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7 de julio de 2013

El que espera


Ray Bradbury

Vivo en un pozo. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra.
No me muevo. No hago otra cosa que esperar. Arriba veo las estrellas frías y la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto viejas canciones del tiempo en que el mundo era joven. ¿Cómo podría decirles quién soy si ni siquiera yo lo sé? No puedo. Espero, nada más. Soy niebla y luz de luna y memoria. Estoy triste y estoy viejo. A veces caigo como lluvia en el pozo. Cuando mi lluvia cae rápidamente unas telarañas se forman en la superficie del agua. Espero en un silencio frío y un día no esperaré más.
Ahora es la mañana. Oigo un trueno inmenso. El olor del fuego me llega desde lejos. Oigo un golpe metálico. Espero. Escucho. Voces. Muy lejos.
–¡Muy bien!
Una voz. Una voz extraña. Una lengua extraña que no conozco. Ninguna palabra familiar. Escucho.
–¡Que salgan los hombres! Algo aplasta las arenas de cristal.
–¡Marte! ¡De modo que esto es Marte!
–¿Dónde está la bandera?
–Aquí, señor.
–Bien, bien.
El sol está en lo alto del cielo azul y los rayos de oro caen en el pozo, y yo estoy suspendido como el polen de una flor, invisible y velado a la luz cálida.
–En nombre del gobierno de la Tierra, llamo a este territorio el Territorio Marciano, el que será dividido en partes iguales entre las naciones miembros.
¿Qué dicen? Me vuelvo en el sol, como una rueda, invisible y perezoso, dorado e infatigable.
–¿Qué hay ahí?
–¡Un pozo!
–¡No!
–Acérquense. ¡Sí!
Un calor se acerca. Tres objetos se inclinan sobre la boca del pozo, y mi frío se eleva hacia los objetos.
–¡Magnífico!
–¿Será buena el agua?
–Veremos.
–Que alguien traiga un frasco de pruebas y una sonda.
–¡Yo iré!
El sonido de algo que corre. El retorno.
–Aquí están.
Espero.
–Bájenlo. Cuidado.
Un vidrio brilla, arriba, y desciende en una línea lenta.
Unas ondas rizan el agua cuando el vidrio la toca. La toca y se hunde. Me elevo en el aire tibio hacia la boca del pozo.
–Ya. ¿Quiere probar el agua, Regent?
–Pásemela.
–Qué pozo hermoso. Miren la construcción. ¿Cuántos años tendrá?
–Dios sabe. Cuando ayer descendimos en aquel otro pueblo Smith dijo que no ha habido vida en Marte desde hace diez mil años.
–Mucho tiempo.
–¿Cómo es, Regent? El agua.
–Pura como plata. Tome un vaso.
El sonido del agua a la luz tibia del sol. Ahora floto como un polvo, un poco de canela, en el viento suave.
–¿Qué pasa, Jones?
–No sé. Tengo un terrible dolor de cabeza. De pronto.
–¿Ya bebió el agua?
–No. No es eso. Estaba inclinado sobre el pozo y de pronto se me partió la cabeza. Me siento mejor ahora.
Ahora sé quien soy.
Me llamo Stephen Leonard Jones y tengo veinticinco años y acabo de llegar en un cohete desde un planeta llamado Tierra y estoy aquí con mis buenos amigos Regent y Shaw junto a un viejo pozo del planeta Marte.
Me miro los dedos dorados, morenos y fuertes. Me miro las piernas largas y el uniforme plateado y miro a mis amigos.
–¿Qué pasa, Jones? –dicen.
–Nada –digo, mirándolos–. Nada en absoluto.

La comida es buena. Han pasado diez mil años desde mi última comida. Toca la lengua de un modo agradable y el vino calienta el cuerpo. Escucho el sonido de las voces.
Pronuncio palabras que no entiendo pero que entiendo de algún modo. Pruebo el aire.
–¿Qué ocurre, Jones?
Inclino esta cabeza mía y mis manos descansan en los utensilios plateados. Siento todo.
–¿Qué quiere decir? –dice esta voz, esta nueva cosa mía.
–Respira de un modo raro. Tosiendo –dice el otro hombre.
Pronuncio exactamente:
–Quizá me estoy resfriando.
–Que lo examine el médico más tarde.
Muevo la cabeza de arriba abajo, eso es bueno. Es bueno hacer cosas después de diez mil años. Es bueno respirar el aire y es bueno sentir que el calor del sol que entra en el cuerpo más y más, y es bueno sentir la estructura de marfil, el hermoso esqueleto debajo de la carne tibia, y es bueno oír sonidos más claros y más cercanos que las profundidades pétreas de un pozo. Me siento muy bien.
–Vamos, Jones. Despierta. Tenemos que hacer.
–Sí –digo, y me maravillan las palabras: se forman como agua en la lengua y caen con una lenta belleza en el aire.
Camino y es bueno caminar. Camino y el suelo está a mucha distancia cuando lo miro desde los ojos y la cabeza. Es como vivir en un hermoso acantilado, sintiéndose feliz allí.
Regent está junto al pozo de piedra, mirando hacia abajo. Los otros han vuelto a la nave de plata, murmurando entre ellos.
Siento los dedos de la mano y la sonrisa de la boca.
–Es profundo –digo.
–Sí.
–Lo llaman pozo del Alma.
Regent alza la cabeza y me mira.
–¿Cómo lo sabe?
–¿No lo parece acaso?
–Nunca oí hablar de un pozo del alma.
–Un sitio donde hay cosas que esperan, cosas que una vez tuvieron carne, y esperan y esperan –digo, tocando el brazo del hombre.

