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26 de noviembre de 2010

La isla desierta y Saverio el cruel de Roberto Arlt


El teatro de Roberto Arlt



El dramaturgo y el novelista

Si en la novela Roberto Arlt se fusiona a menudo con sus personajes en la expresión de sus conflictos y de su mundo afectivo, en el teatro se aparta personalmente de sus personajes para ceder la delantera a otro aspecto de su personalidad: su interés en plantearle problemas a la humanidad, según definía él la base de su teatro.
En la novela está presente sobre todo la sublimación de la angustia del hombre a través de su capacidad de crear mundos y personajes de ficción.
Esa angustia –a mi entender– tiene origen en su niñez, pues durante su infancia, la frialdad, la severidad y la tristeza de quienes lo rodearon, lo privaron acaso de esa primera posibilidad que tiene el ser humano de expresar su afectividad. Allí es donde el hombre experimenta en el niño la primera frustración de su vida, y a aquello sigue el desgarramiento del abandono, el de no estar enraizado en nada, el de quedar librado a una soledad de la cual se defiende creando mundos de fantasía folletinesca que en parte le devuelven los bienes de su realidad incumplida… Los demás pasos estarán un poco fatalmente condicionados por esa iniciación pequeña y mezquina: Roberto Arlt desde el comienzo va a ser pastor de fantasma; y el primero es quizás el fantasma de sí mismo: un Roberto Arlt magnífico, bandido grande como Rocambole, el que quitará a los ricos para dar a la viuda y al huérfano; otras veces quiere seguir en las huellas de Edison; más tarde, sus personajes soñarán con ser revolucionarios místicos, como el Astrólogo, e inventores como Silvio Astier, Erdosain o Ergueta, personajes de sus novelas, o como Sofía, la protagonista de 300 millones. Y como Saverio, en Saverio el cruel, se forjarán mundos compensatorios, o saldrán en pos de la santidad como César en El desierto en la ciudad.


Situaciones del teatro argentino

En década del treinta –que se inicia con el Ollantay de Ricardo Rojas y culmina con La cola de sirena de Conrado Nalé Roxlo– nuestro teatro había caído en la receta fácil de El diablo andaba en los choclos o La virgencita de madera. Este teatro contaba con un público adicto, cuyas necesidades se veían totalmente satisfechas con el chiste fácil y el triángulo amoroso. Para ese gusto ya creado, era cuestión de cumplir la receta y no apartarse de lo que ese espectador pedía y esperaba del teatro.
Cuando se quería ver buen teatro se esperaba la visita de las compañías extranjeras; existía el concepto de que lo nacional era inferior en todos los planos.
En Europa, Romain Rolland, Antoine, Stanislavski y muchos otros menos prominentes habían emprendido la renovación de las formas teatrales, y entre nosotros se conocían sus empresas, que estimulaban las nuestra en el sentido de emprender la renovación y el cambio de lo teatral.
Pero no todo era negativo; junto con la pieza burda estaban los autores que como Armando Discépolo o Defilippis Novoa o Alberto Novión también producían sin salir del teatro de ambiente localista, sin cortar con las convenciones establecidas, aunque sí apuntando a la universalización mediante la cabida de lo simbólico. Así, mientras el campo nuestro sigue presente en la temática de Florencio Sánchez, Payró, Enzo Aloisi o Rodolfo González Pacheco, el sainete y sus sucedáneos decaen.
Los intentos de innovación decidida comienzan con el Teatro Libre, en 1927, en cuya declaración de principios se lee: “Aspiramos a crear un teatro de arte donde el teatro que se cultiva no es artístico; queremos realizar un movimiento de avanzada donde todo se realiza por el retroceso”.
Pero el más estable de los intentos independientes es con todo el Teatro del Pueblo, en donde se estrenan todas las piezas de Roberto Arlt, con excepción de El fabricante de fantasmas.
Este teatro se creó en 1930; a él siguieron La Máscara en 1932, Núcleo de escritores y actores en 1935. El suceso más importante de esa década es sin duda la creación del Teatro Nacional de Comedia y el Instituto de Estudios de Teatro en 1935. En adelante la formación de nuestros actores dependería cada vez menos de su audacia para subir a un escenario que de su capacidad de estudio y formación profesional.
Con todo, los autores nuevos no están capacitados para transformar el gusto de los espectadores, ya sea porque no es eso lo que les preocupa o porque no se adaptan a construir obras que sitúen en el justo medio posible entre las convenciones vigentes y la renovación aceptable. Entonces no estaban incluidos dentro de las expectativas creadas en el público por el teatro anterior y fueron dramaturgos obligadamente limitados al teatro independiente. Lo cual era sinónimo de vocación no exenta de martirologio, pues, a menudo, nadie ganaba, todos se sacrificaban y el más severo anonimato era el premio de la labor.
Para Roberto Arlt, la diferencia entre el autor del teatro llamado “comercial” y el del teatro independiente estribaba en que “mientras que la obra del autor comercial mantiene su clima en absoluta conexión con un público y un actor previamente clasificados, la obra del autor independiente es un suceso personal. Acaecido a él y para él”.1
Naturalmente, es estas declaraciones aflora el aspecto individualista del autor que no siempre en la práctica se revela así, pues cuando dice que para él hacer teatro es su manera de plantearle problemas a la humanidad, manifiesta el aspecto contrario de lo que encierran estas palabras, porque al plantear problemas ya no monologa, sino que tiene en cuenta al interlocutor, o sea el público con quien entable el diálogo a través de su obra.


La farsa

El teatro le permite escapar al proceso creador del novelista y de la propia realidad interior para inscribirse en un planteo de comunicación diferente a través de la forma teatral que él denominó “farsa dramática”, “donde –como dice Adolfo Prieto el prólogo citado– el límite entre la realidad y el sueño, entre lo serio y lo grotesco, entre lo documental y lo alegórico, se quiebra y se confunde permanentemente”.
Antes de examinar qué características tiene la farsa en Roberto Arlt, veremos qué se entiende por farsa, lo cual facilitará algunas claves para saber por qué el autor dramático eligió esta forma, y luego advertir qué variantes introdujo en ella.
Según Sainz de Robles, una acepción del término farsa nos remite a una “obra teatral llena de incidentes grotescos. Farsas fueron llamadas en la Edad Media unas composiciones teatrales dedicadas a entretener o a moralizar con un tono jocoso o burlesco”.
Luego agrega: “En el teatro moderno se califican de farsas todas aquellas obras cuya intención didáctica o moral queda exteriorizada o moral queda exteriorizada con agudeza o humorismo”. (…) “La farsa ha dado en todas las literaturas un personaje característico, a quien se encomiendan los desplantes grotescos, las malicias intencionadas, los chistes… En España, el gracioso. En Inglaterra, el clown. En Alemania, Hans Würst.”2
Para Melchinger3, farsa es el “libre juego mímico bufonesco. Elemental placer y desfogue de la insolencia. Halla su objeto tanto en la actualidad política como en la muy humana y terrenal erótica. Rasgos de farsa aparecen ya en la comedia antigua. El género florece en los siglos XV-XVI en Francia, de donde irradia también a España, Italia e Inglaterra. Pervive en el vodevil, en la opereta al modo de Offenbach, en el sketch. Aplicaciones modernas: el Nekrasov de Sartre (1959) y como ‘farsa mágica’ (con cierto retintín irónico) en Las sillas de Ionesco (1955)”.
Por último, la etimología del término nos remite al latín farcire, rellenar.
En el teatro de Roberto Arlt la farsa comienza por asumir el significado de ese primer nivel etimológico, pues el “libre juego mímico y bufonesco” es la parte sustanciosa que está siempre contenida dentro del pellejo de la realidad. La farsa contiene los rasgos más prominentes de la imaginación. La fantasía se ha desplegado a sus anchas y en ellas asoma la ideología dentro del marco de una realidad que la ha condicionado. Es una especie de momento brillante entre dos polos negativos. Negativos en el sentido de que el momento de la realidad cotidiana que se da en el planteo será el condicionante nefasto del desenlace igualmente real y trágico. Así ocurre en 300 millones, en La isla desierta, en Saverio el cruel, en La fiesta del hierro o en El desierto entra en la ciudad.


