Vino él vino Almada vino a llevarme sabe todo lo nuestro vino al cabaret y es como un bicho una basura oh dios mío andate por favor te lo pido olvidame como si nunca hubiera estado en tu vida yo Larry por lo que más quieras no me busques porque él te va a matar
leyó Antúnez las letras temblorosas, dibujadas como una red en su cara reflejada en la luna del espejo.
II
A Emilio Renzi le interesaba la lingüística pero se ganaba la vida haciendo bibliográficas en el diario El Mundo: haber pasado cinco años en la Facultad especializándose en la fonología de Trubetzkoi y terminar escribiendo reseñas de media página sobre el desolado panorama literario nacional era sin duda la causa de su melancolía, de ese aspecto concentrado y un poco metafísico que lo acercaba a los personajes de Roberto Arlt.
El tipo que hacía policiales estaba enfermo la tarde en que la noticia del asesinato de Larry llegó al diario. El viejo Luna decidió mandar a Renzi a cubrir la información porque pensó que obligarlo a mezclarse en esa historia de putas baratas y cafishios le iba a hacer bien. Habían encontrado a la mujer cosida a puñaladas a la vuelta del New Deal; el único testigo del crimen era una pordiosera medio loca que decía llamarse Angélica Echevarne. Cuando la encontraron acunaba el cadáver como si fuera una muñeca y repetía una historia incomprensible. La Policía detuvo esa misma mañana a Juan Antúnez, el tipo que vivía con la copera, y el asunto parecía resuelto.
—Tratá de ver si podés inventar algo que sirva —le dijo el viejo Luna—. Andáte hasta el Departamento que a las seis dejan entrar al periodismo.
En el Departamento de policía Renzi encontró a un solo periodista, un tal Rinaldi, que hacía crímenes en el diario La Prensa. El tipo era alto y tenía la piel esponjosa, como si recién hubiera salido del agua. Los hicieron pasar a una salita pintada de celeste que parecía un cine: cuatro lámparas alumbraban con una luz violenta una especie de escenario de madera. Por allí sacaron a un hombre altivo que se tapaba la cara con las manos esposadas: enseguida el lugar se llenó de ángulos. El tipo parecía flotar en una niebla y cuando bajó las manos miró a Renzi con ojos suaves.
—Yo no he sido —dijo—. Ha sido el gordo Almada, pero a ése lo protegen de arriba.
Incómodo, Renzi sintió que el hombre le hablaba sólo a él y le exigía ayuda.
—Seguro fue éste —dijo Rinaldi cuando se lo llevaron—. Soy capaz de olfatear un criminal a cien metros: todos tienen la misma cara de gato meado, todos dicen que no fueron y hablan como si estuvieran soñando.
—Me pareció que decía la verdad.
—Siempre parecen decir la verdad. Ahí está la loca. La vieja entró mirando la luz y se movió por la tarima con un leve balanceo, como si caminara atada. En cuanto empezó a oírla Renzi encendió su grabador.
—Yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que pertenece que perteneció y va a pertenecer a Juan Bautista Bairoletto el jinete por ese hombre le estoy diciendo váyase de aquí enemigo mala entraña o no ve que quiere sacarme la piel a lonjas y hacer visos encajes ropa de tul trenzando el pelo de la Anahí gitana la macarena, ay macarena una arrastrada sos no tenés alma y el brillo en esa mano un pedernal tomo ácido te juro si te acercás tomo ácido pecadora loca de envidia porque estoy limpia yo de todo mal soy una santa Echevarne Angélica Inés que me dicen Anahí tenía razón Hitler cuando dijo hay que matar a todos los entrerrianos soy bruja y soy gitana y soy la reina que teje un tul hay que tapar el brillo de esa mano un pedernal, el brillo que la hizo morir por qué te sacás el antifaz mascarita que me vio o no me vio y le habló de ese dinero Madre María Madre María en el zaguán Anahí fue gitana y fue reina y fue amiga de Evita Perón y dónde está el purgatorio si no estuviera en Lanús donde llevaron a la virgen con careta en esa máquina con un moño de tul para taparle la cara que la he tenido blanca por la inocencia.
—Parece una parodia de Macbeth —susurró, erudito, Rinaldi—. Se acuerda ¿no? El cuento contado por un loco que nada significa.
—Por un idiota, no por un loco —rectificó Renzi—. Por un idiota. ¿Y quién le dijo que no significa nada?
La mujer seguía hablando de cara a la luz.
—Por qué me dicen traidora sabe por qué le voy a decir porque a mí me amaba el hombre más hermoso en esta tierra Juan Bautista Bairoletto jinete de poncho inflado en el aire es un globo un globo gordo que flota bajo la luz amarilla no te acerqués si te acercás te digo no me toqués con la espada porque en la luz es donde yo he visto todo he visto como si me viera el cuerpo todo por dentro los ganglios las entrañas el corazón que perteneció que pertenece y que va a pertenecer.
—Vuelve a empezar —dijo Rinaldi.
—Tal vez está tratando de hacerse entender.
—¿Quién? ¿Esa? Pero no ve lo rayada que está —dijo mientras se levantaba de la butaca—. ¿Viene?
