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24 de marzo de 2010

Carta abierta de un escritor a la Junta Militar

Rodolfo Walsh
1. La censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.
El primer aniversario de esta Junta Militar ha motivado un balance de la acción de gobierno en documentos y discursos oficiales, donde lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.
El 24 de marzo de 1976 derrocaron ustedes a un gobierno del que formaban parte, a cuyo desprestigio contribuyeron como ejecutores de su política represiva, y cuyo término estaba señalado por elecciones convocadas para nueve meses más tarde. En esa perspectiva lo que ustedes liquidaron no fue el mandato transitorio de Isabel Martínez sino la posibilidad de un proceso democrático donde el pueblo remediara males que ustedes continuaron y agravaron.
Ilegítimo en su origen, el gobierno que ustedes ejercen pudo legitimarse en los hechos recuperando el programa en que coincidieron en las elecciones de 1973 el ochenta por ciento de los argentinos y que sigue en pie como expresión objetiva de la voluntad del pueblo, único significado posible de ese "ser nacional" que ustedes invocan tan a menudo.
Invirtiendo ese camino han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación. Una política semejante sólo puede imponerse transitoriamente prohibiendo los partidos, interviniendo los sindicatos, amordazando la prensa e implantando el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina.

2. Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror.
Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio.1
Más de siete mil recursos de hábeas corpus han sido contestados negativamente este último año. En otros miles de casos de desaparición el recurso ni siquiera se ha presentado porque se conoce de antemano su inutilidad o porque no se encuentra abogado que ose presentarlo después que los cincuenta o sesenta que lo hacían fueron a su turno secuestrados.
De este modo han despojado ustedes a la tortura de su límite en el tiempo. Como el detenido no existe, no hay posibilidad de presentarlo al juez en diez días según manda una ley que fue respetada aún en las cumbres represivas de anteriores dictaduras.
La falta de límite en el tiempo ha sido complementada con la falta de límite en los métodos, retrocediendo a épocas en que se operó directamente sobre las articulaciones y las vísceras de las víctimas, ahora con auxiliares quirúrgicos y farmacológicos de que no dispusieron los antiguos verdugos. El potro, el torno, el despellejamiento en vida, la sierra de los inquisidores medievales reaparecen en los testimonios junto con la picana y el "submarino", el soplete de las actualizaciones contemporáneas.2
Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.

3. La negativa de esa Junta a publicar los nombres de los prisioneros es asimismo la cobertura de una sistemática ejecución de rehenes en lugares descampados y horas de la madrugada con el pretexto de fraguados combates e imaginarias tentativas de fuga.
Extremistas que panfletean el campo, pintan acequias o se amontonan de a diez en vehículos que se incendian son los estereotipos de un libreto que no está hecho para ser creído sino para burlar la reacción internacional ante ejecuciones en regla mientras en lo interno se subraya el carácter de represalias desatadas en los mismos lugares y en fecha inmediata a las acciones guerrilleras.
Setenta fusilados tras la bomba en Seguridad Federal, 55 en respuesta a la voladura del Departamento de Policía de La Plata, 30 por el atentado en el Ministerio de Defensa, 40 en la Masacre del Año Nuevo que siguió a la muerte del coronel Castellanos, 19 tras la explosión que destruyó la comisaría de Ciudadela forman parte de 1.200 ejecuciones en 300 supuestos combates donde el oponente no tuvo heridos y las fuerzas a su mando no tuvieron muertos.
Depositarios de una culpa colectiva abolida en las normas civilizadas de justicia, incapaces de influir en la política que dicta los hechos por los cuales son represaliados, muchos de esos rehenes son delegados sindicales, intelectuales, familiares de guerrilleros, opositores no armados, simples sospechosos a los que se mata para equilibrar la balanza de las bajas según la doctrina extranjera de "cuenta-cadáveres" que usaron los SS en los países ocupados y los invasores en Vietnam.
El remate de guerrilleros heridos o capturados en combates reales es asimismo una evidencia que surge de los comunicados militares que en un año atribuyeron a la guerrilla 600 muertos y sólo 10 ó 15 heridos, proporción desconocida en los más encarnizados conflictos. Esta impresión es confirmada por un muestreo periodístico de circulación clandestina que revela que entre el 18 de diciembre de 1976 y el 3 de febrero de 1977, en 40 acciones reales, las fuerzas legales tuvieron 23 muertos y 40 heridos, y la guerrilla 63 muertos.3
Más de cien procesados han sido igualmente abatidos en tentativas de fuga cuyo relato oficial tampoco está destinado a que alguien lo crea sino a prevenir a la guerrilla y los partidos de que aún los presos reconocidos son la reserva estratégica de las represalias de que disponen los Comandantes de Cuerpo según la marcha de los combates, la conveniencia didáctica o el humor del momento.
Así ha ganado sus laureles el general Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, antes del 24 de marzo con el asesinato de Marcos Osatinsky, detenido en Córdoba, después con la muerte de Hugo Vaca Narvaja y otros cincuenta prisioneros en variadas aplicaciones de la ley de fuga, ejecutadas sin piedad y narradas sin pudor.4
El asesinato de Dardo Cabo, detenido en abril de 1975, fusilado el 6 de enero de 1977 con otros siete prisioneros en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército que manda el general Suárez Masson, revela que estos episodios no son desbordes de algunos centuriones alucinados sino la política misma que ustedes planifican en sus estados mayores, discuten en sus reuniones de gabinete, imponen como comandantes en jefe de las 3 Armas y aprueban como miembros de la Junta de Gobierno.