La isla desierta

Además de ser denominada por el autor “farsa dramática”, lleva como subtítulo “Burlería en un acto”.
En primer lugar aclaremos que el autor se refería a su teatro unas veces como farsa dramática y otras como farsa trágica. Es importante tener en cuenta la diferencia de matiz en la terminología, porque mientras el drama puede o no desembocar en la catástrofe definitiva, la tragedia conduce inexorablemente a la catástrofe. Y esto último es lo que sucede en las piezas de Roberto Arlt. Por eso resulta más precisa la denominación de farsa trágica.
El término burlería significa “relato fabuloso, semejante a la conseja.”4 “No creo que haya sido empleada (esa denominación) antes por ningún autor teatral argentino; es más, en rigor preceptístico la denominación corresponde a una especie narrativa y no dramática.”5
El esquema habitual en el teatro de Roberto Arlt es participar de una situación real en el “planteo”, luego trasladar la acción a una situación con visos fabulosos en el “nudo” y retornar a la realidad en el “desenlace”. Estos tres tiempos –planteo, nudo y desenlace– propios de la convención dramática clásica se cumplen en todas las obras de Arlt y también en La isla desierta, que pese a su brevedad muestra las características fundamentales de todo su teatro.
Asimismo, en La isla desierta están implícitamente planteados los problemas de oficio que debe resolver el autor dramático y que sorprenden a todo autor que viene del campo de la narrativa; ellos nos remiten una vez más a una etimología la del término “teatro”: del griego  que significa ver, ver una acción, o sea un “drama”, cuya etimología remite al griego  que significa hacer, hacer en la doble acepción de crear poéticamente y de construir en forma empírica. Queda dicho, pues, que el autor dramático debe mostrar una acción y no simplemente decirla o narrarla. En consecuencia el escritor se encuentra de pronto con la necesidad de mantener la atención del espectador visual y oralmente (cosa que no le pasaba al novelista) durante un tiempo medido y dentro de un espacio limitado. Enfrenta luego los problemas de la escritura teatral propiamente dichos, que implican la combinación orquestada o armónica de sistemas de comunicación de diverso orden. Lo que antes el narrador debía decir exclusivamente con la palabra, ahora puede, y debe, decirlo con el gesto, con el sonido, con la luz y hasta con los objetos. Por ente, la obra ya no depende solamente del autor, sino de la eficaz labor de un equipo que maneja los distintos códigos que intervienen en la puesta en escena de una pieza teatral.
Y, por fin, está presente en La isla desierta el otro problema del escritor de vanguardia que se propone plantearle cuestiones a la humanidad. ¿Cómo hace para interesar o convertir en problema de todos algo que para muchos constituye la manera habitual de ver las cosas, de pensarlas o de resolverlas? ¿Y cómo se hace para que aquellos que nunca se plantearon que éste no es el mejor de los mundos posibles, comiencen a verlo como muy mejorable? En otras palabras ¿cómo se hace para romper con el gran “amortiguador” de las costumbres tanto en el pensar como en el hacer?
El teatro tiene diversos modos de obtener aquello que logra la máquina fotográfica cuando capta una imagen que es la misma que está ante nuestros ojos pero que, ya sea por el ángulo, la distancia, la intensidad de la luz o el enfoque, se nos muestra distinto, no sólo en su coloración, sino en su expresión en su forma.
Además, como el teatro es una empresa y no un libro cuya edición puede demorar años en venderse, si el resultado inmediato es negativo, si el público no la acepta, la obra está quizá definitivamente perdida.
Roberto Arlt, consciente de que el lenguaje de la farsa, que le permitía a Aristófanes ridiculizar al propio Sócrates, no gozaba de popularidad, en nuestro tiempo, apela a esa forma mixta propia de su teatro, por la cual el marco realista encierra la farsa y la farsa se proyecta en el símbolo de un subtexto y de connotaciones que el espectador fácilmente advierte.
Otra constante, esta vez de los héroes o, mejor, de los antihéroes arltianos, ya que son siempre hombres del común, es también detectable en La isla desierta, y se trata de lo siguiente: sus protagonistas se proyectan en un destino de excepcionalidad –grandes poetas, inventores, ladrones, millonarios, dictadores, santos –cuando la realidad parece destinarlos a un destino de mediocridad, si no de sordidez. Ellos no lo toleran y se evaden en la realidad por medio de la fantasía, y cuando la fantasía se vuelve insostenible se despeñan en la catástrofe.
Esto se da en el novelista y se da en el dramaturgo. Y la causa parece residir en distintos centros ideológicos que van alimentando al personaje. Estos, ora ven el origen de su frustración en un padre feroz, ora en una sociedad injusta, ora en un Dios cruel y vengativo, o en los tres factores que simultáneamente, parecen pasarse la tea para no interrumpir nunca la misión Verduga. Y el hombre en Arlt siempre se debate prisionero de estos tres círculos concéntricos. El más pequeño corresponde a la familia burguesa, el segundo a la mala organización político-social y el tercero a lo religioso y metafísico: si Dios existe es vengativo, si no existe el hombre está destinado a la nada.
La isla desierta se encontrará situada ideológicamente en el ámbito del segundo círculo, o sea aquel en que se advierte la gravitación nefasta de lo social.
En cuanto a la isla en sí misma, como objeto físico, es un símbolo asiduamente frecuentado por la literatura. Desde Rabelais en La isla sonante, Swift en Los viajes de Gulliver, Anatole France en La isla de los pingüinos –autor éste tremendamente admirado por Roberto Arlt, tanto por su estilo como por su humor brillante y su concepción del mundo–, La isla del tesoro de Stevenson y La isla misteriosa de Julio Verne, hasta tu tratamiento en el teatro en obras como El admirable Chrichton de James M. Barrie o Le petite hutte de André Roussin.
Sólo que en los casos mencionados se está o se llega la isla y ésta funciona como elemento fundamental de corte con la civilización.
Aquí la isla significa un ideal utópico de libertad propuesto por un soñante cuyo magnetismo consigue hacer aflorar los deseos largamente reprimidos, o ignorados, de liberación en los oficinistas. Cipriano motiva a su público produciendo en él esa desinhibición y esa “participación” que Antonin Artaud proponía para el público real y que consideraba la función esencial del teatro.
La variante, con respecto a la proyección de los personajes en un destino de excepcionalidad, es que aquí el deseo no surge de ellos sino que les es transmitido por Cipriano, que se los contagia, por así decirlo.
Durante el “nudo” de la pieza los personajes viven la borrachera de la evasión de su mediocridad y, por último, les aguarda el desenlace catastrófico.
Se cumplen asimismo los tres tiempos que Arlt denomina propios de su teatro: “1º Fijar con rapidez la atención del espectador en una situación futura, provocada por los personajes; 2º Suscitar el creciente movimiento de curiosidad de su intelecto ante las posibles derivaciones de la intriga; 3º Emocionarle por el destino que acecha a los protagonistas”.
Para Arlt, el desafortunado, el desposeído, es alguien millonario y despilfarrador de sueños. A mayor infortunio le corresponde mayor desmesura en el soñar; a mayor comprensión del medio, mayor desmesura en la reacción fantasiosa. Y como justificación de esa actitud se eleva la voz de Rocambole, personaje de 300 millones, que afirma: “Quien pudiendo soñar que hereda trescientos millones sueña que hereda trescientos mil pesos, merece que lo fusilen por la espalda”.
A pesar de que la pieza indica que la acción transcurre en un lugar real, con personajes reales, esto es, una oficina, desde las primeras líneas se advierte la influencia del expresionismo, que será una nota permanente en la forma expresiva de Roberto Arlt.
Digamos al pasar que la característica del expresionismo, tanto pictórico como literario, reside en que el artista expresa la realidad sin reproducir fotográficamente los objetos reales, sino mostrando la vinculación que existe entre esos objetos y el hombre. Por ejemplo, en la oficina en que se desarrolla la acción es blanquísima, el cielo que se ve desde ahí es infinito y azul. Los empleados trabajan en escritorios dispuestos en hilera, como reclutas. La sintaxis hace que la expresión adolezca de ambigüedad y que valga tanto para los escritorios como para los empleados. El jefe está emboscado tras unas gafas negras –lo cual no sólo es amenazante sino que es alguien que se niega a ver la luz y a enfrentar abiertamente la mirada del otro–. El corte de su pelo es como la pelambre del cepillo. La luz de las dos de la tarde es extrema y pesa sobre los oficinistas, a quienes se ve encorvados y recortados en el espacio. Y el espacio es a su vez simétrico, pero de una desolada simetría.
Es evidente que esa descripción está al servicio de un clima espiritual y que requiere ciertos elementos lumínicos y gestuales –así como un tratamiento del espacio– aptos para expresar cómo esos seres sienten la realidad, o mejor aún, cómo el espectador debe sentir la realidad de esos seres, antes que cómo la realidad objetivamente es, o cómo se ve físicamente la oficina.
Esta representación de la realidad, como si tuviera algo de viviente que puede establecer vínculos de enemistad, de acoso, o de malignidad, en suma, como si tuviera posibilidad de expresar los términos en que se relaciona con el ser humano, es propia del expresionismo, que se anuncia ya en Grünevald, tan admirado por Roberto Arlt, en el dibujo de Daumier o en la pintura de Munch o Rouault.
Y cuando la farsa tradicional coloca su capacidad de deformar los seres y las apariencias al servicio de la significación de ideas, el lenguaje apunta a lo dramático, cuando no a lo trágico.
Como buenos ejemplos de la fusión de la forma farsesca y expresionista mencionaremos Los cuentos de Don Friolera de Valle Inclán, El estupendo cornudo de Crommelinck, Knock (o El triunfo de la medicina) de Jules Romains, y El gorro de cascabeles de Pirandello.


Los personajes

En una obra teatral los personajes pueden ser estudiados en sus relaciones mutuas, individualmente, desde el punto de vida de sus psicologías. Como crecen, se desarrollan y conducen el hilo de la acción. Pero también pueden ser considerados como un sistema de relaciones que deciden las tensiones en el interior de la obra.
De esta manera los estudian en los últimos años los estructuralistas semiólogos que parten de Proop6 , de Souriau 7 y de Greimas 8. Este tipo de análisis no está reñido con el enfoque tipológico de otros niveles. Simplemente se trata de señalar en primer término cuáles son sus “funciones dramáticas”.
Souriau distingue seis funciones en el interior de un sistema dramático. Esas funciones, que están representadas por los personajes, deciden que ellos se desempeñen: como “fuerza propulsora” –aquel que se propone obtener o arribar a algo–, la “fuerza opositora” –aquel o aquellos que serán el escollo contra el que chocan el o los personajes para obtener sus fines–, “el bien deseado” –aquello a que el personaje aspira–, “el depositario del bien deseado” –aquel o aquello para quien se quiere algo–, “los satélites” –aquellos que colaboran con alguna de las fuerzas anteriormente citadas– y la “fuerza árbitro”, aquel o aquello que en última instancia inclina el destino a favor o en contra de la “fuerza propulsora”.
El análisis de los personajes como funciones contribuye a aclarar su rol dentro de la obra y a establecer sobre ello su coherencia funcional.
En el caso de La Isla desierta situaríamos la “fuerza propulsora” en el personaje de Cipriano que incita a los oficinistas a transportarse a un mundo de felicidad. La “fuerza opositora” estaría constituida por el jefe, mientras que los oficinistas serían los “depositarios del bien”, Manuel desempeñaría una función “satélite” de la “fuerza propulsora” y la “función de arbitraje” la ejerce el director general.
Si ahora dirigimos nuestra atención particular al personaje de Cipriano, veremos que es el menos dominado por los hábitos, el más permeable al estímulo. La situación lo motiva y saca a relucir su ser profundo de rebelde. Cipriano reniega de la civilización que lo desnaturaliza y le impone pautas de conducta que no reconoce como propias ni como deseables.
Manuel actúa como factor desencadenante de de la situación, pero él y el resto de los oficinistas han caído en la tentación de soñar y sobre ellos se desatará el castigo. Su actitud de rebelión es puramente ocasional y emocional, y por lo tanto no alcanza al plano ideológico.
Los jefes representan el sistema social, el Dios vengador, la sociedad opresora y el padre arbitrario.
En cuanto al procedimiento empleado por el autor, el aspecto más destacable es el de las diversas gradaciones de lo teatral.
El negro Cipriano desencadena una representación dentro de otra representación. Ha motivado a los oficinistas para entrar en una especie de celebración ritual y mágica de la cual serán espectadores el público y los que desempeñan los papeles de jefes.
El efecto es de interés porque los espectadores se identifican naturalmente con la situación de los oficinistas, pues los espectadores reales relacionan espontáneamente a los personajes con las personas reales. Y de esta manera se cuestiona la significación del trabajo en la vida de los hombres y mujeres del común dentro de la sociedad en que viven.
A través del entretenimiento se establece una relación de conocimiento que estimula una serie de reflexiones de este tipo: los jefes integran el sistema, el hombre que no se libera a tiempo está perdido o inclusive condenado a hacerse cómplice de su verdugo, como lo hizo en el pasado Manuel y seguramente volverán a hacerlo otros.
A nivel simbólico, esos empleados se convierten en todos los empleados del mundo que trabajan en una relación de dependencia y en tareas rutinarias. Así, a través de la participación emocional el público pasa de la comprensión de esos oficinistas a la comprensión del problema del oficinista.
Esta función del teatro implica la idea de que la realidad y la irrealidad se fusionan de tal modo en él, que el escenario es el mejor reflejo de los modos de sentir de los espectadores, quienes al verse reflejados, experimentan una suerte de liberación de fuerzas subyacentes, o dan forma a maneras de pensar que permanecían indiferenciadas entre el potencial de oscuros pensamientos no llegados al nivel de la enunciación verbal…