—No. Me quedo.
—Oiga viejo. ¿No se dio cuenta que repite siempre lo mismo desde que la encontraron?
—Por eso —dijo Renzi controlando la cinta del grabador—. Por eso quiero escuchar: porque repite siempre lo mismo.

Tres horas más tarde Emilio Renzi desplegaba sobre el sorprendido escritorio del viejo Luna una transcripción literal del monólogo de la loca, subrayado con lápices de distintos colores y cruzado de marcas y de números.
—Tengo la prueba de que Antúnez no mató a la mujer. Fue otro, un tipo que él nombró, un tal Almada, el gordo Almada.
—¿Qué me contás? —dijo Luna, sarcástico—. Así que Antúnez dice que fue Almada y vos le creés.
—No. Es la loca que lo dice; la loca que hace diez horas repite siempre lo mismo sin decir nada. Pero precisamente porque repite lo mismo se la puede entender. Hay una serie de reglas en lingüística, un código que se usa para analizar el lenguaje psicótico.
—Decime pibe —dijo Luna lentamente—. ¿Me estás cargando?
—Espere, déjeme hablar un minuto. En un delirio el loco repite, o mejor, está obligado a repetir ciertas estructuras verbales que son fijas, como un molde ¿se da cuenta? un molde que va llenando con palabras. Para analizar esa estructura hay 36 categorías verbales que se llaman operadores lógicos. Son como un mapa, usted los pone sobre lo que dicen y se da cuenta que el delirio está ordenado, que repite esas fórmulas. Lo que no entra en ese orden, lo que no se puede clasificar, lo que sobra, el desperdicio, es lo nuevo: es lo que el loco trata de decir a pesar de la compulsión repetitiva. Yo analicé con ese método el delirio de esa mujer. Si usted mira va a ver que ella repite una cantidad de fórmulas, pero hay una serie de frases, de palabras que no se pueden clasificar, que quedan fuera de esa estructura. Yo hice eso y separé esas palabras y ¿qué quedó? —dijo Renzi levantando la cara para mirar al viejo Luna—. ¿Sabe qué queda? Esta frase: El hombre gordo la esperaba en el zaguán y no me vio y le habló de dinero y brilló esa mano que la hizo morir. ¿Se da cuenta —remató Renzi, triunfal—. El asesino es el gordo Almada.
El viejo Luna lo miró impresionado y se inclinó sobre el papel.
—¿Ve? —insistió Renzi—. Fíjese que ella va diciendo esas palabras, las subrayadas en rojo, las va diciendo entre los agujeros que se puede hacer en medio de lo que está obligada a repetir, la historia de Bairoletto, la virgen y todo el delirio. Si se fija en las diferentes versiones va a ver que las únicas palabras que cambian de lugar son esas con las que ella trata de contar lo que vio.
—Che, pero qué bárbaro. ¿Eso lo aprendiste en la Facultad?
—No me joda.
—No te jodo, en serio te digo. ¿Y ahora qué vas a hacer con todos estos papeles? ¿La tesis?
—¿Cómo qué voy a hacer? Lo vamos a publicar en el diario.
El viejo Luna sonrió como si le doliera algo.
—Tranquilizate pibe. ¿O pensás que este diario se dedica a la lingüística?
—Hay que publicarlo ¿no se da cuenta? Así lo pueden usar los abogados de Antúnez. ¿No ve que ese tipo es inocente?
—Oíme, el tipo ese está cocinado, no tiene abogados, es un cafishio, la mató porque a la larga siempre terminan así las locas esas. Me parece fenómeno el jueguito de palabras, pero paramos acá. Hacé una nota de cincuenta líneas contando que a la mina la mataron a puñaladas.
—Escuche, señor Luna —lo cortó Renzi—. Ese tipo se va a pasar lo que le queda de vida metido en cana.
—Ya sé. Pero yo hace treinta años que estoy metido en este negocio y sé una cosa: no hay que buscarse problemas con la policía. Si ellos te dicen que lo mató la Virgen María, vos escribís que lo mató la Virgen María.
—Está bien —dijo Renzi juntando los papeles—. En ese caso voy a mandarle los papeles al juez.
—Decime ¿vos te querés arruinar la vida? ¿Una loca de testigo para salvar a un cafishio? ¿Por qué te querés mezclar?
—En la cara le brillaban un dulce sosiego, una calma que nunca le había visto—. Mirá, tomate el día franco, andá al cine, hacé lo que quieras, pero no armes lío. Si te enredás con la policía te echo del diario.
Renzi se sentó frente a la máquina y puso un papel en blanco. Iba a redactar su renuncia; iba a escribir una carta al juez. Por las ventanas, las luces de la ciudad parecían grietas en la oscuridad. Prendió un cigarrillo y estuvo quieto, pensando en Almada, en Larry, oyendo a la loca que hablaba de Bairoletto. Después bajó la cara y se largó a escribir casi sin pensar, como si alguien le dictara:
Gordo, difuso, melancólico, el traje de filafil verde nilo flotándole en el cuerpo —empezó a escribir Renzi—, Almada salió ensayando un aire de secreta euforia para tratar de borrar su abatimiento.
De Prisión perpetua