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16 de mayo de 2009

La isla desierta

Burlería en un solo acto

Roberto Arlt


PERSONAJES

EL JEFE
MANUEL
MARÍA
EMPLEADO 1º
EMPLEADO 2º
TENEDOR DE LIBROS
EMPLEADA 1ª
EMAPLEDA 2ª
EMPLEADA 3ª
CIPRIANO (MULATO)
DIRECTOR


ACTO ÚNICO

Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados sobre las máquinas de escribir, los empleados. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del Jefe, emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados en el espacio por la desolada simetría de este salón en un décimo piso.

EL JEFE. – Otra equivocación, Manuel.
MANUEL. – ¿Señor?
EL JEFE. – Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL. – Lo siento, señor.
EL JEFE. – Yo también. (Alcanzándole la planilla.) Corríjala. (Un minuto de silencio.)
EL JEFE. – María.
MARÍA. – ¿Señor?
EL JEFE. – Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA. – (Acercándose al escritorio del JEFE) Lo siento, señor.
EL JEFE. – También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.
(Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS enderezan las espaldas y se quedan mirando por la ventana.)
EL JEFE. – (Irritado) ¡A ver si siguen equivocándose!
(Pausa)
EMPLEADO 1º. – (Con un apagado grito de angustia) ¡Oh! No; no es posible.
(Todos se vuelven hacia él.)
EL JEFE. – (Con venenosa suavidad) ¿Qué no es posible, señor?
MANUEL. – No es posible trabajar aquí.
EL JEFE. – ¿No es posible trabajar aquí? ¿Y por qué no es posible trabajar aquí? (Con lentitud.) ¿Hay pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL. – (Poniéndose de pie y gritando.) ¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aquí? Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aquí?
EL JEFE. – No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL. – Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana.) Los culpables de que nos equivoquemos son esos malditos buques.
EL JEFE. – (Extrañado) ¿Los buques? (Pausa.) ¿Qué tienen los buques?
MANUEL. – Si, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla.) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS. – Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos equivocábamos nunca.
MARÍA. – Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1ª. – Hace siete años.
EMPLEADO 1º. – ¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2º. – Claro que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS. – Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la contabilidad.
EL JEFE. – ¿Lo creen?
MANUEL. – Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA. – Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS. – Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2ª. – Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE. – ¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA. – ¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.
EMPLEADA 2ª. – Parece mentira que ninguno haya viajado.
EMPLEADO 2º. – ¿Y por qué no ha viajado usted?
EMPLEADA 2ª. – Esperaba casarme...
TENEDOR DE LIBROS. – Lo que es a mí, ganas no me han faltado.
EMPLEADO 2º. – Y a mí. Viajando es como se disfruta.
EMPLEADA 3ª. – Vivimos entre estas cuatro paredes como en un calabozo.
MANUEL. – Cómo nos equivocamos. Estamos aquí suma que te suma, y por la ventana no hacen nada más que pasar barcos que van a otras tierras. (Pausa) A otras tierras que no vimos nunca. Y que cuando fuimos jóvenes pensamos visitar.
EL JEFE. – (Irritado) ¡Basta! ¡Basta de charlar! ¡Trabajen!
MANUEL. – No puedo trabajar.
EL JEFE. – ¿No puede? ¿Y por qué no puede, don Manuel?
MANUEL. – No. No puedo. El puerto me produce melancolía.
EL JEFE. – Le produce melancolía. (Sardónico) Así que le produce melanolía. (Conteniendo su furor.) Siga, siga su trabajo.
MANUEL. – No puedo.
EL JEFE. – Veremos lo que dice el director general.
(Sale violentamente)
MANUEL. – Cuarenta años de oficina. La juventud perdida.
MARÍA. – ¡Cuarenta años! ¿Y ahora?...
MANUEL. – ¿Y quieren decirme ustedes para qué?
EMPLEADA 3ª. – Ahora lo van a echar...
MANUEL. – ¡Qué me importa! Cuarenta años de Debe y Haber. De Caja y Mayor. De Pérdidas y Ganancias.
EMPLEADA 2ª. – ¿Quiere una aspirina, don Manuel?
MANUEL. – Gracias, señorita. Esto no se arregla con aspirina. Cuando yo era joven creía que no podría soportar esta vida. Me llamaban las aventuras... los bosques. Me hubiera gustado ser guardabosque. O cuidar un faro...
TENEDOR DE LIBROS. – Y pensar que a todo se acostumbra uno.
MANUEL. – Hasta a esto...
TENEDOR DE LIBROS. – Sin embargo, hay que reconocer que estábamos mejor abajo. Lo malo es que en el subsuelo hay que trabajar con luz eléctrica.
MARÍA. – ¿Y con qué va a trabajar uno si no?
EMPLEADO 1º. – Uno estaba allí tan tranquilo como en el fondo de una tumba.
TENEDOR DE LIBROS. – Cierto, se parece a una tumba. Yo muchas veces me decía: “Si se apaga el sol, aquí no nos enteramos”...
MANUEL. – Y de pronto, sin decir agua va, nos sacan del sótano y nos meten aquí. En plena luz. ¿Para qué queremos tanta luz? ¿Podés decirme para qué queremos tanta luz?
TENEDOR DE LIBROS. – Francamente, yo no sé...
EMPLEADA 2ª. – El jefe tiene que usar lentes negros...
EMPLEADO 2º. – Yo perdí la vista allá abajo...
EMPLEADO 1º. – Sí, pero estábamos tan tranquilos como en el fondo del mar.
TENEDOR DE LIBROS. – De allí traje mi reumatismo.
(Entra el ordenanza CIPRIANO, con un uniforme color de canela y un vaso de agua helada. Es MULATO, simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva.)
MULATO. – ¿Y el jefe?
EMPLEADA 2ª. – No está. ¿No ve que no está?
EMPLEADA 3ª. – Fue a la Dirección...
MULATO. – (Mirando por la ventana) ¡Hoy llegó el “Astoria”! Yo lo hacía en Montevideo.
EMPLEADA 2ª. – (Acercándose a la ventana) ¡Qué chimeneas grandes tiene!
MULATO – Desplaza cuarenta y tres mil toneladas...
EMPLEADO 1º. – Ya bajan los pasajeros...
MANUEL. –Y nosotros quisiéramos subir.
MULATO. –Y pensar que yo he subido a casi todos los buques que dan vuelta por los puertos del mundo...
EMPLEADO 2º. – Hablaron mucho los diarios...
MULATO. –Sé los pies que calan. En qué astilleros se construyeron. El día que los botaron. Yo, cuando menos merecía ser ingeniero naval.
EMPLEADO 2º. – Vos, ingeniero naval... No me hagas reír.
MULATO. – O capitán de fragata. He sido grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes...
EMPLEADO 2º. – ¿Por dónde viajaste? ¿Por la línea del Tigre o por la de Constitución?
MULATO. – (Sin mirar al que lo interrumpe.) Desde los siete años que doy vueltas por el mundo y juro que jamás en la vida me he visto entre chusma tan insignificante como la que tengo que tratar a veces...
MARÍA. – (A Empleada 1ª) A buen entendedor...
MULATO. – Conozco el mar de las Indias. El Caribe, el Báltico... hasta el océano Ártico conozco. Las focas recostadas en los hielos lo miran a uno como mujeres aburridas sin moverse...
EMPLEADO 2º. – ¡Ché, debe hacer un fresco bárbaro por ahí!
EMPLEADA 2ª. – Cuente, Cipriano, cuente. No haga caso.
MULATO. – (Sin volverse) Aviada estaría la luna si tuviera que hacer caso de los perros que ladran. En un sampán me he recorrido el Ganges. Y había que ver los cocodrilos que nos seguían...
MARÍA. – No sea exagerado, Cipriano.
MULATO. – Se lo juro, señorita.
EMPLEADO 2º. – Indudablemente, éste no pasó de San Fernando.
MULATO. – (Violento) A mí nadie me trata de mentiroso, ¿sabe? (Arrebatado, se quita la chaquetilla, y luego la camisa, que muestra una camiseta roja, que también se saca.)
EMPLEADA 1ª. – ¿Qué hace, Cipriano?
EMPLEADA 2ª. – ¿Está loco?
EMPLEADA 3ª. – Cuidado, que puede venir el jefe.
MULATO. – Vean, estos tatuajes. Digan si éstos son tatuajes hechos entre la línea del Tigre o Constitución. Vean...
EMPLEADA 2ª. – ¡Una mujer en cueros!
MULATO. – Este tatuaje me lo hicieron en Madagascar, con una espina de tiburón.
EMPLEADO 2º. – ¡Qué mala espina!
MULATO. – Vean esta rosa que tengo sobre el ombligo. Observen qué delicadeza de pétalos. Un trabajo de indígenas australianos.
EMPLEADO 2º. – ¿No será una calcomanía?
EMPLEADA 2ª. – ¡Qué va a ser una calcomanía! Este es un tatuaje de veras.
MULATO. – Le aseguro, señorita, que si me viera sin pantalones se asombraría...
TODOS. – ¡Oh... ah!...
MULATO. – (Enfático) Sin pantalones soy extraordinario.
EMPLEADA 1ª. – No se los pensará quitar, supongo.

MULATO. – ¿Por qué no?
EMPLEADA 3ª. – No, no se los quite.
MULATO. – No voy a quedar desnudo por eso. Y verán que tatuajes tengo labrados en las piernas.
EMPLEADA 1ª. – Es que si entra alguien...
EMPLEADA 3ª. – Cerrando la puerta. (Va a la puerta.)
MULATO. – (Quitándose los pantalones y quedando con un calzoncillo corto y rojo con lunares blancos) –Miren estos dibujos. Son del más puro estilo malasio. ¿Qué les parece esta guarda de monos pelando bananas? (Murmullo de “Oh... ah...”) Lo menos que merezco es ser capitán de una isla. (Toma un pliego de papel madera y rasgándolo en tiras se lo coloca alrededor de la cintura.) Así van vestidos los salvajes de las islas.
EMPLEADA 1ª. – ¿A las mujeres también les hacen tatuajes...?
MULATO. – Claro. ¡Y qué tatuajes! Como para resucitar a un muerto.
EMPLEADA 2ª. – ¿Y es doloroso tatuarse?
MULATO. – No mucho... Lo primero que hace el brujo tatuador es ponerlo a uno bajo un árbol...
EMPLEADA 2ª. – Uy, qué miedo.
MULATO. – Ningún miedo. El brujo acaricia la piel hasta dormirla. Y uno acaba por no sentir nada.
EMPLEADO 1º. – Claro...
MULATO. – Siempre bajo los árboles hay hombres y mujeres haciéndose tatuar. Y uno termina por no saber si es un hombre, un tigre, una nube o un dragón.
TODOS. – ¡Oh, quién lo iba a decir! ¡Si parece mentira!
MULATO. – (Fabricándose una corona con papel y poniéndosela.) Los brujos llevan una corona así y nadie los mortifica.
EMPLEADA 1ª. – Es notable.
EMPLEADA 2ª. – Las cosas que se aprenden viajando...
MULATO. – Allá no hay jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza. Cada hombre toma la mujer que le gusta y cada mujer al hombre que le agrada. Todos viven desnudos entre las flores, con collares de rosas colgantes del cuello y los tobillos adornados de flores. Y se alimentan de ensaladas de magnolias y sopas de violetas.
TODOS. – Eh, eh...
EMPLEADA 2ª. – ¡Eh! ¡Cipriano, que no nacimos ayer!
MULATO. – Juro que se alimentan de ensaladas de magnolias.
TODOS. – No.
MULATO. – Sí.
EMPLEADO 2º. – Mucho... mucho...
MULATO. – Digo que sí. Y además los árboles están siempre cargados de toda clase de fruta.
MANUEL. – No será como la que uno compra aquí, en la feria.
MULATO. – Allá no. Cuelgan libremente de las ramas y quien quiere, come y quien no quiere, no come... y por la noche, entre los grandes árboles, se encienden fogatas y ocurre lo que es natural que ocurra entre hombres y mujeres.
EMPLEADA 1ª. – ¡Qué países, qué países!
MULATO. – Y digo que es muy saludable vivir así libremente. Al otro día la gente trabaja con más ánimo en los arrozales y si uno tiene sed (Toma el vaso de agua y bebe) parte un coco y bebe su deliciosa agua fresca. MANUEL. – (Tirando violentamente un libro al suelo) ¡Basta!
MULATO. – ¿Basta qué?
MANUEL. – Basta de noria. Se acabó. Me voy.
EMPLEADA 2ª. – ¿A dónde va, don Manuel?
MANUEL. – A correr mundo. A vivir la vida. Basta de oficina. Basta de malacate. Basta de números. Basta de reloj. Basta de aguantarlo a este otro canalla. (Señala la mesa del jefe.)
( Pausa. Perplejidad.)
EMPLEADO 1º. – ¿Quién es el otro?
TODOS. – ¿Quién es?
MANUEL. – (Perplejo) El otro... el otro... el otro... soy yo.
EMPLEADA 3ª. – ¡Usted don Manuel!
MANUEL. – Sí, yo; que desde hace veinte años le llevo los chismes al jefe. Mucho tiempo hacía que me amargaba este secreto. Pero trabajábamos en el subsuelo y en el subsuelo las cosas no se sienten.
TODOS. – ¡Oh!...
EMPLEADO 1º. – ¿Qué tiene que ver el subsuelo?
MANUEL. – No sé. La vida no se siente. Uno es como una lombriz solitaria en un intestino de cemento. Pasan los días y no se sabe cuándo es de día, cuándo es de noche. Misterio. (Con desesperación) Pero un día nos traen a este décimo piso. Y en el cielo, las nubes, las chimeneas de los transatlánticos se nos entran en los ojos. Pero entonces, ¿existía el cielo? Pero entonces, ¿existían los buques? ¿Y las nubes existían? ¿Y uno, por qué no viajó? Por miedo. Por cobardía. Mírenme. Viejo. Achacoso. ¿Para qué sirven mis cuarenta años de contabilidad y de chismerío?
MULATO. – (Enfático) Ved cuán noble es su corazón. Ved cuán responsables son sus palabras. Ved cuán inocentes son sus intenciones. Ruborizaos, amanuenses. Llorad lágrimas de tinta. Todo vosotros os pudriréis como asquerosas ratas entre estos malditos libros. Un día os encontrareis con el sacerdote que vendrá a suministraros la extremaunción. Y mientras os unten con aceite la planta de los pies, os diréis: “¿Qué he hecho de mi vida? Consagrarla a la teneduría de libros. Bestias.
MANUEL. – Quiero vivir los pocos años que me quedan de vida en una isla desierta. Tener mi cabaña a la sombra de una palmera. No pensar en horarios.
EMPLEADO 1º. – Iremos juntos, don Manuel.
MARÍA. – Yo iría, pero para cumplir este deseo tendría que cobrar los meses de sueldo que me acuerda la ley 11.729.
EMPLEADO 2º. – Para que nos amparase la ley 11.729, tendrían que echarnos.
MULATO. – Aprovechen ahora que son jóvenes. Piensen que cuando les estén untando con aceite la planta de los pies no podrán hacerlo.
MARÍA. –La pena es que tendré que dejar a mi novio.
EMPLEADO 2º. – ¿Por qué no lo conserva en un tarro de pickles?
EMPLEADA 2ª. – Cállese, odioso.
MULATO. – Señores, procedamos con corrección. Cuando don Manuel declaró que él era el chismoso, una nueva aurora pareció cernirse sobre la humanidad. Todos le miramos y nos dijimos: “He aquí un hombre honesto; he aquí un hombre probo; he aquí la estatua misma de la virtud cívica y ciudadana”. (Grave.) Don Manuel. Usted ha dejado de ser don Manuel. Usted se ha convertido en Simbad el Marino.
EMPLEADA 3ª. – ¡Qué bonito!
MANUEL. – Ahora, lo que hay que buscar es la isla desierta.
TENEDOR DE LIBROS. – ¿Hay todavía islas desiertas?
MULATO. – Sí, las hay. Vaya si las hay. Grandes islas. Y con árboles de pan. Y con plátanos. Y con pájaros de colores. Y con sol desde la mañana a la noche.
EMPLEADO 2º. – ¿Y nosotros?...
MULATO. – ¿Cómo nosotros?
EMPLEADA 2ª. – ¿Claro? ¿Y a nosotros nos van a largar aquí?
MULATO. –Vengan ustedes también.
TODOS. – Eso... vámonos todos.
MULATO. – Ah... y qué les diré de las playas de coral.
EMPLEADA 1ª. – Cuente, Cipriano, cuente.
MULATO. – Y los arroyuelos cantan entre las breñas. Y también hay negros. Negros que por la noche baten el tambor. Así.
(El MULATO toma la tapa de la máquina de escribir y comienza a batir el tam tam ancestral, al mismo tiempo que oscila simiesco sobre sí mismo. Sugestionados por el ritmo, van entrando todos en la danza.)
MULATO. – (A tiempo que bate el tambor) Y también hay hermosas mujeres desnudas. Desnudas de los pies a la cabeza. Con collares de flores. Que se alimentan de ensaladas de magnolias. Y hermosos hombres desnudos. Que bailan bajo los árboles, como ahora nosotros bailamos aquí...
La hoja de la bananera
De verde ya se madura
Quien toma prenda de joven
Tiene la vida segura.
(La danza se ha ido generalizando a medida que habla el MULATO, y los viejos, los empleados y las empleadas giran en torno de la mesa, donde como un demonio gesticula, toca el tambor y habla el condenado negro.)
Y bailan, bailan, bajo los árboles cargados de frutas. De aromas…
(Histéricamente todos los hombres se van quitando los sacos, los chalecos, las corbatas; las muchachas se recogen las faldas y arrojan los zapatos. El MULATO bate frenéticamente la tapa de la máquina de escribir. Y canta un ritmo de rumba.)
La hoja de la bananera...
EL JEFE. – (Entrando bruscamente con el DIRECTOR, con voz de trueno) ¿Qué pasa aquí?
MARÍA. – (Después de alguna vacilación) Señor... esta ventana maldita y el puerto... Y los buques ... esos buques malditos ...
EMPLEADA 2ª. – Y este negro.
DIRECTOR. – Oh... comprendo... comprendo. (Al JEFE) Despida a todo el personal. Haga poner vidrios opacos en la ventana.