Saverio el cruel

Al igual que La isla desierta, Saverio es una “farsa dramática” o, mejor, una “farsa-trágica”.
Se estrena en el Teatro del Pueblo el 4 de septiembre de 1936.
El argumento puede sintetizarse en pocas palabras: un grupo de “niños bien” decide hacer una especie de lo que hoy llamaríamos happening, y que en la época un poco anterior a la de Roberto Arlt eran bromas, algunas veces feroces, que organizaban en Buenos Aires, y en provincia, algunos grupos. Por ejemplo, el grupo de reformistas universitarios del 18 en Córdoba, como protesta a la censura, en una noche vistió con ropas interiores a todas las estatuas de Córdoba. En Buenos Aires un iniciador de este tipo de juego fue José Ingenieros.
Sin embargo hay más diferencias que convergencias entre la broma organizada y el happening, pues este último no intenta hacer objeto de burla a nadie. Pero tienen en común el que, dada una propuesta, no se sabe cuál será la reacción de los participantes en el hecho. Uno de los últimos happenings de Allan Kaprow, cultor e iniciador del happening en los Estados Unidos de América, consistió, por ejemplo, en hacer colocar enormes bloques de hielo en una de las avenidas de Nueva Cork. Como es de suponer, la gente miraba aquello sin saber a qué atenerse. No sabemos qué comentarios suscitó, pero es posible imaginar la intención de su simbología. Entre nosotros el happening se cultivó en la década de 60 en el Instituto Di Tella.
En Saverio, la propuesta sugerida a Susana es invitar al corredor de manteca, Saverio, para que actúe como coronel a quien habrán de cortarle la cabeza con el fin de curar a Susana. La experiencia habría sido sugerida por un supuesto médico.
Esto sume a Saverio en una irrealidad que lo complace. Hasta que al enterarse de que todo era una broma asume una actitud que lleva al desenlace trágico.
Inicialmente la pieza transcurría en un sanatorio de locos, lo cual permitía al autor sortear la dicotomía entre realidad y farsa. Lamentablemente la idea pareció de poco contenido social a quienes debían ponerla en escena y la pieza sufrió sucesivas modificaciones que son de lamentar. Roberto Arlt fue modificándola y subrayando las consecuencias de la irresponsabilidad de los “niños bien”.
El primer acto es realista, el segundo se inserta en la farsa y es ahí donde el autor pone su decir sustancioso y desarrolla el lenguaje natural de su teatro; el tercer acto vuelve a la realidad, después de permitir la evasión y el soñar despierto y desmedido de Saverio.
Saverio es la pieza en que el tema de la locura es predominante. La inestabilidad mental sedujo a Arlt. Sus personajes, si no son decididamente locos, padecen infaltablemente de lo que en su época se denominaba neurastenia y que hoy llamamos neurosis.
La idea de Saverio se anticipa ya en Escena de un grotesco, que se publicó en “Gaceta de Buenos Aires” dos años antes del estreno de esta pieza.
Por otro lado, en el teatro el tema de la locura tuvo siempre distintas connotaciones. Desde las farsas medievales hasta Shakespeare, el loco, el bufón o el clown es aquel que, exento de la obligatoriedad de ser prudente, luce en el razonar los aspectos paradojales de la verdad que resultarían hirientes o chocantes en boca de los personajes cuerdos.
Basta recordar el papel de estos seres en Lear o en Hamlet, donde la locura interesa tanto como en Macbeth u Otello. Asimismo el teatro dentro del teatro, o representación dentro de la representación –que es el recurso común a las farsas de Roberto Arlt–, ya se da fundamentalmente en La fierecilla domada, donde la pieza es una representación que se hace ante el borracho Sly.
En Saverio el cruel enfrentamos dos aspectos de la locura. En primer lugar la de Susana, quien, como en el caso de Enrique IV de Pirandello, trata de enmascarar un mal real tras la simulación voluntaria. Es decir, Susana trata de provocar una situación que le permita dar rienda suelta a su locura, que la canalice, que la exprese de modo tal que ella pueda seguir conviviendo con los presuntamente cuerdos sin llegar al estallido. Su “polo a tierra” es, pues, el juego, un juego un tanto cruel, pero que actúa como mecanismo compensatorio de su imposibilidad de adaptación a la vida de los demás.
Saverio, en cambio, experimenta la locura de la doble personalidad en el soñar despierto. Su imaginación mutilada por la vida rutinaria también comienza a motorizarse en el sentido del juego, pero de un juego que le provoca entusiasmo (en el sentido etimológico del término: estar poseído por un dios), que lo posee, que lo absorbe por completo y que le compensa la vida gris de corredor de manteca. Saverio se evade de la realidad, de la sensatez, y, a pesar de los diferentes “mensajeros” que intentan volverlo a su verdad cotidiana, cae en el “exceso”, causa fundamental, entre los griegos, de la pendiente hacia el desenlace trágico.
Susana evidencia su locura cuando el juego se trunca porque Saverio, enterado de la verdad, la increpa.
Los “niños bien” representan el grado de locura menor que consiste en la capacidad de entrar a girar en la órbita de un desorbitado simplemente por falta de motivaciones reales para vivir, por aburrimiento, que es el pecado de la falta de imaginación, y por un exceso de superficialidad que los vuelve disponibles para la aventura porque es distinta y divertida, por oposición a la vida diaria, que es igual y aburrida.
Saverio plantea entre los temas de investigación las confluencias y divergencias entre el juego espontáneo y el juego pautado, las ceremonias y fiestas, y el teatro propiamente dicho.
Digamos finalmente que quizá si Susana hubiera conseguido que Saverio saltara la valla de la sensatez y hubiera entrado a girar en su órbita como su “satélite”, ella habría podido, como el Enrique IV de Pirandello, enmarcar su locura en la realidad de un mundo paralelo constituido en principio por estos dos “jugantes”, ella y Saverio, que habían creado una realidad imaginaria, su realidad, apropiada para subsistir con sus características de seres vulnerados en un mundo real que hubiera pasado a ser para ellos irreal e imaginario.
Saverio, por su capacidad para fabular –a no dudar intuida por Susana– y por su propensión reprimida a escapar de la realidad encapuchándose en la fantasía, podría haber constituido un buen acompañante para la locura real de Susana.
Saverio el cruel es la pieza que con mayor frecuencia se ha elegido para la representación. Invariablemente se choca con la dificultad de las puestas en escena que, sin tener en cuenta cómo es el mundo del tedio y cómo sienten la realidad los seres acosados, caen en la puesta realista que no responde a las leyes del juego dentro del sistema.


1 Citado por Raúl Larra, Roberto Arlt el torturado, Ed. Futuro, 1950, pág. 91.
2 Ensayo de un diccionario de la literatura, Ed. Aguilar.
3 Siegfried Melchinger, El teatro, Ed. Fabril Editora.
4 Diccionario de la literatura española, ed. Rev. De Occidente
5 Raúl H. Castagnino, El teatro de Roberto Arlt, Universidad de La Plata
6 Morphologie du conte, París, 1970.
7 Les 200.000 situations dramatiques, París, 1950.
8 Semantique structurales, París, 1966.

Arlt, Mirta, La isla desierta y Saverio el cruel, Kapelusz, Grandes Obras de la Literatura Universal Nº 125, Buenos Aires, 1995.