4. Entre mil quinientas y tres mil personas han sido masacradas en secreto después que ustedes prohibieron informar sobre hallazgos de cadáveres que en algunos casos han trascendido, sin embargo, por afectar a otros países, por su magnitud genocida o por el espanto provocado entre sus propias fuerzas.5
Veinticinco cuerpos mutilados afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada, fondeados en el Río de la Plata por buques de esa fuerza, incluyendo el chico de 15 años, Floreal Avellaneda, atado de pies y manos, “con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles” según su autopsia.
Un verdadero cementerio lacustre descubrió en agosto de 1976 un vecino que buceaba en el Lago San Roque de Córdoba, acudió a la comisaría donde no le recibieron la denuncia y escribió a los diarios que no la publicaron.6
Treinta y cuatro cadáveres en Buenos Aires entre el 3 y el 9 de abril de 1976, ocho en San Telmo el 4 de julio, diez en el Río Luján el 9 de octubre, sirven de marco a las masacres del 20 de agosto que apilaron 30 muertos a 15 kilómetros de Campo de Mayo y 17 en Lomas de Zamora.
En esos enunciados se agota la ficción de bandas de derecha, presuntas herederas de las 3 A de López Rega, capaces de atravesar la mayor guarnición del país en camiones militares, de alfombrar de muertos el Río de la Plata o de arrojar prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea7, sin que se enteren el general Videla, el almirante Massera o el brigadier Agosti. Las 3 A son hoy las 3 Armas, y la Junta que ustedes presiden no es el fiel de la balanza entre “violencias de distintos signos” ni el árbitro justo entre “dos terrorismos”, sino la fuente misma del terror que ha perdido el rumbo y sólo puede balbucear el discurso de la muerte.8
La misma continuidad histórica liga el asesinato del general Carlos Prats, durante el anterior gobierno, con el secuestro y muerte del general Juan José Torres, Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruíz y decenas de asilados en quienes se ha querido asesinar la posibilidad de procesos democráticos en Chile, Boliva y Uruguay.9
La segura participación en esos crímenes del Departamento de Asuntos Extranjeros de la Policía Federal, conducido por oficiales becados de la CIA a través de la AID, como los comisarios Juan Gattei y Antonio Gettor, sometidos ellos mismos a la autoridad de Mr. Gardener Hathaway, Station Chief de la CIA en Argentina, es semillero de futuras revelaciones como las que hoy sacuden a la comunidad internacional que no han de agotarse siquiera cuando se esclarezcan el papel de esa agencia y de altos jefes del Ejército, encabezados por el general Menéndez, en la creación de la Logia Libertadores de América, que reemplazó a las 3 A hasta que su papel global fue asumido por esa Junta en nombre de las 3 Armas.
Este cuadro de exterminio no excluye siquiera el arreglo personal de cuentas como el asesinato del capitán Horacio Gándara, quien desde hace una década investigaba los negociados de altos jefes de la Marina, o del periodista de “Prensa Libre” Horacio Novillo apuñalado y calcinado, después que ese diario denunció las conexiones del ministro Martínez de Hoz con monopolios internacionales.
A la luz de estos episodios cobra su significado final la definición de la guerra pronunciada por uno de sus jefes: “La lucha que libramos no reconoce límites morales ni naturales, se realiza más allá del bien y del mal”.10

5. Estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada.
En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar11, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales.
Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord del 9%12 prometiendo aumentarla con 300.000 nuevos despidos, han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificados de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron.13
Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la “racionalización”.
Basta andar unas horas por el Gran Buenos Aires para comprobar la rapidez con que semejante política la convirtió en una villa miseria de diez millones de habitantes.
Ciudades a media luz, barrios enteros sin agua porque las industrias monopólicas saquean las napas subterráneas, millares de cuadras convertidas en un solo bache porque ustedes sólo pavimentan los barrios militares y adornan la Plaza de Mayo, el río más grande del mundo contaminado en todas sus playas porque los socios del ministro Martínez de Hoz arrojan en él sus residuos industriales, y la única medida de gobierno que ustedes han tomado es prohibir a la gente que se bañe.
Tampoco en las metas abstractas de la economía, a las que suelen llamar “el país”, han sido ustedes más afortunados. Un descenso del producto bruto que orilla el 3%, una deuda exterior que alcanza a 600 dólares por habitante, una inflación anual del 400%, un aumento del circulante que en solo una semana de diciembre llegó al 9%, una baja del 13% en la inversión externa constituyen también marcas mundiales, raro fruto de la fría deliberación y la cruda inepcia.
Mientras todas las funciones creadoras y protectoras del Estado se atrofian hasta disolverse en la pura anemia, una sola crece y se vuelve autónoma. Mil ochocientos millones de dólares que equivalen a la mitad de las exportaciones argentinas presupuestados para Seguridad y Defensa en 1977, cuatro mil nuevas plazas de agentes en la Policía Federal, doce mil en la provincia de Buenos Aires con sueldos que duplican el de un obrero industrial y triplican el de un director de escuela, mientras en secreto se elevan los propios sueldos militares a partir de febrero en un 120%, prueban que no hay congelación ni desocupación en el reino de la tortura y de la muerte, único campo de la actividad argentina donde el producto crece y donde la cotización por guerrillero abatido sube más rápido que el dólar.

6. Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplican indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete.
Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: “Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos”.14
El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el “festín de los corruptos”.
Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional.
Si una propaganda abrumadora, reflejo deforme de hechos malvados no pretendiera que esa Junta procura la paz, que el general Videla defiende los derechos humanos o que el almirante Massera ama la vida, aún cabría pedir a los señores Comandantes en Jefe de las 3 Armas que meditaran sobre el abismo al que conducen al país tras la ilusión de ganar una guerra que, aún si mataran al último guerrillero, no haría más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueven la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas.
Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esa Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles.
Rodolfo Walsh - C.I. 2845022
Buenos Aires, 24 de marzo de 1977
1 Desde enero de 1977 la Junta empezó a publicar nóminas incompletas de nuevos detenidos y de “liberados” que en su mayoría no son tales sino procesados que dejan de estar a su disposición pero siguen presos. Los nombres de millares de prisioneros son aún secreto militar y las condiciones para su tortura y posterior fusilamiento permanecen intactas.
2 El dirigente peronista Jorge Lizaso fue despellejado en vida, el ex diputado radical Mario Amaya muerto a palos, el ex diputado Muñiz Barreto desnucado de un golpe. Testimonio de una sobreviviente: “Picana en los brazos, las manos, los muslos, cerca de la boca cada vez que lloraba o rezaba... Cada veinte minutos abrían la puerta y me decían que me iban hacer fiambre con la máquina de sierra que se escuchaba”.
3 “Cadena Informativa”, mensaje Nro. 4, febrero de 1977.
4 Una versión exacta aparece en esta carta de los presos en la Cárcel de Encausados al obispo de Córdoba, monseñor Primatesta: “El 17 de mayo son retirados con el engaño de ir a la enfermería seis compañeros que luego son fusilados. Se trata de Miguel Angel Mosse, José Svagusa, Diana Fidelman, Luis Verón, Ricardo Yung y Eduardo Hernández, de cuya muerte en un intento de fuga informó el Tercer Cuerpo de Ejército. El 29 de mayo son retirados José Pucheta y Carlos Sgadurra. Este último había sido castigado al punto de que no se podía mantener en pie sufriendo varias fracturas de miembros. Luego aparecen también fusilados en un intento de fuga”.
5 En los primeros 15 días de gobierno militar aparecieron 63 cadáveres, según los diarios. Una proyección anual da la cifra de 1500. La presunción de que puede ascender al doble se funda en que desde enero de 1976 la información periodística era incompleta y en el aumento global de la represión después del golpe. Una estimación global verosímil de las muertes producidas por la Junta es la siguiente. Muertos en combate: 600. Fusilados: 1.300. Ejecutados en secreto: 2.000. Varios. 100. Total: 4.000.
6 Carta de Isaías Zanotti, difundida por ANCLA, Agencia Clandestina de Noticias.
7 “Programa” dirigido entre julio y diciembre de 1976 por el brigadier Mariani, jefe de la Primera Brigada Aérea del Palomar. Se usaron transportes Fokker F-27.
8 El canciller vicealmirante Guzzeti en reportaje publicado por “La Opinión” el 3-10-76 admitió que “el terrorismo de derecha no es tal” sino “un anticuerpo”.
9 El general Prats, último ministro de Ejército del presidente Allende, muerto por una bomba en setiembre de 1974. Los ex parlamentarios uruguayos Michelini y Gutiérrez Ruiz aparecieron acribillados el 2-5-76. El cadáver del general Torres, ex presidente de Bolivia, apareció el 2-6-76, después que el ministro del Interior y ex jefe de Policía de Isabel Martínez, general Harguindeguy, lo acusó de “simular” su secuestro.
10 Teniente Coronel Hugo Ildebrando Pascarelli según “La Razón” del 12-6-76. Jefe del Grupo I de Artillería de Ciudadela. Pascarelli es el presunto responsable de 33 fusilamientos entre el 5 de enero y el 3 de febrero de 1977.
11 Unión de Bancos Suizos, dato correspondiente a junio de 1976. Después la situación se agravó aún más.
12 Diario “Clarín”.
13 Entre los dirigentes nacionales secuestrados se cuentan Mario Aguirre de ATE, Jorge Di Pasquale de Farmacia, Oscar Smith de Luz y Fuerza. Los secuestros y asesinatos de delegados han sido particularmente graves en metalúrgicos y navales.
14 Prensa Libre, 16-12-76.