TELÓN

28 de abril de 2009

Canillita

1902

Sainete en un acto de

Florencio Sánchez


PERSONAJES:

CANILLITA
DOÑA CLAUDIA
VECINA 1ª
VECINA 2ª
DON BRAULIO
PICHÍN
ARTURO (NIÑO)
UN VECINO
UN PESQUISA
UN VIGILANTE
UN MASITERO
MUCHACHO 1º
MUCHACHO 2º
MUCHACHO 3º
BATISTA
PULGA
UN MERCERO
TANO
UN CURISO
VENDEDORES DE DIARIOS


Acto único


CUADRO PRIMERO



Una habitación de pobrísimo aspecto con una cama grande de hierro, una cómoda desvencijada, dos sillas, braseros y ollas en un rincón. Debajo de la cama un baúl. Hacia el centro una máquina de coser y cerca de ella un catrecito donde yace Arturo, el niño enfermo.

Arturo. Claudia

CLAUDIA. – (Sentada, cosiendo en la máquina.) Ahora no más viene Canillita... ¡Sí, hijo!... ¡Es un pícaro, un bandido! ¡Miren que no venir pronto a jugar con su hermanito! ¡Cuando vuelva le voy a sacudir unos coscorrones! ¡Pero estése quieto, no se destape que eso le hace nana!... ¡Qué demonio de criatura! (Se levanta y va hacia la cama arreglando cuidadosamente las cobijas) Así, así... ¡Ajá!... ¡Bien tapadito el nene!... Si se está quietito, sudará bien y mañana podrá salir al patio a jugar con los muchachos... Sí; muchos juguetes le voy a comprar. ¡Y un trompo también!... Pero no se mueva, ¿eh?... ¿Un beso? ¡Veinte hijito!... Bueno; ¿me promete que va a ser buenito? ¿Que se va a estar quietito? (Lo besa y vuelve a coser afanosamente. Oyese la voz de Canillita que se acerca cantando un aire criollo conocido.) ¡Ahí está ese pícaro!...

Dichos. Canillita

CANILLITA. – Buenos días.

MÚSICA

Soy Canillita,
gran personaje,
con poca guita
y muy mal traje;
sigo travieso,
desfachatado,
chusco y travieso,
gran descarado;
soy embustero,
soy vivaracho,
y aunque cuentero
no mal muchacho.

Son mis amigos
Pulga y Gorrita,
Panchito Pugos,
Chumbo y Bolita
y con ellos y otros varios
mañana y tarde
pregonando los diarios
cruzo la calle
y en cafés y bares
le encajo a los marchantes
diarios a mares.

Me tienen gran estrilo
los naranjeros
pues en cuanto los filo
los caloteo;
y a los botones
les doy yo más trabajo
que los ladrones.

A mí no hay quien me corra
yo le garanto.

Deshago una camorra
con tres sopapos
y al más manate
le dejo las narices
como un tomate.

Muy mal considerado
por mucha gente
soy bueno, soy honrado
no soy pillete
y para un diario
soy un elemento
muy necesario.

CANILLITA. – Pero, ¡la pucha que hace frío!... ¡Brr!... ¡Zas! ¡Arturito! ¿Todavía estás enfermo!... ¿Que sos pavo!... ¡Te hubieras ganado cincuenta centavos hoy!... ¡Se vendían como agua los diarios!... (Va hacía la cómoda y revuelve afanosamente.) Y... ¿no hay nada hoy?...
CLAUDIA. – ¿Qué buscas?
CANILLITA. – ¿Que no hay nada pa bullonear?...
CLAUDIA. – ¡Sí, cómo no! ¡Por bien que te has portado! ¡Hemos de estar a las órdenes del señorito!... ¡No faltaba más!... ¿Por qué no viniste anoche? ¿Qué has andado haciendo?
CANILLITA. – ¡Zamba!... ¡Menos mal! (Se vuelve mordiendo un trozo de pan.) ¿Qué decía, doña?
CLAUDIA. – ¿Dónde has pasado la noche?
CANILLITA. – ¿Que dónde estuve anoche?... ¡Farreando! ¡Fío!... ¡Qué farra!... ¡Corno era domingo y no había diario, nos juntamos con Chumbo, el Pulga, la Pelada, Gorrita y una punta más!... Güeno, ahí nos juntamos con otra patota y agarramos pa los diques que se iba un vapor pa Uropa... ¡Qué lindo ché!... El tanaje así amontonao, mujeres, pebetes, gringos, viejos... ingleses, baúles, loros... ¡qué sé yo! ¡Vieras qué risa!... ¡El Poroto que es un desalmao, empezó a titear a un tano viejo que se llevaba como veinte cotorras pa la familia en una jaula y el gringo a estrilar!... ¡Un derrepente el vapor toca pito y los emigrantes se atropellan por los tablones tirando los baúles, colchones, sillas de paja... “¡No se apuren no se apuren!”... gritaban los empleados. ¡Y los gringos nada!... Como locos ganaban el vapor... ¡Y quién te dice que al viejo se le quedan las cotorras olvidadas!... Y no se animaba a bajar del buque. “Si me da un cinco se la alcanzó”, le gritó el Poroto... El viejo le tiró el níquel, y cuando le iba a alcanzar la jaula, un loro le clava el pico en un dedo; Poroto da un grito y... ¡zas!... la jaula al agua con todas las cotorritas... ¡Qué cosa! Güeno, dispués nos juntamos con Martillo, Gorrita y nos fuimos a dormir a la fonda.
CLAUDIA. – ¡A la fonda!...
CANILLITA. – Sí, a la fonda de los muchachos allí en una obra de la calle Cangallo... con camas de piedras...
CLAUDIA. – Donde van a jugarse la plata, ¿no?... ¿A que no traés ni medio?
CANILLITA. – ¡Ni medio!... ¿Y a mí qué?... Pa eso lo gano y es mía, bien mía, ¿sabe?... Si he de estar trabajando como un burro pa pagarle las copas a ese... atorrante, vale más que me lo juegue... Lo mismo me han de maltratar trayendo que no trayendo un centavo a casa.
CLAUDIA. – ¡Estás muy gallito!... ¡Me parece que te anda queriendo el cuerpo!...
CANILLITA. – ¡Ja, ja, ja!... ¡No crea, rubio! ¡Macana que le han contao!
CLAUDIA. – ¡Muchacho!
CANILLITA. – ¡Yo he dicho que a mí no me van a poner más la mano encima!... ¡Ni usted ni el tipo ése!...
CLAUDIA. – (Irritada.) ¿Que no? ¡Vas a ver!... (Se levanta y va hacia Canillita, que huye alrededor de los muebles golpeándose la boca y haciéndole burla. Lo alcanza y empieza a golpearlo.) ¡Tomá! ¡Sinvergüenza!... ¡Perdido!...
ARTURO. – (Incorporándose suplicante.) ¡No!... ¡No!... ¡Mamá!... ¡No le pegue a Canillita!...
CLAUDIA. – (Estrujándole con violencia.) ¡Bandido!... ¡Trompeta!... ¡Yo te voy a enseñar!...

Dichos. Don Braulio

DON BRAULIO. – (Separándolos.) ¡Señora, por Dios!... ¿Por qué le pega a esa pobre criatura?...
CLAUDIA. – ¡Es muy sinvergüenza!...
CANILLITA. – (Llorisqueando.) ¡Sí!... ¡sinvergüenza!... ¡De vicio no más me pega! ¡Yo no le he hecho nada, don Braulio, por ésta!... Es que me tiene estrilo por culpa de ese compadrón que vive con ella.
CLAUDIA. – ¡Tu padre!
CANILLITA. – ¿Mi padre?... ¡Si se afeita!... ¡Mi padre, un atorrante que vive de la ufa!... ¡Mi padre un sinvergüenza que se hace mantener por mí y por ella y hasta por esa criatura que apenas camina. (Ve a Arturito que continúa de pie sobre la cama y va hacia él.) ¡Ese no es mi padre, no puede ser padre de nadie!... Ese... ¡es un canalla!... (Se enjuga las lágrimas.) ¡Sí, señor don Braulio! ¡Yo no me he quejado nunca: pero en esta casa por culpa de ese sarnoso, me tienen como pan que no se vende. ¡Canillita, refilá el vento!... ¡Canillita, vos me estás robando! ¡Canillita que te jugás la plata! ¡Canillita, sos un bandido!... ¡Y pim, pam, pum!... ¡trompadas! ¡patadas! y ¡pellizcones!... (Con rabia.) ¡Gran perra! ¡Con eso me pagan, con pedazos de pan duro y con sopapos: que me reviente de trabajar por traerles todos los días peso y medio de ganancia!... (Llora.)
DON BRAULIO. – (Muy conmovido, acariciándolo.) ¡Vamos, muchacho! ¡Pobrecito!... ¡No llorés, que no es para tanto!...
CANILLITA. – (Secándose las lágrimas con la punta del saco.) ¡No, don Braulio; si yo no lloro!... ¡Es que me da un estrilo!... ¡Cualquier día me mando mudar y no me ven más la cara!... ¡Gran perra!...
DON BRAULIO. – ¡Vamos, vamos, botarate! ¡Dejate de macanas! Andá y dale un beso a tu madre que no tiene la culpa. (Canillita abraza a Claudia que lo estrecha sollozante.)
CLAUDIA. – ¡Pobre, pobre hijito mío!...
CANILLITA. – (Deshaciéndose, conmovido.) ¡Ya lo sé que no tiene la culpa! Antes no era así, no me pegaba ni nada. ¡Pero desde que vive con el tipo ese!... (Mordiéndose con rabia los puños.) ¡Una gran perra!... ¡Cualquier día le encajo la navaja en la barriga!...
ARTURO. – ¡Canillita! ¡Vení!... ¡Mirá! (Canillita se le acerca y conversan en voz baja.)
DON BRAULIO. – ¿Ha visto, doña Claudia?... ¡Lo que yo le decía! ¿Qué empeño tiene usted en seguir viviendo con ese hombre?... Cualquier día va a suceder una desgracia, porque ese muchacho está hecho un hombrecito y anda alzao... ¡Sepárese de una vez de Pichín!...
CLAUDIA. – Tiene razón. Hoy, después que lo he conocido a fondo, más bien que quererlo, le tengo odio... ¡Pero es capaz de hacerme cualquier cosa, hasta de matarme!...
DON BRAULIO. – ¡Qué ha de matar ese sotreta!...
CANILLITA. – (A Arturo.) ¡No; no te lo doy ni te lo muestro porque te has estado destapando!...
ARTURO. – ¡Sí!... ¡Dámelo!... ¡A ver!... ¡No seas malo!... ¡Traé!...
CANILLITA. – Bueno; si adivinás lo que es, te lo doy... empieza con t...
ARTURO. – ¡Bah!... Ya sé... ¡Un trompo!...
CANILLITA. – (Sacando un trompo del bolsillo.) ¡Y fíjate qué punta!...
DON BRAULIO. – ¡Parece mentira, doña!... No sé cómo hay gente en el mundo que se resignen a vivir una vida tan arrastrada... ¡Largue de una vez a ese individuo!... (Indeciso.) Después de todo... no le faltaría el apoyo de un hombre honrao... ¡qué diablos!... ¡Es lo que le conviene!... ¡Un buen padre para esas pobres criaturas!... Yo... Yo... por ejemplo.
CLAUDIA. – Es que...
DON BRAULIO. – ¿Entuavía le tiene cariño?...
CLAUDIA. – ¡Cariño no!... pero...
D. BRAULIO. – ¡Bah!... ¡Bah!... ¡Lárguelo por un cañuto!...
ARTURO. – ¿Y el gigante qué le hizo?...
CANILLITA. – Como estaba muy flaco lo empezó a engordar en una jaula y todos los días lo iba a ver... Cuando lo tuvo bien gordito, convidó a todos los otros gigantes a un banquete y...
DON BRAULIO. – Sí, señora; aquí están los remedios. De esta botella le da una cucharada cada dos horas y de las obleas, una cada tres horas... Dice el doctor que hay que alimentarlo bien porque está muy débil.
CLAUDIA. – ¿Cuánto le dieron por el prendedor?...
DON BRAULIO. – ¡Treinta no más!... Descontado cuatro de los remedios, le quedan veintiséis. ¡Aquí tiene la papeleta!...
CLAUDIA. – ¡Oh, gracias!... ¡Me ha hecho usted un gran servicio!...
DON BRAULIO. – No crea que me ha costado poco. ¡Con la cuestión del robo de la joyería, no ha dejado de causarme desconfianza el tal prendedorcito!... ¡Pero lo que es a mí!... Hice poner la papeleta a nombre de Pichín.
CLAUDIA. – Muy bien; gracias. Y diga, ¿lo ha visto a ese?...
DON BRAULIO. – ¿A Pichín?... Cosa mala se encuentra siempre. Lo vi en el almacén de la esquina. Creo que ha estado en la jugada y ha perdido una punta de pesos. Seguro que ahora no más cae por aquí a pedir plata.
CLAUDIA. – ¡Es claro!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Y se encuentra con Canillita!... Llévelo, don Braulio; por favor.
DON BRAULIO. – ¡Cómo no!... ¡Eh, joven!... ¿Nos vamos?...
CANILLITA. – ¡Y cómo le va!... Cuando quiera.
DON BRAULIO. – (A Claudia.) Hasta luego, doña... ¡Y haga lo que le he dicho!... Adiós, chiquito. Pórtese con juicio... ¿eh?...
CANILLITA. – Prieste un fósforo, don Braulio... y ahora un cigarro pa encenderlo... ¡Zas! ¡Da veinte!... (Enciende un cigarro, arroja una humada y con cómica gravedad da el brazo a Don Braulio y hace mutis.)