19 de agosto de 2010

La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares



La obra de Adolfo Bioy Casares

Bioy Casares se niega a la difusión o al comentario de los libros que precedieron a La Invención de Morel, sus primeros libros. Y la primera edición de La invención data de 1940. Se ha dicho de Julio Cortázar que, a pesar de ser narrador, y de su evolución literaria posterior, tiene ciertos puntos de contacto con la “generación del 40”, generación de poetas. Lo mismo podría decirse de Adolfo Bioy, quien a su vez comparte con Cortázar la inicial admiración por Borges, la atracción por el realismo mágico, el año de nacimiento. Los nexos que vincularían a Bioy con la generación del 40 serían el culto de la mujer, del amor, el interés por el tiempo, por su peso y sentido. Lo más típico de los poetas del grupo mencionado, la nostalgia de la infancia como un paraíso perdido, se da en Bioy sobre todo a través de sus evocaciones personales, de reportajes, de su cronología, más que en su obra literaria. Como ciertos narradores de esa década se interesa por contar historias, narrar tramas, dejar de lado la psicología de los personajes, crear y resolver enigmas. Lo residual infantil reaparece no como nostalgia sino como interés por los misterios, los sueños, las aventuras, las dudas sobre el más allá, que según propia confesión, lo intrigaron desde sus primeros años. Desde su primera obra memorable aparece el sentido del rigor en el ejercicio de la escritura, de la coherencia interna que, como una ley, debe respetarse. Y elige para ejercer ese rigor la novela de aventuras fantásticas, a la que impone una estructura sólida, muy consciente de los imperativos técnicos y estéticos que le permitirán exaltar la fantasía y la aventura a la categoría de valores, sin los cuales la vida y el arte se empobrecerían.
En 1945 publica la novela Plan de evasión, que podemos considerar de ciencia ficción, sustentada en la teoría del psicólogo norteamericano William James, que presenta al mundo como un flujo indeterminado y compacto donde no hay personas ni objetos sino sensaciones. Es decir, sólo se puede conocer a través de los sentidos; si los sentidos se modifican, el mundo también. Bioy sitúa su novela en la tristemente célebre Isla del Diablo (cárcel francesa en donde estuvo recluido Dreyfuss, el militar francés acusado falsamente de traición por prejuicios antisemitas) donde el gobernador, Castel, somete a los reclusos a operaciones que cambian sus percepciones, de modo que llegan a creerse en libertad en sus propias celdas. Incluso sus movimientos son tan lentos que al andar por las estrechas celdas se fatigan y creen haber recorrido grandes espacios abiertos. La novela tiene distintos puntos de vista y distintos narradores que usan incluso distinta tipografía. Castel, el autor de los hechos, presenta su informe que es transmitido en forma epistolar por su sorprendido y horrorizado secretario, Nevers, y comentado, distorsionado ambiguamente, por Antoine; entre los tres textos debe reconstruirse el argumento. Todo un “modelo par armar”. Nevers recuerda literariamente al atormentado Prendick de La isla del doctor Moreau y su desconcierto ante las operaciones misteriosas que se realizan en la isla, con la diferencia de que Prendick logrará escapar y narrar lo sucedido sin intermediarios, aunque el horror de lo vivido lo persigue como una pesadilla que termina por atraparlo. Por su parte, Nevers piensa siempre en una mujer, Irene, el tema del amor lejano inalcanzado, recurrente en Bioy.
En La trama celeste encontramos –reencontramos– temas y formas que resaltan la fragilidad de lo real y lo sustancial de lo soñado y lo fantasmagórico. Sin considerar aquí El perjurio de la nieve, se puede considerar En memoria de Paulina como el más intenso de los cuentos de la colección. El adorador de Paulina es desechado: ella ama a otro, se irá con él. Sólo logra consumar su amor con ella después de la muerte de Paulina; cuando se entera de que la joven ha muerto cree que ha sido una proyección de su amor por él la que lo ha visitado; ciertos indicios le aclaran su error: la Paulina que reapareciera es sólo una proyección de los celos de su rival; Paulina nunca lo quiso. El cuento es de estirpe netamente romántica: el confesado antisicologismo de Bioy se diluye en la matizada femineidad de Paulina, en el estudio de los celos y las frustraciones del personaje masculino.
En De los reyes futuros se vuelve a las operaciones transformatorias; esta vez sobre animales: la apoyatura científica es ahora darwiniana. La técnica de transmisión de lo vivido es, como en otras ficciones, la escritura. “Redactaría este informe… lo escribí con extraordinaria rapidez…” Obsesión de Bioy, parece simbolizar la salvación por medio de la literatura, la inmortalidad por la creación escrita. Un singular párrafo del cuento parece una crítica a la literatura idealista, a su desconexión con lo real: “Ahora estaban en un mundo como el que supone el idealismo: tenían una fuerte capacidad de proyectar ideas nítidas y minuciosas y, entre ellas, vivían.”
La trama celeste y El otro laberinto son cuentos muy borgianos y, el primero, de estructura más endeble que lo habitual, en Bioy, se basa en la pluralidad de mundos. Hay muchos Buenos Aires, casi imperceptiblemente desiguales, por donde deambulan casi iguales capitanes Morris.
En la novela El sueño de los héroes, un muchacho de barrio, Emilio Gauna, trata de recordar, de recuperar lo vivido a lo largo de tres noches de carnaval, cuyos acontecimientos ha olvidado, pero que intuye esenciales para el conocimiento de sí mismo. La mujer que lo acompaña a lo largo de la obra es un apoyo, no un ideal. El idioma, más popular que en ficciones anteriores es, a ratos, sabroso, en ocasiones, caricaturesco, de un paroxismo estereotipado, lo mismo que en Dormir al sol. El culto del coraje, el revertirse trágico de lo soñado sobre el soñador, la mezcla de irrealidad y apariencia importan menos que la tierna presencia de Clara, que la sobriedad del final, que abren nuevas perspectivas en la prosa de Bioy.
El lado de la sombra, cuento, tiene el siguiente epígrafe: “En cuanto cruzas la calle estás del lado de la sombra.” “Más acá, más allá, milonga de Juan Ferraris, 1921.” La milonga no existe, el autor de los versos es el propio Bioy y los datos inventados por él, según nos refiriera. Esta inclusión de datos ficticios, de autores apócrifos mezclados con los reales cumple un papel desintegrador que confunde el plano literario con el plano real, como observa Ana María Barrenechea (La expresión de la irrealidad en la obra de Borges, Buenos Aires, Paidós, 1967), con respecto a Borges, quien usa procedimientos similares, o incluye personas reales, sus amigos, él mismo, en sus ficciones; pero Borges parece obtener un resultado de irónico distanciamiento, mientras que en Bioy Casares cobra un aire lúdico, humorístico. (A. M. Barrenechea no descarta en esta actitud de Borges el placer por el juego en sí, junto con el goce de burlarse del lector erudito, pero insistimos en que los resultados son distintos en ambos autores.)
El tema del amor infructuoso, reaparecen en Carta sobre Emilia; otros textos del libro se inclinan a la ciencia ficción: El calamar opta por su tinta, trata en forma humorística el tópico del visitante interplanetario. Los afanes, la invención de una máquina que permite vivir al intelecto, muerto ya el cuerpo. Cavar un foso es un excelente cuento policial.
Diario de la guerra del cerdo, novela, es un texto aparte en la escritura de Bioy. Aunque esté fechado, como un diario, nadie lo lleva; está narrado en tercera persona, y no hay variantes de narrador. Carece de notas y epígrafes y de los artificios formales de ciertos textos, pero es rica en tipos y caracteres y en exactas descripciones de ambiente. La guerra del cerdo es generacional, pero unilateral, los viejos no se defienden, se esconden; hay “aguantaderos” de viejos; y cuando son descubiertos, son humillados o masacrados. Los viejos son descriptos con humor, pero sin piedad, en todas sus “miserias” como los llama el narrador. El manejo natural del lenguaje coloquial es auténtico y colmado de aciertos expresivos. El protagonista, uno de los “viejos”, evoluciona desde la resignación hasta el interés por la vida, ayudado por el amor de una mujer. Es seguramente su libro más desgarrado, más tensionado, donde lo fantástico es lo arbitrario y lo humano es más profundo y desnudo.
Dormir al sol recae en los experimentos que se hacen con cuerpos y almas para conseguir mutaciones. Oscila entre lo humorístico y lo fantástico y, como en las dos novelas anteriores, está ambientada en barrios de Buenos Aires, lejos de las islas de sus comienzos novelísticos.
En El héroe de las mujeres (1978, obra en la que el autor incluye algunos cuentos publicados en las antologías Historias de amor e Historias fantásticas y otros escritos posteriormente) justamente en el cuento que da título a la obra, Bioy Casares, como autor-narrador, señala significativamente la tendencia (voluntaria y al mismo tiempo compulsiva) a ubicar sus figuras temáticas en ámbitos de su propio país. En las novelas mencionas, la ubicación fue Buenos Aires; en este cuento el Pardo de su juventud, Azul, Tapalqué… Así lo afirma: “Siempre supe que alguna vez contaría la historia que están leyendo. Aun a los narradores de relatos fantásticos les llega la hora de entender que la primera obligación del escritor consiste en conmemorar unos pocos sucesos, unos pocos parajes y, más que nada, a las pocas personas que el destino mezcló definitivamente a su vida o siquiera a sus recuerdos. ¡Al diablo las Islas del Diablo, la alquimia sensorial, la máquina del tiempo y los mágicos prodigiosos! nos decimos, para volcarnos con impaciencia en una región, en un pago, en un entrañable partido del sur de Buenos Aires.”
La ambientación-evocación abarca otros lugares y épocas del país. En Lo desconocido atrae a la juventud resurge la fama de la provincia de Santa Fe alrededor de los años treinta, con su sugestión de peligros secretos, de mafiosos, de violencia.
La aventura, transfigurada por el tratamiento humorístico es casi el común denominador de este volumen de cuentos. La preocupación constante por el tiempo sirve de nexo a la reaparición de personajes de un cuento a otro, a la manera balzaciana. “El tiempo no dura siempre lo mismo. Una noche puede ser más corta o más larga que otra noche de igual número de horas. El que no me crea que se lo pregunte a un farmacéutico de apellido Coria, que vive en Rosario”.
Un aforismo apenas irónico explica el título del cuento “El héroe de las mujeres no es siempre el héroe de los hombres”.
En conjunto, la obra literaria de Bioy mantiene un estilo identificable desde La invención de Morel hasta sus últimas obras publicadas, por la persistencia de los temas y de ritmo de la frase y del párrafo, pero ha logrado con la utilización del lenguaje corriente, cristalizar una técnica que permite el manejo de lo fantástico, lo real y lo humano, del humor, sin menoscabo del rigor inicial, de ese tipo de verosimilitud en la invención que él, alguna vez llamó posible “a fuerza de sintaxis”.


La literatura fantástica

“Viejas como el miedo”…

En el prólogo a la Antología de la literatura fantástica, Bioy Casares señala que “viejas como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras”, y que “los aparecidos pueblas todas las literaturas”. Esta reflexión nos coloca frente a una de las fundamentaciones implícitas del género fantástico: el temor, latente en los seres humanos, a través de las variantes culturales, a la intromisión de lo desconocido en lo conocido, del más allá en lo cotidiano, de los muertos entre los vivos. Pero hay otra motivación tan imperiosa y universal como la anterior para la existencia –y vigencia perdurable– de la literatura fantástica: el deseo, la apetencia de lo sobrenatural y de lo extraordinario en un mundo donde lo racional se vuelve tedioso, en un universo cerrado y limitado a lo humano, que de pronto se ilumina por lo maravilloso y lo sobrenatural. Ambas, actitudes del espíritu se complementan, a pesar de su antagonismo, en la creación de ficciones fantásticas.
No hay formulaciones taxativas de un concepto de literatura fantástica, pero sí diversas teorizaciones que establecen la peculiaridad del género en elementos distintos. Actualmente suele aceptarse una generalización de la sistematización de Todorov (T. Todorov, Introducción a la literatura fantástica, 1970), que define a lo fantástico como la vacilación, la incertidumbre entre una explicación natural o sobrenatural en una ficción que combina elementos reales con acontecimientos fuera de lo natural. Evidentemente, esta concepción no abarca todas las categorías de lo fantástico: hay cuentos en que la vacilación no se produce, no hay dudas, ni posibilidad de explicación racional alguna. Quizá sea más sencillo considerar fantástica a toda obra que exceda, por algún elemento los límites de lo real, de lo comprobable o explicable. Bioy Casares clasifica a los cuentos fantásticos por la explicación: a) los que se explican por la agencia de un ser o un hecho sobrenatural; b) los que tienen explicación fantástica, pero no sobrenatural (“científica no me parece el epíteto conveniente para estas invenciones rigurosas, verosímiles a fuerza de sintaxis"); c) los que insinúan la posibilidad de una explicación natural.
Bioy menciona también algunas técnicas usadas para crear un espacio en que el clima de irrealidad pueda filtrarse. En el caso de propiciar el terror, las puertas que se golpean, las tormentas, las casas tétricas, los paisajes melancólicos son recursos tradicionales que Bioy juzga con cierto desdén. Sin embargo, esta creación del ambiente o atmósfera fue usada por maestros del género y aún encuentra entusiastas, siempre que los elementos no sean demasiado efectistas ni reiterados.
La sorpresa en el desenlace, el ataque de lo inesperado pueden desencadenar el sortilegio o el horror pero también el relato puede tener puntos de apoyo que anticipen lo extraordinario, con el propósito de conseguir el suspenso.
El orden normal del mundo real cotidiano puede presentar una grieta, una fisura que sea cifra de otra realidad; en ese caso lo desconocido que emerge no demuestra la irrupción de lo insólito, sino que parece comprobar la existencia de otro ordenamiento perenne, que aunque dormite en nuestra experiencia de todos los días, está siempre presente. La vida descansa en lo ordinario y en lo extraordinario y en cualquier momento podemos pasar de un orden a otro. Este tipo de trama debe amalgamar detalles precisos y concretos, con notas de pesadilla e irracionalidad, dentro de una estructura narrativa rigurosa y coherente. Como dijera Borges con respecto a Walpole “la precisión convive felizmente con la irrealidad” (citado por Ana María Barrenechea: La expresión de la irrealidad en la obra de Borges, Buenos Aires, Paidós, 1967). Así se desarrollan los cuentos de Borges, algunos de Cortázar, el propio Bioy, de Silvina Ocampo.
Pero sea que lo fantástico se nos presente como una indagación metafísica, una admisión de lo irreal, un exorcismo, una manifestación de la seducción de la magia, una conmoción del miedo y el desamparo, continúan atrayendo al lector de nuestros días tanto como conmovían al remoto oyente, que, junto, a antiguos fuegos, escuchaba al narrador que hablaba de fantasmas.