Estas citas no corresponden a la versión original de la Carta escrita por Rodolfo Walsh. Fueron incorporadas a fin de orientar al lector.

19 de diciembre de 2009

Las tres noches de Isaías Bloom

Rodolfo Walsh


No había terremotos ni inundaciones. No había partidos ni carreras, porque era miércoles. No había golpe militar. El dólar no subía ni bajaba.
–¿Qué quiere que haga? –dijo Suárez–. Yo mando la historia al diario, pero ellos van a poner los títulos. Y como no pasa nada, le tienen que sacar el jugo.
El comisario seguía rabioso y Suárez se echó a reír. Era alto, flaco y hecho a las patadas. Con el sombrerito echado sobre la nuca y las manos en los bolsillos del sobretodo, tenía una pinta de reo de película.
–¿Qué va a pasar? –preguntó.
–Nada. Que esta tarde nos cae encima el gabinete, y mañana el juez.
Eran las ocho de la mañana. El comisario había ordenado que nadie saliera de su pieza. Salieron todos. Se los encontraba en los pasillos, en la escalera, en la cocina. El ambiente era casi de jarana.
–Para colmo, este elemento.
–¿Qué son, estudiantes? –preguntó Suárez.
–Seis o siete. Un yiro. Un pasador de quinielas –se interrumpió al ver el tumulto–. A ver, Funes, dos minutos para despejarme la entrada y la calle.
Los periodistas habían entrado en una masa sólida, usando la técnica romana del ariete. Un fotógrafo lo fusilaba al comisario a mansalva.
–Sacás una más, y te la escracho toda –dijo sobriamente el comisario.
Vinieron a avisarle que ya estaba la ambulancia. Tomó a Suárez del brazo y fueron a la pieza del muerto. Suárez alcanzó a escuchar hipótesis perversas sobre su ascendencia, que formulaban sus colegas. Después trató de recordar todas las piezas de pensión, iguales a ésta, en que había vivido. Eran demasiadas. El ropero, las sillas y las camas gemelas, compradas en un remate. Un escritorio con libros de medicina y de química. Una alfombrita verde entre las dos camas, recortes de revistas pegados en las paredes.
Hasta la muerte era ordinaria en esa pieza. Un tipo tendido en una de las camas, con un cuchillo de ferretería clavado en la espalda.
–¿Cómo te llamás? –preguntó el comisario a la sombra desplomada en una silla en un rincón.
El otro alzó la cara. Una cara joven, preocupada y sin afeitar.
–Ya le dije, Isaías Bloom.
–Ah, no te hacía aquí.
–Es mi pieza.
–Bueno, ¿y qué pasó?
–Ya ve. Lo mataron a Olmedo.
–¿Vos lo encontraste?
–Sí. Hace un rato, cuando volví de la guardia en el hospital.
–¿Se te ocurre algo?
–No.
–Pensálo –dijo el comisario.
Entraron los camilleros y ellos salieron.
Fueron a ver al yiro. Era rubia, gorda y jovial. Estaba arreglándose las cejas, sentada en una gran cama de matrimonio.
–Hola –dijo el comisario–. Así que estás enojada con nosotros.
–¿Le parece que son horas para despertarla a una?
–No, lo que digo es que ya no venís a visitarnos.
Ella se rió.
–Ahora soy seria. Dentro de unos meses me caso.
–Si supieras cómo te creo.
–Andá, decí que no me conocés –se oyó la voz de Suárez detrás del comisario.
Ella se levantó de un salto y corrió a abrazarlo.
–¡Querido! ¿Qué hacés aquí? No me digás –lo miró con repentina desconfianza.
–El comisario y yo somos viejos amigos –se apresuró a explicarle Suárez.
–¿Por qué lo mataron al tipo? –preguntó el comisario.
–No se entiende –dijo ella–. Era un pan de Dios.
–¿Hay juego en la casa?
–Los muchachos suelen jugar a la generala –dijo ella.
El comisario dio media vuelta.
–Ya veo que me vas a dejar la comisaría llena de puchos otra vez.
Ella le cerró el paso.
–Valentín, a lo mejor. Pero no me queme, comisario.
–¿Mujeres? Aparte de vos, quiero decir.
–No me quiere creer. Yo ando derecha.
–¿Nieve? –ella puso los ojos en blanco–. Papelitos, drogas.
–Ah, no, comisario. En eso, todavía soy una virgen.
Fueron a ver a Valentín. Estaba haciendo una valija.
–Vos sí que sos un optimista –dijo el comisario.
El otro sonrió. Era un flaco picado de viruelas.
–Apenas saque el cana de la puerta, me las pico. ¡Uia! –exclamó al ver a Suárez–. ¿Qué hacés vos aquí?
–Vengo a pasar un numerito.
–¿Il morto que parla? –preguntó Valentín y se echó a reír hasta que sintió encima la mirada del comisario–. Andá, Batilana, decile que no tengo nada que ver y que me puedo ir.
–No tiene nada que ver. Se puede ir –le dijo Suárez al comisario.
–¿Qué hiciste con las anotaciones?
Valentín señaló dos o tres ceniceros llenos de papelitos quemados.
–Me ganaron de mano con el baño –comentó–. Hay mucha corrida esta mañana.
–Qué risa –dijo el comisario–. ¿Vos sabés la alegría que me da verte?
El otro hizo un gesto dubitativo.
–Y a vos también –prosiguió el comisario–. Se te nota en la cara. Vamos a arreglar para vernos más seguido.
Valentín cerró la puerta.
–¿No me vende? –preguntó en voz baja–. Busque por el lado de Alcira. Pero ojo, que es mi amiga.
–Sí –comentó el policía–. Ya me di cuenta de los amigos que son.
Cruzaron a tomar un café. Eran las diez.
–Pinta feo –admitió Suárez–. ¿Qué sabe del muerto?