La arena es fuego y la nave es fuego de plata al calor del día, y es bueno sentir el calor. El sonido de mis pies en la arena dura. Escucho. El sonido del viento y el sol que quema los valles. Huelo el olor del cohete que hierve en el mediodía. Estoy de pie debajo de la compuerta.
–¿Dónde anda Regent? –dice alguien.
–Lo vi junto al pozo –replico.
Uno de ellos corre hacia el pozo. Empiezo a temblar. Un temblor débil al principio, muy hondo, pero que sube y aumenta. Y por primera vez la oigo, como si estuviese también escondida en un pozo. Una voz que llama dentro de mí, pequeña y asustada. Y la voz grita: Déjame ir, déjame ir, y siento como si algo tratara de librarse, algo que golpea las puertas de un laberinto, que corre descendiendo por oscuros pasillos y sube por pasajes, entre aullidos y ecos.
–¡Regent está en el pozo!
Los hombres corren, cinco de ellos. Corro también, pero ahora me siento enfermo y los temblores son violentos.
–Tiene que haberse caído. Jones, usted estaba con él. ¿Lo vio? ¿Jones? Vamos, hable, hombre.
–¿Qué pasa, Jones?
Caigo de rodillas, los temblores son irresistibles.
–Está enfermo. Vengan, ayúdenme.
–El sol.
–No, no el sol –murmuro.
Me extienden en el suelo y las sacudidas van y vienen como temblores de tierra y la voz profunda que oculta grita dentro de mí: Esto es Jones, esto soy yo, esto no es él, esto no es él, no le crean, déjenme salir, ¡déjenme salir! Y alzo los ojos hacia las figuras inclinadas y parpadeo. Me tocan las muñecas.
–El corazón le late muy rápido.
Cierro los ojos. Los gritos cesan; los temblores cesan.
Me alzo, como en un pozo fresco, liberado.
–Está muerto –dice alguien.
–Jones ha muerto.
–¿De qué?
–Un ataque, parece.
–¿Qué clase de ataque –digo, y mi nombre es Sessions y muevo los labios, y soy el capitán de estos hombres. Estoy de pie entre ellos y miro el cuerpo que yace enfriándose en las arenas. Me llevo las dos manos a la cabeza.
–¡Capitán!
–No es nada –digo, gritando–. Sólo un dolor de cabeza. Pronto estaré bien. Bueno –murmuro–. Ya pasó.
–Será mejor que nos apartemos del sol, señor.
–Sí –digo, mirando a Jones–. No debiéramos haber venido. Marte no nos quiere.
Llevamos el cuerpo de vuelta al cohete, y una nueva voz está llamando dentro de mí, pidiendo que la dejen salir.
Socorro, socorro. Allá abajo en los túneles húmedos del cuerpo. Socorro, socorro, en abismos rojos entre ecos y súplicas.
Los temblores han comenzado mucho antes esta vez. Me cuesta dominarme.
–Capitán, será mejor que se salga del sol; no parece sentirse demasiado bien, señor.
–Sí –digo–. Socorro –digo.
–¿Qué, señor?
–No dije nada.
–Dijo "Socorro", señor.
–¿Dije eso, Matthews, dije eso?
Han dejado el cuerpo a la sombra del cohete y la voz chilla en las profundas catacumbas submarinas de hueso y mareas rojas. Me tiemblan las manos. Tengo la boca reseca. Me cuesta respirar. Pongo los ojos en blanco. Socorro, socorro, oh socorro, no, no, déjenme salir, no, no.
–No –digo.
–¿Qué señor?
–No importa –digo–. Tengo que librarme –digo. Me llevo la mano a la boca.
–¿Qué es eso, señor? –grita Matthews.
–¡Adentro, todos ustedes, volvemos a la Tierra! –ordeno.
Tengo un arma en la mano. Levanto el arma.
–¡No, señor!
Una explosión. Unas sombras que corren. Los gritos se desvanecen. Se oye el silbido de algo que cae en el espacio.
Luego de diez mil años, qué bueno es morir. Qué bueno sentir de pronto el frío, la distensión. Qué bueno ser como una mano dentro de un guante, una mano que se desnuda y crece maravillosamente fría en el calor de la arena. Oh, la quietud y el encanto de la muerte cada vez más oscura. Pero es imposible detenerse aquí.
Un estallido, un chasquido.
–¡Dios santo, se mató él mismo! –grito, y abro los ojos y allí está el capitán acostado contra el cohete, el cráneo hendido por una bala, los ojos abiertos, la lengua asomando entre los dientes blancos. Le sangra la cabeza. Me inclino y lo toco–. Qué locura –digo–. ¿Por qué hizo eso?
Los hombres están horrorizados. De pie junto a los dos muertos, vuelven la cabeza para mirar las arenas marcianas y el pozo distante donde Regent yace flotando en las aguas profundas. Los labios secos emiten un graznido, un quejido, una protesta infantil contra este sueño de espanto.
Los hombres se vuelven hacia mí.
Al cabo de un rato, uno de ellos dice:
–Ahora es usted el capitán, Matthews.
–Ya sé –digo lentamente.
–Sólo quedamos seis.
–¡Dios santo, todo fue tan rápido! –No quiero quedarme aquí, ¡vámonos!
Los hombres gritan. Me acerco a ellos y los toco, con una confianza que es casi un canto dentro de mí.
–Escuchen –digo, y les toco los codos o los brazos o las manos.
Todos callamos ahora. Somos uno. ¡No, no, no, no, no, no! Voces interiores que gritan, muy abajo, en prisiones.
Nos miramos. Somos Samuel Matthews y Raymond Moses y William Spaulding y Charles Evans y Forrest Cole y John Summers, y no decimos nada y nos miramos las caras blancas y las manos temblorosas.
Nos volvemos, como uno solo, y miramos el pozo.
–Ahora –decimos.
No, no, gritan seis voces, ocultas y sepultadas y guardadas para siempre.
Nuestros pies caminan por la arena y es como si una mano enorme de doce dedos se moviera por el fondo caliente del mar.
Nos inclinamos hacia el pozo, mirando. Desde las frescas profundidades seis caras nos devuelven la mirada.
Uno a uno nos inclinamos hasta perder el equilibrio, y uno a uno caemos en la boca del pozo a través de la fresca oscuridad hasta las aguas tibias.
El sol se pone. Las estrellas giran sobre el cielo de la noche. Lejos, un parpadeo de luz. Otro cohete que llega, dejando marcas rojas en el espacio.
Vivo en un pozo. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra. Arriba veo las estrellas frías de la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto viejas canciones del tiempo en que el mundo era joven. Cómo podría decirles quién soy si ni siquiera yo lo sé.
No puedo. Espero, nada más.




De Las maquinarias de la alegría, 1974


11 de enero de 2010

ABRIL DE 2003. Los músicos

Ray Bradbury

Los niños daban largos paseos por el campo marciano. De cuando en cuando abrían las olorosas bolsas de papel y metían allí las narices, y respiraban el penetrante aroma del jamón y de los encurtidos con mayonesa y escuchaban el gorgoteo de la naranjada gaseosa en las botellas tibias. Balanceaban las bolsas de comestibles, repletas de cebollas verdes, acuosas y limpias, de olorosas salchichas, de roja salsa de tomate y de pan blanco, y se desafiaban mutuamente a desobedecer las órdenes severas de las madres. Corrían gritando: –¡El primero se lleva todo!
Paseaban en verano, en otoño o en invierno. En otoño era más divertido, pues imaginaban entonces que arrastraban los pies entre las hojas otoñales de la Tierra.
Los niños de ojos de ágata azul, con las mejillas hinchadas de caramelos, lanzándose órdenes teñidas de cebolla, se desparramaban como canicas sobre las calzadas de mármol, a orillas de los canales.
Cuando llegaban a la ciudad muerta, a la ciudad prohibida, ya no era hora de gritar: «¡El último que llegue es una mujer!» o «¡El primero que llegue hace de músico!». Las puertas de la ciudad abandonada estaban abiertas para ellos y creían oír unos tenues crujidos en el interior de las casas, como hojas de otoño. Avanzaban imponiéndose silencio, unidos codo con codo, agitando sus palos, recordando que sus padres les habían dicho: «¡Allá no! ¡A ninguna de las ciudades viejas! Cuidado adónde vas. Recibirás la paliza más grande de tu vida cuando vuelvas a casa. ¡Te miraremos los zapatos!».
Allí, en la ciudad muerta, un montón de niños, con sus meriendas a medio devorar, se desafiaban los unos a los otros, con agudos cuchicheos.
–¡Aquí no hay nada!
Y de pronto uno de ellos echaba a correr y entraba en la casa de piedra más próxima, cruzaba la sala y entraba en el dormitorio sin mirar alrededor comenzaba a dar puntapiés y a moverse con pasos arrastrados, y las hojas negras y quebradizas, finas como jirones de un cielo de medianoche, volaban por el aire. Detrás de ese niño corrían otros seis, y el primero hacía de músico, tocando los blancos huesos xilofónicos que yacían bajo los copos cenicientos. Una enorme calavera aparecía a veces rodando, como una bola de nieve, y los niños gritaban. Las costillas parecían patas de araña y lloraban como un arpa de sonidos apagados, y los negros copos de la mortalidad volaban alrededor de la arrastrada danza de los niños. Se empujaban unos a otros y caían entre las hojas, en la muerte que había transformado a los muertos en copos y sequedad, en un juego de niños con estómagos donde goteaba la naranjada gaseosa.
Y salían de una casa para entrar en otra, y así visitaban diecisiete casas, recordando que los horrores de todas las ciudades negras serían eliminados por los bomberos, guerreros antisépticos armados de palas y cajones, apartando con las palas los andrajos de ébano y las barras de menta de los huesos, separando lenta y eficazmente lo terrible de lo normal. De modo que los niños tenían que jugar de prisa, ¡pues muy pronto llegarían los bomberos!
Luego los niños, de rostros luminosos de sudor, mordisqueaban el último emparedado. Y después de un puntapié final, de un último concierto de marimba, de una última arremetida al montón de hojas otoñales, volvían a sus casas.
Las madres les examinaban los zapatos en busca de copos negros, y una vez descubiertos, venían los baños calientes y las palizas paternas.
A fines de ese año, los bomberos habían rastrillado las hojas secas y los blancos xilófonos, y se había acabado la diversión.
De Crónicas marcianas, 1955