Claudia. Arturo

CLAUDIA. – (Destapando la botella del remedio.) ¡Aquí está el remedio para curar al nene!... (Llena una cucharita y se acerca a la cama.) Vamos a ver, Arturito. ¡Con esto se va a mejorar pronto!...
ARTURO. – No, eso es feo. ¡Yo no quiero!...
CLAUDIA. – ¡Qué ha de ser feo!... ¡Es dulce, muy rico!... ¡Vea cómo yo lo tomo!... ¡Vamos, no sea así!... ¡Caramba, con el niño!... Casi lo has volcado... Vea, tapándose las narices... ¡Vaya!... ¡No sea malo!... ¡Que no se diga que tamaño hombre!... ¿A ver?... Así: a la una, a las dos... y a las tres... ¡Ajá!... ¡Y ahora bien tapadito!... (Vuelve a la máquina de coser y se pone a coser.)

Dichos. Pichín

PICHÍN. – (Entra sin saludar, arrastra el baúl de debajo la cama y comienza a buscar afanosamente. Claudia le observa inquieta.) ¡Eh!... ¿Quién me ha andado revolviendo el baúl?
CLAUDIA. – (Afligida.) ¡Ay, Dios mío!... Busca el prendedor...
PICHÍN. – ¿No responden?... ¿Quién ha andao con mis cosas?...
CLAUDIA. – No sé... ¡Nadie!...
PICHÍN. – (Muy alterado tirando los objetos del baúl.) ¡Cómo que nadie!... ¿Quién me ha abierto el baúl?... he dicho... ¡Cómo!... ¡Qué es esto?. ¿No está?... (Se dirige a Claudia y la toma con violencia por un brazo.) ¿Dónde está el prendedor?... ¿Dónde está el prendedor?... ¡Pronto!...
CLAUDIA. – (Sumisa.) ¡No sé!... ¡Te digo que no sé nada!... ¡Yo no lo he tocado!...
PICHÍN. – ¡Hablá de una vez o te la doy!... ¿Qué lo has hecho?... Decí... Decí... Decí, ¡te digo!...
CLAUDIA. – ¡Nada!... No me pegués; te juro que...
PICHÍN. – ¡Decí la verdad o te reviento!...
ARTURO. – (Incorporándose asustado.) ¡Mamita!... ¡Mamita querida!... ¡No le pegue!... (Claudia llora.)
PICHÍN. – ¿Dónde está el prendedor?... ¡Responde!... ¿Te callás?... ¡Ah, ya lo sé!... ¡He visto salir al Canillita!... ¡Seguro que ese bandido me lo ha robado y ustedes quieren ocultarlo!... ¡Ah, pillete!... ¡Le voy a enseñar!... ¡Ya verán!... (Váse.)
CLAUDIA. – (Corriendo detrás.) ¡No!... ¡No!... El no ha sido. ¡Canillita no ha sido!... ¡Pancho! ¡Pancho!... ¡Yo lo saqué, Pancho!...
ARTURO. – ¡Mamá!... ¡Mamita!... (Claudia se vuelve a Arturo y se deja caer sobre la cama sollozando convulsiva mente.) (Mutación.)
CUADRO SEGUNDO
(Telón corto de calle)
MÚSICA

Vendemos los diarios
En esta ciudadPor calles y plazas,
Boliches y bares.

“La Nación” “La Prensa”,
“Patria” y “Standart”,
Se venden lo mismo
Que si fuera pan.

Llevamos nosotros
La curiosidad
Por los 10 centavos
Que el público da.

Así como en las comparsas
Con masacallas y plumero
Metemos baile con corte
En un tanguito fulero.

Y si el gobierno llama
Las clases a formar
De igual manera “viva”
El partido Nacional.

(Canillita con el grupo de muchachos avanzan jugando a la chantada con cobres. Tira pegando en el cobre del contrario y recoge ambos).

PULGA. – ¡No juego más!... ¡Me has espiantao toda la guita!...
CANILLITA. – ¡Siás otario!... ¡Si tenés más ahí!...
PULGA. – ¡Sí, pero no quiero jugar más!...
UNO. – Campaniá el botón entonces y jugamos al siete y medio...
CANILLITA. – ¿Tenés libro?... ¡Ya está!... ¡Traé, yo doy!...
UNO. – Y ¿por qué?... ¡Síás zonzo!... ¡Doy yo!...
CANILLITA. –¡Güeno!... (Se sientan en el suelo formando rueda.)
UNO. – ¿Carta?...
CANILLITA. – Planto.
UNO. – ¡Désen vuelta!... ¡A seis y medio pago!...
CANILLITA. – ¡Siete!... (Recoge los cobres y aparece el tano vendedor de naranjas.) ¡Zas!... ¡Cocoliche! ¿Cómo te va?...
TANO. – ¡Canillita!... ¿Cosa fate?... ¿Cuándo me pagás los veinte que me debés?...
CANILLITA. – ¡A ver muchachos!... ¡Al bullón!... (Los muchachos rodean al tano que se desespera conteniendo los manotones que le dan al canasto.) ¡No te asustés, gringo!... Si no te vamos a calotiar... (A los muchachos.) ¡A ver!... a formar aquí,... la guita... ¡Pronto!... (Todos meten las manos en los bolsillos y en ese mismo instante aparece el Pulga a toda carrera gritando:) ¡Canillita!... ¡Diario!... ¡Cuarta!... (Todos se echan a correr en tropel.)
TODOS. – (Gritando.) ¡Diario cuarta! ¡Diario cuarta!...
EL TANO. – (Desesperado.) ¡Eh... Canillita!... ¡Eh!... ¡Marona de lo Gármino!... ¡Mi han galotiado!...

Pichín. Pesquisa

PESQUISA. – ¿Cuál era, che?...
PICHÍN. – El que iba adelante, de chambergo gris...
PESQUISA. – ¿Y estás seguro, vos, de que él te robó el prendedor?...
PICHÍN. – ¡Cómo no!... ¡Cuando yo te lo digo!... ¡Procedé no más por mi cuenta!... ¡Es un ratero el muchacho!... Ya me ha robao una punta de cosas. ¿Te acordás de aquel anillo que me dejó la gringa cuando la metieron presa?... Pues bueno; me lo calotió una noche y lo vendió en un cambalache de la calle Libertad.
PESQUISA. – ¡Salí de ahí!... no me vengas con cuentos porque vos lo dejastes empeñao una noche en lo de Gardella!..
PICHÍN. – (Confundido.) Bueno... Sí... es cierto, pero me lo robó cuando yo lo saqué. ¿No te acordás que lo saqué a los pocos días?...
PESQUISA. – ¡Bueno... bueno!... ¡Está bien!.. Yo viá proceder pero no me hagas hacer una plancha después, ¿eh?...
PICHÍN. – ¡Salí de ahí!... ¡Ya sabés hermano, que yo!..
PESQUISA. – ¡Sí, hombre!... Lo decía por las dudas, no más... ¿Y ánde lo agarramos, ahora?...
PICHÍN. – ¡Por alguna imprenta!... (Se oyen varias voces.)
VOCES. – (De adentro.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!...
PICHÍN. – ¡Che... ahí está!... ¡Es ese más ligero que viene adelante!...
Dichos. Canillita

CANILLITA. – (Corriendo.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!... (Acercándose a Pichín.) ¿Diario?... (Al reconocerlo hace un gesto de desagrado, retrocede un paso, escupe despreciativamente en el suelo y echa a correr.) ¡Diario cuarta!... ¡Revolución en Montevideo!...
PESQUISA. – (Deteniéndolo por un brazo.) ¡Che!... ¡Vení pacá!...
CANILLITA. – (Ofreciéndole un ejemplar.) ¿Diario, señor?... ¿Eh?... ¿Por qué me agarra?... ¡Compre, si quiere, y déjese de embromar! ¡Qué también!... (Forcejea por desasirse.)
PICHÍN. – ¡No lo dejés ir, che!...
CANILLITA. –¡Soltame, gran perra!... ¡Cajetilla del diablo! ¿Por qué me agarrás?... (Tironea.)
PESQUISA. – (Impacientándose.) ¡Eh, vamos, mocoso!... (Salen algunos transeúntes y se detienen presenciando la escena.)
PICHÍN. – ¡Llevalo, no más, a la comisaría, que ahora voy a hacer la exposición!...
CANILLITA. – (Asombrado.) ¡Oh!... ¿Y por qué me va a llevar?... ¿Yo qué le he hecho?... ¿No puedo vender diarios, entonces?... (Compungido.) Vea, oficial... Yo no he faltao.

Dichos. El Pulga. Un curioso

PULGA. – (Saliendo.) ¡Diario cuarta!... ¡Zas!... ¡Canillita!... (Interponiéndose.) ¿Eh? ¿Por qué lo agarra?... ¿No tiene vergüenza de meterse con un chiquilín? ¡Lárguelo!...
PESQUISA. – Marchá; no más...
UN CURIOSO. – ¿Por qué lo lleva?. ¿Qué ha pasado?...
CANILLITA. – (Lloroso.) ¡Vea, señor!... Yo no hice nada... Pasaba vendiendo diarios y me agarra de vicio, no más! Dígale que me suelte, ¿quiere?... ¡Le juro por esta!... ¡Que no he dado motivo!...
UN CURIOSO. – ¡Suéltelo!... ¡Si es por eso, no más!...
PESQUISA. – Señor, yo sé lo que hago. ¡Es un ladroncito el muchacho!...
CANILLITA. – (Irguiéndose, indignado.) ¡Yo, ladrón!... ¡Una gran perra!... ¡Yo, ladrón!... ¡Ah, trompeta!... ¡Ahora sí que no me llevan!... (Rabioso.) ¡Largame, hij´ una madre!...
PICHÍN. – (Tomándolo por un brazo.) ¡Marchá, no más!... ¡Ahora vas a decir qué has hecho de mi prendedor!..
CANILLITA. – ¡Tu prendedor!... ¡Oh!... ¡Con que eras vos, canalla! (Consigue desasirse y se abalanza sobre Pichín pegándole y mordiéndolo.) ¡Ladrón!... ¡Ladrón.!..

Dichos. Agente. Vendedores

AGENTE. – (Llega de izquierda, corriendo.) ¿Qué es eso?...
PESQUISA. – ¡Llevame a este muchacho a la comisaría!... (El agente lo hace violentamente. Canillita forcejeando cae al suelo y se levanta desesperadamente.)
CANILLITA. – ¡Ah! ¡Botón!... ¡Botón trompeta!... ¡No me pegués, botón!... (Se incorpora. El agente lo tironea arrastrándolo hacia la izquierda.) ¡Ay!... ¡Mamita querida!... ¡Yo ladrón!... (Volviéndose hacia Pichín.) ¡Canalla!... ¡Canalla!...
VENDEDORES. – (A coro.) ¡Lárguelo!... ¡Que lo larguen!... (El agente lo va llevando poco a poco.)
CANILLITA. – (A Pichín.) ¡Canalla!... ¡Me la vas a pagar!... ¡Te voy a matar!... ¡A matar!... (Lo escupe. Pichín va hacia él, amenazador.)
PULGA. – (Interponiéndose.) ¡No le pegue!... ¿No tiene vergüenza?... ¡Tamaño zanguango!... ¡Salga de ahí!.. (Lo tironea del saco.)
PICHÍN. – (Volviéndose, amenazador.) ¡Y a vos también!...
PULGA. – ¡A mí!... ¡Maní!... ¡Tomá!... (Le arroja con la tabla que lleva en las manos y escapa por derecha; los demás muchachos lo rodean burlándolo, y tirándole el saco huyen en todas direcciones. Los curiosos también se alejan. Pulga se vuelve y grita): ¡La vida del canfli!... ¡A cinco centavos!... (Pichín, enfurecido, lo corre.) (Mutación.)
CUADRO TERCERO
(El patio de un conventillo con los accesorios necesarios, sin olvidar el consabido alambre con ropa blanca colgada. En la puerta del primer término derecha, Don Braulio poniendo paja a una silla. En la del frente, Vecina 1ª preparando comida en un brasero. Junto a la del segundo término derecha que se supone la habitación de Claudia, una tina de lavar, una porción de ropa mojada; y en la puerta de enfrente, Vecina 2ª, sentada tomando mate. Al centro muchachos jugando a la rayuela.)