–Lo mismo que nada. Estudiante boliviano. Daba un examen cada dos años. Anoche lo vieron entrar borracho, a eso de las cuatro.
En ese momento descubrieron a Isaías Bloom parado en la puerta del café, buscándolos con mirada de mochuelo. Le hicieron señas.
–Estuve reconstruyendo –explicó mientras se sentaba–. Olmedo estaba asustado. Hace cuatro días me dijo que tenía algo serio que contarme, y que a lo mejor iba a ver a la policía –a ustedes.
–¿Qué le pasaba?
–No quiso decir. Era muy hermético y estaba nervioso. Pero además, es cierto que estaban ocurriendo cosas raras. El domingo a la noche, por ejemplo, creo que alguien entró en la pieza. Yo estaba dormido y soñé algo. Soñé con un bosque y una mariposa de luz que revoloteaba entre los árboles y yo trataba de alcanzarla.
–Ajá –dijo el comisario, tamborileando sobre la mesa.
–Entonces me desperté y me pareció oír un ruidito metálico. Me quedé mirando la esfera luminosa del despertador que estaba sobre el escritorio. De golpe no la vi más, y enseguida volví a verla.
–¿Y eso qué quiere decir?
–A lo mejor quiere decir que alguien pasó frente al reloj cuando yo lo estaba mirando.
–Sería el mismo Olmedo.
–No, porque prendí la luz y estaba dormido. Al día siguiente se quejó de que le habían estado revisando las cosas.
–¿Qué cosas?
–Papeles, algo que estaba escribiendo, no sé. No le hice caso, porque parecía tan nervioso. Pero entonces pasó algo más raro. Yo tuve un sueño que se cumplió.
–Ajá –volvió a decir el comisario.
–Yo me analizo –explicó Isaías Bloom.
–¿Usted qué?
–Voy a un psicoanalista, porque pienso seguir la especialidad, y anoto lo que sueño.
El comisario se echó a reír.
–Yo lo único que sueño es que subo y bajo escaleras.
–No lo comente –aconsejó Isaías Bloom.
–¿Quiere decir algo? –preguntó el comisario, irritado.
–Nada malo. Pero escúcheme. Anteanoche tuve un sueño curioso. Iba por una calle oscura y de golpe vi caer una copa que se rompió con un ruido cristalino y desapareció. En el pavimento quedó un charquito de agua verde, como una estrella. Aquí viene una gran parte que no recuerdo, pero después yo compraba un diario y vi un titular que decía: “Se ha extraviado una copa que responde a la nota sol”, o algo así.
–Interesante –bostezó el comisario.
–Y ahora viene lo raro. A la mañana siguiente la copa había desaparecido.
El comisario dio un brinco.
–¿Qué copa?
–Una que tenía Olmedo sobre la mesa de luz. Una copa verde como la del sueño. Tomaba mucha agua de noche.
El comisario respiró hondo y cerró los ojos. Cuando los abrió, Isaías Bloom cruzaba la calle.
–Hay cada colifa –comentó el comisario.
En la primera pieza (los mismos muebles, la misma alfombra entre las camas, aunque ésta era roja) había dos futuros abogados, petisos y cordobeses, en mangas de camisa. El comisario los encontró insolentes y ávidos de divertirse. “Me dan ganas de sopapearlos”, comentó más tarde. “Pero si usted los mira fijo, le dicen torturador”.
No habían visto nada, no habían oído nada y, en consecuencia, no iban a decir nada.
–Un boliviano menos –fue lo único que comentó el que hablara por los dos–. Ahora falta el otro.
Fueron a ver al otro. Aquí había una sola cama, otra alfombrita verde y un indio adusto, incomprensible, vestido de punta en blanco.
–Vos tampoco sabés –anticipó el comisario.
–Señor Velarde –dijo el otro.
–¿Qué te pasa?
–Que no me tutee.
–Tenés razón –admitió el comisario–. Sos un tipo importante. ¿Alquilás la pieza para vos solo?
–Voy a llamar al cónsul –dijo Velarde.
Cuando entraron en la última pieza, el comisario se trepaba por las paredes. Aquí dominaba el litoral. Un correntino y un misionero interrumpieron un dúo de guitarra para preguntarle cómo andaba eso. El comisario intentó inútilmente hacerles decir que odiaban a los bolivianos en general y que una muerte a cuchillo era admirable. Suárez, modestamente, contó la cuarta alfombrita rectangular. Era roja. Cuando se fueron, las guitarras y las voces nasales arremetieron con las estrofas burlonas del “Sargento Zeta”.
Se había hecho la una. Salieron a almorzar. Mientras esperaban los tallarines, la radio del restaurant transmitía una versión uruguaya del crimen. Los cronistas, que se habían reagrupado en la calle, entraron en formación correcta. Un gordito pecoso abrió el fuego.
–¿Podemos participar de su conferencia de prensa, comisario?
–Rajá, pibe.
–¿Pongo que la policía está desconcertada?
–Poné que hay optimismo –dijo el comisario.
–Y este individuo –preguntó el pecoso señalando a Suárez con el lápiz–. ¿Participa en la investigación o es un sospechoso?
–A éste le lustrás los zapatos –sugirió Suárez.
–Ajá. Sos un genio vos.
–Chau, Belmondo –dijo otro.
–No te olvidés de llamar –se despidió el tercero– cuando necesités una mortaja.
Rumbearon en fila hacia el teléfono.
–¿Ve? –se quejó Suárez, ofendido–. Se la agarran conmigo. ¿Qué le costaba largarles algo?
–¿Qué, por ejemplo?
–Que ya tiene todo aclarado –dijo Suárez.