¿Qué es un Hugo?

Aclaramos la pregunta, para que nadie se confunda. No preguntamos quién es Hugo para que alguien crea que estamos hablando del primo de Sandra o del amigo que se fue a España. Un HUGO es la máxima distinción que se entrega al escritor de ciencia-ficción que más se haya destacado cada año y lleva ese nombre en homenaje al escritor Hugo Gernsback que acuño el término ciencia-ficción en 1929 (science-fiction). La ciencia-ficción se distingue de los demás subgéneros de la literatura fantástica porque el autor introduce elementos científicos dentro de la creación imaginativa. Michel Butor explica (Sobre Literatura, Seix Barral, 1960) que si bien para los cuentistas árabes, que creían en la magia, las alfombras volantes eran posibles, nuestra creencia en la posibilidad de los cohetes interplanetarios es de un orden distinto, porque “está garantizada por lo que en líneas generales podríamos llamar la ciencia moderna”. Generalmente, al dotar a lo imaginario de un basamento científico o posiblemente científico, se consigue un resultado de anticipación; el relato se sitúa en lo porvenir o admite, como concretados en el presente, aparatos o circunstancias que la ciencia todavía no ha vislumbrado pero que entran dentro del campo de lo posible.
El espacio de la ciencia ficción es vastísimo y por lo tanto, dentro de sus variaciones permite la introducción de mitos y aspiraciones que el hombre ha concebido desde tiempo inmemorial. En un sentido amplio, para algunos tratadistas, constituye una mitología de nuestra época.
Así, los monstruos, demonios, semidioses de los viejos mitos encuentran su variante en algunos relatos de H. P. Lovecraft. En La sombra sobre Innsmouth, por ejemplo, un viajero que pasa por Nueva Inglaterra, alojándose en la YMCA, descubre un pueblo cuyos habitantes son descendientes de peces en plena evolución y de hombres. El pueblo es destruido en 1928 por funcionarios del gobierno federal, pero la impresión de horror que produce el bestialismo de los habitantes y sus ritos no se atenúa por la inclusión de los datos realistas. Los temas más frecuentados por los autores de este género son los que incursionan por mundos desconocidos, por la vida futura, o tratan de invenciones o de personajes llegados de otros planetas, galaxias o dimensiones.
Los que se refieren a la vida futura o a los mundos desconocidos tienen mucho que ver con las utopías que de cuando en cuando ha elaborado la literatura. Algunos libros de Huxley, Hesse, las Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, se emparentarían con lo más tradicional del género. Los archipiélagos poco conocidos del siglo XVIII donde se ubica utopías, el centro del globo, donde Dante sitúa su infierno, son anticipos del Viaje al fondo de la tierra, de la ocupación de Marte por los estadounidenses.
Julio Verne es con justicia reconocido como el mejor precursor –y para algunos, representante típico– de la ciencia ficción porque algunas de sus obras se anticiparon a la realidad. Hay también, en él, como en H. G. Wells, predilección por situar algunas fábulas en islas desiertas: La isla misteriosa, Dos años de vacaciones, sólo que en Wells las islas no sirven para probar el dominio del hombre sobre la naturaleza, sino que permiten el aislamiento necesario para experimentar en los seres humanos transformaciones que los lleven a la animalización (La isla del doctor Moreau). En Bioy Casares, las islas servirán a propósitos semejantes.
Es también H. G. Wells (La guerra de los mundos) el que introduce por primera vez visitantes interplanetarios en nuestro mundo. Es conocido el terror que provocó en la población estadounidense la audición radial hecha por Orson Wells, muchos años después de la aparición de la novela, ya que los desprevenidos norteamericanos creyeron realmente en una invasión marciana. Desde entonces, muchas han sido las visitas de seres extraplanetarios que hemos recibido. Literariamente, por supuesto.
Asimismo, la pluralidad de mundos, las rupturas y alteraciones del tiempo cronológico, los problemas de la antimateria, los mecanismos y maquinarias que reemplazan, dominan o alteran al hombre son temática habitual de esta narrativa. Michel Butor opina que la ciencia ficción no ha sido capaz de dar forma unificada a nuestros sueños comunes y por lo tanto se limitará y empobrecerá, a pesar de sus prodigiosas posibilidades.
Mientras tanto, escritores como Isaac Asimov, Damon Knight, Italo Calvino, Karel Chapek, Cordwainer Smith, algunas obras de Dino Buzzati, Golding, parecen evidenciar un no agotamiento del género. Género que, por otra parte, puede alejarse de la ortodoxia temática y de discurso y promover reflexiones sobre la condición humana. Como en el caso del hoy un poco olvidado Bradbury, y en la Argentina, Bioy Casares.


La invención de Morel

“Un terrible experimento”

Según manifestaciones del autor, pensó por primera vez en la idea central de la obra durante una estadía en su estancia de Pardo. Reflexionó sobre la inmortalidad, sobre cualquier forma de inmortalidad, de perduración y sopesó la posibilidad de un invento que mantuviera intacto, si no el cuerpo, por lo menos su imagen. La idea de imagen la relacionó con los espejos: los espejos lo han atraído desde niño.
[1] Su madre tenía un espejo triple; le gustaba mirarse en él y ver su figura triplicada. Añadió a la imagen el movimiento, la voz, la capacidad de repetir actos ya vividos, suprimió la capacidad de innovar, de sentir, pues esto hubiera constituido la inmortalidad completa, y como se sabe, todos los hombres son mortales. Para usar sus propias palabras, el invento debía ser fantástico, pero no sobrenatural. El hombre que consiguiera esta perduración d esu imagen debía, sin embargo, morir previamente. Necesitaba una motivación muy importante que lo justificara: la encontró en el amor que el inventor y escritor Morel siente por Faustine; si no puede conservarla a su lado de otra forma, ambos morirán y revivirán, con la periodicidad de las mareas que ponen en funcionamientos las máquinas, la última semana que pasaron juntos. Morel, dueño del destino, elegirá a algunos amigos para compartir esa suerte. El nombre de Morel es una evocación a Moreau, el siniestro doctor de Wells, que también experimentara con vidas ajenas en otra isla. ¿Por qué una isla? En Plan de evasión, dice: “La fábula de Robinson es una de las primeras costumbres de la ilusión humana”… Pasar unos días en una isla: una invitación estimulante para un grupo de amigos que ignoran su final. La isla representa lo lejano, lo poco accesible; asegura, por lo tanto, la impunidad para la preparación del plan. Para el narrador de la novela, también la isla será una posibilidad de refugio, de salvación.

Temas
  • La posibilidad de la inmortalidad, de una suerte de perduración en el tiempo, dentro de ciertos límites.
  • Como consecuencia de esa perduración, la pluralidad de mundos sin ninguna base de vasos comunicantes entre sí.
  • La capacidad humana que permite, con rigor y con lógica, las condiciones materiales para esa especial duplicación y proyección de la vida –o de sus apariencias– en lo temporal, y la capacidad –también humana– de penetración en el ordenamiento de ese mundo que, al comienzo, atemoriza como un territorio incomprensible e insufructuable.
  • La crueldad mecánica con que se dispone de las vidas ajenas; tema que reaparece en Bioy Casares (las trasmutaciones sensoriales en los presos de Plan de evasión, o los cambios de alma y mentalidad en Dormir al sol) y que proviene directamente, como una fijación, de lecturas de La isla del doctor Moreau, de H. G. Wells (The Island of Dr. Moreau, 1896).
  • El tema del perseguido, del fugitivo.
  • El hombre en una isla desierta (Robinsonismo).
  • La degradación física producida por el agotamiento, el acoso, el enfrentamiento de riesgos, la duda con respecto a las propias percepciones debida a lo extraño de las situaciones nuevas, lo que conduce a un estado límite. El hombre es el animal que se ha apartado del sitio seguro, y debe adaptarse o morir. Simbólicamente, la lucha por la vida en un mundo siempre cambiante, hostil y misterioso. En la novela, el hombre perece, pero su ventaja, es, como se ha dicho, su capacidad de esclarecer lo caótico que lo aniquila.
  • El conflicto entre apariencia y realidad.
  • El amor. La obsesión por la mujer –una mujer– como aspiración tenaz, insatisfecha, ocupa un espacio privilegiado en la narrativa de Bioy. En La invención de Morel, la amada, Faustine, aparece, por la situación, como un objeto, que casi obliga a la renuncia, a dar un contenido humano a la posibilidad de relación. Decimos casi, porque el deseo, la súplica final, implica la hipótesis de una inserción en la conciencia de Faustine.
  • Estructura

    La novela está contada en primera persona, por un narrador limitado, que debe constreñir su relato a lo que puede observar o descubrir en la isla. Forzosamente, es necesaria una segunda persona: el destinatario hipotético a quien se cuenta la historia, el “lector”, que es mencionado a lo largo del relato. El narrador manifiesta una primera motivación para su escritura: autojustificarse. Y una segunda: el elogio de Malthus. Defensa o elogio que provoca ecos humorísticos o irónicos, pues alaba la posibilidad de un mundo con mayores probabilidades de escondite, con “selvas y desiertos”, despoblado de acuerdo con un malthusianismo apto para su peripecia vital de fugitivo. Resulta obvio que su diario encuentra el destinatario apropiado, por la inclusión de las notas –apócrifas– del “editor”. En una de estas notas se advierte: “el autor se demora en una apología, elocuente y con argumentos poco nuevos, de Roberto Tomás Malthus y su Ensayo sobre el Principio de la Población. Por razones de espacio la hemos suprimido”. El propósito de esta nota minimiza la segunda de las motivaciones explicitadas por el narrador: al evidenciarla como la obsesión fortuita, accesoria, de un perseguido, pone distancia entre las dimensiones realmente importantes de la historia y esta situación de detalle.
    Las notas del editor constituyen, por lo tanto, el segundo narrador en el texto. Su tono es generalmente irónico, tanto cuando se refiere al fugitivo como a Morel. Ocasionalmente, la ironía sirve para introducir dudas en la verosimilitud del relato, por ejemplo, en la referencia a los cocos, “que no pudo dejar de ver”, aunque a continuación incluya una posible explicación.
    El tercer narrador es Morel: su informe está entrecomillado, por disposición del editor. El discurso de Morel es, al principio, condescendiente, y hasta amable, con aquellos que ya ha condenado a muerte. Después los términos formales se endurecen, se vuelven técnicos, fríos. La parte que no llega a leer alcanza cierta solemnidad de despedida pero no disimula el acento de triunfo de quien ha cumplido sus propósitos aunque éstos incluyan disponer de la vida de los demás.
    La obra tiene dos códigos; uno se refiere a la peripecia vital del fugitivo, otro a lo que concierne a la invención de Morel. Desde el primer momento se impone la importancia del segundo. “Hoy, en esta isla ha ocurrido un milagro”. El hombre que se dispone a declarar su inocencia en su diario, se ve impelido a escribir lo que lo asombra.