5 de agosto de 2009

NOVIEMBRE DE 2005. Los observadores

Ray Bradbury

Aquella noche todos salieron de sus casas y miraron al cielo. Dejaron las cenas, dejaron de lavarse o de vestirse para la función, y salieron a los porches, ahora no tan nuevos, y observaron el astro verde, la Tierra. Fue un movimiento involuntario; todos lo hicieron, para comprender mejor las noticias que habían oído en la radio un momento antes. Allá estaba la Tierra y allá la guerra inminente, y allá los cientos de miles de madres o abuelas, padres o hermanos, tías o tíos, primas o primos. De pie, en los porches, trataban de creer en la existencia de la Tierra, tanto como en otro tiempo habían tratado de creer en la existencia de Marte. El problema se había invertido. En la práctica era como si la Tierra estuviese muerta; la habían abandonado hacía ya tres o cuatro años. El espacio era un anestésico; cien millones de kilómetros de espacio lo insensibilizaban a uno, dormían la memoria, despoblaban la Tierra, borraban el pasado y permitían que los hombres de Marte continuaran trabajando. Pero ahora, esta noche, se levantaban los muertos, la Tierra volvía a poblarse, la memoria despertaba, miles de nombres venían a los labios. ¿Qué haría fulano esa noche en la Tierra? ¿Y zutano o mengano? Las gentes de los porches se miraban de reojo.
A las nueve, la Tierra pareció estallar, encenderse y arder. Las gentes de los porches extendieron las manos como para apagar el incendio.
Esperaron. A medianoche, el fuego se extinguió. La Tierra seguía allí. Un suspiro surgió de los porches como una brisa otoñal.
–No tenemos noticias de Harry.
–Está bien.
–Tendríamos que enviarle un mensaje a mamá.
–Está bien.
–¿Crees que estará bien?
–No te preocupes.
–¿Crees que no le pasará nada?
–Claro que no. Vamos a acostarnos.
Pero nadie se movió. Llevaron las cenas atrasadas a los prados nocturnos, las sirvieron en mesas plegadizas, y comieron lentamente hasta las dos de la mañana. El mensaje luminoso de la radio flameó en la Tierra y todos leyeron las luces del código Morse, como una luciérnaga lejana.
CONTINENTE AUSTRALIANO ATOMIZADO EN PREMATURA EXPLOSION DEPOSITO BOMBAS ATOMICAS. LOS ANGELES, LONDRES, BOMBARDEADAS, VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN.
Se levantaron de las mesas.
VUELVAN. VUELVAN. VUELVAN.
–¿Has tenido noticias de Ted este año?
–Y... ya sabes, con un franqueo de cinco dólares por carta no escribo mucho a mi hermana.
VUELVAN.
–¿Qué será de Jane? ¿Te acuerdas de mi hermanita Jane?
VUELVAN.
A las tres, en la helada madrugada, el dueño de la tienda de equipajes alzó los ojos. Calle abajo venía mucha gente.
–No he cerrado a propósito. ¿Qué desea, señor?
Al amanecer, las maletas habían desaparecido de los estantes.
De Crónicas Marcianas, 1955

13 de mayo de 2009

ABRIL DE 2005. Usher II

Ray Bradbury

–«Durante todo un día de otoño, triste, oscuro y silencioso, cuando las nubes colgaban opresivas y bajas en los cielos, yo había estado cruzando, montado a caballo, una región singularmente lóbrega, y de pronto, cuando ya se cerraban las sombras de la noche, me encontré delante de la melancólica Casa Usher…»
El señor William Stendahl dejó de recitar. Allí, sobre una colina baja y negra, estaba la Casa, y la piedra angular tenía una inscripción: 2005 A.D.
–Ya está terminada –dijo el señor Bigelow, el arquitecto–. Aquí tiene la llave, señor Stendahl.
Las dos figuras se alzaban inmóviles en la tranquila tarde otoñal. Los planos azules crujían sobre la hierba de color de cuervo.
–La Casa Usher –dijo el señor Stendahl con satisfacción–. Proyectada, construida, comprada, pagada. ¿El señor Poe no estaría encantado?
El señor Bigelow entornó los ojos.
–¿Era esto lo que quería, señor?
–¡Sí!
–¿El color está bien? ¿Es desolado y terrible?
–¡Muy desolado, muy terrible!
–¿Las paredes son… lívidas?
–¡Asombrosamente lívidas!
–¿La laguna es bastante negra y siniestra?
–Increíblemente negra y siniestra.
–Y los juncos, no sé si sabe usted, señor Stendahl, que los hemos teñido, ¿tienen ahora el color gris y ébano apropiado?
–¡Son horribles!
El señor Bigelow consultó sus planos arquitectónicos.
–La Casa, la laguna, el suelo, señor Stendahl, ¿«enfrían y acongojan el corazón, entristecen el pensamiento»?
–Señor Bigelow, vale lo que cuesta, hasta el último centavo. Dios mío, ¡qué hermosa es!
–Gracias. He tenido que trabajar a ciegas. Por fortuna, tenía usted sus propios cohetes, o no hubiésemos podido traer la mayor parte del equipo. Ya habrá observado usted el permanente crepúsculo, el invariable mes de octubre, la tierra desnuda, estéril, muerta. Hemos trabajado mucho. Matamos todo. Diez mil toneladas de DDT. No ha quedado una rana, una víbora, ni siquiera una mosca marciana. Crepúsculo permanente, señor Stendahl, estoy orgulloso. Unas máquinas ocultas oscurecen el sol. Todo es siempre adecuadamente «siniestro».
Stendahl respiró la tristeza, la opresión, los vapores pestilentes, toda la «atmósfera» tan delicadamente concebida y adaptada. ¡Y la Casa! ¡Ese horror tambaleante, la laguna maléfica, los hongos, la extendida putrefacción! ¿Quién podía adivinar si era o no de material plástico?
Stendahl miró el cielo de otoño. En algún sitio, allá arriba, más allá, muy lejos, estaba el sol. En algún sitio era abril en Marte, un mes amarillo de cielo azul. En algún sitio, allá arriba, descendían las naves con una estela de llamas, dispuestas a civilizar un planeta maravillosamente muerto. Pero el fragor de los cohetes no llegaba a este mundo sombrío y silencioso, a este antiguo mundo otoñal y a prueba de ruidos.
–Ahora que mi tarea ha terminado –dijo el señor Bigelow, intranquilo–, ¿puedo preguntarle qué va a hacer usted con todo esto?
–¿Con Usher? ¿No lo ha adivinado?
–No.
–¿El nombre de Usher no significa nada para usted?
–Nada.
–Bueno, ¿y este nombre: Edgar Allan Poe?
El señor Bigelow meneó la cabeza.
–Por supuesto –gruñó delicadamente el señor Stendahl, con desaliento y desprecio a la vez–. ¿Cómo pude pensar que conoce al bendito señor Poe? Murió hace mucho tiempo, antes que Lincoln. Quemaron todos sus libros en la Gran Hoguera. Hace ya treinta años…
–Ah –dijo juiciosamente el señor Bigelow–. ¡Uno de aquellos!
–Sí, Bigelow, uno de aquéllos. Allí ardieron Poe y Lovecraft y Hawthorne y Ambrose Bierce, y todos los cuentos de miedo, de fantasía y de horror, y con ellos los cuentos del futuro. Implacablemente. Se dictó una ley. Oh, no era casi nada al principio. Mil novecientos cincuenta y mil novecientos sesenta. Primero censuraron las revistas de historietas, las novelas policiales, y por supuesto, las películas, siempre en nombre de algo distinto: las pasiones políticas, los prejuicios religiosos, los intereses profesionales. Siempre había una minoría que tenía miedo de algo, y una gran mayoría que tenía miedo de la oscuridad, miedo del futuro, miedo del presente, miedo de ellos mismos y de las sombras de ellos mismos.
–Ya.
–Tenían miedo de la palabra «política», que entre los elementos más reaccionarios acabó por ser sinónimo de comunismo, de modo que pronunciar esa palabra podía costarle a uno la vida. Y apretando un tornillo aquí y una tuerca allá, presionando, sacudiendo, tironeando, el arte y la literatura fueron muy pronto como una gran pasta de caramelo, retorcida y aplastada, sin consistencia y sin sabor. Poco después las cámaras cinematográficas se detuvieron, los teatros quedaron a oscuras, y de las imprentas que antes inundaban el mundo con un Niágara de material de lectura, brotó una materia inofensiva e insípida, como de un cuentagotas. ¡Oh, hasta el «entretenimiento» era extremista, se lo aseguro!
–¿De veras?
–Así es. El hombre, decían, ha de afrontar la realidad. ¡Ha de afrontar elAquí y el Ahora! Todo lo demás tiene que desaparecer. ¡Las hermosas mentiras literarias, las ilusiones de la fantasía, han de ser derribadas en pleno vuelo! Y las alinearon contra la pared de una biblioteca un domingo por la mañana, hace treinta años. Alinearon a Santa Claus, y al jinete sin Cabeza, y a Blanca Nieves y Pulgarcito, y a Mi Madre la Oca..., oh, ¡qué lamentos!, y quemaron los castillos de papel y los sapos encantados y a los viejos reyes, y a todos los que «fueron eternamente felices», pues estaba demostrado que nadie fue eternamente feliz, y el «había una vez» se convirtió en «no hay más». Y las cenizas del fantasma Rickshaw se confundieron con los escombros del país de Oz, e hicieron unos paquetes con los huesos de Ozma y Glinda la Buena, y destrozaron a Polícromo en un espectroscopio y sirvieron a Jack Cabeza de Calabaza con un poco de merengue en el baile de los biólogos. La Bella Durmiente despertó con el beso de un hombre de ciencia y expiró con el fatal pinchazo de su jeringa. Hicieron que Alicia bebiera algo de una botella que la devolvió a un tamaño donde no podía seguir gritando «más curioso y más curioso» y rompieron el Espejo de un martillazo y acabaron con el Rey Rojo y la Ostra.
El señor Stendahl apretó los puños, jadeante, el rostro enrojecido. ¡Oh Dios, no había pasado tanto tiempo!
En cuanto al señor Bigelow, la larga explosión del señor Stendahl lo había dejado estupefacto. Al fin parpadeó y dijo: –Lo siento. No sé de qué me habla usted. Sólo nombres para mí. He oído decir que la Gran Hoguera fue una cosa buena.
–¡Fuera! –gritó Stendahl–. ¡Su trabajo ha terminado, y ahora déjeme solo, idiota!
El señor Bigelow llamó a los carpinteros y se alejó.
El señor Stendahl se quedó solo ante la Casa.
–Oídme todos –les dijo a los invisibles cohetes–. Vine a Marte para alejarme de vosotros, gente de Mente Limpia, pero llegáis en enjambres cada vez más espesos, como moscas a la carroña. Pues bien, ha llegado mi hora. Os daré una buena lección por lo que le hicisteis al señor Poe en la Tierra. ¡Desde hoy, cuidado! ¡La Casa Usher está abierta!
Y alzó al cielo un puño amenazante.