Isaías Bloom parpadeaba incesantemente bajo el tiroteo de preguntas.
–Usted sueña con una mariposa iluminada. ¿Puede ser una linterna?
–Puede ser.
–Una linterna que le está alumbrando los ojos.
–Sí. Eso es muy conocido. Uno oye un portazo y sueña con una explosión. Siente olor a quemado y sueña con un incendio.
–Eso ocurre la noche del domingo –terció el comisario–. Usted se despierta, ve desaparecer la esfera del reloj, enciende la luz y no hay nadie.
–Es el asesino que se ha ido –murmuró Isaías.
–Llevándose unos papeles que lo acusaban de algo –prosiguió Suárez–. Pero la segunda noche usted sueña que la copa de Olmedo se rompe y por la mañana ha desaparecido. ¿Puede ser que usted haya soñado eso justamente porque la copa se rompió y usted oyó el ruido en sueños?
–Claro que puede ser. Pero no se rompió, porque no estaba.
–No estaba porque se la llevaron.
–¿Rota? –dijo Isaías Bloom, incrédulo.
–Rota, con alfombra y todo. Con la alfombra mojada llena de pedazos de vidrio.
–Pero si a la mañana siguiente la alfombra estaba, y estaba seca…
El comisario miró a Suárez con inquietud.
–No era la misma –dijo Suárez–. En dos piezas no había alfombras, en otras dos había alfombras rojas, y en otras dos, alfombras verdes. El único que tenía otra alfombra verde es el asesino.
Pero el comisario corría ya hacia la pieza de Velarde, donde sólo encontró el hálito de una fuga que no lo iba a llevar más lejos que el Aeroparque.
Los hombres del gabinete habían llegado por fin y envolvían con cuidado una alfombrita verde que todavía conservaba rastros de humedad y, si tenían suerte, de veneno, y algunas esquirlas de vidrio.
–Le temblaron las manos al envenenarle el agua a Olmedo –explicaba ahora el comisario a los periodistas–. Se le rompió la copa y no tuvo más remedio que llevársela para no dejar huellas. A la noche siguiente se decidió por el cuchillo. Parece que estaba desesperado por lo que iba a contarnos Olmedo, si le daba tiempo. Andaban los dos en el tráfico de drogas y Olmedo quiso abrirse. Eso es todo. Los detalles los inventan ustedes.
A la salida se encontraron con Isaías Bloom.
–Seguí soñando, pibe –dijo el comisario.
De Cuentos para tahúres y otros relatos policiales