    Evolución del narrador

    No sabemos su nombre y sólo al final se esbozan las causas de su destierro y su huida. No puede ser visto por los “habitantes” de la isla, pero, como lo ignora, al principio les teme y se esconde. Paulatinamente se acerca, mira la sociedad que éstos constituyen y que al no verlo, parecen privarlo de ser. Como un personaje de Kafka, carece de nombre. Las criaturas kafkianas no se describen, pero como son vistas por los demás, éstos nos proporcionan algunos detalles sobre su físico; en el caso del fugitivo esto es imposible.
    En los mitos robinsonianos hay una mutación del hombre social en hombre original (Barthes, Nuevos ensayos críticos, Siglo veintiuno, 1973) es decir que el hombre que ha dejado la civilización debe volver a construirla, humanizar la isla en la que es arrojado, explorarla, aprovechar sus riquezas. Pero el fugitivo carece de empuje, no vive, solamente, sobrevive hasta que ve a la mujer: “Pero esa mujer me ha dado una esperanza. Debo temer la esperanza.” La esperanza puede acarrear descuidos en su deseo de ocultarse, significar nuevas decepciones. Sin embargo, ha empezado una variante en su aventura que inexorablemente va a continuar. Hay una larga secuencia de acciones que pertenecen a este campo: el enamoramiento. Al principio, la mujer no le gusta. Pero no tarda en descubrir que no hace sino esperar la hora de verla. Posteriormente, la considera “indudablemente hermosa”.
    El proceso es lento y constante: tiene necesidad de acercarse, de hablarle, prepara homenajes, siente celos de la compañía de Morel. Comprende que se ha enamorado. Cuando descubre que se trata de una imagen, le queda la posibilidad de encontrar a la verdadera Faustine: “Si la encontrara, cómo la haría reír contándole todas las veces que he hablado, enamorado y sollozando, a su imagen”. Finalmente, descubre la verdad completa. Y el amor lo lleva a tomar la decisión de morir. “La verdadera ventaja de mi solución es que hace de la muerte el requisito y la garantía de la eterna contemplación de Faustine.”
    Trata de colocarse junto a Faustine para que la imagen que emita dé la impresión de amistad. Cree que la imagen conservará el pensamiento y los estados de ánimos experimentados durante la proyección, por eso trata de pensar en ella con tranquilidad, para proporcionarse un plácido goce de su eternidad. Es una verdadera trasposición del culto de la dama, en la literatura caballeresca. Con prolijidad, verifica el proceso de su disolución corporal; sin embargo, hacia el final, un largo y patético párrafo destruye la tersura del lenguaje. Proposiciones cortas mezclan recuerdos y nostalgias. Sin decirlo claramente, proporciona la justificación que había prometido al principio: no es un delincuente común, sino un exiliado político. Evoca a otra Venezuela: “porque para mí tú eres, Patria, los señores del gobierno, las milicias con uniforme de alquiler y mortal puntería”… pero también es “el 10, abierto y deshecho tranvía, fervorosa escuela literaria. Eres el pan cazabe”… Los restos de esperanza se antitetizan con las inquietudes; su disciplina vence a la emoción.
    El esfuerzo de esclarecer, de develar el secreto de la isla moviliza otro campo de acciones, sigue tres pasos: los descubrimientos que hace por sí mismo, lo que oye y lee de Morel, la comprensión de los rotundos efectos de la maquinaria sobre los emisores animales, plantas, su propia mano.


    [1] Bioy Casares afirma que para él los espejos representaban la parte atractiva de lo misterioso, el encanto de la maravilla que no proporciona terror ni perturbación; en cambio para Borges, “los espejos tienen algo monstruoso”. (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, en El jardín de senderos que se bifurcan, Sur, 1941) En el mismo cuento Borges atribuye a un heresiarca de Uqbar la frase: “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.


    Introducción a La invención de Morel, Prof. Hebe Monges, Colección literaria Nº , Buenos Aires, Ediciones Colihue, 1982.

    20 de julio de 2010

    La metamorfosis

    La letra K

    Muchas veces, como lectores, cuando una obra nos atrae sentimos interés por conocer la vida del autor. Ingenuamente solemos buscar claves de lectura en su biografía, como si los episodios de su vida pudieran aclararnos los aspectos oscuros de sus textos. Sin embargo, no hay una correspondencia mecánica, directa entre vida y obra, ya que la literatura no es solamente una trascripción de sentimientos y experiencias personales, sino que entre estos y los textos existen complejas mediaciones.
    Teniendo en cuenta la objeción anterior, sin desmedro de esta, la curiosidad del lector no se limita a la vida del autor. Hay un sentimiento que subyace en la lectura de la literatura y es el de una comunicación interpersonal, como si lector y autor, a pesar de las distancias y el tiempo, pudieran encontrarse a través del texto. Este interés en el autor se vuelve particularmente intenso en la lectura de la obra de Kafka. Algunas circunstancias refuerzan la asociación entre él y su obra.
    En primer lugar el nombre que dio a los protagonistas de dos de sus novelas: Joseph K., en El proceso, y el señor K., en El castillo, remiten indirectamente a su nombre propio; también el apellido del protagonista de La metamorfosis, Gregor Samsa, ha sido leído como una transformación del nombre de Kafka por repetir la misma simetría de vocales y consonantes. Kafka mismo se refiere al nombre de sus personajes con estas palabras: “Encuentro ofensivo la letra K, casi nauseabunda, y sin embargo, la sigo utilizando pues debe ser característica mía.”
    [1]
    En segundo lugar podríamos hablar del mundo de sus ficciones. Se trata de un mundo conocido y extraño a la vez, al que la mayoría de los críticos han relacionado con la pesadilla. Pensar la pesadilla equivale a pensar una ecuación entre mundo exterior y experiencia subjetiva. Si estando “despiertos” cada uno de nosotros vive una misma situación de maneras diferentes, esta distinción se acentúa extremadamente en la transformación que, a través del sueño, podemos hacer de nuestras vivencias. Por último, Kafka escribió un diario durante trece años, y mantuvo una intensa correspondencia con las mujeres con quienes entabló relación. Estos textos forman parte hoy del corpus publicado de la obra kafkiana y son considerados a la para de sus obras de ficción, acentuado por un lado el interés por su vida y dando, por el otro, un valioso material para su conocimiento.
    Kafka nació en Praga, capital de Checoslovaquia, el 3 de julio de 1883. En ese momento Praga formaba parte del imperio austrohúngaro, cuya capital era Viena. Dicho imperio se encontraba en decadencia, proceso que culminaría en la Primera Guerra Mundial y del cual Kafka fue un atento testigo.
    La familia de Kafka pertenecía a la minoría judía de la ciudad de Praga y había adoptado la lengua alemana. Esta cuestión fue crucial para la vida del escritor, quien desarrolló toda su obra en dicho idioma. Sin embargo, el alemán de Praga que aprendió Kafka era una lengua más bien abstracta, neutra, carente de resonancias sociales, culturales e históricas debido al aislamiento de la población de habla alemana en medio de un pueblo que hablaba el checo. Además Kafka pertenecía a la comunidad judía, para quienes el alemán no era sino una lengua en préstamo. “Ayer se me ocurrió –anota Kafka en sus Diarios el 24 de octubre de 1911– que tal vez yo no hubiera querido nunca a mi madre como se merecía, y como hubiera podido quererla, porque el idioma alemán me lo impedía. La madre judía no es una Mutter, llamarla Mutter le da un aire levemente cómico (…) para los judíos Mutter es algo netamente alemán, inconsciente encierra junto con el esplendor cristiano la frialdad cristiana; la mujer judía a quien se llama Mutter no nos parece por lo tanto solamente cómica, sino también buera de lugar (…)”. La imagen que propone el crítico literario contemporáneo George Steiner para comprender la relación de Kafka con el alemán resulta esclarecedora: “Kafka estaba dentro de la lengua alemana como un viajero en un hotel: una de sus imágenes clave. La casa de las palabras no era ciertamente suya”.
    [2]
    El padre de Kafka pertenecía a una familia pobre de Europa oriental y fue sólo gracias a sus esfuerzos y logros que consiguió una posición bastante acomodada. La madre, en cambio, provenía de una familia de mayor nivel intelectual entre cuyos miembros se contaban algunos rabinos y profesionales liberales. La conflictiva relación con su padre lo marcó a Kafka de por vida, como lo demuestra en Carta al Padre, que forma parte de este libro y que, como se sabe, nunca llegó a menos de su destinatario.
    Kafka cursó sus estudios primarios y secundarios en colegios alemanes. Luego eligió la carrera de Derecho y se doctoró en 1906. Durante la etapa de estudiante asistió a cursos y conferencias que mezclaban objetivos anarquistas y socialistas, así como otros que tenía que ver con la incipiente nacionalismo checo. También se acercó a grupos sionistas, aun cuando no llegó a adherir totalmente con esta causa.
    Una vez recibido de abogado, Kafka decidió no trabajar en el negocio que tenía su padre y entró en una compañía de seguros para trabajadores: Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo para el Reino de Bohemia en Praga. Por aquel entonces, los obreros estaban expuestos a espantosos accidentes en sus lugares de trabajo. Sin embargo, mientras Kafka trabajó en la compañía, se comenzaba a insistir en la seguridad como un complemento en la prestación del seguro. Desde su puesto, él supervisó la instrumentación de muchas medidas preventivas que ayudaron a salvar cientos de vidas, sobre todo en la industria maderera. Permaneció en la misma compañía durante casi veinte años, hasta que tuvo que jubilarse por enfermedad. El escritor se quejaba en los Diarios de incompatibilidad entre su trabajo y la literatura, pero lo cierto es que sus conocimiento del derecho influyeron notoriamente en sus relatos, tanto en el uso despojado y preciso del lenguaje, análogo al de la práctica legal, como en los escenarios propios de los tribunales, en sus sutiles observaciones respecto de la explotación del trabajo y de las relaciones jerárquicas.
    Comenzó a escribir desde muy joven, y ya en 1916 publicó La metamorfosis, uno de sus textos más atractivos. Para escribir este relato interrumpió la escritura de su primer novela América, por seguir una ocurrencia que le surgió una noche al acostarse. En sus Diarios, que escribió desde 1910 a 1923, puede leerse con qué angustias y dificultades se encontraba Kafka al escribidor. Lo hacía durante la noche, robándole horas al sueño, siempre atormentado por la imposibilidad de dedicarle todo el tiempo necesario, fluctuando entre el entusiasmo y la frustración por no conseguir lo que pretendía. Pese a que no publicó muchos textos, formaba parte de un pequeño círculo de intelectuales a quienes les leía a sus manuscritos.
    Kafka tuvo tres relaciones amorosas importantes y conflictivas. La primera de ellas con Felice Bauer, con quien se comprometió dos veces sin poder cumplir su palabra de casamiento. Esta relación terminó en su juicio que le entabló la familia por incumplimiento y que ha sido relacionado muchas veces con el argumento de su novela El proceso. La segunda, con Milena Jesenká, una mujer proveniente de una distinguida familia checa de origen cristiano, quien militaba en el nacionalismo checo y que se encargó de la traducción al checo de algunos de sus relatos, entre ellos La metamorfosis. La tercera, con Dora Dimant, una conocida hebraísta que formaba parte de las secta de los jasidim (grupo místico judío) con quien vivió sus últimos años. Las vicisitudes de estas relaciones fueron registradas por Kafka en las páginas de su diario y en las numerosas cartas que les escribiera a dichas mujeres y que fueron publicadas póstumamente.
    Kafka padeció tuberculosis desde muy joven, por este motivo tuvo que jubilarse tempranamente y pasar largas temporadas internado. Esta enfermedad lo llevó a la muerte un 3 de junio de 1924, un mes antes de cumplir los cuarenta y un años.