El hombre salió del cohete con aire despreocupado. Le echó una mirada a la Casa, y una expresión de irritación y disgusto le ensombreció los ojos grises. Cruzó el foso y se acercó al hombrecito que esperaba allí.
–¿Usted es Stendahl?
–Sí.
–Yo soy Garrett, inspector de Climas Morales.
–¿De modo que al fin llegaron a Marte, ustedes los de Clima Moral? Me estaba preguntando cuándo aparecerían.
–Llegamos la semana pasada. Muy pronto todo será aquí limpio y ordenado como en la Tierra –dijo Garrett, y sacudió irritado una tarjeta de identidad, señalando la Casa–. ¿Por qué no me dice que es esto, Stendahl?
–Un castillo encantado, si le parece.
–No me gusta, Stendahl, no me gusta. El sonido de esa palabra «encantado».
–No es nada complicado. En el año de gracia dos mil cinco, he construido un santuario mecánico: murciélagos de cobre que vuelvan en rayos electrónicos, ratas de bronce que corretean por sótanos de material plástico, esqueletos robots que bailan, vampiros robots, arlequines, lobos, fantasmas blancos, productos todos de la química y el ingenio del hombre.
–Lo que me temía –dijo Garrett sonriendo pacíficamente–. Tendremos que echar abajo la casa, señor Stendahl.
–Sabía que vendrían ustedes, tan pronto como se enteraran.
–Hubiera venido antes, pero en Climas Morales queríamos estar seguros de las intenciones de usted. Los desmanteladores y la brigada de incendios, podemos tenerlos aquí a la hora de la cena. Y a medianoche no quedará de su Casa ni los cimientos. Señor Stendahl, me parece usted un poco bobo. Gastar en una tontería dinero ganado con trabajo. Por lo menos le ha costado a usted tres millones de dólares…
–Cuatro millones. Pero en mi juventud, señor Garrett, heredé veinticinco millones. Me puedo permitir este gasto. Es una lástima, sin embargo, haber terminado la Casa no hace más de una hora y que ya se precipiten sobre ella usted y sus desmanteladotes. ¿No podría dejarme disfrutar de mi juguete durante digamos, veinticuatro horas?
–Ya conoce usted la ley. Es muy estricta. Nada de libros, nada de Casas, nada que pueda sugerir de alguna manera fantasmas, vampiros, hadas y otras criaturas de la imaginación.
–¡Pronto quemarán a los Babbitt!
–Usted nos dio mucho que hacer, señor Stendahl. Consta en nuestros registros. Hace veinte años. En la Tierra. Usted y su biblioteca.
–Sí, yo y mi biblioteca. Y unos pocos más como yo. Oh, ya nadie se acordaba de Poe, de Oz y de los otros. Pero yo tenía mi pequeño refugio. Unos pocos ciudadanos conservamos nuestras bibliotecas hasta que llegaron ustedes, con antorchas e incineradores, y destrozaron y quemaron mis cincuenta mil libros. Un día atravesaron también con un palo el corazón del día de Todos los Muertos, y les dijeron a los productores de cine que si querían hacer algo se limitasen a repetir y a repetir, una y otra vez, a Ernest Hemingway. ¡Dios santo, cuántas veces he visto Por quién doblan las campanas! Treinta versiones diferentes. Todas realistas. ¡Oh, el realismo! ¡Oh el aquí, oh el ahora, oh el infierno!
–Es inútil amargarse.
–Señor Garrett, usted tiene que presentar un informe completo, ¿no es así?
–Sí.
–Aunque sólo sea por curiosidad, entre y mire un rato. No tardaremos más de un minuto.
–Muy bien. Guíeme. Y nada de trampas. Estoy armado.
La puerta de la Casa Usher se abrió rechinando, y dejó escapar un viento de humedad, y se oyeron unos gemidos y unos suspiros muy hondos, como si grandes fuelles subterráneos respiraran en lejanas catacumbas.
Una rata corrió por el suelo de piedra. Garrett, gritando, le dio un puntapié. La rata rodó, y de su piel de nailon brotó una increíble horda de moscas metálicas.
–¡Asombroso! –Garrett se inclinó y miró.
Una vieja bruja estaba sentada en un nicho y barajaba con temblorosas manos de cera un mazo anaranjado y azul de naipes de Tarot. Sacudió la cabeza, y le siseó a Garrett a través de la boca desdentada, golpeando los naipes grasientos con las puntas de los dedos.
–¡La muerte! –gritó.
–A esto, precisamente, me refería –dijo Garrett–. ¡Deplorable!
–Permitiré que usted mismo la queme.
–¿De veras? –dijo Garrett satisfecho. En seguida frunció el entrecejo–. He de reconocer que se lo toma usted muy bien.
–Me basta haber podido crear este sitio. Poder decir que lo hice. Decir que he creado un ambiente medieval en un mundo moderno e incrédulo.
–Yo mismo no puedo dejar de admirar el genio inventivo de usted, señor. Garrett miró una niebla que pasaba, susurrando y susurrando, y que parecía una hermosa y vaporosa mujer. En el fondo de un pasillo húmedo giraron unas ruedas, y como hilos de caramelo lanzados por una máquina centrífuga, las neblinas flotaron murmurando en los aposentos silenciosos.
Un gorila brotó de la nada.
–¡Cuidado! –gritó Garrett.
Stendahl golpeó levemente el pecho negro del gorila.
–No tema. Un robot. Cobre y otros materiales, como la bruja. ¿Ve? –Tocó la piel descubriendo unos tubos de metal.
–Sí. –Garrett alargó tímidamente una mano–. Pero ¿por qué? ¿Por qué todo esto, señor Stendahl? ¿Qué lo obsesiona?
–La burocracia, señor Garrett. Ahora no puedo explicárselo. Pero el gobierno lo sabrá muy pronto. –Y Stendahl hizo una seña al gorila–. Bien. Ahora.
El gorila mató al señor Garrett.