13 de diciembre de 2009

Retrato


Por Rodolfo Walsh


La misteriosa desaparición de un creador de misterios


Un famoso escritor desconocido

Nombrar a Ambrose Bierce es evocar la memoria ilustre de Edgar Allan Poe. Ambos cultivaron asiduamente el horror en literatura; ambos padecieron el desprecio o la incomprensión de sus contemporáneos. Ambos murieron misteriosa muerte. En 1842, Poe había dado una receta famosa para escribir cuentos. Lo esencial, según él, era buscar "un efecto único", ya fuera de horror, de misterio, de "suspenso", y atenerse estrictamente a él. De los escritores posteriores a Poe, Bierce es quien sirve más fielmente esa regla: sus cuentos producen siempre una impresión definida, a menudo desagradable, a menudo terrible, casi siempre memorable. Posee elementos de técnica que Poe desconoce: el final sorpresivo, el incisivo humorismo, la lúcida facultad descriptiva. Para algún crítico, es Poe resucitado después de medio siglo y equipado con todos los sutiles perfeccionamientos que se han ido añadiendo al género.
Y con todo, Ambrose Bierce es casi un desconocido, no sólo en el extranjero, sino también en su propio país. Las antologías transmiten dos o tres de sus cuentos, los críticos de mala gana le reconocen talento, estilo brillante, invención feliz, pero su obra sólo se lee en reducidos círculos. Según Arnold Bennet, Bierce es uno de los ejemplos más sorprendentes de lo que él llama "celebridades subterráneas". Famoso, sin duda, pero sólo entre unos pocos.
Naturalmente, no faltan motivos para esta indiferencia, que en vida del escritor fue algo más: resentimiento y aun odio. Ambrose Bierce no se preocupó por hacerse querer de sus contemporáneos, ni tampoco de la posteridad. (Dejó una expresa maldición, a la que espero escapar, para quienes se ocuparan de escribir su biografía o trazar de él una mera semblanza periodística.)
Había empezado su carrera "literaria" en San Francisco, estampando inscripciones terroristas en las paredes de la Casa de Moneda. Allí mismo ejerció durante más de veinte años el periodismo, provocando descomunales polémicas, sin que nadie escapara al latigazo de su sátira. "Su pluma", dice George Sterling, "estaba empapada en hiel y ácido, sus ataques eran más temidos que el cuchillo y el revólver". El anatema de Bierce contra la ciudad de San Francisco merece un lugar aparte en la historia de la invectiva. "Es el paraíso de la anarquía, la cobardía y la ignorancia. Necesita otro terremoto, otro incendio, y, por sobre todas las cosas, un buen bombardeo. Moralmente, es una colonia penal, la peor de las Sodomas y las Gomorras del mundo moderno."
No es extraño que más adelante los editores de la ciudad así vapuleada se negaran a publicar sus libros de cuentos, que corrieron igual fortuna en el resto del país. Uno de ellos trae la siguiente nota aclaratoria: "La publicación de este libro, al que las principales editoriales del país han negado el derecho a la existencia, se debe al señor E. L. G. Steele, comerciante de esta ciudad. La mayor ambición del autor es que la obra justifique le fe del señor Steele en su propio juicio y en su amigo, A. B."
Esta proscripción de la obra de Bierce, como es natural, trasciende las fronteras de su patria. Para los lectores de habla castellana es desconocido, salvo por la traducción de dos o tres de sus cuentos.
Bierce escribió cuentos de misterio, cuentos de terror y otros simplemente truculentos. Se han señalado sus defectos: es sensacionalista, a veces es retórico, no ahorra el pormenor espantoso, la alusión macabra. Y, sin embargo, en algunos de sus relatos alcanza la difícil perfección del género. En uno de ellos nos presenta a un espía en trance de ser ahorcado, describe las atroces formalidades de la ejecución, que se realiza en un puente, sobre un río: los soldados inmóviles, la soga en el cuello, el puntapié que abre la trampa fatal. En ese instante, que debiera ser el último, la cuerda se corta, el prisionero cae al río. Desata sus ligaduras, huye a nado, perseguido por las balas del piquete. Se interna, ya a salvo, en un bosque. Camina interminablemente.
Llega después de mucho tiempo a la entrada de su casa, ve el pórtico blanco, ve a su mujer que sale a recibirlo con una sonrisa, siente un golpe lacerante en la nuca, ve una luz blanquísima que lo ciega, y entonces todo ha terminado. Está muerto. La soga no se ha cortado. Toda la aventura no ha sido más que una fugaz ensoñación desarrollada en los dos o tres segundos previos a la muerte.


Vida

Ambrose Bierce nació en 1842, en el estado de Ohio. Al estallar la guerra civil se enrola en las filas, donde alcanza el grado de mayor. Esta experiencia guerrera se refleja en muchos de sus relatos. Finalizada la contienda, se radica en San Francisco, donde colabora en distintas publicaciones. En 1872 se traslada a Londres, donde publica, con seudónimo, una brillante serie de fábulas satíricas: "Telarañas de un cráneo vacío". A propósito de seudónimos, los empleó en abundancia, y aun ahora no ha sido posible rastrearlos a todos. Siempre lo poseyó el gusto por la intriga, por la mistificación. Llegó a comentar sus propios libros y a entablar polémicas consigo mismo. Pero lo mejor de su obra está contenido en dos breves tomos de cuentos.
En 1876 volvió a San Francisco. En 1893 había dejado de escribir cuentos. Sin embargo, aun cultivaba el periodismo. Hemos dado una imagen del escritor: un hombre solitario, amargado, cínico. Daremos ahora otra, diametralmente opuesta, la que nos presenta Van Wyck Brooks en su semblanza de Bierce. Nos dice que en sus últimos años Bierce es un hombre apacible y bondadoso, rodeado de discípulos, a quienes comunica desinteresadamente las experiencias artísticas que ha recogido en su vida. Deja una vasta correspondencia en la que explica, compara, aconseja y juzga sin acritud, con benevolencia. Sin embargo, no ha perdido del todo el gusto por la mistificación, por el escándalo. En 1899, en complicidad con Carroll Carrington y Hermann Scheffauer, hace publicar un poema de este último, atribuyéndolo a Poe, con la clásica historia del manuscrito encontrado por casualidad. El poema no es malo, y podía haber sido escrito por Poe. Lo cierto es que nadie protesta. Nadie se pronuncia. Bierce publica un artículo en el que se declara escandalizado por el escaso eco que ha tenido el hallazgo; no garantiza –dice– la autenticidad del mismo, pero opina que debería haber despertado un poco más de interés en los críticos. Y paradójicamente es aquí, al comentar una fábula elaborada por él mismo, donde Bierce afirma que "el arte es la única ocupación seria que hay en la vida".