    El mundo bajo la lupa

    Por un lado los textos de Kafka cuentan algo único, absolutamente singular; por otro, parece que lo cuentan sólo para expresar un significado general, que trasciende la historia contada.
    En las novelas, como en la mayoría de los cuentos, el narrador se ocupa de mostrarnos todos los detalles que caracterizan la singularidad de una vida determinada: los muebles que tiene la habitación donde se desarrolla una escena, la cantidad de puertas, el hábito de mirar por la ventana, el paisaje que se be por la ventana, el detalle de un objeto sobre una mesa, la cantidad de miembros de la familia, los amigos, los pormenores del trabajo del protagonista e infinidad de gestos minúsculos y pensamientos ocasionales. Varios críticos han señalado este detallismo como una de las peculiaridades más notables de la escritura de Kafka. Por este registro preciso de la realidad se ha calificado su prosa de “hiperrealista”. La realidad se observa deformada, como a través de una lupa. Así ve, ejemplo, a los transeúntes por la calle:
    Por la vereda, directamente delante de él, pasaban muchas personas que caminaban de maneras diversas. A veces alguno se adelantaba y cruzaba la calzada. Una niñita sostenía en sus manos extendidas un perrito cansado. Dos señores intercambiaban informaciones; uno de ellos mantenía las manos con las palmas vueltas hacia arriba y las movía regularmente, como quien estuviese sopesando algo. Más allá se podía distinguir una señora con un sombrero recargado de cintas, broches y flores, y un joven con liviano bastón y la mano izquierda –cual si la tuviese inválida– abandonada sobre el pecho, pasaba rápidamente. De tanto en tanto aparecían señores que fumaban y que llevaban delante de sí erguidas nubecillas.[3]

    Podemos reconocer encada pincelada de esta descripción la multiplicidad de imágenes similares a las que percibimos en la vida cotidiana y que pasan ante nosotros sin dejar huella. Sin embargo, el solo hecho de detenerse en ellas con una descripción tan pormenorizada, enrarece la atmósfera con un extrañamiento a través del cual asoma el absurdo, el sin sentido de la infinidad de gestos minúsculos que registramos y realizamos permanentemente.
    En contrapartida, otras lecturas suponen que lo central de la obra de Kafka no son las historias singulares, sino que el escritor ha tratado de ilustrar a través de una historia particular un sentido trascendental, ya sea filosófico ya sea místico o religiosos. Blanchot, crítico francés y autor de uno de los trabajos sobre Kafka más consultados, hace una lista de tales interpretaciones trascendentales de un gran número de comentaristas: “El absurdo, la contingencia, el deseo de conquistar un lugar en el mundo, la imposibilidad de mantenerse en él, el deseo de Dios, la ausencia de Dios, la desesperación, la angustia”.
    [4]
    Estos dos tipos de lecturas, leer la historia peculiar y única que se nos narra o buscar un sentido trascendente, no son antagónicas. Cada lector, al acercarse a un texto de Kafka, puede oscilar entre una y otra. En uno de sus brevísimos relatos Kafka plantea este problema:

    Muchos se quejan de que las palabras de los sabios son siempre dichas en sentido figurado, pero es que en la vida diaria no se las puede utilizar, y es esa vida lo único que tenemos.
    Cuando el sabio dice: “Ve hacia allá”, no quiere con eso decir que debemos pasar al otro lado, cosa que ciertamente podríamos hacer, siempre y cuando el resultado de este trasladarse valiera la pena; pero no es a eso a lo que el sabio se refiere, sino a una allá legendario que no conocemos y que tampoco él puede designar con mayor exactitud, y que, por lo tanto, de nada nos puede servir.
    Todas estas figuras lo único que en realidad quieren decir es que lo incompresible es incomprensible, y eso ya lo sabemos todos; pero lo que diariamente nos ocupa son otras cosas
    .
    [5]


    La parábola sin clave

    La metamorfosis es uno de los pocos textos que Kafka publicó en vida. El resto de su obra que, al momento de su muerte, incluía sus tres novelas América, El proceso y El castillo y relatos, algunos inconclusos, se la entregó a su amigo Max Brod pidiéndolo que quemara todo. Este no cumplió con el mandato y publicó los manuscritos. Como dice Borges: “A esa desobediencia feliz debemos el conocimiento cabal de una de las obras más singulares de nuestro siglo”.
    [6]
    Es notable que a partir de esta obra destinada a la hoguera se hayan producido tanta cantidad de trabajos. El catálogo de Harry Järb Die Kafka-Literatur, que solamente consiste en la lista de los títulos de los diversos trabajos críticos acerca de Kafka, suma más de cuatrocientas páginas.
    Una de las tendencias predominantes de la crítica ha leído los textos como alegorías. ¿Qué es una alegoría?
    Veamos en primer lugar la definición que da el diccionario. “Figura que consiste en hacer patente en el discurso un sentido recto (literal) y otro figurado, ambos completos, a fin de dar a entender una cosa expresando otra diferente.”
    [7]
    Las fábulas, ciertos relatos religiosos, son alegorías. El teórico Todorov en su libro Introducción a la literatura fantástica[8] señala para la alegoría la existencia de dos condiciones. En primer lugar esta implica la existencia de por lo menos dos sentidos para las mismas palabras, uno literal y otro figurado. A veces el sentido primero o literal desaparece, como ocurre con los refranes. Así, por ejemplo, en “Tanto va el cántaro a la fuente que al fin de rompe”, nadie o casi nadie piensa, al oír estas palabras, en un cántaro, el agua, la acción de romper; en cambio, se capta de inmediato el sentido alegórico; es peligroso correr demasiados riesgos innecesarios, o no hay que insistir cuando sabemos que estamos frente a algo delicado. En otros casos la lectura del sentido figurado anula el sentido literal.
    En segundo lugar, este doble sentido está indicado en la obra de manera explícita, no depende de la interpretación, arbitraria o no, de un lector cualquiera. Un caso que se acerca a la alegoría pura sería el de las fábulas de Esopo, La Fontaine o los cuentos de Perrault en los cuales, después del relato de una historia particular, el narrador da una moraleja, es decir, una enseñanza que explicita el sentido figurado que debemos leer en la historia. Las fábulas funcionan, entonces, como relatos cuya clave de interpretación está dada por el texto mismo. Al aportar una clave interpretativa, la alegoría anula la posibilidad de vacilar entre explicaciones racionales o sobrenaturales de un acontecimiento, siendo esta vacilación lo que caracteriza al género fantástico. Por este motivo, Todorov señala que lo alegórico impide que un texto sea leído como fantástico.
    También las religiones utilizan la alegoría como un modo de enseñanza. En la tradición judía, las alegorías son un recurso típico del Talmud. El Talmud consta de sesenta y tres tomos, ninguno de los cuales es obra de un solo autor. En ellos se recopila la Ley Oral, fundamentada en un trabajo de interpretación de la Biblia durante seis siglos. La parte legislativa, el derecho consuetudinario o halajá se encuentra entretejida con textos narrativos-alegóricos o hagadáh cuyo fin es ilustrar el pensamiento que se está discutiendo.
    La crítica ha relacionado muy a menudo las narraciones de Kafka con esta tradición judía. El pensador judío alemán Walter Benjamin señala:

    Tal vez su prosa no pruebe nada; de todo modos está hecha de tal manera que puede a cada momento insertarse en contextos demostrativos. Habrá que recordar aquí la forma hagadáh: así se llaman entre los judíos las historias y anécdotas de la literatura rabínica que sirven de ilustración y conformación de la doctrina (de la halajá).
    [9]