–¿Estamos listos, Pikes?
Pikes, inclinado sobre la mesa, alzó los ojos.
–Sí, señor.
–Ha hecho usted un espléndido trabajo.
–Bueno, para eso me pagan, señor –dijo Pikes suavemente mientras levantaba el párpado de plástico del robot y ajustaba con precisión el ojo de vidrio a los músculos de goma–. Ya está.
–La vera efigie del señor Garrett.
Pikes señaló la mesa rodante donde yacía el cadáver del verdadero señor Garrett.
–¿Qué hacemos con él, señor?
–Quémelo, Pikes. No necesitamos dos Garrett, ¿no es cierto?
Pikes arrastró la mesa hasta el incinerador de ladrillo. –Adiós –dijo, metió dentro al señor Garrett y cerró la puerta.
–Adiós.
Stendahl miró al robot.
–¿Recuerda las instrucciones, Garrett?
–Sí, señor. –El robot se sentó en la mesa muy tieso–. Vuelvo a Climas Morales. Redactaré un informe complementario. Demoren intervención cuarenta y ocho horas. Continúo investigando.
–Bien, Garrett. Adiós.
El robot corrió hacia el cohete de Garrett, entró, y se fue volando.
Stendahl se volvió. –Bueno, Pikes, ahora enviaremos las últimas invitaciones para esta noche. Creo que nos divertiremos, ¿no es cierto?
–Teniendo en cuenta que hemos esperado veinte años, ¡será toda una fiesta! –Se guiñaron los ojos.

Las siete. Stendahl miró su reloj. Era casi la hora. Hizo girar la copa de jerez en la mano, y luego se sentó, tranquilamente. Sobre él, entre las vigas de roble, los murciélagos, de delicados huesos de cobre ocultos bajo la carne de caucho, chillaban y lo miraban parpadeando. Stendahl levantó la copa hacia ellos.
–Por nuestro éxito –dijo. Y reclinándose en el sofá cerró los ojos y consideró otra vez el asunto. Con qué placer recordaría esta noche cuando fuera viejo. El gobierno antiséptico pagaba al fin sus conflagraciones y sus terrores literarios. Oh, cómo habían crecido en él la furia y el odio a lo largo de los años. Oh, cómo el plan había cobrado forma lentamente en su mente aletargada, hasta el día en que había conocido a Pikes, tres años atrás.
Ah, sí, Pikes. Pikes, corroído por una amargura profunda, como un oscuro pozo de ácido verde. ¿Quién era Pikes? El más grande de todos. Pikes, el hombre de diez mil caras, una furia, una humareda, una niebla azul, una lluvia blanca, un murciélago, una gárgola, un monstruo, ¡eso era Pikes! ¿Superior a Lon Chaney, padre? Stendahl, que había visto a Lon Chaney noche tras noche, en películas viejas, muy viejas, meditó unos instantes. Sí, superior a Chaney. ¿Superior a aquella otra vieja momia? ¿Cómo se llamaba? ¿Karloff? Muy superior. ¿Lugosi? La comparación era odiosa. No, no había más que un Pikes. Y le habían prohibido todas sus fantasías. No había lugar para él en la Tierra, ni gente que pudiera admirarlo. ¡Ni siquiera podía representar ante un espejo, ante sí mismo!
¡Pobre, imposible y derrotado Pikes! ¡Qué habrás sentido, Pikes, aquella noche en que arrancaron tus películas de las cámaras, como si les sacaran las entrañas, tus propias entrañas, para arrojarlas luego en rollos y pilas a las llamas de un horno! ¿Habrás sufrido tanto como yo cuando destruyeron mis cincuenta mil libros sin una disculpa? Sí, sí. Stendahl sintió que una furia insensata le helaba las manos. Cómo no iba a ser natural que en incontables medias noches conversaran consumiendo interminables cafeteras, y que de esas conversaciones y de ese fermento amargo saliera… la Casa Usher.
Se oyeron las campanadas de una gran iglesia. Llegaban los invitados.
Stendahl, sonriendo, fue a recibirlos.