¿Muerte?

En 1913 Bierce tiene setenta y un años. Es un anciano. Olvidado de sus contemporáneos, resignado con su destino, se diría que lo único que puede hacer es esperar tranquilamente el momento de su muerte. Y, sin embargo, detesta la idea de "esa muerte por vejez, por enfermedad o por una caída en la escalera del sótano".
Ha llevado una vida de permanente acción. Ha sido soldado, ha sido uno de los escritores más agresivos y agredidos de su época, ha glorificado en relatos inolvidables la muerte en el combate, el heroísmo, la abnegación.
Por aquella época, México es teatro de sangrientas luchas internas. En noviembre de 1913 Bierce escribe diciendo que se va a México, que lo lleva un propósito bien definido, pero no expresa cuál es ese propósito.
Lo que sucedió después es uno de los mayores misterios de nuestra época. Bierce desapareció sin dejar rastros, y hasta el día de hoy no se tuvieron noticias ciertas de él.


"Parker Adderson, filósofo"

En "Parker Adderson, filósofo", uno de sus cuentos, Bierce había tenido, quizá, la prefiguración de algunos instantes de su muerte. Es la historia de un espía federal, en la Guerra de Secesión, que cae en poder del enemigo. Antes de ser fusilado, el general lo interroga: –¿Cuál es su nombre?
–Puesto que he de perderlo al alba –responde el prisionero–, no vale la pena ocultarlo. Parker Adderson.
–¿Su grado?
–Muy humilde. Los señores oficiales son demasiado valiosos para confiarles misiones de peligro. Soy sargento.
–¿De qué regimiento?
–Perdón. No he venido para dar datos sobre nuestras fuerzas, sino para averiguarlos sobre las suyas.
–¿Reconoce, pues, haberse infiltrado bajo un disfraz en nuestro campamento para obtener informes sobre el número y la moral de mis tropas?
–Sobre el número. La moral, ya la conozco. Es desastrosa. Y así sucesivamente. El espía sabe que será fusilado al amanecer, pero se ríe de la muerte.
El general firma la sentencia. Afuera llueve.
–Mala noche –dice el general.
–Para mí, sí –responde el prisionero.
–¿Piensa usted ir a la muerte sin dejar de bromear? ¿No sabe que la muerte es asunto serio?
–¿Cómo habría de saberlo? No he estado muerto en toda mi vida.
–La muerte es, por lo menos, la pérdida de la felicidad que hayamos alcanzado.
–Una pérdida de la que no tenemos conciencia puede soportarse con serenidad, y esperarse sin temor.
–Si el estar muerto no es condición desagradable –dice el general–, el acto de morir ha de serlo.
–El dolor es desagradable, sin duda. Pero quienes más larga vida alcanzan son los que más lo padecen. Lo que usted llama la muerte es simplemente el último dolor. La muerte no existe. Suponga que yo intento escapar. Usted levanta el revólver que tiene escondido sobre las rodillas y dispara. Yo me desplomo, pero aún no estoy muerto. Después de media hora de agonía, digamos, estoy realmente muerto. Pero en cualquier momento dado de esa media hora, he estado vivo o muerto. No hay términos medios. La naturaleza es muy sabia.
–La muerte es horrible –exclama el general, a pesar suyo.
–Para nuestros salvajes antecesores, sí. No tenían inteligencia bastante para separar la idea de conciencia de la idea de las formas físicas en que se manifiesta.
Transcurren las horas. Parker Adderson sigue filosofando con la mayor ecuanimidad. Es el general, y no él, quien parece el condenado a muerte. Nada puede alterar la lucidez de su inteligencia, la certera viveza de sus réplicas.
Pero al fin ha llegado el momento. El general llama a un oficial y le ordena:
–Tome un piquete, lleve al prisionero y fusílelo.
Y entonces ocurre lo inesperado. Ese hombre que ante la mera idea de la muerte ha conservado una admirable sangre fría, ante la muerte actual, verdadera, se derrumba como un muñeco. Trata de huir, inicia una lucha insensata, es reducido, y, sin cesar de gemir y suplicar, es llevado al sitio de la ejecución donde es muerto como un perro.
Algunos aseguran que Ambrose Bierce fue fusilado por los guerrilleros de Pancho Villa. Lo que nunca se sabrá es si supo conservar hasta el fin el razonado valor primero de Parker Adderson, el filósofo, o si, como él, tuvo miedo en el último instante.


De El violento oficio de escribir, Obra periodística (1953-1977)