    En la literatura la alegoría no se da siempre en un estado tan puro como en los señalados anteriormente. Todorov analiza textos en los cuales el lector vacila entre un sentido figurado y uno literal. Sin embargo, la lectura alegórica estaría autorizada por ciertas marcas textuales como pueden ser pensamientos del protagonista, contradicciones entre el armazón lógico del relato y un hecho extraño o sobrenatural que irrumpe en él. En este sentido, podríamos pensar en la posibilidad de una lectura alegórica de La metamorfosis. El relato comienza con un hecho “sobrenatural”, la transformación de Gregor Samsa en insecto. Lo que primero llama la atención es la reacción tanto del protagonista como la de los que lo rodean: si bien el acontecimiento es sancionado como una aberración moral, nadie parece asombrarse de que haya podido suceder algo semejante. Esto ha dado pie a interpretaciones que consideran que tal falta de asombro es una marca que autoriza una lectura alegórica, es decir, se nos está queriendo decir otra cosa. Sin embargo ¿qué interpretación aceptar? ¿Cuál es el sentido válido? No hay duda de que es posible proponer diversas interpretaciones alegóricas del texto, pero este no ofrece ninguna indicación explícita que legitime alguna de ellas. Esto mismo sucede con muchos relatos kafkianos.
    Por esta razón se puede considerar la obra de Kafka como una parábola sin clave, que a cada paso pide interpretación pero a cada paso obstruye, oscurece su sentido. Esta imposibilidad de acceder al mensaje último ha sido tematizada en un relato que aparece en “La muralla china”:

    A ti, al aislado, al más oscuro súbdito, a la pequeñísima sombra acurrucada lejos del gran sol imperial, a ti, precisamente a ti, el Emperador envía un mensaje desde su lecho de muerte. El Emperador ha dispuesto que el mensajero se arrodille a su lado y le ha dicho el mensaje al oído; tan importante es el mensaje que el mensajero ha tenido que repetírselo. El Emperador lo ha confirmado con un signo de cabeza. Ante los congregados espectadores de su agonía –todos los muros interiores han sido derribados y en las enormes escaleras abiertas forman rueda los príncipes del Imperio– el emperador despacha el mensaje. En el acto el mensajero se pone en marcha; es un hombre fuerte, incansable; una vez con el brazo izquierdo, otra vez con el derecho, se abre camino entre la turba; si encuentra resistencia le basta señalar su pecho donde brilla el signo del sol; nadie avanza como él. Pero las muchedumbres son tan inmensas; sus habitaciones no tienen fin. ¡Cómo correría, si pudiera llegar a campo abierto! ¡Qué pronto escucharías en tu puerta el golpe magnífico de sus puños! En cambio, agota inútilmente sus fuerzas; aún no ha salido de las cámaras del palacio interior; no saldrá nunca de ellas, y aunque lo hiciera de nada le serviría: tendría que franquearse un camino escaleras abajo, y aunque lo hiciera nada ganaría: tendría que atravesar los patios después de los patios el segundo palacio exterior, y de nuevo escaleras y patios; y de nuevo un palacio, y así durante miles de años, y aunque llegase a la última puerta –pero eso nunca, nunca podría suceder– lo reodearía la ciudad imperial, el centro del mundo, impenetrablemente repleto de gente. Nadie se puede abrir camino por ahí ni siquiera el mensaje de un muerto. Tú, aún así, guardas en tu ventana y lo sueñas, cuando llega la noche.
    [10]


    El poderoso adjetivo

    Ni fantástica, ni realista, ni alegórica, la obra de Kafka siempre se ha resistido a los encasillamientos y a las clasificaciones. Por el contrario, tal es la singularidad del universo que despliega que ha dado origen a un nuevo adjetivo: kafkiano. Este adjetivo aplicable a ciertas situaciones de la vida cotidiana.
    En los textos de Kafka encontramos dos atributos que en apariencia resultan antagónicos, pero cuya amalgama produce una escritura muy peculiar: el lenguaje objetivo y neutro en contraposición con las situaciones absurdas que refiere. Este uso particular del lenguaje se acerca a la retórica propia de lo jurídico tanto en su organización lógico-argumentativa como en la selección léxica que se inclina hacia las construcciones objetivas, neutras. En una carta a Milena Jesenká, Kafka le dice que la Carta al padre está llena de trucos aprendidos en su oficio de abogado: “Mañana te enviaré la Carta la padre. Guárdala bien, por favor, quizás alguna vez quiera entregársela a mi padre después de todo. No se la muestres a nadie. Y al leerla trata de entender todas las triquiñuelas de abogado. Es la carta de un abogado…”
    [11]
    El absurdo no resulta tan sólo de ese “hiperrealismo” que señalamos antes. Otras descripciones o situaciones despliegan una percepción del mundo en las que vemos operar la lógica de las pesadillas. Como dice Steiner –quien prefiera caracterizar como “transrealismo” a estas minuciosidades pesadillescas–, esta

    lógica de la alucinación deriva de una observación precisa e irónica de las circunstancias históricas locales. Detrás de estas exactitudes de pesadilla en que no sumen los planteamientos kafkianos se encuentran la topografía de Praga y el imperio austro-húngaro en decadencia. Praga, con su pasado de prácticas cabalísticas, con su densidad de sombras y callejuelas laberínticas, es inseparable del paisaje de las parábolas y narraciones de Kafka.
    [12]

    Así también el inaccesible castillo de su segunda novela es asociado con el castillo de la colina de Hradcany que domina toda la ciudad de Praga. La pesadilla kafkiana da a luz un mundo que impacta por su verdad.
    Kafka nos enfrenta a la experiencia del ciudadano del Estado moderno que se encuentra sujeto a un aparato burocrático complejo e inabarcable cuyos complicados mecanismos y procedimientos no comprende ni conoce.
    En el mundo de Kafka el poder que domina la vida permanece necesariamente inaccesible, los peldaños jerárquicos son infinitos y las leyes a las que debe responder el individuo niegan su sentido, su para qué. Como los escalones jerárquicos son infinitos, todos los niveles son a su vez súbditos, cada ejecutor de un mandato está regido a su vez por la orden de otro ejecutor de un mandato superior. El héroe kafkiano intentará una y otra vez ese acceso siempre imposible. El héroe kafkiano intentará una y otra vez ese acceso siempre imposible. Lo que nunca podrá saber es si el poder es arbitrario o es él, en tanto pequeño hombre, quien no lo puede comprender. Y esta tensión entre la denuncia de la arbitrariedad, de la injusticia y la sospecha de su propia incapacidad de comprensión nunca llega a resolverse.
    El proceso narra justamente el padecimiento de esa arbitrariedad. El protagonista, Josef K., es inculpado pero jamás puede conocer cuál es su culpa ni puede tampoco saber quién lo está juzgando ni cuáles son los avatares de ese proceso que lo tiene a él por protagonismo y del que, sin embargo, se encuentra completamente excluido. Así todos sus actos carecen de sentido, no porque él no sepa lo que hace o lo que piensa sino porque no puede saber qué hacer o qué piensa quien lo juzga. Lo que se pone en evidencia es la vulnerabilidad de cada individuo frente a la omnipotencia del poder al que se be sometido en forma absoluta.
    En la misma novela, un religioso intenta, en la catedral, desengañar a Josep K. respecto de la justicia, señalándole lo que está en el fundamento de la Ley. Para ello, le relata una parábola. Un hombre quiere entrar al edificio donde se encuentra la Ley pero un portero, el primero de una larga serie de custodios de sucesivas puertas, le impide el acceso. El hombre consume su vida en esa entrada sin lograr trasponer siquiera el primer umbral. Antes de morir pregunta el portero si acaso ningún hombre fuera de él se interesa por la Ley, ya que nadie se ha acercado a la puerta en todos esos años. El portero le responde que esa puerta solo a él destinada y que ahora, cuando él muerta, él mismo la cerrará.
    Incluir en la novela El proceso, cuyo tema es el funcionamiento de la ley civil, este relato en boca de un religioso que lo cuenta en la catedral, condensa o pone en relación dos órdenes legislativos de los que se ha ocupado Kafka: el de la experiencia del ciudadano del Estado moderno, y el de la experiencia mística. La función de este pasaje, como dijimos antes, implica “desentrañar” a Josef K. que se queja de su situación. ¿En qué consiste este desengaño? En mostrar justamente que la Ley en tanto tal siempre ha de ser inaccesible al hombre. Esto resulta claro y evidente dentro de una catedral, es decir en el ámbito religioso, ya que la Ley en este lugar emana directamente de Dios, es Su palabra y por lo tanto el hombre no puede pretender abarcarla ni comprenderla por entero.
    Muchas lecturas has visto también en estos textos una profecía de los acontecimientos históricos que sobrevendrían más tarde: el advenimiento del nazismo, el horror de los campos de concentración donde fueron exterminados seis millones de judíos. Como dice Steiner, la experiencia profesional de Kafka con las leyes nutrió su aguda comprensión de las relaciones de clase y de las realidades económicas, de la malévola e impotente burocracia que prefiguraba el progreso inevitable de la tiranía y la demagogia.

    El hecho clave es la posesión de una premonición espantosa, el hecho de haber visto hasta la meticulosidad la amalgama del horror. El Proceso exhibe el modelo clásico del estado de terror (…). Desde que Kafka se puso a escribir, la llamada nocturna ha sonado en puertas sin número y el nombre de aquellos que son arrastrados para morir ‘que un perro’
    [13] es legión (…). La metamorfosis de Gregor Samsa, que fue considerada sueño monstruoso por aquellos que primero tuvieron conocimiento del cuento, habría de ser el destino literal de millones de seres humanos. La palabra exacta, ungeziefer –con la que se refiere al bicho en que se ha transformado Gregor y que fue traducida como insecto, alimaña, sabandija-, es un latigazo de clarividencia; así designaban los nazis a los condenados a la cámara de gas –donde perecerían sus tres hermanos y Milena Jesenká–.[14]


    [1] Kafka, Franz, Diarios, Barcelona, Bruguera, 1983.
    [2] Steiner, George, Lenguaje y silencio, México, Gedisa, 1990.
    [3] Kafka, Franz, Relatos completos II, “Preparativos de boda en el campo”, Buenos Aires, Losada, 1981.
    [4] Blanchot, Maurice, De Kafka a Kafka, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1993.
    [5] Kafka, Franz, Relatos completos II, “De las figuras”, Buenos Aires, Losada, 1981.
    [6] Borges, Jorge Luis, Prólogo a La metamorfosis, Madrid, Gredos, 1986.
    [7] Moliner, María, Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 1986.
    [8] Todorov, Tzvetan, Introducción a la literatura fantástica, Barcelona, Ediciones Buenos Aires, s. f.
    [9] Benjamin, Walter, Ilustraciones 1, Madrid, Taurus, 1980.
    [10] Kafka, Franz, La muralla china, México, Porrúa, 1991.
    [11] Kafka, Franz, Cartas a Milena, Buenos Aires, Losada, 1981.
    [12] Steiner, George, Lenguaje y silencio, México, Gedisa, 1990.
    [13] Estas son las últimas palabras de El Proceso.
    [14] Steiner, George, Lenguaje y silencio, México, Gedisa, 1990.
    Puertas de Acceso a La metamorfosis, de Franz Kafka, Cántaro Editores, Colección del Mirador.