Don Braulio, Vecina 1ª y 2ª
Muchachos 1º, 2º y 3º
Después Batista y un Vecino

MÚSICA

MUCHACHO 1º. –
(Tira el tejo.) ¡Infierno!...
MUCHACHO 2º. –
¡Cayó sobre raya!...
MUCHACHO 1º. –
¡Mentira! ¡Mal haya!...
MUCHACHO 2º. –
¡Perdiste! ¡Pavote!..
MUCHACHO 3º. –
¡No puedes hablar!...
MUCHACHO 1º. –
¡No juego, eso es trampa!...
MUCHACHO 2º. –
¡Perdistes, perdistes!..
MUCHACHO 3º. –
¡No puedes hablar!...
VECINA 1ª. –
¡Canallas! ¡Trompetas!
¡Les voy a enseñar! (Se abalanza y riñen.)
DON BRAULIO. –
¡A ver, mocozuelos, silencio, a callar!
MUCHACHO 1º. –
¡Es que me hacen trampa!...
MUCHACHO 2º y 3º. –
¡Mentira, don Braulio!...
MUCHACHO 1º. –
¡Se la voy a dar!
BATISTA. –
(Saliendo.) ¿Quién mete bochinche?
VECINA 1ª. –
¿Quién ha de meter?...
¡Sino esos pilletes!...
BATISTA. –
¡Pues ya van a ver!...
MUCHACHOS. –
(Burlones.) El cuco. ¡Qué miedo!...
Disparen, muchachos,
nos va a comer. (Huyen.)
UN VENDEDOR. –
(Dentro.) ¡Pra papas, marchante!...
DON BRAULIO. –
(Sujetando a Batista.) ¡El genio su jete!..
VECINA 1ª. – ¿Y a usted quién lo mete?
DON BRAULIO. –
¡Señora, más calma!
Atienda el puchero.
BATISTA. –
¡Cuidado, sillero
que le rompo el alma!...
DON BRAULIO. –
(Burlón.) ¡Está bien, no se enoje;
sabemos que es malo!...
VECINA 1ª. –
¡Andate pa dentro;
Batista, dejalo!
VECINA 2ª. –
(Cruza la escena y empieza a torcer la ropa en la tina.)
Qué gente tan mala,
Vidalitá
Hay en esta casa;
Batista y su mina,
Vidalitá
Se llevan la palma.
DON BRAULIO. –
Ahora sí que se arma
la farra de veras.
BATISTA. –
Che, Basilia. Me viá a dormir,
aprontá el bullón y no te metás.
(Hace mutis.)
Con esa ladiada. No quiero batifondo.
VECINA 2ª. –
El miedo no es zonzo.
VECINA 1ª. –
¡No seas tan mala!
VECINA 2ª. –
No seré tan mala,
Vidalitá,
Con mis vecinas;
Pero no me corren,
Vidalitá,
Como a las gallinas.
VECINA 1ª. –
Delen un hueso a ese perro
porque está ladrando de hambre.
DON BRAULIO. –
A que no se arañan,
Vidalitá,
Hago dos apuestas;
Son pura parada,
Vidalitá,
Las comadres éstas.

(Hablado.)

DON BRAULIO. – Parece que la cosecha va a ser llovedora... ¡Este viento saca agua!...
VECINA 1ª. – Ya lo creo; ¡y biabas también!...
VECINA 2ª. – Diga, don Braulio: ¿el jarabe de pico es bueno para la tos?...
DON BRAULIO. – Sí; y los parches porosos.
Dichos. Un Mercero

MERCERO. – (Con acento catalán.) ¡Toallas, peinetas, jabones, cinta de hilera, agujas, camisetas, botones de hueso, carreteles de hilo, madapolán, pañueletas!
DON BRAULIO. – ¡No!...
MERCERO. – Pañueletas calzoncillos, alfileres, festones, sombreros de paja, servilletas, libros de misa.
DON BRAULIO. – ¡Nooo!...
MERCERO. – Libros de misa, esponjas, corbatas, cortes de vestido, tarjetas postales, jabón. ¿Precisa, marchante?...
(Dirigiéndose a la Vecina 1ª.)
VECINA 2ª –No le ofrezca... Lo que le sobra a la señora es eso... “Jabón”... (Se pone a colgar ropa.)
DON BRAULIO. – ¡Sigue tronando!... (Se frota las manos.)
VECINA 1ª. – Diga, marchante... ¿el Bufach es bueno para espantar las moscas?...
DON BRAULIO. – ¡Qué nubarrones!... (Se va el Mercero.)

Dichos. Menos Mercero

VECINA 1ª. – Diga: ¿no tiene más que hacer que poner su ropa encima de la mía?...
VECINA 2ª. – ¡Jesús!... ¡No le vayan a manchar las enaguas a la hija de Roca!... ¿Cuánto paga, doña, por el alquiler del alambre?
DON BRAULIO. – ¡Se viene el agua!
VECINA 1ª. – Lo que a usted no se le importa, ¡so comadre! ¡Y haga el favor de sacar esos trapos sucios de ahí!
VECINA 2ª. – ¡Trapos sucios!... ¡Trapos sucios!... ¡Qué más te quisieras para un día de fiesta!...
DON BRAULIO. – ¡Qué relámpagos! ¡Eh! ¡Más calma, madamas! ¡No hay que enojarse!...
VECINA 2ª. – Déjela, don Braulio. ¡El estrilo es libre!...
VECINA 1ª. – ¡Es que si no la saca, se la saco yo!...
VECINA 2ª. – ¡Con lo qué pican las avispas!... (Apartándose.) ¡Ahí la tiene! ¡Sáquela!...
DON BRAULIO. – ¡El chaparrón!... ¡Con piedras!... (La Vecina 1ª empieza a tirar la ropa al suelo, la otra se avalanza y riñen. Don Braulio se interpone tironeando a la primera. Salen chicos y algunos vecinos.) ¡Caramba... señoras!... ¿Cuándo acabarán de meter bochinche?...
VECINA 1ª. – ¿Y a usted quién lo mete? ¡Viejo calzonudo!... (Volviéndose) ¡Te viá enseñar, arrastrada!... ¡Ladrona!... ¡Escracho!...
DON BRAULIO. – ¡Eh, más despacio!...!Mire que si sigue así la vamos a tener que llevar al Jardín Zoológico entre las fieras!... (Risas.)
VECINA 1ª. – ¡A mí!... ¡A mí!... ¡Viejo chancleta!... (Se abalanza a pegarle.)
DON BRAULIO. – (Sujetándola.) ¡Demonio con la bruja esta!...
VECINA 1ª. – (Vencida.) ¡Ay!... ¡Viejo achacoso!... ¡Batista! ¡Batista!...

Dichos. Batista

BATISTA. – (Lentamente bostezando.) ¿Qué hay?... ¡No dejan dormir en paz a uno!... ¿Qué es lo que ha pasao?...
VECINA 1ª. – ¡Que le he arrancao el moño a esa ladiada!..
BATISTA. – ¿Y pa eso me llamás?... ¡Siempre has de ser vos la bochinchera!... ¿No te dije que no quería batifondos?... ¡Camínate pa dentro!... ¡Ya!...
VECINA 1ª – ¡Sí, dale la razón, no más!... ¡Ya sé que le andás arrastrando el ala a ese escracho!...
VECINA 2ª. – ¡Que más se quisiera!... ¡No me echo aceite en el pelo!...
VECINA 1ª. – ¡Cuando no podés, desgraciada!...
BATISTA. – ¡Caminate pa dentro te he dicho!... ¡Andá o te doy!... (La empuja y vanse disputando.)

Don Braulio. Pulga

DON BRAULIO. – ¡Qué gente ésta!... Siempre lo mismo estos inquilinos... Bueno, en todas partes es igual. A ratos me parece que el mundo es un conventillo grande y todos sus habitantes ¡Batista, Pichines, Claudias y Basilios!... La verdad es que... (Sigue silvando y tejiendo.)
PULGA. – (Corriendo.) ¡Don Braulio... a Canillita lo han metido en cana!...
DON BRAULIO. – (Alarmado.) ¡Qué!... ¿Cómo?...
PULGA. – Lo agarró un pesquisa que iba con don Pichín.
DON BRAULIO. – ¿Por qué?... ¿Qué ha hecho?...
PULGA. – ¡Nada!... Iba vendiendo diarios y me lo cacharon, pero dijo Pichín después que le ha robao un prendedor.
DON BRAULIO. – ¡Oh!... ¡Qué infamia!... ¡Ya comprendo!... ¡Pobre muchachito!... ¡Vamos a sacarlo en seguida!... (Entra en la pieza y vuelve con el sombrero puesto, dirigiéndose con Pulga a la calle. Varios chicos quedan jugando a la rayuela.)

Claudia. Un chico. Vecina 2ª

CLAUDIA. – (Sale con un montón de ropa y se pone a lavar.) Buenas tarde, vecina.
VECINA 2ª. – Muy buenas, doña Claudia... ¿Cómo sigue Arturito?...
CLAUDIA. – No lo hallo bien... Está con mucha fatiga... No quiere tomar nada... en fin, que me tiene con cuidado. Estoy esperando a Canillita para mandarlo a ver otra vez al doctor. ¿No lo han visto, chicos, a mi hijo?...
UN CHICO. – Sabe, doña Claudia, Canillita está en cana...
CLAUDIA. – ¡Canillita!... ¿Por qué?...
CHICO. – ¡Por nada!... (Seña de robo.) ¡La ha espiantado un prendedor a don Pichín!...
CLAUDIA. – ¡Qué!... ¿Qué decís... ¡Un prendedor!... ¡Ay, Dios mío!... ¡Virgen santa!... ¡Yo tengo la culpa!... ¡Yo tengo la culpa!... ¡Pobre hijito mío!... ¡Yo... yo… soy yo la culpable!... ¡Oh, ese hombre... ese hombre!... ¡No haberme muerto antes de conocerlo!... Pero esto no va a quedar así. (Al chico) Dime: ¿dónde lo llevaron?...
CHICO. – Aquí a la vuelta, a la 1ª.
CLAUDIA. – Vení... vamos allá... ¡Qué infamia!... (Toma al chico de la mano y va a salir cuando aparece Pichín por el foro.) ¡Él!

Dichos. Pichín

PICHÍN. – ¿Ande vas?...
CLAUDIA. – ¡Donde a usted no se le importa!... (Avanza.)
PICHÍN. – (Atajándola.) ¡Eh! ¡Pará el carro!... ¡Qué retobada estás, vieja!...
CLAUDIA. – Dejame salir...
PICHÍN. – ¡Che!... ¡Che no te pasés!... (La toma de un brazo.) ¿Qué andás queriendo?...
CLAUDIA. – ¿Que ando queriendo?... ¡Que ando queriendo!... (Resuelta.) ¡Decí, ladrón! ¿Qué has hecho con Canillita?...
PICHÍN. – ¡Meterlo en cana, por ratero!... ¡Ya verás cómo aparece pronto el prendedor!...
CLAUDIA. – ¡No!... ¡No!... ¡No ha de aparecer tan pronto, infame!... ¡El prendedor lo he sacado yo!... para comprar el pan a esas pobres criaturas que por culpa tuya viven hambrientos Porque necesitaba ropa para ellos y para mí, pues lo que ganamos no alcanza más que para abrigarte a ti, miserable!... ¡Sí yo le he sacado!. ¡Yo!... ¡Yo!... ¿Entiendes?.. Y lo he empeñado en treinta pesos para asegurar la salud de mi hijo, y 15 días de reposo v bienestar desconocidos en esta casa: ¡desde el momento maldito en que tuve la idea de poner los ojos en un canalla, en un borracho, en un ladrón como vos!...
PICHÍN. – ¿Has acabao?...
CLAUDIA. – Sí... ¡Y hemos acabao!...
PICHÍN. – ¡Bueno!... ¡Caminá pa dentro!...
CLAUDIA. – (Irónica.) ¡No!... ¿Para qué?... ¡Si me vas a castigar, pegame aquí!... ¡No tengas vergüenza!... Si no es la primera vez que lo hacés delante de todo el mundo... ¡No tengas miedo!... ¡Ya sabés que nunca me he defendido!... ¡Andá, pues! ¿O estás hoy menos cobarde que de costumbre?... ¡Pegame!... (Ofreciéndole la cara.) ¡Aquí... aquí en la cara!...
PICHÍN. – (Sombrío.) ¡Caminá pa dentro, te he dicho!...
CLAUDIA. – ¡Ah!... ya sé,.. ¿Quieres sacarme la plata?... ¿Que te entregue los treinta pesos?... primero...
PICHÍN. – ¡Andá pa dentro!...
CLAUDIA. – ¡Qué notable!... ¡Pero será inútil, hijito! Esa plata es sagrada, no la verás... ¡De modo que podés ir pegando!
PICHÍN. – ¡Eh!... ¡No aguanto más!... ¡Ya!... ¡Pa dentro!... (La toma por un brazo y la tironea violentamente hacia el cuarto.)
CLAUDIA. – ¡Al fin!... ¡Pegá!... ¡Pegá!... ¡Valiente!...
PICHÍN. – ¡Tomá!... (Le pega en el rostro.)

Dichos. Canillita. Don Braulio

CANILLITA. – ¡Una gran perra!... ¡Asesino!... (Saca rápidamente un cuchillo y va hacia Pichín. Cuando va a darle el golpe, don Braulio le detiene el brazo.) ¡Lárgueme!... ¡Lárgueme!... ¡Que lo mato a ese perro! (Claudia lo sujeta también, Pichín retrocede espantado.)
DON BRAULIO. – Dejalo, ya ha de encontrar quien le dé su merecido.
PICHÍN. – (Reponiéndose.) Diga, don ¿Podría saber quién le ha dao vela en este entierro?...
DON BRAULIO. – ¡La señora!... ¡Pa que le alumbre el suyo!... (Canillita tienta arrebatarle el cuchillo.) ¡Eh, mocoso!... ¡Quedesé quieto!... (A Pichín) Pues la señora me ha dicho que... como va a vivir sola en su casa ¿entiende?.. ¡En su casa!... Le cuide la puerta pa que no dentren intrusos...
PICHÍN. – ¡Ah!... ¡Sí! ¡Está bueno!... ¿Dónde vive la señora?... Porque hasta ahora ha vivido en la mía y en mi casa no se precisan porteros... (Alterado.) Y menos porteros como vos... ¡Viejo taquera!... ¿Entendés?... ¡Viejo taquera!... (Con un movimiento brusco lo toma por el brazo derecho. Ansiedad.)
DON BRAULIO. – ¡Está bien!... ¡No se enoje!... Yo no quiero pelear con usted...
PICHÍN. – (Soltándolo.) ¡Lo ve, pues!...
DON BRAULIO. – (Apartándose.) Tenía razón, compañero... Pero es que la señora se ha mudao... ¿Verdad, doña Claudia, que se ha mudao usted a mi casa?... ¡Y en mi casa no entran ladrones por la noche!...
PICHÍN. – ¿Qué decís?...
DON BRAULIO. – ¡Ladrones!...
PICHÍN. – ¡A' hijuna!... (Se avalanza sobre don Braulio, éste esquiva el encuentro y le asesta una puñalada.)

Dichos. Batista

BATISTA. – (Saliendo.) ¿Otro bochinche? (Queda estupefacto.)
CANILLITA. – ¡Ah! ¡Don Braulio!... ¡Me hubiera dejado a mí!...
DON BRAULIO. – (Reponiéndose.) ¡Preferible es que acabe yo mis días en un presidio a que empecés los tuyos en una cárcel!...