Adultos sin memoria, los robots esperaban. Vestidos de seda verde como los charcos de los bosques, envueltos en sedas del color de las ranas y los helechos, ellos esperaban. Envueltos en pieles amarillas, como el sol y la arena, los robots esperaban. Aceitados, con huesos de tubos de bronce sumergidos en gelatina. En cajas de madera, en ataúdes fabricados para los que no estaban vivos ni muertos, los metrónomos esperaban que los pusieran en marcha. Un olor de lubricación y bronces torneados. Un silencio de cementerio. Sexuados, pero sin sexo, los robots. Nominados, pero sin nombre, con todas las características humanas menos la humanidad, en una muerte que ni siquiera era muerte, ya que nunca había sido vida, los robots miraban fijamente las tapas cerradas de sus cajas, esas cajas en las que alguien había grabado las letras F.O.B. Y de pronto rechinaron los clavos. De pronto se levantaron las tapas, hubo sombras en las cajas, y una mano apretó una lata de aceite. Se oyó el leve tictac de un reloj, luego otro y otro, hasta que el sótano se convirtió en una inmensa y ronroneante relojería. Los párpados de goma se abrieron y descubrieron los ojos de mármol; las narices palpitaron; los robots se levantaron vestidos con una velluda piel de mono, o una piel blanca de conejo; Tweedledum detrás de Tweedledee, la Tortuga y el Ratón, cadáveres de ahogados en un mar de sal y algas, ahorcados de rostros violáceos y ojos desorbitados y viscosos, seres de hielo y de ardientes oropeles, enanos de arcilla y gnomos de pimienta, Tik-Tok, Ruggedo, Santa Claus precedido por un torbellino de nieve, Barba Azul con patillas de acetileno, y nubes sulfurosas con lenguas de fuego verde, y por último un dragón gigantesco y escamoso que llevaba un horno en el vientre cruzó la puerta con un grito, un rugido, un silencio, un torrente, una ráfaga. Diez mil tapas cayeron. La relojería invadió Usher. La noche estaba encantada.
Una cálida brisa pasó sobre el paisaje. Los invitados llegaron en cohetes que abrasaban el cielo y transformaban el otoño en primavera.
Los hombres vestidos de etiqueta salieron de los cohetes, y detrás de ellos salieron las mujeres con peinados muy altos y complicados.
–¡Así que esto es Usher!
–¿Pero dónde está la puerta?
En ese momento apareció Stendahl. Las mujeres reían y parloteaban. El señor Stendahl levantó una mano imponiendo silencio. Se volvió, miró una alta ventana de castillo y llamó:
–Rapunzel, Rapunzel, suéltale el pelo.
Y allá arriba, una hermosa doncella se inclinó sobre el viento de la noche, y se soltó el cabello dorado. Y el cabello flotó y se retorció y fue una escalera, y los invitados subieron riendo, y entraron en la Casa.
¡Muy eminentes sociólogos! ¡Inteligentes psicólogos! ¡Tremendamente importantes políticos, bacteriólogos y neurólogos! Allí estaban, entre paredes húmedas.
–¡Bienvenidos!
El señor Tyron, el señor Owen, el señor Dunne, el señor Lang, el señor Steffen, el señor Fletcher, y dos docenas más.
–Pasen, pasen.
La señorita Gibbs, la señorita Pope, la señorita Churchill, la señorita Blunt, la señorita Drummond y una veintena de otras resplandecientes mujeres.
Personas eminentes, sí, eminentes todas ellas, miembros de la Sociedad de Represión de la Fantasía, enemigos de la fiesta de Todos los Muertos y del día de Guy Fawkes, cazadores de murciélagos, incendiarios de libros, portadores de antorchas; ciudadanos pacíficos y limpios, ciudadanos que habían, todos ellos, esperado a que los hombres toscos llegaran a Marte, enterraran a los marcianos, limpiaran las ciudades, construyeran pueblos, repararan las carreteras y suprimieran todos los peligros. Después, cuando ya todo estaba tranquilo, vinieron ellos, los aguafiestas, gentes con ojos de color de yodo y sangre de mercuriocromo a imponer sus Climas Morales, a repartir bondad. ¡Y ésos eran los amigos de Stendahl! Sí, con cuidado, con mucho cuidado, los había buscado, uno por uno, y en el último año pasado en la Tierra se había hecho amigo de todos ellos.
–¡Bienvenidos a las antesalas de la Muerte! –les gritó.
–Hola, Stendahl, ¿qué es esto?
–Ya lo verán, Que se desvista todo el mundo. Entren en estos cuartos y cámbiense de ropa. Los hombres aquí, las mujeres allá.
Los invitados, un poco intranquilos, no se movieron.
–No sé si debemos quedarnos –dijo la señorita Pope–. No me gusta el aspecto de todo esto. Es casi... una blasfemia.
–¡Qué tontería! Es un baile de disfraz.
–Parece algo ¡legal –gruñó el señor Steffens.
Stendahl se echó a reír.
–Vamos, vamos, diviértanse. Mañana todo esto será una ruina. Entren en los cuartos.
La Casa resplandeció, de vida y color. Los arlequines corrían con gorros de cascabeles; los ratones blancos bailaban unas cuadrillas al compás de una música que unos enanos tocaban con arcos diminutos en violines diminutos; en las vigas chamuscadas ondeaban los banderines, nubes de murciélagos volaban entre unas gárgolas, y de las bocas de las gárgolas salía un vino fresco, puro y espumante. Un arroyo serpenteaba por las siete salas del baile de máscaras. Los invitados lo probaban y descubrían que era jerez. Los invitados salían de los cuartos transformados en personajes de otra época, con los rostros cubiertos por antifaces, perdiendo al ponerse las máscaras todo derecho a querellarse con la fantasía y el terror. Las mujeres vestidas de rojo se reían desplazándose por los salones. Los hombres las cortejaban bailando. Y en las paredes había sombras, aun donde no había cuerpos, y aquí y allá había espejos que no reflejaban ninguna imagen.
–¡Todos nosotros vampiros! –rió el señor Fletcher–. ¡Muertos!
Las siete salas eran de distinto color: una azul, una morada, una verde, una anaranjada, una blanca, una violeta, y la última amortajada en terciopelo negro. En esta sala negra un reloj de ébano daba sonoramente la hora. Y los invitados, ya casi borrachos, corrían por las salas entre fantásticos robots, entre ratones y Sombrereros Locos, gnomos y gigantes, Gatos Negros y Reinas Blancas, y bajo los pies de los bailarines el suelo latía pesadamente como un oculto corazón delator.
–Señor Stendahl.
Un murmullo.
–Señor Stendahl.
Un monstruo, con el rostro de la Muerte, se detuvo junto a Stendahl. Era Pikes.
–Quiero hablar con usted.
–¿Qué pasa?
Pikes extendió una mano esquelética con unas cuantas ruedas, tuercas, tornillos y pernos calcinados o fundidos a medias.
Stendahl los contempló largamente. Luego llevó a Pikes a un pasillo. –¿Garrett? –susurró.
Pikes asintió. –Ha mandado a un robot. Cuando limpié el horno, encontré esto.
Pikes y Stendahl miraron las fatídicas piezas.
–Esto significa que la policía llegará en cualquier momento –dijo Pikes–. Y arruinarán nuestros planes.
Stendahl observó a los bailarines; un torbellino de gente amarilla, anaranjada y azul. La música barría los salones neblinosos.
–No sé. Tendría que haber adivinado que Garrett no vendría en persona. No es tan tonto. Pero, espere…
–¿Qué pasa?
–Nada. No pasa nada. Garrett nos envió un robot. Bien, pero nosotros le enviamos otro… Si no lo examina con cuidado, no notará la diferencia.
–¡Por supuesto!
–La próxima vez vendrá él mismo, pues pensará que no hay peligro. Es posible que se presente en cualquier momento, ¡en persona! ¡Más vino, Pikes!
Se oyó un enorme tañido.
–Apuesto a que es él. Hágalo pasar.
Rapunzel se soltó el cabello dorado.
–¿El señor Stendahl?
–¿El señor Garrett? ¿El verdadero señor Garrett?
Garrett examinó las paredes húmedas y a la gente que daba vueltas.
–El mismo. He creído conveniente una inspección personal. No se puede confiar en los robots, menos aún en los ajenos. Antes de salir para aquí he citado a los desmanteladores. Llegarán dentro de una hora, preparados para echar abajo esta horrible guarida.
Stendahl se inclinó ceremoniosamente. –Gracias por advertírmelo. Mientras tanto, podría usted divertirse. ¿Un poco de vino?
–No, gracias. ¿Qué pasa aquí? ¿A qué extremos puede llegar un hombre?
–Véalo usted mismo, señor Garrett.
–El crimen –dijo Garrett.
–El más repugnante.
Una mujer chilló. La señorita Pope llegó corriendo, con la cara blanca como un queso.
–¡Ha ocurrido algo horrible! ¡Un mono ha estrangulado a la señorita Blunt y la ha metido en una chimenea!
Stendahl y Garrett se volvieron y vieron una larga cabellera amarilla desparramada al pie de la chimenea. Garrett dio un grito.
–¡Horroroso! –sollozaba la señorita Pope. De pronto dejó de llorar. Parpadeó y miró–. ¡Señorita Blunt!
–Sí, aquí estoy –dijo la señorita Blunt.
–¡Pero si acabo de ver cómo la metían en la chimenea!
–No –dijo la señorita Blunt riéndose–. Era un robot. Un perfecto facsímil.
–Pero, pero…
–No llore, querida. Estoy perfectamente bien. Voy a verme a mí misma. ¡Pues sí, aquí estoy! En la chimenea, como usted dijo. Tiene gracia, ¿eh?
Y la señorita Blunt se fue, riéndose.
–¿Quiere un vaso de vino, Garrett?
–Creo que sí. Este asunto me ha puesto los nervios de punta. Dios mío, qué lugar. Merece verdaderamente que lo echemos abajo. Durante un momento creí…
Garrett bebió. Otro alarido. El piso se abrió mágicamente y cuatro conejos blancos descendieron por una escalera llevando en hombros al señor Steffens. Y allá fue el señor Steffens, al fondo de un foso, y allá lo dejaron amordazado y atado, bajo la cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante que ahora descendía y descendía, acercándose cada vez más al cuerpo ultrajado del señor Steffens.
–¿Soy yo el que está ahí abajo? –preguntó el señor Steffens apareciendo al lado de Garrett. Se inclinó sobre el pozo–. Qué extraño, qué curioso es verse morir.
El péndulo dio un golpe final.
–Qué realismo –dijo Steffens alejándose.
–Otro vaso de vino, señor Garrett.
–Sí, por favor.
–Esto no durará. Pronto llegarán los desmanteladotes.
–Gracias a Dios.
Y por tercera vez, un grito.
–¿Ahora qué? –dijo Garrett, receloso.
–Ahora me toca a mí –dijo la señorita Drumond–. Miren.
Y poco después una segunda señorita Drummond chillaba dentro de un ataúd mientras la metían debajo del suelo, en una tierra húmeda.
–Pero cómo, yo recuerdo esto –jadeó el investigador de Climas Morales–. Estaba en los viejos libros prohibidos. El enterramiento prematuro. Y lo demás. La fosa, el péndulo, y el mono, la chimenea y los asesinatos de la calle Morgue. ¡Sí! ¡En uno de los libros que quemé!
–Otro trago, Garrett. No mueva la copa.
–¡Dios mío, qué imaginación!
Y en seguida vieron morir a otros cinco. Uno en la boca de un dragón, los otros arrojados a las aguas negras de una laguna, donde se hundieron y desaparecieron.
–¿Le gustaría ver lo que hemos proyectado para usted? –preguntó Stendahl.
–¿Por qué no? ¿Qué importa? Pronto vamos a destruir este infierno. Es usted horrible, Stendahl.
–Venga por aquí.
Y Stendahl llevó abajo a Garrett, a través de numerosos pasillos, y otra vez más abajo por escaleras de caracol, hacia el interior de la tierra, hacia las catacumbas.
–¿Qué quiere mostrarme? –preguntó Garrett.
–Su propia muerte.
–¿La muerte de mi doble?
–Sí. Y otra cosa.
–¿Qué?
–El Amontillado –dijo Stendahl adelantándose y alzando una linterna deslumbrante.
Unos esqueletos se asomaban levantando las tapas de los ataúdes. Garrett, con un gesto de repugnancia, se llevó una mano a la nariz.
–¿El qué?
–¿No ha oído hablar usted del Amontillado?
–No.
–¿No reconoce usted eso? –Stendahl le señaló una celda.
–¿Tendría que reconocerlo?
Stendahl sonrió y sacó de entre los pliegues de su capa una paleta de albañil.
–¿Y esto?
–¿Qué es?
–Venga.
Entraron en la celda y Stendahl encadenó a Garrett, que estaba casi borracho.
–Por Dios, ¿qué hace usted? –gritó Garrett sacudiendo las cadenas.
–Me siento irónico. No interrumpa a un hombre que se siente irónico. No sea descortés. Ya está.
–¡Me ha encadenado!
–Es cierto.
–Pero ¿qué pretende?
–Dejarlo en esta celda.
–Usted bromea.
–Una broma muy graciosa.
–¿Dónde está mi doble? ¿No vamos a ver cómo lo matan?
–No hay doble.
–Pero ¿y los otros?
–Los otros están muertos. Los que usted vio matar eran los verdaderos. Los dobles, los robots, miraban solamente.
Garrett calló.
–Ahora usted debe decir: «¡Por amor de Dios, Montresor!» –continuó Stendahl–. Y yo contestaré: «¡Sí, por amor de Dios!». ¿No quiere usted decirlo? Vamos. Dígalo.
–Imbécil.
–¿Tengo que repetírselo? Dígalo. Diga: «¡Por amor de Dios, Montresor!».
Garrett se sentía más despejado.
–No lo diré, idiota. Sáqueme de aquí.
–Póngase eso –dijo Stendahl tirándole algo que campanilleaba y tintineaba.
–¿Qué es?
–Un gorro de cascabeles. Póngaselo y quizá lo deje salir.
–¡Stendahl!
–Le he dicho que se lo ponga.
Garrett obedeció. Los cascabeles repicaron.
–¿No siente usted como si esto hubiera sucedido antes? –Preguntó Stendahl, y comenzó a trabajar con la paleta, un mortero y unos ladrillos.
–¿Qué hace?
–Estoy amurallándolo. Ya hay una hilera. Ahora va otra.
–¡Usted está loco!
–No lo discuto.
Stendahl mojó un ladrillo en el mortero, cantando entre dientes. Ahora había golpes y gritos y llantos en la celda cada vez más oscura. La pared crecía lentamente.
–Un poco más de ruido, por favor –dijo Stendahl–. Representemos bien la escena.
–¡Déjeme salir! ¡Déjeme salir!
Sólo faltaba un ladrillo. Los gritos eran ahora continuos.
–¿Garrett? –llamó Stendahl en voz baja. Garrett calló–. ¿Sabe usted por qué le hago esto? Porque quemó los libros del señor Poe sin haberlo leído. Le bastó la opinión de los demás. Si hubiera leído los libros, habría adivinado lo que yo le iba a hacer, cuando bajamos hace un momento. La ignorancia es fatal, señor Garrett.
Garrett no replicó.
–Quiero que esto sea perfecto –dijo Stendahl levantando la linterna para que la luz cayera sobre la encogida figura de Garrett–. Agite suavemente los cascabeles. –Los cascabeles tintinearon–. Ahora diga usted: «¡Por amor de Dios, Montresor!»; es posible que lo deje salir.
La luz de la linterna alumbró la cara de Garrett. Garrett titubeó y luego dijo grotescamente: –Por amor de Dios, Montresor.
–Ah –exclamó Stendahl con los ojos cerrados. Colocó el último ladrillo y lo aseguró con una capa de cemento–. Requiescat in pace, querido amigo.
Salió de prisa de la catacumba.