Telón

19 de abril de 2009

Gris de ausencia

Roberto Cossa


A Carlos Somigliana


Reparto original

Abuelo: Pepe Soriano
Chilo: Luis Brandoni
Dante: Osvaldo de Marco
Lucía: Adela Gleiger
Frida: Elvira Vicario

Asistente: Claudia Weiner
Música: Juan Félix Roldán
Director: Carlos Gandolfo



Estrenada en Teatro Abierto, 1981


La antecocina de la "Trattoría La Argentina", en el barrio del Trastevere, en la ciudad de Roma. Es un ambiente amplio que se usa como lugar de estar. A la derecha está la cocina, que el espectador no ve; a la izquierda una salida hacia los dormitorios de la casa y a foro otra que da al salón del restaurante. Al iniciarse la acción se escucha el sonido de un acordeón a piano. Es el Abuelo, que toca torpemente el tango "Canzoneta", sentado en un extremo del ámbito. En el otro, Frida trata de cerrar una valija desbordada de ropa.


ABUELO. – "Cuando escolto o sole míoooo... sensa mama e sensa amore... sento un frío cui nel cuore... que me yena de ansiedaaa... Será el alma de mi mamaaaaa... que dequé cuando era un niño.... yora, yora o sole mío... Yo también quero yorar". (Prolonga los compases finales de la canción.)


(Un instante después ingresa Lucía, desde la cocina, trayendo un mate que tiende a Frida.)

FRIDA. – (con marcado acento español.) ¡Coño! Esta maleta es muy pequeñita. Debí haber cogido la más grande. Siempre sucede lo mismo: retorno con más cosas de las que traje.

LUCIA. – ¡A qué lora sale lu avione?

FRIDA. – Aún tengo tiempo. (Sorbe el mate.) Madre: no quiero que vengas a despedirme. ¿Me oyes?

LUCIA. – Sai que no me piácheno la despedida.

FRIDA. – ¡Vale! En cuanto llegue a Madrid te escribo.

Frida termina de tomar el mate y se lo tiende a Lucía.)

LUCIA. – ¿E cuándo va a retornar a Roma?

FRIDA. – No lo sé madre. En el verano, tal vez.

LUCIA. – ¿Cosa é tal vez?

FRIDA. – Bueno... quiero decir a lo mejor. (Lucía la mira sin entender.) Que no es seguro. Eso quiero decir. Que no es seguro.

LUCIA. – Dentro de sei mese, e no é securo. ¿Qué hace osté a Madrí? ¿Qué tene que hacer a Madrí que no pueda fachar a Roma?

FRIDA. – Mi lugar está en Madrid.

LUCIA. – Tu lucar... tu lucar... ¿Quié lo a deto? ¿Dío a deto que tu lucar está a Madri? ¿Dio a deto que mi lucar está a Roma? ¿Que el lucar de Martín está a Londra? ¿Eh? ¿Dío lo a deto? ¿Qué é Dío? ¿Una ayencia de turismo'?

FRIDA. – (Con cansancio.) Cada vez que vengo a Roma discutimos lo mismo.

LUCIA. – Cada veche lo discutimo meno, entonche. Porque osté viene cada veche meno. Al princhipio venía todo lo mese. Dopo cada tre mese. Alora, dentro d, sei... ¡E no é securo!

FRIDA. – Anda, madre: tráeme otro mate.

(Lucía sale hacia la cocina con el mate.)

FRIDA. – ¿Sabes, madre? Le enseñé a Manolo a tomar mate. ¡Vieras cómo le gustó! Al comienzo creía gue era una droga... algo así como la marihuana... (Ríe) Pero oye, le dije... En mi país lo toman hasta los niños. ¡No lo podía creer!

(En ese instante ingresa Chilo, con un ejemplar del diario "Clarín" bajo el brazo, mascullando insultos por lo bajo.)

FRIDA. – ¿Qué sucede, tío? Estás alterado.

CHILO. – ¡Tano hijo de puta! ¡Guacho! (Frida lo mira.) El canilla... ¡El diarero! Es un tano guacho. Hace veinte años que le compro el "Clarín", todos los días. ¿Y vos querés creer que todos los días se lo tengo que pedir? Sabe que voy a buscar el "Clarín". Pero no. Se lo tengo que pedir: "Me da el Clarín de Buenos Aires". Todos los días lo mismo. Pero oíme... En Buenos Aires le comprás tres días seguido el diario a un canilla y apenas te ve venir ya te espera con el diario en la mano. Yo compraba siempre el diario frente al policlínico Presidente Perón... Le compraba "Noticias Gráficas". Y todos los días me esperaba con el diario en la mano. Una tarde le dije: "Cambio por Crítica". Al día siguiente me esperaba con la "Crítica" en la mano. ¡Este tano!... ¡Veinte años! Y encima me insultó.

FRIDA. – ¿Cómo te insultó?

CHILO. – Y sí... Algo dijo en italiano.

FRIDA. – ¿Qué dijo?

CHILO. – No le entendí. Pero se ve que me insultó. ¡Son así! ¡Los tanos son así! En cuanto se dan cuenta que no los entendés, te putean.

FRIDA. – Pues a mí nunca me ha pasao.

CHILO. – ¿Que no? La vez pasada lo saqué al viejo a dar una vuelta... Fuimos a ver toda la parte esa rota... Bue: nos perdimos. Y le dije al viejo: preguntá cómo hacemos para volver al Trastevere. El abuelo le preguntó a una viejita que salía de la iglesia y la vieja le contestó: "Andáte a la puta que te parió".

FRIDA. – (Extrañada) ¿Eso le contestó?

CHILO. – Bueno... En italiano. Pero algo parecido. ¡Y era una viejita que salía de misa! (Desde la entrada del salón ingresa Dante, vestido de gaucho. Tiene una servilleta que le cae sobre el antebrazo.)

DANTE. – Luchía... Luchía...

LUCIA. – (Apareciendo) ¿Cosa suchede?

DANTE. – Han arribato cliente.

LUCIA. – (Molesta.) ¿Tan temprano?

DANTE. – E se... Tan temprano. Andá a prepararte. ¡Vamo!

LUCIA. – ¡Porca miseria! (Lucía sale hacia los dormitorios.)

DANTE. – Chilo... abrime la mesa due. Do cuberto. E cuatro para la mesa sete. (Se asoma a la cocina.) Bruno: tre chinculino molto cuchido... due mocheca e una insalata de tomate e chipolaaa... E una parriyada completa para cuatro. (Suena el teléfono.) Trattoría La Aryentina, bonasera . ¡Comendatore! ¿Come vai?

(Reaparece Lucía. Se ha colocado un poncho y va hacia la salida que da al salón. Al pasar junto a Frida le dice:

LUCIA. – Retorno súbito.

DANTE. – (Tapa la bocina del teléfono y le habla a Lucía.) Pane e chimichurri para la mesa tre. (Al teléfono.) Ah... comendatore.... abiamo locro... E un locro especiale: a la camatarqueña.

CHILO. – (Corrige.) Catamarqueña... Catamarqueña...

DANTE. – (Al teléfono.) ¡E una orden comendatore! La távola de la fenestra para tre persona. ¡Molto piachere! (Cuelga. Va a salir y se vuelve hacia Frida.)

DANTE. – Non te va ancora, ¿no?

FRIDA. – (Mira la hora.) Dentro de un ratito.

DANTE. – (Disculpándose.) Oyi e vernedí. Un día bravo. ¿Capishe?

FRIDA. – Atiende, padre.

DANTE. – (La besa.) Dopo ci vediamo.

(Dante ingresa al salón. Frida vuelve a ocuparse de la valija. Chilo está leyendo el diario. El Abuelo toca "Canzoneta".)

ABUELO. – "La Boca.... Cayecón, Vuelta de Rocha... bodecón, Yenaro e su acordeón... ¡Canzoneta gri de ausenchia, cruel malón de pena vieca escondida en la sombra de mi alcohol..."

CHILO. – (Leyendo el diario.) ¡Oia! Mirá, papá. El domingo pasado estuvo de turno la farmacia de don Pascual. (Lee.) Sección 22, Almirante Brown 1302. Era la farmacia de don Pascual, ¿te acordás?

ABUELO. – Entonce no va a venir a cucar al tute. Cuando está de turno no viene a cucar al tute con me.

CHILO. – ¿Qué se habrá hecho de don Pascual? Tenía tu edad. más o menos.

ABUELO. – ¿Cuanto ano tengo io?

CHILO. – Y ochenti... Déjeme pensar. Salimos de Buenos Aires en el... Tenés ochenta y cinco.

ABUELO. – Entonces don Pacual tene ochenta e tre. Cuando él e arrivato a la Aryentina tenía diecioto anno... e io vente. Sempre le quievé due anno. (Se hace una pausa. El Abuelo toca.) "La Boca. cayecón, Vuelta de Rocha... Bodecón... Yenaro e su acordeón...". ¿Así que don Pacual está de turno oyi?

CHILO. – (Con cansancio.) No, papá, no.

ABUELO. – Lo diche el diario.

CHILO. – Pero este diario es del domingo pasado. Ya te lo expliqué. Aquí los diarios se leen atrasados. (Para sí.) ¡Qué tanos bestias! Además... vaya a saber qué se hizo de don Pascual. Por lo menos. la farmacia está.

ABUELO. – ¿Cuando vamo a volver a Buenosaria. Chilo?

CHILO. – Algún día, papá.

ABUELO. – (Vuelve a tocar.) Quero volver a Buenosaria a cucar al tute con don Pacual "Canzoneta gri de ausenchia... cruel malón de pena vieca, escondida en la sombra de mi alcohol... ¡Soñé Tarento... con chien regreso... Pero sico aquí en la Boca donde yoro mi concoca... " . Nunca me podía canar al tute, don Pacual. (Ríe.) ¡E che nocaba! ¡Ma nunca me podía canar!

FRIDA. – ¡Por fin! (Deja la valija en el suelo y va a sentarse junto a Chilo. Este la mira.)

CHILO. – La Frida... Qué linda estás. Los puntos se deben volver locos en Madrid, ¿no?

FRIDA. – ¿Los puntos?

CHILO. – Los gallegos... los muchachos.

FRIDA. – (Ríe.) Qué gracioso hablas tú. Me gusta escucharte .

CHILO. – ¡Qué churro! ¿Así te dicen?

FRIDA. – No... ¡Qué maja!

CHILO. – ¿Maja? Es joda. (Ríe.) Oíme... no te querrán decir eso de la maja en pelotas ¿no?

FRIDA. – ¡No! (Ambos ríen.)

CHILO. – Y en cuanto te dicen "qué maja", vos le decís, "soy argentina".

FRIDA. – Argentina... porteña y del barrio de la Boca.

CHILO. – Cómo te acordás.

FRIDA. – Siempre me lo decías. Frida: tú eres argentina, porteña y del barrio de la Boca. ¡Tienes que gritárselo a todo el mundo!

ABUELO. –¿Qui e?

FRIDA. – Soy yo, abuelo.

CHILO. – La Frida, papá.

ABUELO. – Credeba que era don Pacual.

CHILO. – ¿Cómo don Pascual? ¿En Roma don Pascual?

ABUELO. – E cherto. Don Pacual está de turno oyi. Non pode venir a cucar al tute con me.

CHILO. – (A Frida.) Don Pascual era el farmacéutico de al lado de casa. En la calle Almirante Brown. Y venía todas las tardes a jugar a las cartas con papá.

ABUELO. – Nunca me podía canar. ¡E che nocaba! (Ríe.)

CHILO. – (A Frida.) ¿Vos no te acordás?

FRIDA. – No... Casi nada.

CHILO. – ¡Uy... cómo te quería! Y vos tenías locura con él. (Imita a Frida.) "Don Pascual... Don Pascual...". Cada vez que lo veías te le tirabas a los brazos. ¡Tenía locura con vos! Y él fue el que te subió al barco en brazos. ¿No te acordás? (Frida niega.) Claro... vos debías tener cinco años...

FRIDA. – Menos de cuatro.

CHILO. – ¡Cómo lloraba don Pascual! Siempre me lo acuerdo... en el muelle, llorando y agitando los brazos. Un tano macanudo.

ABUELO. – Sempre íbamo a la piazza Venechia con don Pacual, e cucábamos al tute baco lo árbole. (A Frida.) En la piazza Venechia. Cherca de casa.

CHILO. – Ese es el Parque Lezama, papá.

ABUELO. – ¡Eco! El Parque Lezama. E mirábamo el Coliseo.

CHILO. – ¿Qué Coliseo? La cancha de Boca.

ABUELO. – Eco. Está tuta rota la cancha de Boca. (Toca.) "Pero sico aquí en la Boca, donde yoro mi concoca... ¡Soñé Tarento... con chien regreso!..."

(Frida se ha puesto a hojear el "Clarín".)

FRIDA. – ¿Sabes tío? Casi no me acuerdo nada de Buenos Aires. Pero tengo una imagen: una vez me llevaste a caminar por una calle llena de gente...

CHILO. – Sería la calle Florida. Siempre te llevaba a la calle Florida.

FRIDA. – Había mucha gente.

CHILO. – ¡Ja! La calle más linda del mundo.

FRIDA. – Florida. Tendrá flores.

CHILO. – ¡Está llena de flores! Y árboles que se entrecruzan por arriba... puentecitos... góndolas... músicos y poetas que recitan. Y la gente canta y baila.

FRIDA. – ¡Qué hermoso!

(En ese instante suena el teléfono. A parece Dante y lo atiende.)

DANTE. – Trattoría La Argentina, bonasera. ¿Qui e? (Grita.) Quiamada da Londra. (Ingresa Lucía agitada.)

LUCIA. –E Martinchito... Martinchito...

DANTE. – (Al teléfono.) Sí, siñorina.

LUCIA. – (Le saca el tubo.) Martinchito!... Ah, sí, siñorina, aspeto. (Se queda esperando. Dante va hacia el Abuelo.)

DANTE. – Papá... póncase el poncho que lo prechiso. (Toma un poncho y ayuda al Abuelo a ponérselo.) La mesa de la finestra. Sono tre cliente molto importante. Tene que tocar osté. (El abuelo asiente.) Ma non toca cuesta porquería de sempre. Toque la cumparchita. ¿Se ricorda? (El Abuelo lo mira. Dante canturrea La Cumparsita.) "Ta-ra-ra-rá... Tarara-ra-ra-ra-ra-ra..." (El Abuelo saca unos acordes confusos, lejanamente parecidos a "La Cumparsita". Ambos van saliendo hacia el salón. Dante le repite la tonada de La Cumparsita.) Cosi-cosi... Cosi, cosi, si-si-si-si-si."

LUCIA. – (Al teléfono) ¡Martinchito! Figlio mío. ¿Come vai? (Pausa.) ¡Que come vai! (Escucha con un gesto de impotencia.) ¡Ma non ti capisco, figlio mío! ¿Come? ¿Come? ¿Mader? ¿Qui é mader? ¡Ah... mader! Sí, sono io. ¡Mader! (Dirá todo lo que sigue, llorando y sin parar.) Ho nostalgia di te. ¿Quando verrai a vedermi? ¿Fa molto freddo a Londra? (Escucha.) ¿Come? ¿Come? ¿Cosa é "andertan"? (A Frida.) Diche que "no andertan". (Frida va hacia ella y le saca el tubo.)

FRIDA. – ¿Martín? Soy yo, Frida. ¡Frida! ¡Tu sister! ¿Cómo estás? ¡Que cómo estás! (Pausa.) ¡Que how are you. coño! Nosotros bien... ¡No–so–tros! (Hace un gesto de impaciencia.) Noialtri... Noialtri good . ¡Good, sí, good!

LUCIA. – Domándagli quando verrá a vedermi.

FRIDA. – (A Martín.) Un momento. ¡Que un moment! (Mira a Lucía.)

LUCIA. – (Nerviosa.) ¡Che gli domandi quando verrá a vedermi!

FRIDA. – No te entiendo, madre.

LUCIA. – ¡Que gli domandi quando verrá a vedermi! (Frida, con la mirada, busca el auxilio de Chilo.)

CHILO. – No sé... dice que lo mandes a algún lado.

FRIDA. – (Al teléfono.) Dice madre... Mader diche... No, mader sei... Que te mande... ¡Que te mande a ver! Coño: cómo se dice mandar a ver en inglés. ¿A quién quieres que vaya a ver, madre?

LUCIA. – (Histérica.) ¡Domándali si fa freddo a Londra!

FRIDA. – Dice que vayas a ver a Fredy en Londres. (Escucha.) Fredy... Fredy. Okey... Okey. (Cuelga. Lucía la mira expectante.) Dice que está bien.

LUCIA. – ¿Que está bene, qué?

FRIDA. – Me dijo okey. Okey quiere decir que está bien. Va a ir a vérlo a Fredy.

(En ese instante ingresan Dante y el Abuelo. El Abuelo tocando.)

ABUELO. – "Soñé, Tarento... con chien regresooo. Pero sico aquí en la Boca..."

DANTE. – (Lo zamarrea.) Le dique que tocara "La Cumparchita". A la yente no le piache cuesta cosa italiana que osté toca. ¡La cumparchita le piache a la yente! Cuesto e una trattoría aryentina. Va, va... Practique la cumparchita. (A Lucía.) ¿Qué ha deto Martinchito?

LUCIA. – (Llorosa.) Que fá molto freddo a Londra.

DANTE. – Eh... Sempre fa freddo a Londra. (A Chilo.) Anota una tripa gorda para la sete e un postre viquilante a la nuove. (A la cocina.) Bruno marche do empanada é tre locro a la camatarqueña...

CHILO. – (Corrige.) Catamarqueña. Ca–ta–mar–que–ña. (Dante ha salido. Lucía se queda llorosa y Chilo anota los pedidos. Frida toma la valija.)

FRIDA. – Me voy a ir yendo, madre.

LUCIA. – (Asustada.) ¿Te vai? ¿Te vai?

FRIDA. – Y sí madre. Ya es hora.

LUCIA. – Frida... (Se acerca a ella.) ¿Por qué no te quedá a Roma? ¿Por qué no te quedá?

FRIDA. – Madre... Ya lo hablamos.

LUCIA. – (La abraza llorando.) Quedáte a Roma... Quedáte a Roma con me.

FRIDA. – No puedo, sabes que no puedo.

LUCIA. – ¿Ma por qué? (Frida no contesta.) E ese uomo. ¿no? ¡E ese uomo!

FRIDA. – Sí. es Manolo también. Pero no es sólo él.

LUCIA. – Osté está enamorada de él.

FRIDA. – Sí. Y nos vamos a casar.

LUCIA. – ¿A casar? E un estranyero. ¡Non e como noialtri! ¡E un estranyero e te va a abandonar! ¡Porque lo estranyero sono cosí ! (La mira con odio.) ¡Vate! ¡Vate e no vuelva ma!

FRIDA. – Madre...

LUCIA. – ¡Me a ascoltato! ¡No vuelva ma! (Se aleja de ella llorando.)

FRIDA. – (Mira un instante a Lucía y Iuego va hacia Chilo.) Adiós tío.

CHILO. – Chau. piba. Buen viaje. (Se besan.)

FRIDA. – (Besa al Abuelo.) Adiós, abuelo.

ABUELO. – ¿Te va a pasear? Cuando pase por la farmachia dechile a don Pacual que lo estó esperando para cucar al tute.

FRIDA. – (Va a salir y se detiene. A Lucía.) Te voy a escribir, madre. (Sale.)

ABUELO. – "Canzoneta gri de ausenchia cruel malón de pena vieca escondida en la sombra de mi alcohol... ¡Soñé Tarentoooo... con chien regreso..." ¿Cuándo vamo a volver a Buenosaria, Chilo?CHILO. – Algún día. (Desde el salón ingresa Dante agitado.)

DANTE. – ¡Ma qué pasa!... ¡Luchía!... Tre mesa sen atender. ¡Tre mesa!

LUCIA. – (Furiosa.) Me ne frega la tre mesa... ¡Me ne frega la tre mesa e me ne frega lo cliente!

(Se saca el poncho y lo arroja al suelo. Sale llorando hacia los dormitorios.)

DANTE. – ¡Ma porca miseria! ¡Justo un vernedi! (A Chilo.) Debe ayudarme al salón.

CHlLO. – ¿El salón? Nooo... De mozo no.

DANTE. – ¡Ma io solo non doy abasto!

CHILO. – ¿Yo servir a un tano? ¿A que me insulte? No... Ya te lo dije. Te hago el adicionista. Pero de mozo. no. Te lo dije cuando se te ocurrió poner el restaurante. ¡De mozo, no! Ese fue el pacto.

DANTE. – Stá bene. Osté no me ayuda. Ma no come ma. ¡Se lo curo! (Hace el gesto de la vendeta.) ¡Non come ma! ¡Va a ir a pedir lemosna! (Sale violentamente hacia el salón.)

CHILO. – ¡Prefiero pedir limosna y no hacerle de alcahuete a un tano de mierda!

(Chilo se pone a leer el diario. Pausa. El Abuelo toca "Canzoneta".)

ABUELO. – Agarrábamo por Almirante Brown con don Pacual e no íbamo a la Vuelta de Rocha. ¿Te acorda de la Vuelta de Rocha, Chilo?

CHILO. – Si, papá, sí...

ABUELO. – E mirábamo el Tevere.

CHILO. – El Tíber, no. Eso es acá. El... (Se detiene.) El... (Se va asustando.) ¿Cómo se llama? El... ¡Pero carajo!

ABUELO. – El Tevere...

CHILO. – (Furioso.) ¡No... eso es acá! E... el... (Hace un gesto de impaciencia.) ¡Pero!... Frente a la Vuelta de Rocha... del otro lado está Avellaneda... los barcos... Quinquela Martín... ¡Carajo! (Contento.) ¡El arroyuelo!

ABUELO. – Eco... el Riachuelo... e dopo el Castello de Santangelo...

CHILO. – El Riachuelo... (El Abuelo se pone a tocar "Canzoneta". Lentamente Chilo se va colocando el poncho que Lucía arrojó al suelo y va hacia el salón del restaurante.)

CHILO. – (Desde la puerta que da al salón, resignado.) Comendatore... ¿Cosa vuole?

(Chilo sale hacia el salón. El Abuelo queda solo.)

ABUELO. – Cucá osté, don Pacual. Spada e triunfo. Termenamo el partido e dopo no vamo a piazza Venechia, ¿eh? Agarramo por Almirante Brown... cruzamo Paseo Colón e no vamo a cucar al tute baco lo árbole. Cuando era cóvene, sempre iba al Parque Lezama. Con el mío babbo e la mía mamma... Mi hermano Anyelito... Tuto íbamo al Parque Lezama... E il Duche salía al balcón... la piazza yena de quente. E el queneral hablaba e no dicheva: "Descamisato... del trabaco a casa e de casa al trabaco". E eya era rubia e cóvena. E no dicheva: "Cuídenlo al queneral". E dopo el Duche preguntaba: "¿Qué volete? ¿Pane o canune?" E nosotro le gritábamo: "Leña, queneral, leña queneral". (Toca acordes de "Canzoneta".) Ma... dopo me tomé el barco. E el barco se movía e el mío hermano Anyelito mi dicheva: "A la Aryentina vamo a fare plata... mucha plata... E dopo volvemo a Italia". (Ríe.) Así dicheva mi hermano Anyelito, que Dio lo tenga en la Santa Gloria. Una tarde de sol se cayó del andamio. (Toca y canturrea.) "Canzoneta gri de ausenchia, cruel malón de pena vieca escondida en la sombra de mi alcohol... Soñé Tarento, con chien regreso..." ¿Cuándo vamo a volver a Italia, don Pacual? ¿Cuándo vamo a volver a Italia?



TELON


15 de marzo de 2009

Los Reyes

Julio Cortázar





ESCENA


A la vista del laberinto, de mañana. Sol ya alto y duro, contra la curva pared como de tiza.


MINOS

La nave llegará cuando las sombras, calcinadas de mediodía, finjan el caracol que se repliega para considerar, húmedo y secreto, las imágenes de su ámbito en reposo. ¡Oh caracol innominable, resonante desolación de mármol, qué fosco silencio discurrirán tus entrañas sin salida!
Allí mora, legítimo habitante, esta tortura de mis noches, Minotauro insaciable. Allí medita y urde las puertas del futuro, los párpados de piedra que su sagaz perfidia alza contra mi trono en la muralla. Mis sueños aguzados de astas. Todo remo me es cuerno, toda bocina mugir. ¡Minotauro, hijo de reina ilustre, prostituida! Nadie hallará el artificio armonioso capaz de medir sin engaño un temor de rey.
Minotauro, silencio en acecho, signo de mi poder sobre la concavidad del mar y sus ramos de azules islas. Testimonio vivo de mi fuerza, del filo abominable de la doble hacha. ¡Sí, preso y condenado para siempre! Pero mis sueños entran al laberinto, allí estoy solo y desceñido, a veces con el cetro que se va doblando en mi puño. Y tú adelantas, enorme y dulce, enorme y libre. ¡Oh sueños en que ya no soy el señor!
Los sueños, también tarea real. Contra cada noche voy subiendo en odio hasta preferir tu muerte a toda proclamación de gloria en otras playas. Reinar en mí, oh última tarea de rey, oh imposible!


Ariana se acerca sin mirar el suelo, los ojos fijos en el muro del laberinto.


ARIANA

La nave es lisa, con velas blancas. Un marinero dijo: “También hay velas negras pero están sumidas en la cala, libres de ratas con pez y sortilegios. Palas no querrá que las icemos de vuelta.” Lo dijo un marinero.


MINOS

Hablas como por sobre mí. Estamos solos pero no es a mí a quien hablas.


ARIANA

Hablar es hablarse.


MINOS

Vete sola, entonces.


ARIANA

Eres como una lámina de bronce, me oigo mejor si te hablo. Cuando llegué, tú te escuchabas en el alto espejo del aire.


MINOS

Es más denso que el aire. Míralo allí, alza tu voz y te la devolverá como un golpe de ramas secas en la cara.


ARIANA

¿Tienes miedo del eco?


MINOS

Hay alguien detrás. Como en todo espejo, alguien que sabe y espera.


ARIANA

¿Por qué le tienes miedo? Es mi hermano.


MINOS

Un monstruo no tiene hermanos.


ARIANA

Los dos nos modelamos en el seno de Pasifae. Los dos la hicimos gritar y desangrarse para arrojarnos a la tierra.


MINOS

Las madres no cuentan. Todo está en el caliente germen que las elige y las usa. Tú eres la hija de un rey, Ariana la muy temida, Ariana la paloma de oro. Él no es nuestro, un artificio. ¿Sabes de quién es hermano? Del laberinto. De su cárcel misma. ¡Oh caracol horrendo! Hermano de su jaula, de su prisión de piedra. Un artificio, mira, igual que su prisión. Dédalo los hizo a ambos, astuto ingeniero.


ARIANA

Ella ha sido mi madre.


MINOS

El ánfora ya rota en pedazos execrables. Tú naces de mí como el aroma del vino profundo. Hija de rey, paloma de oro. Primero fuiste tú, y en Cnosos se alzaba la alegría como un potro en dos patas. Entonces urdió Dédalo la máquina de bronce, maleándola en secreto. Yo recibía embajadas, presidía torturas. Y entre tanta comisión real, Pasifae se rendía a un deseo de manos calientes y yugulares rotas.


ARIANA

No lo digas. Saber una cosa no es como escucharla. Saber sin palabras, la cosa misma adherida, al corazón, nos abriga de su imagen como un escudo.


MINOS

Nadie me libró de escucharlo. Con palabras te lo diré para que la vomites de tu corazón y seas solamente la hija del rey. Cuando apenas le quedaba voz, al tercer día de suplicios, Axto derramó la verdad con su sangre. El toro era del norte, rojo y henchido, se le veía subir por la pradera como las barcas egipcias que traen a los emisarios y las vendas perfumadas. Ella estaba ya en la vaca luminosa, delfín de oro entre las hierbas, y fingía un mugido solitario y blando, un temblor en la piel de la voz.

ARIANA

No lo digas. Axto murió mutilado y amargo. Su dolor hablaba por él, pero tú eres un rey.


MINOS

El toro vino a ella como una llama que prende en los trigos. Todo el oro fúlgido se oscureció de pronto y Axto, desde lejos, oyó el alto alarido de Pasifae. Desgarrada, dichosa, gritaba nombres y cosas, insensatas nomenclaturas y jerarquías. Al grito sucedió el gemir del goce, su lasciva melopea que en mi recuerdo se mezcla todavía con azafrán y laureles. No sé más, Axto murió en mitad de una palabra. Me acuerdo de la palabra: sonrisa.


ARIANA

Hablaría de ella.


MINOS

No sé.


ARIANA

El toro era del norte, rojo y henchido. Lo digo como si escupiera los huesecillos de una paloma asada, las escamas del pescado. No quiero repetirlo pero tú me has forzado su carne en la boca, siento correr una caliente savia de púrpura y limón por mi lengua lacerada. ¡Oh rey, padre mío, y él está vivo ahí, y tú lo condenas cruelmente!


MINOS

Y yo estoy vivo aquí, y él me condena cruelmente. En este día que vuelve cada año con una barca de llantos; en este día en que debo ser rey.


ARIANA

Ya estarán en camino.


MINOS

Y él acechará, hambriento y furioso, las galerías equívocas que separan el sol de su testuz enceguecido. ¿No oyes? ¡Ese ruido! ¡Como si afilara su doble rayo contra el mármol!


ARIANA

Era simple y callado.


MINOS

Pregunta a las sombras de los atenienses. Pregunta a las vírgenes de trenzas claras.