El sonido de un reloj de medianoche hizo que todo se detuviera en las siete salas de la Casa.
Apareció la Muerte Roja.
Stendahl se volvió un momento en el umbral y luego echó a correr fuera de la Casa, más allá del foso, donde esperaba un helicóptero.
–¿Listo, Pikes?
–Listo.
–¡Vamos allá!
Miraron la Casa, sonriendo. Las paredes empezaron a abrirse por el medio, como en un terremoto, y mientras Stendahl observaba la magnífica escena, oyó a Pikes que recitaba detrás de él en un tono bajo y cadencioso:
–«Cuando vi que las enormes paredes se hundían, sentí un vértigo… Se oyó un largo ruido tumultuoso, como la voz de innumerables cataratas, y la laguna profunda y oscura que había a mis pies se cerró triste y silenciosamente sobre las ruinas de la casa Usher.»
El helicóptero se elevó sobre las aguas hirvientes del lago y voló hacia el oeste.
De Crónicas Marcianas, 1955

22 de abril de 2009

Crónicas marcianas

Jorge Luis Borges
RAY BRADBURY: Crónicas marcianas. Prólogo de Jorge Luis Borges.
Buenos Aires, Ediciones Minotauro, 1955.
En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo XVI, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos cien; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es clara. Para Luciano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de un Mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la posibilidad de una travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.
Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science–fiction o scientifiction[1] y del que son admirable ejemplo estas Crónicas. Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar por la arena.
Otros autores estampan una fecha venidera y no les creemos, porque sabemos que se trata de una convención literaria; Bradbury escribe 2004 y sentimos la gravitación, la fatiga, la vasta y vaga acumulación del pasado –el dark backward and abysm of Time del verso de Shakespeare. Ya el Renacimiento observó, por boca de Giordano Bruno y de Bacon, que los verdaderos antiguos somos nosotros y no los hombres del Génesis o de Homero.
¿Qué ha hecho este hombre de Illinois me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?
¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo “fantástico” o a lo “real”, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science fiction? En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street.
Acaso La tercera expedición es la historia más alarmante de este volumen. Su horror (sospecho) es metafisico; la incertidumbre sobre la identidad de los huéspedes del capitán John Black insinúa incómodamente que tampoco sabemos quiénes somos ni cómo es, para Dios, nuestra cara. Quiero asimismo destacar el episodio titulado El marciano, que encierra una patética variación del mito de Proteo.
Hacia 1909 leí, con fascinada angustia, en el crepúsculo de una casa grande que ya no existe, Los primeros hombres en la Luna, de Wells. Por virtud de estas Crónicas de concepción y ejecución muy diversa, me ha sido dado revivir, en los últimos días del otoño de 1954, aquellos deleitables terrores.

POSDATA DE 1974

Releo con imprevista admiración los Relatos de los grotesco y arabesco (1840) de Poe, tan superiores en conjunto a casa uno de los textos que los componen. Bradbury es heredero de la vasta imaginación del maestro, pero no de su estilo interjectivo y a veces tremebundo. Deplorablemente, no podemos decir lo mismo de Lovecraft.
[1] Scientifiction es un monstruo verbal en que se amalgaman el adjetivo scientific y el nombre sustantivo fiction. Jocosamente, el idioma español suele recurrir a formaciones análogas; Marcolo del Mazo habló de las orquestas de gríngaros (gringos + zíngaros) y Paul Grousac de los japonecedades que obstruían el museo de los Goncourt.