ARIANA

¿Cómo podría vivir sin comer? La cólera nació del primero que tuvo hambre. En el palacio erraba manso y sumido, dormía sobre el follaje seco. No me dejaban hablarle pero a veces nos mirábamos distantes, y él iba bajando despacio la roja cabeza hasta que sólo quedaban los cuernos blanquísimos hacia mí, como los curvos ojos de marfil en las figurillas votivas.


MINOS

Ordenaba su fuerza, contando secretamente los números de la ira. Fue preciso vestirlo de piedra para que no tronchara mi cetro.


ARIANA

Vi cuando lo llevaban.


MINOS

Una mujer no sabe mirar. Sólo ve sus sueños.


ARIANA

Rey, así miran los dioses y los héroes. Tú mismo, ¿qué ves del día sino la noche, el miedo, el Minotauro que has tejido con las telas del insomnio? ¿Quién lo tornó feroz? Tus sueños. ¿Quién le trajo la primera gavilla de muchachos y doncellas, arrancados a Atenas por el terror y el prestigio? Él es tu obra furtiva, como la sombra del árbol es un resto de su nocturno espanto.


MINOS

Los atenienses no volvieron a salir.


ARIANA

Nadie sabe qué mundo multiforme o qué multiplicada muerte llenan el laberinto. Tú tienes el tuyo, poblado de desoladas agonías. El pueblo lo imagina concilio de divinidades de la tierra, acceso al abismo sin orillas. Mi laberinto es claro y desolado, con un sol frío y jardines centrales donde pájaros sin voz sobrevuelan la imagen de mi hermano dormido junto a un plinto.


MINOS

¡Ah, vete a él! Toda tú eres reproche. Tan próxima y lejana. Debí encerraros juntos, cederte a sus mandíbulas. Puedo hacerlo todavía.


ARIANA

No, tú sabes que no. Estamos de este lado de esas piedras. Como la pared del pecho entre el negro corazón y el albo sol, el muro del arquitecto segmenta nuestros mundos. Un horror solitario y astuto cohíbe mis pasos. Puedo pensar en el jardín central, en el huésped bicorne — Mi corazón desfallece, renuncia al enigma. ¡Saber, sueño meridiano! ¡Acceder, confirmar! Y en el borde mismo retrocedo como una ola sucia de arena, me repliego a mi confusa ignorancia donde bate la delicia del horror, la esperanza renovada!


MINOS

Ya están aquí.


ARIANA

¡Oh libertad! La entrada es lisa y fácil. Cuántas veces he llegado al punto en que la galería principia a girar, a proponer el engaño sutilísimo.


MINOS

Vendrán vestidos de lágrimas como todos los años. Los hombres sostendrán a las vírgenes y olvidarán su miedo en el consuelo viril.

ARIANA

Allí me detengo. Todo lo que sigue es solamente deseo, carne triste, involuntaria. ¡Oh hermano solo, monstruo capaz de excederme hasta en la ausencia, de revestir con miedo mi primera ternura! ¡Oh roja frente abominable!


MINOS

Ahora eres la reina.


ARIANA

Ahora no sé quien soy.



ESCENA

Los condenados permanecen a distancia, mirando hacia el laberinto. Teseo se adelanta solo. Contempla largamente a Ariana antes de volverse al Rey. Ariana se aparta hasta quedar apoyada en la pared del laberinto. Ya el sol cae a plomo y el cielo es de un azul duro y ceñido.


MINOS

Créeme, no lo hago con alegría. Los sacerdotes leyeron su amenaza sobre láminas de bronce corroídas por un líquido sagrado. Cnossos no se regocija con vuestra muerte. Pero él reclama su tributo cíclico, reclama siete vírgenes y siete de vosotros. Es preciso.


TESEO

Y los exige atenienses, por supuesto.


MINOS

¿Quién eres tú que me arroja su ácida flecha a tan pocos pasos de la muerte?


TESEO

Un igual.


MINOS

Teseo.


TESEO

Mira esa gente. Cuánto llorar perdido. Su ser entero confluye a las lágrimas, como si de las lágrimas pudiera nacer alguna perpetuación. ¿Tú concibes que un hombre, máquina de poder, se resuma en su llanto, en esa sal sin futuro?


MINOS

Teseo el matador. Sí, tienes la frente y la palabra dura de tu padre. Se ve al mirarte que te ordenas en torno de tu voluntad, como otros en torno de su gracia o su silencio. No sé a qué vienes, qué astucia ática te han aconsejado tus dioses nutridos de espantosa dialéctica. No te prefiero así, ¡oh hijo de enemigo! No has venido a morir; tu presencia altera el orden sagrado, introduce el desconcierto que en el sacrificio irrumpe de la ternera rebelde, de la libación mal vertida. No te prefiero aquí.


TESEO

Nunca sabrás cuánto se parece tu lenguaje a mi pensamiento. Serénate, rey, imita a esa virgen que adhiere a la pared misteriosa y nos contempla con mirada incierta y blanda, fuera del tiempo. Ve cómo coincide su túnica con la lejana réplica de aquellas columnas. ¡Oh armonía presente, instauración feliz de lo continuo! Lazos aéreos ciñen su doble fuga, y de su relación sutil adviene mi alegría. Serénate y apacigua tanto tráfico oscuro mirando lo que dura, sostenido y claro, en su ritmo meridiano.


MINOS

Es Ariana.


TESEO

No podía ser otra. Hasta en ella nos asemejamos. En Atenas me hablaron de Ariana. La deseé como al viento de popa y al perfil familiar de las islas. Ella es el vértice que une nuestras dos líneas reales.


MINOS

Y todo lo dices como si el hoy fuese ya el día cumplido, como si hubieras cruzado su puente con la muerte sonando entre las piedras. ¡Oh insensato, pasto codiciado del Minotauro!


TESEO

Tú ya sabes que no.


MINOS

Mis guardias te arrastrarán al igual que los otros.


TESEO

Iré el primero y solo.


MINOS

Morirás temblando.


TESEO

Tú ya sabes que no. Tengo un problema: salir del laberinto. ¡Cómo se desvelaron mis maestros proponiendo soluciones al enigma dedálico! Los hay que creen en galerías concéntricas, llenas de falsas puertas. Me aconsejaron caminar con los ojos cerrados para evitar las ilusiones; el instinto crece con la sombra y el desamparo.


MINOS

¡Con los ojos cerrados! Sí, te evitarás verlo antes que te alce en sus pitones luminosos.


TESEO

Se entiende que eso será después de haber matado al monstruo.


MINOS

Habla; es bueno para no pensar.


TESEO

Pero el problema persiste; su muerte me hace señor de una cárcel. Si no vuelvo, ¿cómo sabrán en Atenas que he matado al Minotauro ilustre?


MINOS

¿Tenías que matarlo?


TESEO

Sí, por lo mismo que tú tenías que encerrarlo. Aquí divergen nuestras sendas, rey, pero la inteligencia es alta y se comprende de un hombre a otro y desde sus diferencias.


MINOS

Te obstinas en ver semejanza allí donde sólo hay azar.


TESEO

Este azar, igual que todos, se ha venido tejiendo con minucia y el Minotauro lo expone a la luz como envuelve el rocío en su delación plateada el tapiz de Aracné. Nadie nos oye y yo soy Teseo. Es decir, soy también Minos. Cosa nuestra, más acá de nuestros reinos y nuestros nombres. Porque también tú eres Teseo. Creta y Atenas, la nada. Sobre esas tierras perecederas, los reyes impetramos un orden sobrehumano, con un lenguaje solitario y desnudo, frente a frente.


MINOS

Ahora sé que mentías. Nuestro vértice no es Ariana, está al otro lado del muro y nos espera.


TESEO

¡Oh rey, seguro entendimiento!


MINOS

Sigo a oscuras esta indecible claridad que me propones. Ignoro a qué has venido, qué proyectas. Compruebo la necesidad casi horrible de que estés aquí, de que nos enfrentemos junto al muro, bajo los ojos de Ariana. Es casi un saber, algo que participa de la amenaza y el ultraje.


TESEO

Es más que saber; resuena en la nocturna caja del pecho, donde las pruebas huelgan. ¿Acaso sé yo por qué he venido? Cuando mis maestros querían explicármelo, los detenía riendo: “Callad, filósofos. Tan pronto llenéis de razones mi valor, me echaré a temblar.” Estoy aquí cumpliendo un mandato que me viene de la estirpe. No consta de palabras ni designios, sólo un movimiento y una fuerza.


MINOS

Tenías que matarlo. Oscuramente sé que tu respuesta es la mía, que una sola palabra puede desatar todo enigma.


TESEO

¿Quién sabe de enigmas? Yo ataco.


MINOS

Es una solución. Cuántos sucumben a los enigmas por creerlos materia de sutil examen, por contestar con palabras a la obra de la palabra. ¿Pero tenías que matarlo?

TESEO

Está en mi camino, como los otros. Todos ellos me estorbaban.


MINOS

Es extraño. Cada uno se construye su sendero, es su sendero. ¿Por qué, entonces, los obstáculos? ¿Llevamos el Minotauro en el corazón, en el recinto negro de la voluntad? Cuando ordené al arquitecto esta sierpe de mármol era como si previera la irrupción del cabeza de toro. Y también como si tu barca, ¡oh matador de sueños crueles!, estuviera ya subiendo el río, toda velas negras, hacia Cnosos. ¿Es que vamos extrayendo el acaecer de nuestro presente torturado? ¿Edificamos tan horriblemente nuestra desdicha?


TESEO

Yo iba al gimnasio y dejaba que mis maestros pensaran por mí. No creas que te sigo en tus rápidos juegos. Me obedezco sin preguntar mucho. De pronto sé que debo sacar la espada. Vieras a Egeo cuando me agregué a los condenados. Quería razones, razones. Yo soy un héroe, creo que basta.


MINOS

Por eso hay tan pocos.


TESEO

Además, soy rey. Egeo está ya muerto para mí. Atenas encontrará pronto su amo. Al rey puedes preguntarle más que a Teseo. De pronto me descubro una peligrosa facilidad para encontrar palabras. Lo que es peor, me gusta tejerlas, ver qué pasa, arrojar las redes — ¡Oh, pero me contengo! Mira, yo sé por qué debo matar al cabeza de toro. Me preocupa su astucia.


MINOS

También tú.


TESEO

Es temible allí dentro.


MINOS

Más que fuera, pero de otro modo, con la sutileza del prestigio. Yo tenía que encerrarlo, sabes, y él se vale de que yo tenía que encerrarlo. Soy su prisionero, a ti puedo decírtelo. ¡Se dejó llevar tan dócilmente! Aquella mañana supe que salía camino de una espantosa libertad, mientras Cnosos se me convertía en esta dura celda.


TESEO

Debiste concluir con él si tu cetro no alcanzaba para usar su vida.


MINOS

Parecía tan difícil ocultarlo para siempre. Ya ves, todos los artificios de Dédalo se vuelven horriblemente contra mí. Y luego... ¡con qué tranquilidad hablas de matar!


TESEO

Ahora te alegrarás de que lo haga por ti.


MINOS

Sí. Tiene que morir, has venido a eso y no hay ya que hablar. Nos entendemos bien. Pero yo te llevo años, tristezas, desnuda y solitaria meditación nocturna en terrazas abiertas a los astros. Lo que llamas matar...


TESEO

Pudiste hacerlo tú mismo. En cambio lo alimentas con carne ateniense, que te cobraré el mismo día en que de la mano seca de Egeo caiga el cetro a estos dedos como águilas.


MINOS

¿Tú crees que los devora? A veces pienso si no ejercita su vigilia en hacer de esos mancebos aliados, de esas vírgenes esposas, si no urde la tela de una raza terrible para Creta.


TESEO

¿Por qué entonces renuevas el tributo?

MINOS

Lo sabes como yo. Hubieras hecho lo mismo en mi lugar. Egeo tiembla cuando los vientos empiezan a alzarse desde las aguas, y el plazo se cierra inevitable. Y luego la ceremonia, el pavor de Atenas.


TESEO

Todo lo pagarás en su día.


MINOS

Sí, y no porque a ti te importe; deberás hacerlo con el mismo secreto hastío que pongo en reclamar mis presas. Está mi pueblo, que me elogia por tener en mis manos al monstruo. Y el Egipto, donde repiten las maravillas del laberinto. Imagínate, matarlo de hambre. Se diría en seguida: “No era tan temible, apenas le faltó el tributo dejaron de oírse sus mugidos triunfales, los altos gritos que a mediodía brotaban del recinto como bocinas de fiesta.” No es al cabeza de toro que entrego los atenienses; hay aquí un demonio que necesita alimento.


TESEO

Cuánto hablas — Pero no hubieras podido decir con menos tanta falsa materia. ¡Demonio! Mataré a ese demonio, arrastraré su cuerpo vestido de polvo por las calles de Cnosos.


MINOS

En el fondo lo matarás por lo mismo que temo yo matarlo. Sólo los medios cambian, alguna vez te tocará saberlo.


TESEO

Nos parecemos menos de lo que supuse.


MINOS

El tiempo te probará otra cosa.


TESEO

Tú serás una sombra. La venganza de Atenas se abre paso hacia tu garganta que hierve con las hormigas del perjurio. ¿Lo querías, vivo? ¿Su existencia sostenía tu poder más allá de la isla? ¡Llama las músicas fúnebres, haz que se preparen!


MINOS

No me importa que lo mates.


TESEO

Te importa. Por eso lo heriré con doble fuerza.


MINOS

Y en ese mismo momento yo meteré esta espada entre los senos de Ariana.


TESEO

¿Ariana? No pensaba en Ariana. ¿Por qué no matarme a mí?


MINOS

Atenas saltaría como una inmensa langosta sobre mi isla. Que te mate el cabeza de toro; eso lo acatarán, viene de más arriba.


TESEO

Ariana. Sí, está Ariana. Pero yo debo matar al Minotauro.


MINOS

Mátalo, y guarda su muerte como una piedra en la mano. Entonces te daré a Ariana.


TESEO

¿Callar su muerte? ¿Pero tú crees que Teseo puede volver a Atenas sin que lo sobrevuele la noticia de otro monstruo vencido?


MINOS

Volverás con Ariana y con el corazón en paz. Piensa; con Ariana, y con el corazón en paz.

TESEO

Libres de monstruos las islas; porque éste es el último.


MINOS

Y los pueblos siempre temerosos. Los atenienses inclinándose con el tributo anual. Luego yo te lo perdonaría. Siempre están los africanos para alimentar el prestigio del monstruo.


TESEO

Ya ningún monstruo vivo.


MINOS

Sólidos, nuestros tronos.


TESEO

Ningún monstruo vivo. Solamente los hombres.


MINOS

Los hombres, sostén de los tronos.


TESEO

Y tú me darías a Ariana.


MINOS

Mira si nos parecemos.



ESCENA


Se ve entrar a los atenienses precedidos por Teseo. Con ademán liviano, casi indiferente, el héroe lleva en la mano el extremo de un hilo brillante. Ariana deja que el ovillo juegue entre sus curvados dedos, Al quedar sola frente al laberinto, sólo el ovillo se mueve en la escena.