27 de marzo de 2009

MARZO DE 2000. El contribuyente

Ray Bradbury

Quería ir a Marte en el cohete. Bajó a la pista en las primeras horas de la mañana y a través de los alambres les dijo a gritos a los hombres uniformados que quería ir a Marte. Les dijo que pagaba impuestos, que se llamaba Pritchard y que tenía el derecho de ir a Marte. ¿No había nacido allí mismo en Ohio? ¿No era un buen ciudadano? Entonces, ¿por qué no podía ir a Marte? Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese entonces. El y otros miles como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, la censura, el estatismo, la conscripción, el control gubernamental de esto o aquello del arte o de la ciencia. ¡Que se quedaran otros! Les ofrecía la mano derecha, el corazón, la cabeza, por la oportunidad de ir a Marte. ¿Qué había que hacer, qué había que firmar, a quién había que conocer para embarcar en un cohete?
Los hombres de uniforme se rieron de él a través de los alambres. Le dijeron que no quería ir a Marte. ¿No sabía que las dos primeras expediciones habían fracasado y que probablemente todos sus hombres habían muerto?
No podían demostrarlo, no podían estar seguros, dijo Pritchard agarrándose a los alambres. Era posible que allá arriba hubiera un país de leche y miel, y que el capitán York y el capitán Williams no hubieran querido regresar. ¿Le abrirían el portón para dejarlo subir al Tercer Cohete Expedicionario, o lo rompería él mismo a puntapiés?
Le dijeron que se callara.
Vio a los hombres que iban hacia el cohete.
–¡Espérenme! –les gritó– ¡No me dejen en este mundo terrible! ¡Quiero irme! ¡Va a haber una guerra atómica! ¡No me dejen en la Tierra!
Lo sacaron de allí a rastras. Cerraron de un golpe la portezuela del coche policial y se lo llevaron con la cara pegada a la ventanilla trasera. Poco antes que la sirena del automóvil comenzara a sonar, al acercarse una curva, vio el fuego rojo, oyó el ruido terrible y sintió la trepidación con que el cohete plateado se elevó abandonándolo en una ordinaria mañana de lunes, en el ordinario planeta Tierra.
De Crónicas marcianas, 1955

10 de marzo de 2009

Dragón

Ray Bradbury

La noche soplaba en el escaso pasto del páramo. No había ningún otro movimiento. Desde hacía años, en el casco del cielo, inmenso y tenebroso, no volaba ningún pájaro. Tiempo atrás, se habían desmoronado algunos pedruscos convirtiéndose en polvo. Ahora, sólo la noche temblaba en el alma de los dos hombres, encorvados en el desierto, junto a la hoguera solitaria; la oscuridad les latía calladamente en las venas, les golpeaba silenciosamente en las muñecas y en las sienes.
Las luces del fuego subían y bajaban por los rostros despavoridos y se volcaban en los ojos como jirones anaranjados. Cada uno de los hombres espiaba la respiración débil y fría y los parpadeos de lagarto del otro. Al fin, uno de ellos atizó el fuego con la espada.
–¡No, idiota, nos delatarás!
–¡Qué importa! –dijo el otro hombre–. El dragón puede olernos a kilómetros de distancia. Dios, hace frío. Quisiera estar en el castillo.
–Es la muerte, no el sueño, lo que buscamos…
–¿Por qué? ¿Por qué? ¡El dragón nunca entra en el pueblo!
–¡Cállate, tonto! Devora a los hombres que viajan solos desde nuestro pueblo al pueblo vecino.
–¡Que se los devore y que nos deje llegar a casa!
–¡Espera, escucha!
Los dos hombres se quedaron quietos.
Aguardaron largo tiempo, pero sólo sintieron el temblor nervioso de la piel de los caballos, como tamboriles de terciopelo negro que repicaban en las argollas de plata de los estribos, suavemente, suavemente.
–Ah… –el segundo hombre suspiró–. Qué tierra de pesadillas. Todo sucede aquí. Alguien apaga el Sol; es de noche. Y entonces, y entonces, ¡oh, Dios, escucha! Dicen que este dragón tiene ojos de fuego y un aliento de gas blanquecino; se le ve arder a través de los páramos oscuros. Corre echando rayos y azufre, quemando el pasto. Las ovejas aterradas, enloquecen y mueren. Las mujeres dan a luz criaturas monstruosas. La furia del dragón es tan inmensa que los muros de las torres se conmueven y vuelven al polvo. Las víctimas, a la salida del Sol, aparecen dispersas aquí y allá, sobre los cerros. ¿Cuántos caballeros, pregunto yo, habrán perseguido a este monstruo y habrán fracasado, como fracasaremos también nosotros?
–¡Suficiente, te digo!
–¡Más que suficiente! Aquí, en esta desolación, ni siquiera sé en que año estamos.
–Novecientos años después de Navidad.
–No, no –murmuró el segundo hombre con los ojos cerrados–. En este páramo no hay Tiempo, hay sólo Eternidad. Pienso a veces que si volviéramos atrás, el pueblo habría desaparecido, la gente no habría nacido todavía, las cosas estarían cambiadas, los castillos no tallados aún en las rocas, los maderos no cortados aún en los bosques; no preguntes cómo sé; el páramo sabe y me lo dice. Y aquí estamos los dos, solos, en la comarca del dragón de fuego. ¡Que Dios nos ampare!
–¡Si tienes miedo, ponte tu armadura!
–¿Para qué? El dragón sale de la nada; no sabemos dónde vive. Se desvanece en la niebla; quién sabe a dónde va. Ay, vistamos nuestra armadura, moriremos ataviados.
Enfundado a medias en el corselete de plata, el segundo hombre se detuvo y volvió la cabeza.
En el extremo de la oscura campiña, henchido de noche y de nada, en el corazón mismo del páramo, sopló una ráfaga arrastrando ese polvo de los relojes que usaban polvo para contar el tiempo. En el corazón del viento nuevo había soles negros y un millón de hojas carbonizadas, caídas de un árbol otoñal, más allá del horizonte. Era un viento que fundía paisajes, modelaba los huesos como cera blanda, enturbiaba y espesaba la sangre, depositándola como barro en el cerebro. El viento era mil almas moribundas, siempre confusas y en tránsito, una bruma en una niebla de la oscuridad; y el sitio no era sitio para el hombre y no había año ni hora, sino sólo dos hombres en un vacío sin rostro de heladas súbitas, tempestades y truenos blancos que se movían por detrás de un cristal verde; el inmenso ventanal descendente, el relámpago. Una ráfaga de lluvia anegó la hierba; todo se desvaneció y no hubo más que un susurro sin aliento y los dos hombres que aguardaban a solas con su propio ardor, en un tiempo frío.
–Mira… –murmuró el primer hombre–. Oh, mira, allá.
A kilómetros de distancia, precipitándose, un cántico y un rugido: el dragón.
Los hombres vistieron las armaduras y montaron los caballos en silencio. Un monstruoso ronquido quebró la medianoche desierta y el dragón, rugiendo, se acercó y se acercó todavía más. La deslumbrante mirilla amarilla apareció de pronto en lo alto de un cerro y, en seguida, desplegando un cuerpo oscuro, lejano, impreciso, pasó por encima del cerro y se hundió en un valle.
–¡Pronto!
Espolearon las cabalgaduras hasta un claro.
–¡Pasará por aquí!
Los guanteletes empuñaron las lanzas y las viseras cayeron sobre los ojos de los caballos.
–¡Señor!
–Sí; invoquemos su nombre.
En ese instante, el dragón rodeó un cerro. El monstruoso ojo ambarino se clavó en los hombres, iluminando las armaduras con destellos y resplandores bermejos. Hubo un terrible alarido quejumbroso y, con ímpetu demoledor, la bestia prosiguió su carrera.
–¡Dios misericordioso!
La lanza golpeó bajo el ojo amarillo sin párpado y el hombre voló por el aire.
El dragón se le abalanzó, lo derribó, lo aplastó y el monstruo negro lanzó al otro jinete a unos treinta metros de distancia, contra la pared de una roca. Gimiendo, gimiendo siempre, el dragón pasó, vociferando, todo fuego alrededor y debajo: un sol rosado, amarillo, naranja, con plumones suaves de humo enceguecedor.
–¿Viste? –gritó una voz–. ¿No te lo había dicho?
–¡Sí! ¡Sí! ¡Un caballero con armadura! ¡Lo atropellamos!
–¿Vas a detenerte?
–Me detuve una vez; no encontré nada. No me gusta detenerme en este páramo. Me pone la carne de gallina. No sé que siento.
–Pero atropellamos algo.
El tren silbó un buen rato; el hombre no se movió.
Una ráfaga de humo dividió la niebla.
–Llegaremos a Stokel a horario. Más carbón, ¿eh, Fred?
Un nuevo silbido, que desprendió el rocío del cielo desierto. El tren nocturno, de fuego y furia, entró en un barranco, trepó por una ladera y se perdió a lo lejos sobre la tierra helada, hacia el norte, desapareciendo para siempre y dejando un humo negro y un vapor que pocos minutos después se disolvieron en el aire quieto.
De Remedio para melancólicos, 1960