ARIANA

En la fresca solemnidad de las galerías, su frente será más roja, de un rojo denso de sombra, y como lunas enemigas se enhiestarán los cuernos luminosos. Envuelto en el silencio vacuno que ha presidido su amargo crecimiento, paseará con los brazos cruzados sobre el pecho, mugiendo despacio.
O hablará. Oh sus dolidos monólogos de palacio, que los guardias escuchaban asombrados sin comprender. Su profundo recitar de repetido oleaje, su gusto por las nomenclaturas celestes y el catálogo de las hierbas. Las comía, pensativo, y después las nombraba con secreta delicia, como si el sabor de los tallos le hubiera revelado el nombre… Alzaba la entera enumeración sagrada de los astros, y con el nacer de un nuevo día parecía olvidarse, como si también en su memoria fuera el alba adelgazando las estrellas. Y a la siguiente noche se complacía en instaurar una nueva nominación, ordenar el espacio sonoro en efímeras constelaciones…
No sabré ya nunca por qué su prisión alza en mí las máquinas del miedo. Tal vez entonces comprendí que estaba envuelto en una existencia ajena a la del hombre. Los hermanos parecen menos hombres y menos vivos, imágenes adheridas a la nuestra, apenas libres. Duele decir: hermano. ¡Lo es tan poco, turbio anochecer de nuestra madre! ¡Oh Minotauro, no quiero pensar en Pasifae, tú eres el Toro, el cabeza de toro recogido y amargo! Y alguien marcha contra ti mientras mi ovillo decrece, vacila, brinca como un cachorro en mis manos y bulle quedamente…
Los ojos de Teseo me miraron con ternura. “Cosa de mujer, tu ovillo; jamás hubiera hallado el retorno sin tu astucia.” Porque todo él es camino de ida. Nada sabe de nocturna espera, del combate saladísimo entre el amor a la libertad, ¡oh habitante de estos muros!, y el horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado.
Me dijo del triunfo, de su nave y del tálamo. Todo tan claro y manifiesto. A su lado era yo algo maligno e impuro, lácteo punto turbio en la claridad de la esmeralda. Entonces ordené las palabras de la sombra: “Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariana.” Marchó sin más preguntas, seguro de mi soberbia, pronto a satisfacerla. “Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariana…” ¡Minotauro, cabeza de purpúreos relámpagos, ve cómo te lleva la liberación, como pone la llave entre las manos que lo harán pedazos!
El ovillo es ya menudo y gira velocísimo. Del laberinto asciende una sonoridad de pozo, de tambores apagados. Pasos, gritos, ecos de lucha, todo se confunde en el uniforme murmullo como de mar espeso. Sólo yo sé. ¡Espanto, aleja esas alas pertinaces! ¡Cede lugar a mi secreto amor, no calcines sus plumas con tanta horrible duda! ¡Cede lugar a mi secreto amor! ¡Ven, hermano, ven, amante al fin! ¡Surge de la profundidad que nunca osé salvar, asoma desde la hondura que mi amor ha derribado! ¡Brota asido al hilo que te lleva el insensato! ¡Desnudo y rojo, vestido de sangre, emerge y ven a mí, oh hijo de Pasifae, ven a la hija de la reina, sedienta de tus belfos rumorosos!
El ovillo está inmóvil. ¡Oh azar!



ESCENA


En la curvada galería, Teseo enfrenta al Minotauro. Se ve el extremo del hilo a los pies del héroe que empuña la espada.


TESEO

Preguntas vanamente. No sé nada de ti: eso da fuerza a mi mano.


MINOTAURO

¿Cómo podrías golpear? Sin saber a quién, a qué.


TESEO

Si esperara a oír, acaso no pudiera matarte luego. He visto jueces que humillaban la cabeza al condenar. Uno notaba que sobre el reo se cernía en ese instante como una grandeza, una inmensidad sin nombre. Pero yo te miro de frente porque no te juzgo. No te mato a ti sino a tus actos, al eco de tus actos, su resonar lejano en las costas griegas. Se habla ya tanto de ti que eres como una vasta nube de palabras, un juego de espejos, una reiteración de fábula inasible. Tal es al menos el lenguaje de mis retóricos.


MINOTAURO

Parece que miraras a través de mí. No me ves con tus ojos, no es con los ojos que se enfrenta a los mitos. Ni siquiera tu espada me está justamente destinada. Deberías golpear con una fórmula, un ensalmo: con otra fábula.


TESEO

Todavía somos iguales. Aquí no llega el rumorear de los puertos. Seré yo quien retorne, arrollando el hilo sutil, para aventar con mi nombre el montón de ceniza en que se habrá calcinado el tuyo.


MINOTAURO

¡Un hilo! Entonces puedes salir de aquí.


TESEO

Con mi espada roja.


MINOTAURO

Entonces el que mate al otro puede salir de aquí.


TESEO

Ya lo ves.


MINOTAURO

Habrá tanto sol en los patios del palacio. Aquí el sol parece plegarse a la forma de mi encierro, volverse sinuoso y furtivo. ¡Y el agua! Extraño tanto al agua, era la única que aceptaba el beso de mi belfo. Se llevaba mis sueños como una mano tibia. Mira qué seco es esto, qué blanco y duro, qué cantar de estatua. El hilo está a tus pies como un primer arroyo, una viborilla de agua que señala hacia el mar.


TESEO

Ariana es el mar.


MINOTAURO

¿Ariana es el mar?


TESEO

Me dio este hilo, para recobrarme cuando te haya matado.


MINOTAURO

¡Ariana!


TESEO

Después de todo es de tu sangre. Después de todo es al toro a quien mato en ti. Si pudiera salvar el resto, tu cuerpo todavía adolescente.


MINOTAURO

Para qué. Ariana mezcló sus dedos con los tuyos para darte el hilo. Ya ves, el hilo de agua se seca como todos. Ahora veo un mar sin agua, una ola verde y curva enteramente vacía de agua. Ahora veo solamente el laberinto, otra vez solamente el laberinto.


TESEO

Ocurre que tienes miedo de morir. Créeme, no duele mucho. Yo podría herirte de un modo — Pero te acabaré prontamente, siempre que no luches y bajes la cabeza.


MINOTAURO

Siempre que no luche. Oh vanidoso cachorro, qué cerca estás tú mismo de la muerte. ¿No sospechas que me bastaría una cornada para hacer de tu filo un estrépito de bronce roto? Tu cintura es un junco entre mis dedos, tu cuello la vaina delicada de la alubia. Ahora el odio rojo monta por mi frente, sé que debería matarte, seguir la senda que el hilo me propone, alzarme hasta las puertas como un sol de espuma negra… ¿Para qué?


TESEO

Si eres tan fuerte, pruébalo.


MINOTAURO

¿Para quién? Salir a la otra cárcel, ya definitiva, ya poblada horriblemente con su rostro y su peplo. Aquí era especie e individuo, cesaba mi monstruosa discrepancia. Sólo vuelvo a la doble condición animal cuando me miras. A solas soy un ser de armonioso trazado; si me decidiera a negarte mi muerte, libraríamos una extraña batalla, tú contra el monstruo, yo mirándote combatir con una imagen que no reconozco mía.


TESEO

No sé lo que dices. ¿Por qué no luchas?


MINOTAURO

Ya ves, me cuesta decidir. Si en el extremo del hilo se cerrara la mano de Piritoo, de cualquiera de tus camaradas, ya estarías mezclándote con ese polvo que pisas. Pero dijiste: “Ariana es el mar.”


TESEO

Un modo de decir. Y luego que nada tiene ella que ver con nuestra lucha. No es culpa suya si eres cobarde.


MINOTAURO

Si te ofrezco el cuello, ¿seré cobarde?


TESEO

No, Minotauro. Algo me dice que podrías combatir y no quieres. Te prometo herir bien, como se hiere a los amigos.


MINOTAURO

No hay malicia en tus ojos, joven rey. Tan claros que la realidad pasa por ellos y no deja más que apariencias, su arena en el cedazo. Aún no me has domeñado. Y no sabes que muerto seré distinto. Pesaré, Teseo, como una inmensa estatua. Cuernos de mármol se afilarán un día contra tu pecho.


TESEO

Deja de hablar y decídete.


MINOTAURO

Muerto seré más yo — ¡Oh decisión, necesidad última! Pero tú te disminuirás, al conocerme serás menos, te irás cayendo en ti mismo como se van desmoronando los acantilados y los muertos.


TESEO

Al menos estarás callado.


MINOTAURO

Sí, para dejarte oír. Te quedarás aquí, solo en los muros, y allá adentro el mar.


TESEO

¡Cuánto arguyes!


MINOTAURO

Espera el día en que la tierra de los hombres guarde mi argumento en el secreto río de la sangre. No me has oído aún. Mátame antes.


TESEO

Ahora me urges, como si tramaras un ardid.


MINOTAURO

Estoy decidido. Desde un repentino separarse de aguas en lo hondo, la libertad final se adelanta en el filo que nace de tu puño. Qué sabes, tu de muerte, dador de la vida profunda. Mira, sólo hay un medio para matar los monstruos; aceptarlos.


TESEO

Sí, y que ellos te corneen el trono.


MINOTAURO

Es que no tendrían cuernos.


TESEO

O borren tus hazañas con el peso de su horrible imagen.


MINOTAURO

Andarían inadvertidos, como los gallos espantosos o los halcones de pesadilla. ¿No comprendes que te estoy pidiendo que me mates, que te estoy pidiendo la vida?


TESEO

Vine a eso. A matarte y callar. Sólo mientras Ariana esté en peligro. Apenas la alce a mi nave, todo yo seré voz gritando tu muerte, para que el aire caiga como una plaga en la cara de Minos.


MINOTAURO

Iré delante de ti, trepado en el viento.


TESEO

No serás más que un recuerdo que morirá con el caer del primer sol.


MINOTAURO

Llegaré a Ariana antes que tú. Estaré entre ella y tu deseo. Alzado como una luna roja iré en la proa de tu nave. Te aclamarán los hombres del puerto. Yo bajaré a habitar los sueños de sus noches, de sus hijos, del tiempo inevitable de la estirpe. Desde allí cornearé tu trono, el cetro inseguro de tu raza… Desde mi libertad final y ubicua, mi laberinto diminuto y terrible en cada corazón de hombre.


TESEO

Haré que arrastren tu cadáver por las calles, para que el pueblo abomine de tu imagen.


MINOTAURO

Cuando el último hueso se haya separado de la carne, y esté mi figura vuelta olvido, naceré de verdad en mi reino incontable. Allí habitaré por siempre, como un hermano ausente y magnífico. ¡Oh residencia diáfana del aire! ¡Mar de los cantos, árbol de murmullo!


TESEO

Así. Deja quieta la cabeza y todo será bien simple.


MINOTAURO

Ariana, en tu profundidad inviolada iré surgiendo como un delfín azulísimo. Como la ráfaga libre que soñabas vanamente. ¡Yo soy tu esperanza! ¡Tú volverás a mí porque estaré instaurado, incitante y urgido, en tu desconcertada doncellez de sueño!


TESEO

¡Inclínate más!


MINOTAURO

¡Ah, qué torpemente heriste!


TESEO

Te desangrarás con suavidad y sin sentirlo.


MINOTAURO

Mi sangre sabe a adelfas, se me va entre los dedos llena de pequeños soles movientes.


TESEO

¡Calla! ¡Muere al menos callado! ¡Estoy harto de palabras, perras sedientas! ¡Los héroes odian las palabras!


MINOTAURO

Salvo las del canto de alabanza.



ESCENA


El Minotauro agoniza, sosteniendo la roja cabeza contra el muro. El joven citarista se acerca temeroso, mientras otros habitantes del laberinto –jóvenes, doncellas— se detienen más lejos.


EL CITARISTA

¡Oh, señor de los juegos! ¡Amo del rito!


MINOTAURO

Déjame, citarista. No podrías darme más que música, y en mi resto de vida crece como el viento un reclamo de silencio.


EL CITARISTA

¡Toda esa sangre!


MINOTAURO

Sólo ves lo que no importa. Sólo te dolerás de mi muerte.


EL CITARISTA

¿Cómo no dolerme? Tú nos llenaste de gracia en los jardines sin llave, nos ayudaste a exceder la adolescencia temerosa que habíamos traído al laberinto. ¿Cómo danzar ahora?


MINOTAURO

Ahora sí. Ahora hay que danzar.


EL CITARISTA

No podremos, esta cítara cuelga de mis dedos como una rama seca. Mira a Nydia llorando entre las vírgenes, olvidada del ritmo que nacía de sus pies como un sutil rocío. ¡No nos pidas danzar!


MINOTAURO

Nydia sentirá crecerle un día la danza por los muslos, y a ti el mundo se te volverá sonido, y el ritmo matinal os hallará a todos cara al sol y a júbilo. — De este silencio en que me embarco descenderán las águilas. Pero no hay que recordarme. No quiero ese recuerdo. El recuerdo, hábito insensato de la carne. Yo me perpetuaré mejor.


EL CITARISTA

¿Cómo olvidarte?


MINOTAURO

Ya lo sabrás, una vida te espera para el olvido. No quiero llantos, no quiero imágenes. Solamente el olvido. Y entonces seré más yo. En la crecida noche de la raza, sustancia innominable y duradera. ¡Oh delicada sangre que renuncia! Miradla, su manantial ya ajeno, ya no mío. Infinitas estrellas parecen alentar en su movimiento, naciendo y dispersándose en la granada temblorosa— Así quiero acceder al sueño de los hombres, su cielo secreto y sus estrellas remotas, esas que se invocan cuando el alba y el destino están en juego. Mírame morir y olvida. En una hora alta acudiré a tu voz y lo sabrás como la luz que ciega, cuando el Músico diga en ti los números finales. Mírame callar, Nydia de pelo claro, y danza cuando te alces ya pura de recuerdo. Porque yo estaré allí.


EL CITARISTA

¡Qué lejana tu palabra!


MINOTAURO

Ya no mía, ya viento y abeja o el potro del alba —Granada, ríos, azulado tomillo, Ariana… Y un tiempo de agua libre, un tiempo donde nadie—


EL CITARISTA

¡Callad, callad todos! ¿Pero no veis que ha muerto? La sangre ya no fluye de su frente. ¡Qué rumor sube de la ciudad! Sin duda acuden a ultrajar su cadáver. Nos rescatarán a todos, volveremos a Atenas Era tan triste y buena ¿Por qué danzas, Nydia? ¿Por qué mi cítara se obstina en reclamar el plectro? ¡Somos libres, libres! Oíd, ya vienen. ¡Libres! Mas no por su muerte — ¿Quién comprenderá nuestro cariño? Olvidarlo... Tendremos que mentir, continuamente mentir hasta pagar este rescate. Sólo en secreto, a la hora en que las almas eligen a solas su rumbo… ¡Qué extrañas palabras dijiste, señor de los juegos!
Vienen ya. ¿Por qué recomienzas la danza, Nydia? ¿Por qué te da mi cítara la medida sonora?